Hoy es el Día Mundial del Bordado y quizá el mejor día para contarles de mi nueva pasión, bordar.
No lo planeé como no planeo casi nada porque tengo esa discapacidad, pero la acepto y fluyo, he dejado de presionarme y de intentar ser quien no soy, así que hago las cosas cuando las siento. Hace unos días quería hacer algo especial para celebrar el día de hoy porque me siento muy agradecida con el bordado, que se ha convertido en mi amigo incondicional, me ha regalado horas y horas de paz, de reflexión, de escape, de trabajo remunerado, de aprendizaje, de herramienta de expresión y, sobre todas las cosas, de felicidad.
No me quiero ir muy lejos ni deseo hacer de esto un ensayo acerca del bordado, pero todo empezó cuando era niña.
Nadie me enseñó a coser ni a bordar, pero veía a mi mamá y a mi abuelita reparar prendas todo el tiempo, sobre todo calcetines. Recuerdo la caja metálica de galletas, como las que salen en las películas (no es un mito) donde tenían hilos de todos colores, agujas, unas tijeritas como para cortar las uñas, con la punta curveada y filosa y una especie de huevo de madera que parecía hueso de aguate que ponían dentro del calcetín para poder hacer un tapetito para reparar el tejido dañado por el uso, hacían verdaderas obras de arte, algo que muchas personas tiraban a la basura, ellas lo dejaban listo para ser usado de nuevo. No sé si para muchas familias esta era una práctica común pero yo lo veía todos los días. A veces le decía a mi mamá “eso ya no sirve mamá, está a nade de romperse” a lo que me contestaba “por supuesto que sirve”. Ahora es una nueva tendencia a la que llaman “mending” o “visible mending” y hacen trabajos preciosos (pero nunca como los de mi mamá o mi abuelita).
Yo no reparaba calcetines ni camisas ni playeras, como ellas, pero jugaba a las muñecas y tenía las típicas Barbies que casi toda niña tiene. Me regalaban vestiditos que compraban en la juguetería de Aurrerá o en el mercado de Coyocán, lindos, coloridos y muy bien hechos, pero un día me encontré un retazo de tela rosa y le pedí a mi mamá unos botones. Le hice a mi Barbie de ese momento un vestido horroroso que era una túnica recta que se abotonaba por detrás con los botones que ocupaban toda la espalda. Era la cosa mas fea del mundo y era mi vestido favorito. Cada vez que se lo ponía me le quedaba viendo horas pensando “me quedó increíble”.
Dejé de coser, nunca aprendí a bordar.
Muchos años después, pero muuuuuchos años después, cuando había terminado mi matrimonio, decidí empezar a correr y a escribir, recuerdo que mi terapeuta me dijo que en una libreta escribiera todo lo que sintiera y lo que quería decir pero no quería o podía compartir y así lo hice, tengo esa libreta guardada y a veces la leo para apreciar el camino recorrido. Unas semanas después abrí este blog para contar mis historias, desde lo que me había sucedido con unos frascos de mayonesa en el súper hasta cómo me habían roto el corazón y descubrí la magia que sentía al escribir y compartir, contar historias se convirtió en algo necesario para mi.
En algún momento decidí hacer unos pajaritos de tela, bordarlos y venderlos para colgar en el árbol de navidad. No recuerdo por qué lo decidí ni cómo lo hice, pero recuerdo que mi mamá me aconsejó comprarme una maquina de coser (yo creo que ella sabía lo que algún día vendría) y tomé clases en Liverpool para aprender a usarla. Hice los pajaritos y fueron un éxito inesperado, pronto se volvió una pesadilla porque lo que en un principio hacía con mucho amor, se convirtió en un trabajo de horas y horas sin parar para poder entregar, así que el siguiente año no los hice.
Empecé a pintar piedras, tampoco sé por qué.
Pero hace unos cinco años hice algo que dije que jamás haría (como muchas otras cosas que también dije y también hice, ya aprendí a callarme la boca) y decidí correr un maratón. Entrené y casi a punto de correrlo me lastimé, fue horrible tener que abandonar la misión, muy frustrante. Poco después lo intenté de nuevo y una vez más tuve que rendirme por otra lesión (quienes corren saben de lo que hablo). Y finalmente hace tres años, en el 2019 lo intenté de nuevo, esta vez diferente, cuidé más mi alimentación, cuidé mucho mi cuerpo y aprendí a escucharlo y fui muy constante y responsable, estaba determinada a hacerlo porque ese año cumpliría cincuenta años y pensé que sería mi mejor regalo ya que correr me salvó la vida cuando sufrí una fuerte decepción y estaba a al borde de una profunda depresión.
