Ahora sí sé a dónde voy.

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Hoy, 19 de junio, hace dieciocho años que me casé, fue un día precioso, feliz, lleno de amor y con mucha esperanza en el futuro, no me arrepiento de nada.

Hoy hace seis años fue uno de los peores días de mi vida, fue triste y desolador, sentí la derrota y la desesperanza y pensé que nunca iba a dejar de llorar ni volvería a sentirme feliz.

Hoy hace cinco años escribí que no sabía a dónde iba, pero sí dónde había estado y a dónde no quería regresar.

Hoy sé perfectamente a dónde voy.

De pronto es así, mi peor defecto creo que es el no tener paciencia, quiero saber el final de la película, el final de un libro, qué va a pasar mañana y cómo voy a resolver las cosas, así que el universo trata de enseñarme a ser paciente enfrentándome a situaciones en las que no tengo control para aprender que solo tengo que esperar y fluir, que las cosas llegan (seguro llegan) y que solo tienes que soltar el deseo de controlarlas.

Hace seis años fue evidente que mi matrimonio estaba muriendo y que no había remedio, lloré todo el día, absolutamente todo el día, y lo peor es que no podía hacerlo con libertad porque era día del padre y tenía que esconder la tristeza lo mejor que pudiera. Ese día pensé “se acabó para mi la felicidad”.

Lo escribo sin ánimo de hacer drama, la razón por la que lo cuento es para decirles a todas esas personas que ahora se encuentran así, que por supuesto que vuelves a ser feliz, que por supuesto que dejas de llorar, que por supuesto que dejas de arrastrar los pies y no solo vuelves a caminar, puedes incluso correr o volar.

Hubo momentos muy complicados y otros muy tristes, pero también tranquilos y llenos de paz y muchos felices. Haciendo un recuento de algunas cosas que he hecho, me sorprendo al comprobar que hice lo inimaginable para mi, no porque fueran cosas difíciles o excepcionales, sino porque había dejado de soñar, de buscar, de desear…

• Empecé a correr y es una de las pocas cosas que no he dejado de hacer, he cruzado metas de maravillosas carreras, hice varios medios maratones, lo que nunca creí posible (sí, ya sé, me falta correr un maratón, ¡si todavía no hago de todo!)

• Empecé a escribir y lo disfruto muchísimo.

• Sobreviví a un temazcal (en realidad a varios, pero en el primero pensé que moriría) y fue una experiencia que me devolvió a la vida.

• Empecé a trabajar con perros y descubrí un talento que no sabía que tenía, y no solo eso, me hace muy feliz.

• Empecé a viajar con mis amigas con un esfuerzo sobrehumano por pagar mis propios gastos. Aprendí a manejar mejor el dinero para usarlo para las cosas que más me gusta hacer,  como viajar.

• Aprendí a andar en bicicleta (parece fácil y sin importancia, pero lo que en realidad hice fue vencer el miedo).

• Empecé a conocer gente maravillosa, me quedé con mis amigas de siempre, las que estuvieron a mi lado apoyándome y encontré nuevas mujeres valiosísimas que me ayudan a crecer y me demuestran su cariño incondicional.

• Organicé y pagué un viaje a la playa con mis hijos a un lugar al que siempre quisieron ir, fuimos felices y no creo que se les olvide nunca, incluso el habernos perdido horas caminando como vagos en la carretera fue una de las mejores experiencias de mi vida.

• Fui a un concierto del Coldplay, sé que suena frívolo, pero para mi era cumplir un sueño, su música me sacó varias veces de un estado de tristeza profundo y me acompañó a correr preciosas carreras, Chris Martin no lo sabe, pero es mi novio, así que ir a cantar a con él con toda la fuerza de mis pulmones, fue como cerrar un ciclo y abrir otro, cerré el del pasado y abrí el del futuro mientras cantaba Yellow y Fix you.

• Empecé a estudiar y me siento inmensamente feliz haciéndolo.

• Me atreví, me arriesgué, perdí, gané, lloré, reí, me enojé, me relajé, aprendí a manejar el miedo, me enfermé, me recuperé, me caí, me levanté, me divertí, me aburrí, me equivoqué, pero sobre todas las cosas: APRENDÍ.

Ahora seis años después, puedo decir que, como dijera Chris Martin, “nadie dijo que sería fácil, nadie dijo que sería tan dificil”, pero yo pensaba que sería imposible.

