Limpiando el nombre de don Silvino.

Facebook me recordó hoy que hace 5 años estuve platicando con Ernesto Pérez “El Patrullas” y don Silvino y que me habían hecho reír mucho, ya había olvidado esta historia y una amiga siempre me pidió que la escribiera, la opinión que varios amigos tienen de don Silvino es bastante distorsioanda así que me siento con la obligación de limpiar su  nombre.

Todo empezó hace casi 6 años cuando decidí empezar a correr, no tenía idea de técnica, equipo, entrenamientos ni nada, me compré unos tenis y listo. Después de algún tiempo haciéndolo (mal, por supuesto) empecé con dolores en las pantorrillas y en la parte de arriba de las piernas (lo que hoy sé que se llaman cuadriceps), se me quitaba y de pronto regresaba. Nunca había ido a ningún doctor y tampoco sabía que lo necesitaba. Un buen día que estaba tratando de correr con dolor, una amiga querida me dijo —Diana, allá afuera hay un señor que da masajes, es buenísimo, ve a que te quite ese dolor —cosa que me pareció fantástica.

Salí a la calle y sí, ahí estaba sentado en un banquito verde sobre la banqueta, entre la señora que vende los dulces de amaranto y el señor de los jugos. Parecía muy amable y traía una toalla.

Me acerqué y le conté que tenía un dolor en la parte baja de la pantorrilla, me dijo que me sentara en una silla y desde su banquito me empezó a examinar la pierna, yo estaba un poco apenada porque nunca me había tocado (sobado) la pierna un desconocido, pero estaba segura que él trataba de localizar una lesión… —¡aquí está!— me dijo muy contento y satisfecho de haber encontrado la raíz de mis problemas, me dijo que necesitaba un masaje y que costaba 200 pesos, yo no sabía si era caro o barato pero tenía dolor y decidimos hacerlo.

Se dedicó a “desbaratar” una especie de cadena de bolitas que tenía  a lo largo de la pantorrilla, me dolía y me quejaba porque nunca me ha dado pena quejarme (cosa de lo que sí se quejan mis amigas) y me pedía perdón por causarme dolor, a lo que yo le decía que se tranquilizara, que era mi “modus operandi” pero que estaba segura que era necesario. Se me quitó el dolor.

Pasaron los días y las semanas y siempre saludaba con mucho gusto a don Silvino, a veces inclsuo me quedaba a platicar unos minutos con él. Había sido corredor y parecía tener un conocimiento basto de la técnica y lesiones, platicaba experiencias de manera muy agadable, así que me gustaba verlo siempre en su banquito con su periódico esperando dar algún masaje, fue así como un día me lo encontré con “El Patrullas”, otro corredor de bastantes años (ya medio fuera de órbita) y entre los dos me hicieron reír muchísimo (obvio no recuerdo de qué).

Fue un buen día de septiembre cuando apareció de nuevo el dolor en la pantorrilla, en esta ocasión más intenso y salí a buscar a don Silvino, quien por suerte estaba desocupado y le conté que había tenido que dejar de correr porque sentía una punzada en la parte baja de la pantorrilla, incluso muy cerca del tobillo, —siéntate —me dijo Silvino…

Empezó a examinarme la pierna, era la derecha, y en esta ocasión le noté una expresión de preocupación que no había visto antes, no encontraba el problema y poco a poco fue subiendo por la pierna, —Silvino me duele más abajo, acá, cerca del tobillo —le decía yo, pero me explicaba que a veces las lesiones se originan en otro lugar y había que encontarlo, confié en él y siguió buscando, empezó a subir peligrosamente a una parte cercana a la ingle… —Silvino es que me duele más abajo, yo creo que por ahí no es —,me dijo que él estaba más nervioso que yo, lo que me hizo dudar entre estar apenada o molesta, hasta que ya cerca de lugares “privados” me dijo —Aquí es…

Se dispuso a quitar la lesión, era un lugar bastante incómodo aunque sin llegar a ser un acto delictivo tocarlo, me puso una toalla encima porque no quería que la gente viera el lugar en donde estaba haciendo masaje… (en serio no era un acto delictivo, pero casi).

La calle estaba llena de gente que entraba a correr y salía toda sudorosa y apestosa, ahí, en ese romántico escenario, Silvino y yo compartimos momentos incómodos, él me decía que aunque no estaba fácil quitar la lesión, con paciencia saldría “poco a poco”…

Terminó mi tortura, finalmente me dijo que era probable que necesitara otro masaje más adelante pero que probara correr al día siguiente, yo estaba entre apenada y agradecida, junto a nosotros había estado todo el tiempo la señora del amaranto y la que vende calcetines que ese día había ido, así que tan poco fue muy íntimo que digamos.

Al día siguiente corrí mejor, pero se me hizo raro no ver a Silvino en su banquito junto al poste de la entrada, pensé que no había podido ir por alguna enfermedad, pero lo que sucedió un par de días después me dejó muy desconcertada, llegando vi junto al poste, donde siempre estaba el banquito, un ramo de flores…

 Primero me preocupé pensando que era un lindo detalle de don Silvino ante nuestro encuentro de unos días atrás, luego me atacó la razón pensando que eso era totalemente ilógico (soy una romántica) entonces se me bajaron los colores al piso, sentí cómo me daba taquicardia y pensé “oh no por Dios, que Silvino no haya muerto”.

Pregunté a la señora de los calcetines y me dijo con cara de pesar toda compungida que sí, que le había dado un infarto unos días antes.

—Diana, mataste a Silvino —me dijo una amiga cuando le platiqué muy triste, ella muerta de risa por supuesto, no tuvo ninguna consideración a mi estado de shock, es más, estábamos en una cena con varios amigos y me pidió que contara toda la historia para que entre todos, llorando de risa, dedujeran que Silvino había muerto por mi causa, que lo había puesto en un estado alterado que le había provocado un infarto, pero eso sí, había muerto feliz.

Desde entonces cargaba con una culpa constante y divagaba entre la pena y  duda de qué tanto había sido necesario “desbaratar la lesión” en lugares insospechados, me incomodaba pensar que don Silvino había abusado de mi confianza y mis amigos siempre me dijero que por supuesto que eso no había sido un “masaje deportivo”.

Ahora quiero limpiar su nombre, quiero decir que después de algún tiempo, fui al doctor quien me dijo que mi problema era que tenía una pierna un poco más corta, soy una especie de Cuasimodo corriendo, y que las lesiones no siempre están en el lugar en donde sientes dolor (Silvino tenía razón).

Hace un año tenía un fuerte dolor en la pantorrilla, de nuevo, fui con otro doctor muy recomendado para tratar de sacar a tiempo medio maratón en Veracruz, al llegar a su consultorio le expliqué todo y me dijo que me sentara en la mesa de exploración….ADIVINEN EN DÓNDE ME REVISÓ… Sí, en lugares insospechados muy cercanos a los que tuvo acceso Silvino y me dijo —Aquí…aquí está la lesión…

Yo no solo no maté a Silvino, él tenía razón, sabía lo que hacía, él había sido un profesional que sin consultorio ni títulos, había dado con mi lesión gracias a la experiencia de la vida y  había sido muy decente en la banqueta sentado en su banquito.

Silvino simplemente tenía un problema cardíaco.

Descanse en paz querido don Silvino.

 

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