Sí se puede correr llorando. Mi primer maratón.

Para mis papás. Para D y D.

 

Hace algunos años empecé a correr, pocos meses después, a escribir. En aquél entonces, tuve una crisis, un día llorando después de correr, pensé en escribir algún día un libro que iba a titular “No se puede correr llorando”. Hoy, más o menos ocho años y un maratón después, puedo asegurar que sí se puede correr llorando.

No sé por dónde empezar, no quiero hacer un post eterno narrando la historia de mi maratón, hay tantas sensaciones y reflexiones que todavía no acomodo y venía posponiendo escribir hasta que tuviera el post perfecto. No va a llegar nunca y mi mamá me pidió el otro día que por favor ya escribiera acerca de mi maratón, en honor a esta petición, hoy por fin lo hago, aunque creo que será un poco desorganizado y atropellado.

Fue en abril pasado, en el 2018, cuando después de que quien fuera mi entrenador y amigo, Pedro, me casi regalara unos tenis padrísimos diciendo “estos tenis son para correr un maratón”, haciendo referencia a la calidad de la marca. En ese momento se clavó en mi esa frase… “Correr un maratón”, algo que siempre consideré imposible y que decía que no deseaba jamás porque sería una tortura (sí lo es).

Unos años antes ya había intentado entrenar para un maratón, pero cuando faltaba un mes me  lastimé y no había podido hacerlo, ahora estoy segura que no era mi momento.

Entonces en abril del 2018 empecé a entrenar para el Maratón de la CDMX, después de algunos meses de no haber corrido casi nada y años de no haber corrido de manera responsable, lo que provocó que a las pocas semanas de empezar, me lesionara y sufriera de fascitis plantar, quien lo haya padecido sabe que es muy doloroso, se inflama una parte en la planta de los pies y a cada paso que das sientes que pisas una pieza de lego. Después de intentar superarla a tiempo, tuve que rendirme porque me estaba provocando estrés y no mejoraba. “Ok”, pensé, “El año que entra, tengo un año más”.

Es un hecho, las cosas pasan cuando tienen que pasar, aunque se oiga trillado. Me recuperé de las lesiones, una por una con masajes, plantillas, mejor alimentación pero sobre todo más consciencia de lo que debo hacer para correr de manera sana. Empecé a tomar clases de pilates, a nadar y a hacer pesas, todo eso le fue dando al cuerpo la fuerza y salud necesarias.

En marzo de este año lo volví a pensar, pero poco, ya tenía la decisión casi tomada. En diciembre había sido mi cumpleaños número cuarenta y nueve y había tomado la decisión de despedir una década ruda para mi de la mejor manera posible, decidí que haría todo aquello que antes me parecía imposible y me daba miedo y aceptaría todos los retos con la mejor actitud posible, correr un maratón estaba incluído.

En abril, justo el primer día de abril, todavía sin entrenador porque Pedro se había regresado a vivir a España, me puse los tenis en la mañana, con muchísima flojera pero sabía que ese día iniciaba el camino y pensé “hoy empieza la aventura, hoy empiezas a entrenar para correr un maratón, el primero y quizá el único, a los cuarenta y nueve años, un día a la vez y ahora lo vas a lograr”, y me fui a correr.

Unos días después busqué a Alejandro Hernández, entrenador del equipo Central de Corredores, entrenador de varias amigas y le dije “¿Crees que esté a tiempo?, ¿Crees que pueda correr un maratón?” y me dijo que sí, que no lo dudara.

Empecé a entrenar de manera constante, trotes, intervalos, pilates, pesas, masajes… Todo lo que tiene que hacer alguien que quiere correr 42 kilómetros de jalón. Hubo días difíciles de mucho trabajo, hubo días con mucha flojera. Los sábados tenía que ir a entrenar cuestas a las 7 de la mañana, cosa que pensé que jamás haría y durante cuatro meses, cada sábado, hice lo que tenía qué hacer, ni hablar, quería correr un maratón y Alejandro decía “La chinga paga” y me explicaba por qué era necesaria esa torrrrtura.

Pasaron los días, semanas y meses y nunca tuve dudas, siempre que iba a correr, aunque me sintiera cansada o no tuviera ganas, para mi no era opción renunciar, era el momento de hacer todo ese esfuerzo.