Si estás en ese lugar en el que no te atreves a soñar, en el que crees que siempre permanecerás en ese estado de letargo y tristeza, déjame decirte que si decides levantarte, lo harás, pero está en ti y en nadie más, si no lo deseas con todas las fuerzas y te aferras al pasado y a vivir triste para poderte tirar y que venga alguien a levantarte, estás perdiendo el tiempo, y sobre todo, estás desperdiciando tu vida.

Hace cinco años no sabía a dónde iba… ahora sé perfectamente hacia dónde voy, y lo descubrí gracias al dolor y la tristeza, me hubiera gustado que fuera diferente, pero hubiera sido trágico nunca descubrirlo.

Así que fueron seis años maravillosos que me han traído hasta aquí, y como dice Chris Martin… VIVA LA VIDA… NUNCA TE RINDAS y cree en el amor… Up and up.

Limpiando el nombre de don Silvino.

Facebook me recordó hoy que hace 5 años estuve platicando con Ernesto Pérez “El Patrullas” y don Silvino y que me habían hecho reír mucho, ya había olvidado esta historia y una amiga siempre me pidió que la escribiera, la opinión que varios amigos tienen de don Silvino es bastante distorsioanda así que me siento con la obligación de limpiar su  nombre.

Todo empezó hace casi 6 años cuando decidí empezar a correr, no tenía idea de técnica, equipo, entrenamientos ni nada, me compré unos tenis y listo. Después de algún tiempo haciéndolo (mal, por supuesto) empecé con dolores en las pantorrillas y en la parte de arriba de las piernas (lo que hoy sé que se llaman cuadriceps), se me quitaba y de pronto regresaba. Nunca había ido a ningún doctor y tampoco sabía que lo necesitaba. Un buen día que estaba tratando de correr con dolor, una amiga querida me dijo —Diana, allá afuera hay un señor que da masajes, es buenísimo, ve a que te quite ese dolor —cosa que me pareció fantástica.

Salí a la calle y sí, ahí estaba sentado en un banquito verde sobre la banqueta, entre la señora que vende los dulces de amaranto y el señor de los jugos. Parecía muy amable y traía una toalla.

Me acerqué y le conté que tenía un dolor en la parte baja de la pantorrilla, me dijo que me sentara en una silla y desde su banquito me empezó a examinar la pierna, yo estaba un poco apenada porque nunca me había tocado (sobado) la pierna un desconocido, pero estaba segura que él trataba de localizar una lesión… —¡aquí está!— me dijo muy contento y satisfecho de haber encontrado la raíz de mis problemas, me dijo que necesitaba un masaje y que costaba 200 pesos, yo no sabía si era caro o barato pero tenía dolor y decidimos hacerlo.

Se dedicó a “desbaratar” una especie de cadena de bolitas que tenía  a lo largo de la pantorrilla, me dolía y me quejaba porque nunca me ha dado pena quejarme (cosa de lo que sí se quejan mis amigas) y me pedía perdón por causarme dolor, a lo que yo le decía que se tranquilizara, que era mi “modus operandi” pero que estaba segura que era necesario. Se me quitó el dolor.

Pasaron los días y las semanas y siempre saludaba con mucho gusto a don Silvino, a veces inclsuo me quedaba a platicar unos minutos con él. Había sido corredor y parecía tener un conocimiento basto de la técnica y lesiones, platicaba experiencias de manera muy agadable, así que me gustaba verlo siempre en su banquito con su periódico esperando dar algún masaje, fue así como un día me lo encontré con “El Patrullas”, otro corredor de bastantes años (ya medio fuera de órbita) y entre los dos me hicieron reír muchísimo (obvio no recuerdo de qué).

Fue un buen día de septiembre cuando apareció de nuevo el dolor en la pantorrilla, en esta ocasión más intenso y salí a buscar a don Silvino, quien por suerte estaba desocupado y le conté que había tenido que dejar de correr porque sentía una punzada en la parte baja de la pantorrilla, incluso muy cerca del tobillo, —siéntate —me dijo Silvino…

Empezó a examinarme la pierna, era la derecha, y en esta ocasión le noté una expresión de preocupación que no había visto antes, no encontraba el problema y poco a poco fue subiendo por la pierna, —Silvino me duele más abajo, acá, cerca del tobillo —le decía yo, pero me explicaba que a veces las lesiones se originan en otro lugar y había que encontarlo, confié en él y siguió buscando, empezó a subir peligrosamente a una parte cercana a la ingle… —Silvino es que me duele más abajo, yo creo que por ahí no es —,me dijo que él estaba más nervioso que yo, lo que me hizo dudar entre estar apenada o molesta, hasta que ya cerca de lugares “privados” me dijo —Aquí es…

Se dispuso a quitar la lesión, era un lugar bastante incómodo aunque sin llegar a ser un acto delictivo tocarlo, me puso una toalla encima porque no quería que la gente viera el lugar en donde estaba haciendo masaje… (en serio no era un acto delictivo, pero casi).

