A las 3 de la mañana de un sábado de noviembre del 2019, sonó mi despertador, me bañé y tomé un Uber para ir hacia Santa Fe, no tenía idea de cuánto aprendería acerca de la vida y cómo vivirla ese día.
Iba hacia una carrera de relevos que organizó Soy Corredora para puras mujeres, iría del Centro Ceremonial Otomí hacia Valle de Bravo, nos dijeron que eran 90 kilómetros y que nos irían cuidando todo el camino. A cada equipo de 4 mujeres nos llevaría una camioneta con un chofer y estaba diseñada toda una logística de apoyo para sentirnos seguras corriendo solas, como nos gusta, como ahora es imposible hacerlo por la inseguridad que se vive en mi país. Se oía divertido y parecía ser un reto relativamente fácil considerando que sería correr más o menos 22 kilómetros cada una y veníamos de haber corrido un maratón hacía dos meses , no era tan complicado. Qué lejos estábamos de imaginar siquiera lo que sería.
Llegando a Santa Fe me reuní con mis queridas amigas, Xó, Gris y Chayo, con quienes comparto la alegría y pasión por correr. Estábamos muertas de sueño pero muy emocionadas por hacer una carrera de relevos. Nuestro querido entrenador, Alejandro, nos había ayudado haciendo una estrategia para la carrera, unos días antes me había reunido con él y después de darme varios consejos recuerdo bien que me dijo que estando ahí todo podía pasar, la estrategia podía cambiar y había que ser flexibles, había que ser inteligentes y adaptarnos a las necesidades de la carrera, en esta ocasión sí ibamos por velocidad, era una competencia de equipos, no podíamos perder tiempo corriendo lento y había que ser lo más eficientes posibles.
El camino fue pesado porque era de madrugada, teníamos sueño y, aunque quisimos dormir, no lograba ninguna conciliar el sueño. Íbamos en silencio y todas pensábamos que las demás estaban dormidas, luego confesamos que ninguna lo había logrado, seguro eran los nervios.
Llegando a Temoaya, donde está el Centro Ceremonial, nos bajamos del coche y nos golpeó con todo el frío, eramos veinte equipos y algunas iban ya vestidas con shorts listas para correr, yo agradecí llevar licras porque sentía que se me separaban los huesos de la piel del frío que sentíamos, todas ibamos corriendo al baño, entre el café y la temperatura, creo que las ochenta corredoras que íbamos a competir teníamos las mismas ganas desesperadas de hacer pipí. El ambiente era raro, entre festivo, nervioso, estábamos ansiosas por empezar pero al mismo tiempo lo queríamos posponer. Nos veíamos a la cara todas las corredoras y esbozábamos una sonrisa entre amable y pícara porque sabíamos que una le quería ganar a la otra, sin embargo, creo que en el fondo todas deseábamos que nos fuera bien.
Nos dieron un discurso muy lindo para inspirarnos en el que nos dijeron que había que correr con el corazón. Así lo hicimos.
Nos subimos a la camioneta tres integrantes y la cuarta se fue al punto de salida con todas las demás, era el primer relevo y tenía que ser de seis kilómentros, nuestra estrategia era darle con todo los primeros relevos que serían más o menos cortos (según nosostros) y después cada una haría el resto de sus kilómetros hasta cumplir con veintidos mientras las otras descansaban y comían en la camioneta, pensábamos dividirlos en etapas como de una hora cada una más o menos, y así nos daba tiempo de relajarnos y la corredora no tenía un reto tan difícil considerando que correría dos bloques de una hora, nada grave…
Los primero seis los corrió Gris en un tiempo record, los siguientes seis los corrí yo y creo que nunca había corrido tan rápido esa distancia, los siguientes seis lo correría Xó y los siguientes diez los haría Chayo.
Era muy temprano, hacía mucho frío, estábamos emocioandas y muy inocentes decíamos “goeeeey no está taaan difícil, o sea si está rudo el pavimento pero de seis en seis pues no está grave”.