El verano fue complicado, lo que pensé que sería más facil por estar mis hijos de vacaciones, lo hizo más difícil. Tuve más trabajo que nunca, entonces hubo días que corría a la hora que podía. Recuerdo en especial un lunes que fui a entrenar a las 3 de la tarde, pensando que ya había perdido el día, me puse los tenis y con un sol inclemente me fui a correr. Recuerdo bien que ese día pensé “Cuando vayas en el kilómetro 38 y quieras rendirte, acuérdate que veniste a correr a las 3 de la tarde para poder hacer un maratón”.

Tendría que escribir un post eterno, incluso un libro, si contara tantas cosas que se atravesaron en el camino, no se preocupen, no lo haré, pero recuerdo que muchas personas me dijeron que el maratón se corre durante los meses de preparación, y ese último día que corres los 42 kilómetros sólo ibas por tu medalla. ES CIERTO, (claro que para ir por tu medalla atraviesas un camino un tanto “complicado”).

Se acercaba el día y, aunque estaba nerviosa, tenía cierta certeza de que lo lograría aunque decía que para mi era un acto de fe. El entrenamiento que hace Alejandro se basa en la fuerza, no en distancias largas como otros entrenamientos. El plan es personalizado y eso me daba confianza, siempre estaba pendiente de mi y mi evolución y yo siempre le preguntaba “Ale, ¿Cómo voy a lograr correr 42 kilómetros un día si hace meses que no he llegado ni a 20?”, “Por la fuerza que estás consiguiendo, por las cuestas, los trotes, los ritmos, las pesas… Sí vas a poder”, traté de creerle las 16759 veces que le pregunté lo mismo.

Un mes antes del maratón, iba a correr el Medio Maratón de la CDMX, lo he corrido varias veces y me encanta, quizá es mi carrera favorita, pero en esta ocasión me daba además una prueba fehaciente de que podía correr distancia larga sin morir en el intento y probaría varias cosas como velocidad promedio, geles para dar energía durante la carrera, fuerza en las piernas, etc, etc. Estaba feliz porque entonces dejaría de ser un acto de fe y tendría más confianza.

No pude correrlo, en la noche, con todo listo, la ropa, el número, los geles, después de cenar y ya en la cama, el estómago empezó a sonar raro, no me dolía, no me sentía mal pero algo no estaba bien… ZAZ, DIARREA. De esas cosas que pasan que no te explicas, me pasé la mitad de la noche en el baño y siempre pensaba “Esta es la última vez, seguro ya se me quita y podré correr mañana”, pero a las 3 de la madrugada me dí cuenta que no sería así, incluso si se me quitaba la diarrea, no podría correr sin haber dormido y deshidratada, llorando les mandé un mensaje a Xó y a Gris, mis grandes amigas que son grandes corredoras con quienes siempre corro, las famosas “Mushashas” y les dije “Aborto la misión, no podré correr, no me esperen”, y con todo el dolor de mi corazón me rendí, así pasa, a veces hay que hacerlo.

Entonces no tuve mi examen parcial, no pude comprobar que el 25 de agosto podría correr un maratón sin haber llegado nunca siquiera a los 15 kilómetros, las dudas eran horribles pero tenía que creerle a Alejandro cuando me decía “Ya te dije que sí vas a poder”.

Esa diarrea me provocó terror, ¿Y si me volvía a pasar?, ¿Y si no podía correr el maratón después de tanto esfuerzo para entrenar y tanto sacrificio?, descubrí entonces algo nuevo, ahora me daba más miedo no correr el martón que correrlo.

Cambié drásticamente mi alimentación y un par de semanas antes empecé a comer comida como de hospital. No lácteos, no grasas, cosas asadas, no carne roja. Una cosa horrible. Licuados naturales de proteína, vitaminas, tomaba agua, suero, colágeno, magnesio… Parecía que me estaba preparando la NASA para ir a una excursion a Marte.

No me desvelaba, no iba a desayunos, no comía irritantes (lo que más me gusta) no bebía cerveza, dormía mal por los nervios… O sea todo maravilloso…

Un par de días antes fuimos mis amigas y yo por el kit de corredor, ese día compré nuevos geles y estuvimos varias horas en la Expo Maratón porque es como una fiesta que quien ha corrido sabe que es emocionante. Algo que no le dije a nadie, es la primera vez que lo confieso, es que ese día me lastimé un pie, el derecho, me dolía en la noche el talón de Aquiles seguramente por los zapatos con los que había caminado tanto. Eran unas sandalias ya medio gastadas y no fue la mejor elección. El sábado me seguía doliendo y pensé “Ok, pues ni modo, así vas a tener que correrlo”. No quise decirle a nadie porque era como decirlo en voz alta y hacerlo real, como si al no decir nada fuera a desaparecer y fuera creado solo por mi mente, deseaba desacreditarlo por completo pero era algo que me preocupaba.