La calle estaba llena de gente que entraba a correr y salía toda sudorosa y apestosa, ahí, en ese romántico escenario, Silvino y yo compartimos momentos incómodos, él me decía que aunque no estaba fácil quitar la lesión, con paciencia saldría “poco a poco”…

Terminó mi tortura, finalmente me dijo que era probable que necesitara otro masaje más adelante pero que probara correr al día siguiente, yo estaba entre apenada y agradecida, junto a nosotros había estado todo el tiempo la señora del amaranto y la que vende calcetines que ese día había ido, así que tan poco fue muy íntimo que digamos.

Al día siguiente corrí mejor, pero se me hizo raro no ver a Silvino en su banquito junto al poste de la entrada, pensé que no había podido ir por alguna enfermedad, pero lo que sucedió un par de días después me dejó muy desconcertada, llegando vi junto al poste, donde siempre estaba el banquito, un ramo de flores…

 Primero me preocupé pensando que era un lindo detalle de don Silvino ante nuestro encuentro de unos días atrás, luego me atacó la razón pensando que eso era totalemente ilógico (soy una romántica) entonces se me bajaron los colores al piso, sentí cómo me daba taquicardia y pensé “oh no por Dios, que Silvino no haya muerto”.

Pregunté a la señora de los calcetines y me dijo con cara de pesar toda compungida que sí, que le había dado un infarto unos días antes.

—Diana, mataste a Silvino —me dijo una amiga cuando le platiqué muy triste, ella muerta de risa por supuesto, no tuvo ninguna consideración a mi estado de shock, es más, estábamos en una cena con varios amigos y me pidió que contara toda la historia para que entre todos, llorando de risa, dedujeran que Silvino había muerto por mi causa, que lo había puesto en un estado alterado que le había provocado un infarto, pero eso sí, había muerto feliz.

Desde entonces cargaba con una culpa constante y divagaba entre la pena y  duda de qué tanto había sido necesario “desbaratar la lesión” en lugares insospechados, me incomodaba pensar que don Silvino había abusado de mi confianza y mis amigos siempre me dijero que por supuesto que eso no había sido un “masaje deportivo”.

Ahora quiero limpiar su nombre, quiero decir que después de algún tiempo, fui al doctor quien me dijo que mi problema era que tenía una pierna un poco más corta, soy una especie de Cuasimodo corriendo, y que las lesiones no siempre están en el lugar en donde sientes dolor (Silvino tenía razón).

Hace un año tenía un fuerte dolor en la pantorrilla, de nuevo, fui con otro doctor muy recomendado para tratar de sacar a tiempo medio maratón en Veracruz, al llegar a su consultorio le expliqué todo y me dijo que me sentara en la mesa de exploración….ADIVINEN EN DÓNDE ME REVISÓ… Sí, en lugares insospechados muy cercanos a los que tuvo acceso Silvino y me dijo —Aquí…aquí está la lesión…

Yo no solo no maté a Silvino, él tenía razón, sabía lo que hacía, él había sido un profesional que sin consultorio ni títulos, había dado con mi lesión gracias a la experiencia de la vida y  había sido muy decente en la banqueta sentado en su banquito.

Silvino simplemente tenía un problema cardíaco.

Descanse en paz querido don Silvino.

 

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Ni tan buena mamá, ni tan buena amiga, ni tan buena persona, ni tan buena nada…

Ayer en la noche estaba platicando con mi querida capitana y le dije que me estaba costando mucho trabajo escribir, que sentía que había perdido mi libertad. Me dijo que tenía que analizar qué me hacía sentir así y que conectara con aquello que antes me hacía disfrutarlo, y lo que me gustaba era justo eso, me sentía libre. Escribía sin presión de decir algo inteligente o que dejara algo útil, como me dijo otra amiga hace tiempo “Diana, tienes muchos seguidores, utilízalo a tu favor”, lo dijo con todo el cariño del mundo y me arruinó el proceso de escritura (igual la sigo queriendo).

