Todos merecemos colapsar.

Hace un mes que tembló en la Ciudad de México, parece increíble que haya sido el mismo día que hace 32 años, hay quien dice que aquel fue más fuerte, hay quien dice que este fue peor, yo creo que más que magnitud en escala de Richter, la magnitud se midió en lo incréible de la ironía. El mismo día en el mismo lugar.

Hace 32 años yo no tenía conciencia alguna de los temblores, no me daban miedo, nunca había vivido algo así, y después de ese día, se creó en mi conciencia un nuevo miedo, a los temblores, a quedar atrapada y no ser rescatada, a que mi casa se cayera, a que estuviera en un lugar público y la estampida de gente apanicada me matara. Ahora, 32 años después de haber vivido con ese temor, se creó uno nuevo, ahora soy mamá, ahora no solo se trata de mi, ahora temo por mis hijos, y es un miedo que estremece y tengo que aprender a vivir con él y a ser su aliada.

Pero todo esto soy capaz de pensarlo con calma gracias a que colapsé unos días después del temblor y es lo que quiero contarles, lo que sucedió los días posteriores fue lo que hoy me tiene de pie y positiva.

El día del temblor pude comunicarme minutos después con mis hijos gracias a que uno de ellos había salido corriendo de su salón con el celular en la mano, tenía la certeza de que estaban bien, decidí ir por ellos a la escuela caminando porque sabía que el tráfico estaría complicado, me habían dicho que existía el rumor de un derrumbe en el Tecnológico de Monterrey, y pensé que era solo eso, un rumor. Así que me puse un backpack en la espalda con agua, unos dulces y mi cartera, salí con Tostada y caminé cerca de 45 minutos hacia la escuela, en el camino fui sintiendo la energía del miedo, de la tristeza, la expresión en la cara de las personas era de angustia, algunos lloraban, otros corrían y en un trayecto de 500 metros fui testigo de dos choques, no estaba siendo consciente que toda esa energía se estaba almacenando en mi cuerpo, seguí adelante y vi a una niña llorando desconsolada con su papá, me acerqué con Tostada y le dije que la acariciara, no lo hice tampoco muy consciente pero le ayudó mucho, le regalé unos dulces y una botellita de agua. Seguí mi camino y llegué por mis hijos, pensé que lloraría al verlos pero no fue así, empezamos a platicar y se sorpendieron de ver que no traía coche, emprendimos el camino de regreso y el tráfico era impresionante, rios de gente caminando en la calle, pegada al celular tratando de localizar a sus seres queridos, nos paramos en una tiendita y en la tele dijeron que se había caído una escuela y había niños atrapados. No sentí gran impesión, no me había dado cuenta que yo estaba tratando de conservar la calma por el bien de mis hijos y seguimos adelante, ellos poco a poco empezaron a sentir la angustia de la gente. Cuando llegamos a la casa, no había ni luz, ni teléfono ni internet, estábamos totalmente desconectados. Gracias a eso tuvimos que idear en qué entretenernos. No vimos imágenes de derrumbes y estábamos en un ambiente contenido.

Al llegar la noche me dijeron mis hijos que no se querían dormir, que tenían miedo, así que dormimos los tres juntos y amontonados en mi cama.

Al día siguiente, fuimos a ayudar a un centro de acopio, ellos no tenían ganas, querían ir a jugar futbol, fue cuando tuve que explicarles cómo estaban las cosas, así que nos fuimos a trabajar. Yo no quería ir a las zonas de derrumbe, no había nada que yo pudiera hacer ahí y pensé que ayudar al acopio era una buena idea y así fue.

Dos días estuvimos más de 12 horas ayudando a clasificar, marcar, empacar y cargar cajas de despensa, articulos de limpieza, ropa, etc. Fueron días cansados pero llenos de satisfacción.

Llegó el tercer día… El día que recordé que Tostada y yo podríamos dar apoyo emocional a niños que estuvieran en albergues, después de todo, era lo que yo mejor sabía hacer. Había puesto público en mi muro de facebook que si alguien sabía de algún lugar en el que me dejaran entrar con ella, me avisara. No pensé jamás la respuesta que esto tendría.

El tercer día, el viernes en la mañana, yo me sentía cansada, física y emocionalmente, empecé a leer todos los mensajes que tenía de gente desconocida en facebook y empecé entonces a sentirme muy abrumada, gente que había conseguido mi celular me empezó a mandar mensajes por wapp pidiendo mi presencia en lugares donde había niños en crisis, los mensajes eran alarmantes, empecé a sentirme mal físicamente, me dolía la cabeza, sentía náuseas y quería desconectarme del mundo. No quería leer ni un mensaje más. Empecé a sentir unos deseos enormes de pintarme las uñas, sí, me imaginaba sentada en mi comedor pintándome las uñas de rojo, era de lo único que me sentía capaz y era mi único deseo. Tengo que decirles es algo poco común en mi, es raro que me pinte las uñas y lo hago cuando no tengo nada que hacer, así que no entendía por qué tenía tantas ganas de hacerlo. No era de dormir, comer, ver la tele o leer, no, quería pintarme las uñas.