La noche antes de correr el maratón, no sé por qué (es que de verdad hay un montón de cosas que no sé y ya dejé de buscar explicación), invoqué a mis abuelas, les pedí fuerza, moría de miedo de correr 42 kilómetros, no quería lastimarme, no quería decepcionarme, no quería otro intento fallido, aunque sabía que estaba lista y bien entrenada, tenía pánico y me agarré de ellas.
Mis abuelas fueron mujeres muy fuertes. Muy diferentes entre ellas, cada una tuvo que pelear grandes batallas.
Mi abuela paterna salió huyendo de España durante la Guerra Civil y llegó a Francia a un campo de concentración, después se encontró con mi abuelo y se casó en un pueblito coqueto. Trabajaron en la pizca de la uva en Burdeos y cuando ahorraron algo de dinero, salieron hacia América. Mi abuela venía embarazada de mi papá, llegaron a República Dominicana y tuvieron que bajar del barco porque tuvo dolores de parto. Ahí nació mi papá y tuvieron que esperar tres años más para ahorrar de nuevo y pagar un boleto para venir a México. Llegaron unos años después a Veracruz, con una mano atrás y otra delante. Mi abuela pudo volver a su querida España, donde lo dejó todo, muchos años después, hasta que murió Franco.
Mi abuela materna, mexicana, venía de una buena familia que deseaba que se casara “bien”. Pero ella se enamoró de mi abuelo, un buen tipo, guapo y de un carácter divino, pero no de buena posición económica. Mi abuela tenía un carácter fuerte y decidido y se casó con quien ella quiso, dejando también atrás comodidades para empezar una nueva vida al lado del hombre que amaba. Poco tiempo después se fueron a vivir a Estados Unidos buscando una mejor vida, allá nacieron mi tía Nena y mi tío Celestino, pero después se anunció mi tío Oscar y en ese tiempo no permitían tener más de dos hijos por el tiempo de la depresión y mi abuela decidió regresar a México, jamás renunciaría a tener a su bebé. Vivieron una vida de muchos sacrificios pero sacaron adelante ocho hijos, pudieron pagarles la universidad a los cuatro hombres, las mujeres de la familia se pusieron a trabajar en cuanto pudieron y entre todos salieron adelante.
Así que esa noche antes del maratón pensé “Mami, Yaya, por favor, ustedes fueron fuertes, pasaron momentos muy duros, yo sé que lo que les pido es una ridiculez comparado con lo que tuvieron que vivir, pero por favor, ayúdenme mañana, háganse presentes, no me suelten y corran conmigo, ayúdenme a cruzar la meta.
El maratón empezó muy bien y cuando llevaba 36 kilómetros pensé que me iba a morir, deseaba con todas mis fuerzas lastimarme, caerme, que me levantara una ambulancia y me trajera a mi casa, pero durante todo el camino pasó algo inesperado. No vi a mis abuelas, vi fotos de mis abuelas bordadas, todo el tiempo fui imaginando fotos de ellas intervenidas con hilos de colores colgados en una pared, no me lo explicaba, sabía que estaba alucinando, pero nunca dejé de verlo.
Terminé el maratón de la mano de mis dos hijos de quince años que me encontraron en el kilómetro cuarenta, corrimos juntos los dos últimos kilómetros, yo iba agotada y fue para mi una de las mejores y mas duras experiencias de mi vida, pero recuerdo que pensé “si logro correr este maratón, voy a lograr cualquier cosa”. Y lo logré, pero no lo hice sola, lo hice con mis hijos y mis abuelas. Así que decidí que algún día tendría que atender ese llamado de las fotos bordadas y hacerles un homenaje, sentí esa necesidad pero no sabía cómo podría hacerlo.
El maratón fue en agosto del 2019. Siete meses después llegó el covid a nuestras vidas, y llegó Gimena Romero a la mía.