Me dijo anoche mi capitana algo así como “suéltate, lo que gusta es que eres real, regresa a ser irreverente y recupera tu libertad, VACÚNATE”… Así que ahí va mi “shot” contra la presión.

Antier escribí acerca de cómo quiero educar a mis hijos en la consciencia del amor, me costó trabajo porque me censuré mucho en la búsqueda de no parecer perfecta y aleccionadora, solo quería compartir algo que siento. Quizá a simple vista parezca que soy una mamá modelo que trata de cambiar el mundo a través de sus hijos y que deben de ser niños muy felices porque vivo para ellos y siempre estoy presente y soy toda espiritual y que estoy llena de bondad. Espiritual sí soy, pero mis hijos a veces me odian…

Les hablo demasiado, les explico y los canso, no soy una mamá que se la pase en los entrenamientos de fútbol, los llevo y en el camino les voy diciendo que donde no salgan a tiempo para recogerlos, arderá Troya y les explico la diferencia entre un chofer y una mamá (o al menos una mamá como yo). Mis amigas se rien porque antes que comprar jamón o Nutella, prefiero donar ese dinero a la vaquita marina que está siendo puesta en grave peligro, pero a ellos les digo que la Nutella les hace mucho daño y que está acabando con el ecosistema de los gorilas para hacerlos sentir culpables de consumirla y así yo puedo donar esos 70 pesos que ya casi cuesta.

Prefiero comprar cerveza que leche, cuando voy al super se me olvida lo necesario pero nunca lo INDISPENSABLE (mi cerveza), en la noche antes de acostarme disfruto muchísimo tomarme una mientras leo un rato, cuando se me olvidó comprar leche, a mis hijos les digo que los lácteos son una cochinada que solo les inflama el intestino y crea  mucosas y que el cereal está lleno de azúcar que va matando la salud, (y aunque es cierto, a veces sí les compro, o sea tampoco llamen al DIF).

El otro día me compré unos churritos deliciosos con chile hechos de amaranto, los escondí en el coche porque pasé por ellos a la escuela y no los quería compartir, venían quejándose de tener mucha hambre y les dije que ya llegaríamos pronto a la casa a comer, que mejor se durmieran un rato y en cuanto lo hicieron, saqué mis churritos y los disfruté muchísimo, esa estrategia me sirvió además para que llegaran muertos de hambre y se comieron todo sin chistar.

Los amo y los adoro pero a mi también me quiero un montón (igual les seguiré diciendo que lo más importante en esta vida es ser feliz, que me valen las califiaciones mientras estén arriba de 6 y los educaré con una consciencia altruista).

No soy tan buena amiga, últimamente he sido muy criticada porque odio salir de noche, amo dormir y necesito al menos 7 horas diarias para ser una persona feliz. Donde duerma menos, al día siguiente soy como un bebé al que le están saliendo los dientes, irritable y puedo llegar a matar. Tengo que comer a cada rato porque se me baja el azúcar y soy insoportable e intolerante si no como al menos cada 3 horas. Así que viajar conmigo se ha vuelto como viajar con un niño chiquito, tienen que respetar mis horas de comer y dormir o soy una pesadilla (algunas incluso cargan con barras de granola en su bolsa por si me pongo malita). Esto aunado a que no siento culpa al decir que me quiero ir de algún lugar o simplemente no quiero seguir la fiesta y yo me voy a mi casa.

Hace un par de semanas, fuimos en lunes a cenar “algo leve”, acepté por inocente, porque les volví a creer, pero estando en una cantina, a las 11 de la noche, cuando para mi era hora de irse, salieron con la puntada de “¡vámonos a Garibaldi!”, se me cayó el pelo y de pronto me acordé que yo llevaba coche, lo que me dio una paz inmesa y les dije que no contaran conmigo, que por ningun motivo, trataron de convencerme y no fue posible, no estaba dispuesta a dejarme amedrentar, “yo me voy a dormir, háganle como quieran”, no soy buena para la fiesta, conmigo pueden contar de día, de noche no, y se quejan y me critican y a mi me importa un rábano, lo mio es dormir por más que necesiten mi apoyo emocional (como era el caso de Garibaldi), y ahí acabó la noche. Estoy decidida (mensaje para la Capitana, la Shirris, la Che, Casual Chic y la niña de los Alpes) a dejar de salir entre semana de noche, me hace sentir infeliz.