En la noche preparé todo por primera vez a tiempo, temprano, con una lista para que no se me olvidara nada. Traté de dormir y obvio no podía, pero Xó ya me había dicho que no me estresara si no dormía bien, que era normal y que la adrenalina del día siguiente me iba a ayudar a correrlo. Dormí poco pero no estuvo tan mal.

A las cuatro de la mañana sonó el despertador, me bañé, me puse vaselina por todos lados, me vestí, bajé a la cocina y traté de desayunar. No me entraba nada, los nervios me habían cerrado el estómago. Sabía que tenía qué comer algo pero de verdad no circulaba. Hasta que abandoné la inteción, ya ni modo, de verdad no había forma. A las 5:30 pasó Gris por mi para irnos a la salida y ahí veríamos a Xó. Tardó en llegar y por fin nos reunimos. Yo llevaba puestos unos shorts y no sentía tanto frío, era un manojo de emociones, no tanto de nervios como emociones. Había llegado el día, no estaba lesionada, enferma, cansada, el talón me dolía pero no parecía que fuera algo que no me dejara correr y lo hice a un lado, borré de mi mente ese dolor.

Hicimos una cola terrible para ir al baño, experiencia que no le deseo a nadie, nunca. Esos baños son una prueba a tu fuerza de voluntad muy complicada, salir sin vomitar es casi heróico. No logré evitar las arcadas pero no sé si fue porque traía poco en el estómago o porque soy realmente valiente, pero salimos ilesas de esa situación.

Justo antes de salir, me quité la sudadera y se la aventé a una señora que iba recogiendo ropa tirada, ya no sentía frío, la emoción era enorme.

Dieron el disparo de salida y me recorrió una energía brutal en el cuerpo y me dije “Vas a correr un maratón Diana, a darle hasta llegar”.

Unos días antes, Alejandro me había dado una estrategia de carrera, tenía que apegarme a ella lo más posible si quería terminar, me había dicho a qué velocidad debía de ir y no correr ni más rápido ni más lento. Ese fue mi primer desafío, mantener un ritmo, es tanta gente que tienes que ir rebasando porque todos corremos diferente, que empieza a ser desgastante mentalmente (al  menos para mi). “Acelera, no espérate, ya vas más rapido, frena, vas muy despacio, rebasa, ya aceleraste, bájale te vas a quemar, esos van caminando, rebásalos”. Podrían pensar que no pasa nada pero es agotador. Ya aprendí mi lección, si vuelvo a correr un maratón, no quiero pensar tanto (algo muy difícil para mi).

Los primero 10 kilómetros fueron maravillosos. Me sentía fresca, ligera, me había encontrado a mi querida y adorada Mache, una amiga desde hace más de 30 años que adoro y me estaba esperando por ahí del kilómetro 8, correr con ella fue una delicia por la energía de cariño que sentía.

Después me dejó y seguí sola, como a los 15 kilómetros iba todavía feliz y me encontré a un amigo, El Nava, me sorprendió muchísimo porque hacía seis años, en mi primer medio maratón también me lo había encontrado, entre más de 20 mil corredores de pronto voltear y verlo junto a mi fue una gran sorpresa. Corrimos un par de kilómetros juntos y fue divertido. En el kilómetro 16 vi al Profesor y a Rodrigo y me dio mucha emoción. Yo iba entera y feliz. No sabía muy bien lo que me esperaba…

