A Dios, querida Bertha.

Ayer, alrededor de las 2 de la tarde, venía manejando en el periférico cuando se me paró el corazón, me enteré que mi querida suegra, Bertha, había dejado de vivir aquí, por fin había decidido ir a donde quería ir desde hacía tiempo.

Esto sucedió más o menos a las 12 de la tarde, mientras yo me cortaba el pelo, mientras hacía algo tan mundano y la gente hacía su vida como si nada, ella tomaba el último respiro y soltaba el cuerpo para por fin ir hacia la luz. Así, mientras todos pensábamos en cualquier cosa menos que se nos estaba yendo para siempre, estaba acabando una vida que fue importante para muchos de nosotros.

En el momento en que supe me sentí inmensamente triste, se me salieron las lágrimas mientras me sentía confundida porque era una partida que de verdad deseaba, estaba sufriendo, esta sobreviviendo día a día sin vivir, era necesario que descansara, pero entendí que por más que creas que estás preparado y que incluso deseas que suceda porque esa no es vida, en el momento en que pasa, la tristeza es enorme. Y algo que he aprendido con los años es a identificar las emociones, dejarse sentir, validarlas, entenderlas y vivirlas. No hay emociones buenas o malas, sentimos porque somos humanos y prefiero ser de esas personas que llora y siente a ser práctica y dejar de sentir, no quiero jamás dejar de sentir.

Les dije a mis hijos “oigan, les tengo una noticia muy triste, abuela se murió hace ratito”, sentí que los había aliviado un poco, también la habían visto muy mal y querían que eso terminara. Pero yo, como soy una madre obsesiva con las emociones y que fluyan y sientas, les dije “¿qué sienten? ¿no estan tristes?” los dos me respodieron lo mismo “mamá, abuela ya no estaba hace tiempo”, pfff tanta practicidad me dio miedo, pero tenían razón.

Más tarde quise ir a despedirme de ella de manera privada, no me gustan los funerales porque hay muchísima gente y yo quería verla a ella sola, en su cama, hablarle al oído y decirle lo mucho que la había querido, admirado, respetado y que la recodaría siempre. Pero camino a su casa el tráfico de diciembre estaba imposible, volví a llorar y pensé “es cierto, ella ya no está en ese cuerpo” y regresé a mi casa con mis hijos para ir más tarde a la funeraria.

Cuando íbamos en camino, les dije “no vamos a ir a despedir a ese bultito de huesos en pijama que vimos los últimos días, vamos a ir a despedir a una mujer preciosa que fue fuerte, valiente, amorosa, resiliente. Que estuvo siempre para todo el mundo y nunca para ella, que antes que pensar en sus necesidades, pensaba en las de los demás, que los quería un montón y que nos demostró a todos los que la conocimos, el verdadero poder del perdón, abuela era muchísimo más que una viejita en pijama acurrucada en una cama por años”.

En ese momento decidí hacer un poco de memoria y traspasarla a mis hijos, Bertha llevaba alrededor de 2 o 3  años (no estoy muy segura de la fecha) con los ojos cerrados para abrirlos de vez en cuando solo para lo necesario y cuando veía a Emilio, su adorado nieto, cuento esto porque a todos les daba risa y supongo que es algo que Emilio guardará siempre en su corazón, cuando llegaba a verla, todos le decían “¡abuela ya llegó Emilio!” y Bertha medio abría los ojos, haciendo reir a todos rompiendo un momento triste y haciendo alegre la visita.

En ese acto de recordarla les dije “abuela era muy chistosa, le gustaban las bromas y tenía una risa muy alegre, tenía una mirada muy dulce, no recuerdo haber escuchado a nadie hablar mal de ella, nunca, era muy cariñosa, adoraba a sus nietos y estoy segura que de no haber tenido esta enfermedad en la que hace años dejó de hablar, les hubiera enseñado muchsa cosas y la hubieran disfrutado mucho”, iban callados escuchando y cuando les dije “le encataba comer rico”  los dos me contestaron “hasta hace unos días mamá, abuela siempre comió mucho”, eso hizo que nos riéramos y seguimos nuestro camino. No quise abrumarlos llenándolos en el tráfico de recuerdos, pero es algo que haré siempre, hablar de ella y contar historias acerca de ella, quiero que la conozcan lo mejor posible.