No tienen idea a lo que nos efrentamos unos kilómetros después. Había unas subidas terribles, el piso era duro y estaba caliente, no había nada de sombra porque los árboles no están en plena carretera y ni una nube para darnos tregua. Empezamos a descubrir que si intentábamos correr distancias largas, perdíamos tiempo porque bajábamos la velocidad. Éramos de las mayores de edad y teníamos un solo objetivo, no ser las últimas, no queríamos ser humilladas por la bola de corredoras jóvenes y veloces, no, no lo íbamos a permitir, entonces cuando una de nosotras se bajaba a correr, sabía que lo tenía que hacer lo más rápido posible para que no nos alcanzara el equipo que iba atrás, claro que todas pensábamos lo mismo entonces era una lucha encarnizada por no ser rebasada que aumentó la presión por correr bien y rápido. Descubrimos que los relevos tendrían que ser cortos para que cada una pudiera dar su mejor tiempo y no quedarnos atrás.
El ambiente dentro de la camioneta empezó a cambiar, las que íbamos dentro vigilábamos a la que corría para identificar cuando estaba empezando a cansarse para decirle que se subiera y se bajara otra. Al principio cada una pedía cambio voluntario pero nos dimos cuenta que sentíamos una gran presion por hacerlo bien y cumplir con la distancia que habíamos acordado.
Decidimos hacer relevos de quinientos metros, pero nos fuimos dando cuenta que en las subidas eran terribles, recuerdo ir en el coche y decir entre las tres “ya se cansó y no pide cambio, súbela porque ya no puede” y la que iba corriendo decía “no no, sí puedo, déjenme que sí puedo” pero la verdad era que nos frenaba a todas.
Esa fue nuestra primera lección, HUMILDAD, nos vimos obligadas a aceptar que si no pedíamos ayuda, no lo íbamos a lograr, si cada quien quería hacer su parte sin tomar en cuenta que podía afectar al equipo, no lo íbamos a conseguir, seríamos las últimas y terminaríamos hechas pedazos sobre la carretera.
Llegamos a los cuarenta kilómetros y sentimos terror, ya íbamos muy cansadas y faltaban cincuenta kilómetros, la tensión se cortaba con cuchillo, el cansancio, el hambre, el miedo empezaron a actuar y por momentos perdimos el objetivo, disfrutar la experiencia.
Seguimos corriendo con un calor inclemente, yo ya me había cambiado de ropa, llevaba shorts, playera sin mangas y gorra y no podía de calor, el sol quería asesinarnos.
Una ambulancia iba detrás de nosotras ofreciéndonos agua y, por momentos, nos sugirieron parar, no sé cómo nos vieron, seguro pensaron “estas señoras se nos van a morir aquí de un infarto y no nos caben todas en la ambulancia”. Pero en ese momento no pasó por nuestra cabeza renunciar, teníamos que terminar fuera como fuera.
Cerca de los sesenta kilómetros los relevos ya eran muy cortos, las que íban dentro de la camioneta vigilaban a la corredora y cuando la veían bajar el ritmo la subían y se bajaba alguien más. Hubo momentos que algunas de nosotras no podíamos hacer el relevo y alguna la sustituía, ya no se trataba de correr parejo la misma distancia a la misma velocidad que las otras y así fuera justo, no, se trataba de echarnos la mano y sacar la carrera adelante porque ninguna era mejor que otra, ninguna corría más rápido o resistía más, no ahora eramos un equipo que fuera como fuera tenía que terminar y no importaba si una hacía un relevo de un kilómetro y otra lo hacía de trescientos metros porque al correr, la que se bajaba, hacía lo mejor posible y al subirse de regreso le echábamos todas las porras posibles porque lo que más deseábamos era ser nuetra mejor versión en favor del equipo.
Pasó la crisis, llegando a los setenta kilómetros, nos entró un nuevo aire, faltaban veinte y ya íbamos agotadas pero con un espíritu renovado. Algo había pasado, nos acercamos a otros equipos y empezamos a ver que teníamos posibilidad de rebasarlos, entonces ahora era un reto más grande, ya no era terminar vivas, ya no era no ser las últimas, ahora era hacerlo bien y mejor y ser competencia. Se nos despertó el espíritu de lucha.
Ya llevábamos dos lecciones más, la de buscar el bien común entre todas y la de siempre desear ser mejores sin menospreciarnos.
De pronto dejamos la carretera y entramos al pueblo, fue terrible porque con ochenta y tantos kilómetros a cuestas, habiendo hecho lo posible por rebasar dejando cuerpo y alma en el camino, había que correr en subidas y bajadas pronunciadas en el empedrado, no tienen idea lo difícil que empezó a ser correr así, pero el ánimo no solo no decayó, nos empezamos a sentir positivas antes la vista de “tierra firme”, las porras no cesaban, desde el coche gritábamos a la que corría todo tipo de cosas inspiradoras, creo que ya corríamos con el puro impulso del corazón y el deseo de llegar vivas y enteras.