La entrada a Reforma fue muy emocionante, las porras eran impresionantes, el ambiente se disfrutaba mucho, la gente chocaba las palmas y te transmitía una energía muy especial, es un momento de mucha felicidad (recuerden que era el kilómetro 17 al 18 más o menos). De pronto nos metieron a Chapultepec y yo quería ir al baño. No era una opción ir a los que ponen para el maratón después de la experiencia de la mañana, sabía que quizá ahora  no podría detener el vómito así que salí de la ruta y busqué los baños que están por el Castillo de Chapultepec y fue mil veces mejor. Regresé a la carrera y empecé a correr de nuevo. No me sentía muy bien, empecé a sentir un poco de claustrofobia, muchísima gente en un espacio reducido. El piso es adoquín y eso lo sientes a cada zancada, muy duro. Cuando empezaba a ponerme como de mal humor salimos de ahí y de pronto vi un cartel que decía “Diana” y escuché unos gritos que decían mi nombre, cuando vi a mis amigas exploté de emoción, lo escribo y me dan ganas de llorar, ahí estaban Heidi, Ana Mary, Alejandra, Marce y Ana Cris, con la preciosa Emma y Puchi echándome porras y manifestando un cariño enorme, me paré y las abracé, en eso me dijeron que ahí estaban mis papás, di dos pasos y vi a mi mamá y sentí una de las emociones más bonitas que he tenido, en ese momento pensé “Ya todo ha valido la pena”, la abracé y vi a mi hermana, de pronto vi a mis hijos y empecé a llorar, no podía creer que estaba sucediendo lo que tanto había soñado. Lo escribo y se me escurren las lágrimas, vi a mi ex esposo y me sentí agradecida de que los había llevado a vivir conmigo esa experiencia. Vi a mi papá, lo abracé y me dijo “¡¡Ándaleeee corre!!” y me fui, arranqué de nuevo con una energía renovada, se lanzaron conmigo Ana Cris y Marce un ratito, yo iba llorando porque había elegido el Maratón de la CDMX porque quería que me vieran mis papás y mis hijos, quería que estuvieran conmigo y lo había logrado, se acababa de cumplir uno de mis sueños, pero faltaba otro…

Seguí corriendo y cuando iba en el kilómetro 28 me sentía bien, era la distancia más grande que había recorrido hasta ahora, a partir del siguiente paso, estaba rompiendo record, corriera lo que corriera. Cuando anunciaron el kilómetro 29 con un cartel se veía una subida de terror, me parecía tan injusto, ¿A quién se le ocurre poner esa subida cuando vas a pasar al 30?, ¿¿¿Es en serio???.

En ese momento hice conscienca de algo, venía lo más difícil, me sentía bien pero sabía que venía lo peor…

Y así fue, cuando iba en el kilómetro 33 empecé a cansarme, a pensar cosas que no me convenía pensar, seguía corriendo pero noté cómo el ánimo que tenía un par de kilómentros antes estaba desapareciendo, empecé a sentir que quizá algo no estaba bien.

Más o menos por el 34 apareció Brenda, un ángel enviado. Ella es corredora pero estaba en su porra, ya habíamos quedado que quizá si me veía pasar correría unos cuántos kilómetros conmigo. Me vio y se lanzó, me dio un poco de Coca Cola y seguimos corriendo, debe de haberse dado cuenta que yo no iba animada porque decidió seguir a mi lado. De pronto llegamos por el 35 y vi a los Myagis, unos lindos amigos que tienen un equipo que así se llama y me lancé a los brazos de Tania e Ingrid y me salió del alma “ya no quiero correr más” y me puse a llorar. Entre ellas, Armando, Carlos y Berna me animaron a seguir, no sabía bien qué me pasaba pero era cierto, ya no quería seguir, quería que me dieran permiso para parar, ansiaba oir “No te preocupes, ya quédate aquí, no tienes que seguir” pero no, me animaron y casi lanzaron de nuevo a Reforma, sentía que era un camino cubierto de vidrio y fuego por el que ya era imposible correr. De pronto apareció el Profesor, me agarró del brazo, se lanzó unos metros a correr y veo ese momento como si yo estuviera inconsciente, tenía a Brenda a la derecha, al Profesor a la izquiera y me llevaban casi de la mano para que no me escondiera y huyera, de pronto pude correr mejor y seguí.

Empecé a tener muchas náuseas, el estómago revuelto, el agua que nos daban ya estaba caliente, sentía el sol en la cabeza y se me estaba haciendo imposible correr. En el 36 apareció Roger, amigo de Brenda, y le dije “ya no quiero correr” y me dijo algo así como “Pero el maratón apenas empieza, es el momento en que sacas la casta”. Tengo qué confesar que me dieron unas ganas enormes de matarlo, ¿Cómo que apenas empieza? ¡¡¡LLEVO 36 KILÓMETROS!!! ¡¡¡NO PUEDO MÁS!!!, que apenas empieza no es algo que quieres oir, pero ahora entiendo el punto Roger, lo siento mucho…

Por el Monumento a la Revolución quería morir, cuando me preguntaban qué quería contestaba “Irme a mi casa”, solo eso podía decir, “Ya no quiero” decía repetidamente. Brenda no me dejó caer, me quería sentar y no me dejó, “No te levantas si te sientas” y tenía razón.