Llegamos al velorio y todo transcurrió como se debe. Yo lloré, como siempre, cada vez que veía a alguien y me abrazaba, no puedo aguantarlo. Ella no había llegado porque la estaban preparando y empezamos todos a platicar como si nada, así de cualquier cosa. Estuve un rato platicando con la cuidadora y ella me contó que se había ido de manera muy linda, soltó el cuerpo, literalmente, estaba relajada y no sufrió, no le faltó el aire no tuvo dolor, no fue una agonía de horas en la que todos están alrededor de ella suplicantes de que eso termine, no, cuando estaba en un momento relajado, soltó el cuerpo y se despidió de la vida de aquí para darle la bienvenida a la vida de allá, cualquiera que esta sea, en lo que cada quien crea, porque me niego a creer que simplemente desaparces, no, la vida es más que solo un cuerpo que se esfuma con el tiempo, el alma trasciende, y Bertha tenía un alma hermosa que merecía ser feliz, estoy segura que ahora lo es.

Cuando la trajeron, me acerqué a verla, no tuve dudas y es la primera persona muerta que veo, nunca había querido y mis hijos me dijeron cuando íbamos de camino que no querían verla, pero nos acercamos los tres acompañados de la cuidadora que estuvo con ella, “¿ya vieron qué bonita se ve?” nos preguntó, y sí, se veía muy bonita, tranquila, con paz. Pero de pronto me dijo “¿ya viste el traje que tiene puesto?” y cuando me fijé vi que era el que usó en mi boda, lloré como una Magdalena, porque me vinieron a la mente tantas cosas, tantos recuerdos, fue como si en ese momento Bertha viniera a recordarme momentos que vivimos juntas.

A Bertha la quiero desde el día en que la conocí, me abrió los brazos y me invitó a su vida. Era amable y educada, una fina persona de verdad. Todos los lunes comíamos juntas y cuando nacieron mis hijos, lo seguíamos haciendo, ellos recordaron que siempre les tenía un postre rico, un Garibaldi, galletas de limón, algún pastel o panqué…

Fue una abuela presente hasta el día en que pudo serlo, recuerdo que cuando mis hijos estaban recién nacidos, me ayudaba a bañarlos con una seguridad impresionante, eran dos ratitas que se movían como cachorritos y ella, con esas manos grandes que tenía, los agarraba de la panza y el pecho, boca abajo, y con mucha habilidad los bañaba. Le gustaba darles la mamila y les cantaba “tengo manita no tengo manita, porque la tengo desconchabadita”.  Les tejió muchas cobijitas, me daban ganas de decirle que ni tiempo me daba de usar todas pero hubo dos en particular que me encantaban (y aún las guardo). Les compraba peluches a cada rato (tenemos varios) y siempre siempre SIEMPRE me ofrecía ayuda porque sabía que cuidar a dos bebés al mismo tiempo no era una tarea fácil.

Bertha fue una suegra excepcional, jamás intervino en alguna decisión en mi matrimonio, siempre presente pero siempre testigo, jamás protagonista. Siempre cariñosa y siempre prudente.

Fue una madre increíble, sus cuatro hijos la adoraban. Es aquí donde me detengo un poco y les cuento que sufrió lo que nunca nadie debería de sufrir. Perdió dos de esos cuatro adorados hijos, no hay peor dolor en la vida que ver morir a un hijo y ella lo vivió dos veces, DOS VECES, y aún así, se mantuvo firme en la vida y trató de vivirla bien, dándonos a todos un ejemplo de fortaleza enorme.

Bertha era una perfecta esposa o al menos eso quiso ser siempre. Era la esposa de un Doctor y eso no es fácil. Me acuerdo cuando me contaba que se levantaba en las madrugadas para hacerle el jugo de naranja a mi suegro antes de irse a trabajar. Siempre hizo lo mejor que pudo para que él estuviera bien, así como dicen que eran “las esposas de antes” que hacen todo por los demás antes que por ellas mismas. No lo juzgo ni lo aplaudo, así era y así quiso ser, estaba convencida y lo hacía con amor.

Bertha me enseñó el verdadero significado de FORTALEZA cuando la noche que le quitaron la vida a su hija, yo fui corriendo a su casa hecha pedazos esperando econtrármela igual o peor que yo y ver en su lugar a una mujer tranquila, fuerte, resignada, que una vez más pensaba en todos antes que en ella, me abrazó y me dijo “Ay Diana, se fue la Nena, pero tú eres como mi hija”. Me puse a llorar tanto que sentía que me ahogaba y ella me abrazaba fuerte, se  me salen las lágrimas al recordarlo porque lo tengo como tatuado en el corazón.