Empecé a sentir una culpa enorme y pesada, ¿cómo era posible que ante la crisis y la necesidad de la gente yo quisiera pintarme las uñas?, ¿qué tipo de persona era que ante la solicitud de ayuda yo me negara y quisiera hacerme manicure?, no podía entenderlo y mucho menos controlarlo. Antes de entrar en crisis, fui a llevar a mis hijos al club, deseaba estar sola y en silencio, así que cuando regresé a mi casa, tenía unas ganas incontrolables de llorar, estaba tan decepcionada de mi, me sentía una inútil, insensible y ridícula. Me acosté en el sillón de la tele, me hice bolita como en posición fetal y tenía la mirada perdida, no me consideré capaz de hacer nada más que eso y en ese momento era cierto, estaba totalmente ausente del mundo. Pensaba en los niños llorando por haber perdido a su familia, su casa, sus cosas… y yo quería pintarme las uñas. Estaba enojada conmigo, no, estaba furiosa conmigo, y eso no me ayudaba a ver lo que en realidad pasaba.

Hablé con la Che, esa amiga que es como mi hermana y que seguro sintió lo que me pasaba, lloré entonces desconsolada, no podía ni hablar, me tranquilizó, más tarde, me empezaron a llegar mensajes que decían que por favor ya no fuera a los albergues ni a las zonas de derrumbe porque era demsiada gente y no podría pasar, y por fin pude descansar un poco. Pero la culpa no me dejaba. Acabó el día y llegó el sábado, no había mejorado gran cosa, ahora además me quería pintar el pelo, me sentía más animada pero sin ganas de ver mensajes ni de pensar. Pasé el día en una especie de letargo, como inconsciente, le hice caso a mi cuerpo y le di lo que me pedía, no me pinté ni las uñas ni el pelo pero descansé, leí, escuché música y vi la tele un rato, comí y dormí. Seguía sin entender lo que me pasaba pero dejé que la luz me llegara en algún momento, dejé de buscar explicaciones y dejé que la culpa me castigara sola.

Llegó el domingo y todo había cambiado, amanecí con una claridad impresionante, fue entonces cuando abrí los ojos y una voz me dijo “tienes miedo, ahora sí es en serio”…

Miedo, eso era, resulta que lo que había deseado por tantos años se estaba cumpliendo, pero no sabía cómo hacerlo, no me sentía capaz, había estudiado con Tostada, había trabajado con ella, llevaba ya varios años trabajando con niños y perros, pero de pronto, tenía que poner en práctica todo lo que sabía y me sentí comprometida, tenía que hacerlo bien, pero ¿cómo?, ¿cómo iba yo a ayudar a un niño que estaba en crisis si ni yo misma me había permitido sacar los sentimientos atorados?, ¿cómo iba a dar apoyo si yo no me sentía fuerte?, así que tenía miedo de no ser capaz de ayudar a nadie y de darme cuenta que lo que había deseado por años y la vida me lo estaba poniendo enfrente, yo no lo haría bien.

Al entenderlo pude solucionarlo, al saber que era miedo pude enfrentarlo, y decidí hacerlo, pero hacerlo bien, organizarme, no salir a la guerra sin fusil. Decidí tomar el toro por los cuernos pero de manera eficiente. Empecé a mandar mails, pedir permisos, investigar a dónde sí podría ir sin poner en riesgo mi seguridad ni la de Tostada y las cosas empezaron a fluir. Empecé a tener buenos contactos con gente que sí organizaba, que no mandaba mensajes alarmistas y con gente que podría darme acceso a dónde sí sería de ayuda y apoyo.

El lunes era otra persona, tenía ya permiso de ir a un albergue con unos niños, caminé con Tostada por las calles de la colonia Del Valle y fue una experiencia increíble, triste pero que me dejó ver que sí podría hacer lo que tanto tiempo soñé, dar apoyo emocional a lado de mi preciosa Tostada, muchas historias he vivido desde entonces, muchas experiencias que me han dejado roto el corazón pero llena el alma, tengo que contarlas, vale la pena que las conozcan. Pero por ahora solo quería contarles que mi vida cambió desde ese día en que solo deseaba pintarme las uñas, desde que toqué fondo con el miedo y me di cuenta que no solo es desarlo, es hacerlo, pero que cuando necesitas derrumbarte, tienes qué permitírtelo.

Ahora tengo la cabeza llena de ideas, fui a zonas de derrumbe, a la colonia Condesa, a la Roma, al edificio de Álvaro Obregón, a albergues y eventos públicos con Tostada, salimos en la tele en una entrevista, en la radio en otra y en un programa en el extranjero, ahora no tengo miedo, ahora tengo ganas, ahora quiero seguir aprendiendo y trabajando.

Tenía que colapsar para poder reconstruirme, tenía que tocar con el miedo para aprender de él, tenía que descansar.

Ahora incio una nueva etapa en mi vida, ahora empiezo a escribir una nueva historia, ahora empieza a cumplirse el sueño que tuve desde hace varios años y no pienso dar marcha atrás, pero ahora soy consciente que si un día quiero pintarme las uñas, es porque necesito ese momento de paz para recapitular, no era vanidad, no era inconciencia ni estaba siendo insensible como la culpa me decía, tenía que caerme para levantarme más fuerte.

Gracias a todos los que durante esos difíciles días estuvieron presentes tratando de hacerme sentir mejor. Los quiero mucho.

 

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