En eso pasé por la porra de Edgar y él y Beto se lanzaron junto a mi a correr un poco y me preguntaban lo mismo, “¿Qué quieres?”, “Irme a mi casa” contestaba, de pronto me dijo Edar “No Diana, en serio, qué quieres” y recordé que hacía unos metros alguien me había dado un hielo y me había ayudado, entonces le dije “Algo muy frio” y me preguntó “¿Una Coca Cola, agua o una cerveza?” cuando oí la palabra “cerveza” se me iluminaron los ojos, le pregunté si podía y me dijo que sí, él lleva una vida corriendo y entrenando gente así que confié en él, Beto salió corriendo y no entendí nada, ibamos en un lugar espantoso para mi, sin árboles, sin sombra y del otro lado corría gente que ya venía de regreso de algún lado, tenía unas ganas enormes de girar y cortar camino, pero enormes de verdad. En ese momento de total desesperación se apareció Beto con una cerveza de lata que vi como si fuera el Espíritu Santo rodeado de luz, me la dio, la sentí fría en las manos, me la froté en la cara, la abrí y sonó “PFFFF” y casi lloré, salió espuma, la soplé y le dí un trago largo… PLACER TOTAL… Imaginen la escena en cámara lenta con música de anuncio, sentí que Dios se me había aparecido y me la había mandado. No era solo el sabor, era lo frio, lo fresco, lo relajante. Fue un gran momento que no creo olvidar nunca.

Pasó el efecto de la cerveza y se apoderó de mi de nuevo el cansancio, no eran las piernas, no era el ritmo cardiaco, pero las náuseas me estaban matando, cuando trataba de acelerar, me daban ganas de vomitar, ahora sé que los geles me cayeron mal, nunca había tomado tantos, fueron cinco, claro que nunca había corrido un maratón…

Lo único que pensaba era “Llega al 40, por favor logra llegar al 40” que era más o menos cerca de Bellas Artes, pobre Brenda porque creo que le pregunté cada 30 segundos “¿Dónde diablos está Bellas Artes???” y es que ahí volvería a ver a mis hijos.

Tengo que decir que si algo me sacó adelante fue el saber que los vería, no sabía si ahí iba a parar o seguiría pero tenía que verlos, no les podía fallar, en eso habíamos quedado, en mi casi estado de coma, solo pensaba una cosa, llegar viva al kilómetro 40, llegar en una pieza a Bellas Artes, TENÍA QUÉ LOGRARLO.

Así fue pero no los vi yo a ellos, de pronto aparecieron junto a mi y otra vez me pongo a llorar mientras lo escribo, tantas horas de entrenamiento imaginé esa escena, tantos días en los que me daba flojera hacer pesas que pensé que ellos estarían conmigo, y lo logramos, ellos, fueron ellos los que me hicieron dar los pasos necesarios para seguir.

Seguimos corriendo yo casi en automático, Brenda seguía con nosotros, ellos me decían “Vamos mamá, ya vas a llegar, vamos mamá, lo vas a lograr” y cuando veían que quería parar repetían “Mamá falta poco, vamos” (vuelvo a llorar). Iban junto a mi y yo iba casi en cámara lenta, quería que se me fracturara una pierna para tener pretexto de parar pero de no ser por una lesión tipo de hospital, no había forma de rendirme, ya no les podía fallar, había que cruzar la meta como fuera.

La pregunta que le hacía a Brenda acerca de Bellas Artes cambió, “¿Dónde fregados está el Zócalo??” decía desesperada, Brenda me decía “Ya muy cerca”, “¡¡¡CUADRAS BRENDA!!! ¡¡¡DÍMELO EN CUADRAS!!! ¿¿CUÁNTAS CUADRAS FALTAN??” Y  recuerdo haberla visto buscando en qué calle estábamos para poder darme una respuesta, en eso escuché a Diego decir “Mamá, ahí está la meta”, “¡¡¿¿DÓNDE??!!” no la veía, creo que ya no veía nada, simplemente daba un paso a la vez esperando que con la inercia llegara. De pronto la vi, ahí estaba por fin, escuché de nuevo el grito “DIAAAANNAAAA” y eran de nuevo mis amigas, como que me inyectaron energía, levanté el cuerpo, tomé de la mano a mis hijos y les levanté los brazos, entramos juntos, los tres, con la mirada en alto y en cuanto crucé, rompí en llanto, era diferente, no sé todavía si era de felicidad, cansacio, satisfacción, enojo por sentirme mal o qué, pero los abracé y lloré.