Recuerdo haber pasado un arco que marca la entrada a Valle Bravo y haberme sentido inmensamente feliz, subí la mirada al cielo y dije “gracias” lo repetí tres veces, sabía que estaba viviendo una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Sabía que tenía cuarenta y nueve años y había corrido a rayo de sol una carrera de relevos de puras mujeres por primera vez en México, sabía que hacía unos años jamás lo hubiera imaginado, sabía que mis amigas dentro de la camioneta eran de las personas que más me querían y sabía que estaba haciendo lo que unos kilómetros atrás parecía imposible, pero más que todo, sabía que estaba sana para hacer esas locuras y estaba loca para animarme a hacerlas.

Cuando parecía que todo iba a terminar, en el kilómetro noventa, nos bajaron a las cuatro de la camioneta porque a la meta debíamos entrar juntas, eso lo hizo más difícil porque ya no teníamos quién nos ayudara, había que correr tres kilómetros más y las piernas dolían, el aire faltaba y el calor quemaba. Aún así, no nos rendimos, cuando vimos la meta sentimos que veíamos el cielo, y así fue, cruzamos juntas y de la mano las puertas del cielo, dejamos el infierno de la carretera atrás y nos abrazamos llorando felices de haberlo logrado, nos sentíamos felices, cansadas, hambrientas, conmovidas, emocionadas, orgullosas… era un combo que quería explotar, supongo que por eso llorábamos.
Fueron nueve horas, NUEVE HORAS corriendo entre cuatro para hacer noventa y tres kilómetros en total. Nueve horas que parecen muchas y, sin embargo, fueron pocas considerando lo que ese día aprendimos.
Aprendimos que las mujeres somos fuertes pero unidas somos invenciles, que solas no nos rendimos facilmente pero en equipo no nos rendimos nunca. Aprendimos a ser humildes y pedir ayuda, aprendimos a ofrecer ayuda anque no la pidan y aprendimos a rescatar a quien necesita ayuda y no sabe que no puede más.
Aprendimos el valor de luchar juntas por un mismo objetivo, aprendimos que no hay imposibles si eres flexible y trabajas en conjunto, aprendimos que el valor de la amistad es INDISPENSABLE para vivir.
Aprendimos que la estrategia puede cambiar. Aprendimos que si una no puede, siempre hay otra que sí puede y te da la mano. Aprendimos que cuando llevas mucho camino andado parece que nunca vas a llegar, si eres equipo un nuevo aire te puede entrar.
Aprendimos el significado de sororidad.
Hoy, más que nunca, empiezo a sentir que esas lecciones me cambiaron la vida.
Hoy es el Día Internacional de la Mujer, no es un día para festejar ni felicitar, es un día para recordar y agradecer a todas esas mujeres que hicieron equipo, que supieron luchar juntas por un objetivo, que se apoyaron entre ellas para conseguir que nuestros derechos fueran respetados y que gracias a ellas a lo largo de la historia se han ganado grandes batallas.
Pero falta mucho, muchísimo, y si no lo hacemos en equipo, si no luchamos juntas, si nos juzgamos y nos separamos, jamás vamos a cruzar la meta.
Hoy marcho en Reforma por mis amigas, mis primas, mis hermanas, mis nueras, mis cuñadas, mis maestras, mis sobrinas.
Hoy marcho en Reforma por las que sé que han desaparecido y las que no tengo idea que van a desaparecer, por las madres que han perdido a sus hijas, por los niños que han perdido a sus madres, por los hombres que han perdido a sus parejas.
Hoy marcho en Reforma por las que están de acuerdo en la lucha y por las que la critican, por las que juzgan y por las que entienden y apoyan.
Hoy marcho en Reforma por las que no pueden ir a marchar.
Hoy marcho en Reforma porque soy coherente y aprendí el valor de luchar en equipo y porque no me quedaré callada viendo cómo cada día desaparecen diez mujeres en mi país. Un día podría ser yo.
Hoy marcho en Reforma, canto en Reforma, bailo en Reforma, grito en Reforma que las mujeres somos más fuertes unidas.
Las mujeres en equipo, somos INVENCIBLES.
VIVAS NOS QUEREMOS.

Bravo!! Eres un ejemplo
Y gracias por marchar en Reforma, y por marchar por mi!
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Sigamos en esta lucha todas juntas por todas. Un abrazo Cristina.
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