No recuerdo cómo pero unos meses antes encontré una plataforma llamada Domestika que vende cursos en línea y había uno de Bordado sobre papel, de Gimena Romero. Lo compré y la empecé a seguir en Instagram. Me inspiraba tanto lo que hacía, es una artista mexicana que, entre otras muchas cosas que hace bien, borda precioso y da unos talleres increíbles.
Empezando la pandemia, pensando que el encierro duraría unas cuantas semanas, decidí empezar el curso, era muy difícil conseguir el material porque todas las tiendas estaban cerradas, además de que nunca había bordado y ni siquiera sabía dónde conseguir insumos.
Recuerdo que antes de conseguir el material que necesitaba, había encontrado un trozo de tela y empecé a bordar las puntadas que enseñaba Gimena, pero ese ruidito que ella hacía al perforar el papel para pasar después la aguja con el hilo me parecía encantador, de ese encanto que te lleva al éxtasis, a imaginar cómo se siente perforar el papel, ese momento en el que no puedes cometer errores porque una vez hecho el hoyo no puedes reparar, no puedes descoser, cómo se siente el hilo atravesando el papel, escuchar ese “desliz” me fascinaba, pero yo no tenía papel y creía que cuando lo tuviera, no escucharía lo mismo porque era la magia de Gimena.
La vida me fue presentado oportunidades, no cabe duda que cuando tienes que hacer algo, no hay manera de hacerse tonto. Si no lo haces es porque no quieres. En línea compré con otra bordadora unos aros de madera, hilos para bordar y mi adorada amiga CC me regaló papel grueso que usa para sus grabados y empecé a bordar. Se hizo la magia… escuché el deliz que tanto placer me provoca, es hipnótico.
Terminé el curso y pensé “y ahora qué sigue”… Pues siguieron muchas cosas. Muchos cursos, muchos talleres, fui haciendo comunidad en Instagram. Empecé a tomar cuanta clase en vivo y gratuita pude, encontré grandes maestras argentinas, chilenas, seguí comprando cursos en Domestika, tomé talleres con Gabi Goitía, de Tejiendo Raíces en Argentina, acerca de emprendimiento. Empecé a seguir a Mónica Rodriguez de Empresas Creadoras (España) y todos los lunes o martes daba pláticas en vivo y empecé a aprender muchísimo. Luego vino la gran pregunta “¿ahora qué hago con todo lo que ya sé hacer?” y vino la terrible respuesta. “NO SÉ”.
Algo que me marcó fue un taller que se llamaba “Palimpsestos Pásticos Narrativos” y, aunque no tenía idea de lo que se trataba, me intrigó y le pregunté a la artista que lo daba, Nelly. Ese curso me abrió al mundo de la escritura y narrativa, ese curso me hizo adentrarme a mi mente, mi cuerpo, mi corazón. Acepté mis cicatrices físicas y emocionales y las bordé, fue tan enriquecedor darme cuenta que podía contar y compartir historias con bordado que empecé a gestar dentro de mi la idea de hacer proyectos más personales y dejar las “florecitas” de lado.
Pero de pronto me encontré con la necesidad de generar dinero, verdadera necesidad por situaciones ajenas a mi. Un día Mon Cochon (mi adorado novio canadiense para quienes no siguen mi blog) me contó que una amiga de él daba clases de crochet en línea a señoras que estaban en su casa encerradas y le iba bien, me sugirió hacer lo mismo y me aterraba “¿yo? ¿enseñar? ¿enseñar qué?”
Unas semanas después estaba dando mi primer taller de bordado con 6 alumnas y estaba apanicada, todo en línea, no sabía ni cómo explicar y si podrían entenderme, pero pensé “si corrí un maratón, puedo hacer esto ¿qué es lo peor que puede pasar? pues que tenga que devolver el dinero”. Y lo hice, di ese taller, dí varios talleres más. Diseñé mis propios kits de bordado y los empecé a vender. Entregaba a domicilio, me iba con mis dos perras de copilotos y hacía largos recorridos por la ciudad. Pero algo me faltaba…
Yo tenía que bordar las fotos de mis abuelas. Me gustaba vender y me gustaba enseñar. Amaba la experiencia de hacer felices a otras personas a través del bordado como yo lo había sido cuando aprendí a bordar, pero algo no cuadraba, tenía que retomar mi proyecto de hacer un homenaje a mis abuelas, recordaba la felicidad que había sentido cuando bordé mis cicatrices y deseaba sentirla de nuevo.