También me enseñó el verdadero y poderoso significado del PERDÓN, cuando al encontrar a la persona que le había quitado la vida a su hija, dijo de manera franca y honesta “yo lo perdono”. Mientras todos nos desgastábamos en odiar a este hombre, ella lo soltaba, lo liberaba, no entendíamos cómo era capaz de decir eso. Pero lo entedí un tiempo después, no lo hizo por él, lo hizo por ella y nos ganó a todos. Ella supo quitarse el odio de encima, perdonarlo no era justificarlo, era simplemente dejar de odiarlo y eso libera y te deja vivir, cosa que a la mayoría nos cuesta tanto trabajo porque tenemos un ego enorme que no nos permite ver que cuando recuerdas una y otra vez lo que “te hicieron” es como si te lo volvieran a hacer, vuleves a sentir el mismo odio y repulsión, el cuerpo no sabe de tiempos, no sabe que ya pasó, lo siente como si estuviera sucediendo de nuevo y eso le da poder a esa persona de seguirte haciendo daño. A mi me tomó años entenderlo, a ella le tomó minutos y lo hizo por no ser esa persona que va por la vida cargando odio y rencor, ella se liberó y le quitó poder. Bertha era una mujer sabia.

Tenía muchas amigas y las disfrutaba a todas. Las  de la clase de historia, las de la meditación, las del café… Eso me gustaba y admiraba en ella porque sabía disfrutar de una buena amistad y de su tiempo platicando con ellas, seguro sacaba todos sus trapitos al sol y se liberaba del estrés que todos tenemos arrastrando siempre.

Sufrió una enfermedad que se llama Afasia Progresiva. Empezó por olvidar palabras, poco a poco dejó de poder decir frases y terminó en dejar de hablar. Seguía totalmente conciente y cuerda, pero no podía hablar. El cuerpo empezó a olividar funciones, es una terrible enfermedad que te va aislando del mundo. Sin embargo Bertha nunca olvidó cómo sonreir, durante las pocas veces que la vi en los últimos años, siempre me dedicó una cariñosa sonrisa. Nunca olvidó tampoco cómo demostrarte su cariño, siempre encontró la manera de hacerlo, en las últimas ocasiones, nos tomábamos de la mano y la apretaba fuerte, la cuidadora me decía “¿ya vió que la reconoció? quiso abrir los ojos ¿vió?”.

Hace un par de semanas fui a despedirme de ella. La vi ya como un bebé indefenso que no tiene manera de vivir por si solo. Tenía oxógeno y suero, había dejado de comer, lo que tanto le gustaba, recuerdo que le encantaba comer pan, bolillos en particular, y recuerdo cómo poco a poco se comía un buen plato de frijoles mientras los empujaba con el pan, limpiando el plato, disfrutando cada bocado. Pero no había perdido la fuerza, la tomé de la mano, era su derecha y mi derecha, la enganchó con mucha fuerza y entendí que era un reflejo del cuerpo. Le dije que se fuera contenta, que por fin descansara de una vida que se la había puesto difícil, que sus hijos y su esposo iba a estar bien y que ella merecía descansar, que se fuera ya a ver a la Nena y a René, que me los saludara y que ahora fuera feliz allá con ellos. Le di varios besos y cuando quise irme, la mano seguía enganchada, sé, tengo la certeza, que era un reflejo del cuerpo, pero si me permiten, llorando les cuento que mi corazón me dice que me estaba diciendo que me quería, que sabía que era yo.

Ay Bertha, qué triste tu partida, pero está llena de paz. Lo único que me pesa es que hayas sufrido tanto, que la vida no haya sido justa contigo, que una persona tan buena haya pasado por tanto dolor me parece triste, solo me queda creer que la recompensa será enorme, que lo que sea que sigue, sea MARAVILLOSO, que haya sido al fin tu último viaje y que aunque estuvo lleno de desperfectos, llegaste al fin al mejor lugar del universo.

Te prometo que Daniel y Diego van a conocer más de ti, que les voy a contar y a enseñar fotos para que no crean que eras el bultito de huesos en pijama, que sepan que en sus genes tienen fortaleza y capacidad de resistencia que les dejó su abuela paterna.

Te voy a querer y a recordar siempre, sonriendo, bromeando, abrazando y comiendo bolillo calientito con mermelada, como tanto te gustaba.

Te quiero Bertha. A Dios.

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3 thoughts on “A Dios, querida Bertha.

  1. Ay Diana!! Apenas voy leyendo este artículo… no pude evitar q se me salieran las lágrimas, estoy segura q DNS y sus hijos le dieron la bienvenida. Un abrazo para ti. Gaby N.

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