Empezamos a caminar y me empecé a sentir mejor cuando pude tomar algo frío. Lo demás, ya es lo de menos… La historia siguió por horas, caminamos para salir de ahí lo que me pareció una eternidad, pero ya no importaba, ya me había hidratado, ya lo había logrado, sentía como si las uñas estuvieran pegadas a los calcetines y pensé que quizá jamás me quitaría los tenis y serían parte de mi el resto de mi vida, ya eran parte de la piel.

Me ha costado mucho tiempo acomodar tantas emociones. Hace apenas unos días me cayó el veinte, apenas antier que estaba corriendo pensé “Diana, corriste un maratón, a pesar de la pared, no te rendiste”.

Y es que esa a sensación de querer renunciar, a ese llanto que me dominaba, a ese enojo por no ver Bellas Artes, a esa necesidad de lastimarme para poderme tirar al piso, se le llama PARED.

No sé si todos los corredores la sufran, me habían advertido de ella pero pensé que era algo físico, dolor de piernas o las náuseas que sentí o quizá cansancio, pero no me esperaba sentirme tan confundida y estuve varios días enojada.

Tengo mil cosas qué decir pero creo que ya es un post muy largo, la cabeza y el corazón han ido acomodando todo poco a poco. Yo pensé que me sentiría feliz de inmediato pero no fue así, ahora lo veo todo diferente, ahora entiendo todo.

Ahora estoy feliz porque algo que siempre pensé imposible, lo hice, desde que decidí correr el maratón empezó la hazaña. El entrenamiento es duro y jamás dudé. Alejandro tenía razón, se puede. Las piernas no fallaron, ni el corazón ni la energía. Me cansé pero fueron 42 kilómentros, lo que pensé que habia fallado fue la mente que me traicionó cuando faltaba poco, y aún así ahora lo veo diferente.

Cuando alguien me pregunta que cómo me fue y digo que bien y me dicen “¿Lo terminaste?” pienso que claro, que no era una opción, al principio incluso me sorprendía la pregunta, ¿Cómo que si lo terminé?, ¿No termina todo el mundo?, parece que no.

Este es un relato del entrenamiento y de ese día, pero tengo que escribir acerca de la vulnerabilidad de un maratón, de por qué correrlo, por qué salí de esa, por qué esos 42 kilómetros resumen mis 40 años.

Cuando terminó mi matrimonio y me quería rendir, mis hijos me ayudaron sin saberlo a salir adelante. Ahora que quería renunciar en el maratón y parar, fueron mis hijos los que me hicieron seguir, pero ahora sí lo sabían, ellos sabían que los necesitaba.

Ahora soy más “yo” que nunca, siento que después de esto habrá muchas paredes por atravesar, quizá en algunas me tire un rato, otras costarán más trabajo, solo espero superlas todas como superé la del maratón.

Hay malos días, malos meses, malos años así como malos kilómetros, sin embargo, si quieres, das un paso a la vez y sin rendirte, llegas.

Lo dí todo, no me quedé con nada.

Gracias a todos los que formaron parte de esta historia, está grabada en mi corazón, y pase lo que pase con mi vida y mi memoria, hay sensaciones que jamás se olvidan.

Gracias Maratón, por la lección y por dejarme conquistarte, quizá nos veamos de nuevo, quizá no. Ya aprendí que no hay imposibles si tienes verdaderas ganas de hacerlos.

Gracias a Dios por la salud, a mis papás por estar vivos para verme hacerlo, a mis hijos por el impulso, a mis amigas por demostrarme tanto cariño yendo a rifársela a la porra, a Aurora por sus palabras, a Lulú por el mensaje un día antes, a Alejandro por contestar 100 mil veces que sí iba a poder, a Pedro por ser quien me eseñó a correr, al Profesor por la paciencia y el apoyo, a Xó y a Gris que siempre me impulsan a ser mejor. A Mache por correr conmigo, a Edgar por sus palabras, a Beto por la cerveza. A Ale y a Jorge por esa llamada que me hizo reir y por llorar cuando me vieron cruzar. GRACIAS BRENDA por llevarme a la meta.

A todos los que me apoyaron incondicionalmente, GRACIAS INFINITAS.

Sí se puede correr llorando. Solo hay que seguir.

 

 

 

 

 

 

2 thoughts on “Sí se puede correr llorando. Mi primer maratón.

  1. …siigue escribiendo, a quién le interese lo va a leer todo.
    “Correr te enseña a disfrutar tu propia compañía”.
    Una vez más, tus dos últimos posts llegan en el momento justo, gracias por eso.

    Like

Leave a reply to mica Cancel reply