Durante todo este tiempo seguí aprendiendo, comprando libros y tratando de meterme a talleres de bordado en foto.
Llegó el momento en que tuve que decidir si seguir tratando de generar dinero o de retomar el camino de mi proyecto personal y tomé el riesgo. No ha sido fácil pero ha valido la pena.
Llegó lo que llamo mi etapa “Marina”. La llamo así por dos cosas, primero porque conocí a Marina Cerruti, yo la llamaría una “la artista gráfica de Argentina que me dio una patada en el c…” Me imponía mucho respeto porque veía sus obras de bordado en foto y la admiraba mucho. Vi que daba un taller de foto bordado y también un laboratorio de bordado en foto y le escribí, tímida como soy, para preguntarle cuál creería que me convenía más y fue increíblemente amable, me preguntó cuál era mi intención y me aconsejó tomar el taller que era para principiantes y quizá más adelante el laboratorio. Así lo hice y fue la primera persona que me animó y motivó a bordar directamente sobre una fotografía. Es difícil atreverse por primera vez porque sabes que no hay vuelta atrás, si te equivocas, ya no sirve, no puedes sellar un hoyo que hiciste mal y si se rompe el papel ya no puedes seguir bordando. Pero Marina, o Mei, como la llamo ahora que es mi amiga, siempre me ha impulsado a trabajar y a “creérmela”. Después tomé “la labo” y empecé a conocer increíbles mujeres artistas de otros países, mis queridas “compas”.
La otra razón por la que la llamo “mi etapa Marina” es porque Mei me enseñó a hacer cianotipia, que, para no extenderme (casi merece no un post en mi blog sino un ensayo), les cuento que es una técnica en la que mediante unos químicos que pones en papel o tela (o madera o vidrio pero nunca lo he hecho) y con los rayos ultravioleta revelas imágenes en ese soporte (tela o papel) y creas imágenes increíbles en tonos azules que después yo empecé a bordar. Hacer cianotipia se ha convertido en una adicción. Sacar al sol papel emulsionado con los químicos de color amarillo, no saber cuál será el resultado, tomar el tiempo, retirarlo del sol y ver el papel en tonos verdes y marrones, revelarlo y ver aparecer imágenes azules en el papel creadas por esa mezcla de luz y sales es de verdad emocionante.
Con Mei llegué a Viviana Debicki, otra artista argentina con quien tomé un seminario de arte textil en la UNA (Universidad Nacional de las Artes en Argentina) y amaba mis clases de todos los sábados, me abrían los ojos a un mundo de telas, hilos, colores, texturas, fotografías, artistas, genios, experiencias… Me sentía muy intimidada porque era la única mexicana entre alrededor de 30 alumnos argentinos, no me atrevía ni a abrir la boca hasta que un día Viviana me pidió que en una clase expusiera mi arte, me quería morir de vergüenza pensando “¿mi arte?¿mi obra? ¿mis garabatos? ¿mis experimentos? ¿mis cochinadas?” y le escribí a Viviana para decirle que no podría, pero me dijo que ella me ayudaría y no había opción, fue tan cariñosa y me ofreció tanta contención que me atreví (o me atrevieron porque no tuve mucho de otra) y salió muy lindo, era la primera vez que yo hablaba con gente extraña acerca de mi proceso y mi proyecto, y los comentarios que recibí de otros alumnos me hicieron creer que algo bueno estaba haciendo.
Mei me lo ha dicho hasta el cansancio, tengo qué creérmela… pero sufro de síndrome del impostor y siento que no aporto nada nuevo, que todo está hecho, que lo mío son copias baratas de esta mexicana que quiere bordar fotos de sus abuelas y que no debo atreverme a más.
Llegó otra oportunidad con Gimena Romero, un taller de bordado en foto con puntos de posta (como ella le llama) y que me hizo latir fuerte el corazón. Mi presupuesto, sin generar ingresos, me decía que no podía inscribirme pero le mandé un mail a Gimena y había planes de pago así que encontré la manera de tomarlo y era también los sábados.
De pronto el sábado se convirtió en mi día favorito, me llenaba de emoción cuando terminaba el jueves porque ya casi era viernes y vendría mi día favorito. Mi día de aprender, primero con Marina, luego con Gimena, hubo días en que tuve que tomar clases casi simultáneas porque terminaba tarde una y ya había empezado la otra, se llegaron a empalmar y veía una con la computadora y otra con el celular, me estaba volviendo loca porque no quería perderme nada, hasta que Mei me hizo el enorme favor (y todas mis “compas” aceptaron) de recorrer dos horas la clase para que yo pudiera continuar.
En el taller de Gimena aprendí a transferir fotos a tela y bordar unas puntadas antiguas divinas, cada clase era un placer, sentía que estaba donde tenía que estar, eso era lo mio.
A veces, cuando transfiero fotos a tela, las cuelgo en el tendedero de mi casa, veo a mis abuelas y a mi mamá flotando en el aire, a mi tía Nena, y mi propia cara porque empecé a crear atuorretratos. Cuando las veo así siento que mi proyecto sigue tomando forma, cada día me siento más cerca de ver esas fotos de mis abuelas colgadas pero de las paredes en una exposición que cada día me da mas miedo hacer pero pánico no hacer.
El bordado me ha dado un super poder, como escribía hoy en un post en mi cuenta de Instagram, cuando bordo me convierto en un ser atemporal.
No me da hambre, no me da sueño, no siento ganas de hacer ninguna otra cosa, pueden pasar horas y horas y no me duele nada, no quiero parar, camina el sol y no lo veo, empiezo en la mañana y de pronto tengo que comer con mis hijos y lo hago porque si no, no los vería, después sigo y llega la noche y no quiero parar, pero lo hago porque si bordo de noche ya no veo bien. En los días más largos del encierro yo sentía total felicidad porque al estar todo cerrado, tenía el pretexto perfecto para pasar todo el día primero en la mesa del comedor, semanas después en la mesa que era mía de niña donde hacía tarea y la puse cerca de una ventana, luego sentada en una silla ergonómica que me regaló Mon Cochón para no destrozarme la espalda y ahora en una mesa más grande que me regaló mi querida amiga Xó y puse en la sala de mi casa, que cada día se parece más a un taller de una artista que en la sala de mi casa.
Mis hijos me ven sentada aquí horas y horas sin que piense más allá de las puntadas que voy uniendo con el hilo, la aguja, la tela, el papel… ese desliz que me sigue provocando encanto, un encanto que comparo con el que se siente cuando consumes alguna droga que te hace levantarte del piso y volar. Cuando bordo vuelo. Cuando bordo me desprendo. Cuando bordo soy yo. Cuando bordo son mis abuelas. Cuando bordo soy mi mamá. Cuando bordo soy feliz.
Descubrí que cuando bordo escribo, cuento historias, porque siempre hay algo que cuento en cada lienzo de tela bordada o cada foto que intervengo con puntadas, cuento lo que siento, cuento lo que pienso y cuento lo que sucede cuando no bordo.
Gracias Gimena, gracias Mei, gracias Viviana, gracias Nelly, gracias Gabi, gracias a mis “compas” de España, Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, México… Gracias a todas las maravillosas artistas que he conocido y que me han abierto los ojos a un mundo maravilloso al que de niña sabía que pertenecía pero me perdí en el camino, estoy ahora aquí, disfrutando cada momento, cada puntada, cada desliz.
GRACIAS QUERIDO BORDADO.

Amor que gran orgullo haber estado presente desde el nacimiento de esta nueva pasión, me encanta como lo relatas, te describe tal como eres.
LikeLiked by 1 person
Sí Amore, me has acompañado todo el camino. Juntos ♥️
LikeLike
Me encanta saber que has encontrado un nuevo amor en el bordado. Leo tu blog desde hace un buen tiempo, aunque a veces me deja de llegar largas temporadas. Sigue con el bordado, dale rienda suelta a tu ser creativo y gózalo mucho!!
Si me puedes contestar, me encantaria du cuenta de IG para seguirte.
LikeLiked by 1 person
Gracias Cristina! No te habían llegado noticias mías porque no había escrito nada (me apena confesarlo) pero es algo que me he prometido remediar.
Con mucho gusto te paso mi cuenta en Instagram, es diana_trespeces
Saludos!!!!
LikeLike