No soy tan buena persona, hace cerca de un mes, estaba dentro de mi coche en el club esperando a mis hijos de su clase de fútbol, no soy una mamá que se baje a platicar, prefiero quedarme a leer o a dormir dentro de la soledad, comodidad y silencio del coche, pero vino un vigilante a decirme que me tenía que bajar “no puede permanecer en el auto señora” me dijo con voz autoritaria, “no me voy a bajar de mi auto señor” le dije con voz más autoritaria… Se paró junto a mi y le dije “haga lo que quiera, yo aquí me quedo, soy una señora de 47 años dentro de su coche leyendo un libro, no represento ningún peligro, y si corro algún riesgo, es bajo mi propia responsabilidad, aqui me quedo y AQUÍ ME QUEDO”. Unos minutos después llegó una señorita representando a la administración, no la soporto, ya llevo varios “episodios” con ella, desde que la vi acercarse sabía que las cosas se iban a poner muy feas. Cuando me dijo que si quería fuera a hablar con uno de los administradores (que conozco desde que soy niña) le dije que sí, “PORRRRR SUPUESTO QUE HABLO CON ÉL” le dije en un tono exasperado. Me bajé del coche dispuesta a matar a quien se pusiera en mi camino, al llegar al elevador me dijo “si quiere vamos por aqui” a lo que le contesté ” si yo me subo a ese elevador con usted, soy capaz de matarla, así que me voy por la escalera”, se puso pálida y no insistió.

Cuando llegué con el administrador yo estaba furiosa, estaba fuera de mi porque me parecía una injusticia tremenda, era la única hora en toda la semana que yo pasaba sola, en silencio y me la estaban quitando, no veía yo la razón, me parecía totalmente absurdo. Traté terrible al hombre que me veía con pánico desde su silla de ruedas, (tuvo un accidente cuando era muy joven) y yo estaba parada con mi 1.67 de estatura, con la cara roja y los ojos fuera de órbita, su silla de ruedas y lo educado de su tono me volvieron a importar un rábano…

Minutos después me calmé, pedí una disculpa y le dije todo lo que pensaba pero con un mejor tono… ahora me ven y huyen (igual no me dejan quedarme en el coche).

En fin, tampoco me voy a dedicar a escribirles todas mi manías, defectos y errores, solo es un intento mio por regresar a escribir cosas sin sentido que no le interesen a nadie para dejar de sentir que lo que escriba tenga que tener moraleja o un mensaje que sirva a toda la comunidad que me lee. No estoy queriendo aparentar ser una mujer y madre perfecta y bondadosa, mi idea nuna fue que lo creyeran. Soy altruista pero soy un ser disperso y disfuncional dispuesto a seguirlo siendo.

Siento mucho si este post es una pérdida de tiempo, si se los quité para leer una vacuna a mi autocensura, quizá vuelva a escribir algo muy lindo pidiendo disculpas a mi tratamiento, quizá no, quizá vuelva a escribir algo sobre aquellos tarros de mayonesa que tantas risas causaron…quizá no.

 

 

 

 

 

“Necesitamos amor” les dije a mis hijos…

El domingo fui a ver con mis hijos la película de la mujer maravilla, supuse que, como siempre, me iba a quedar dormida, pero no, y al salir platiqué con ellos acerca del mensaje. Tengo esta necesidad metida en la cabeza de conectarlos con el mundo y las emociones, de hacerlos sensibles y espirituales, no quiero niños que solo piensen en fútbol, Xbox, celulares y Ipods.

No quiero arruinarles la película, pero el fin último es: el amor vence, y a esa conclusión logramos llegar.

Hace unas semanas fue el ataque terrorista en un concierto de Ariana Grande (que yo de verdad no conocía) en Manchester, mis hijos sí saben quién es y uno de ellos me dijo “murieron niños mamá” y no pude negarlo, estaban impresionados por la maldad de la persona que sabía lo que hacía. El domingo les conté cómo se estaba llevando a cabo un concierto a favor de las víctimas y en el cual cantaría Coldplay junto con otros artistas muy famosos (#OneLoveManchester) y les dije que siempre por cada persona mala, aparecen muchísimas personas buenas a tratar de superar con actos de amor el dolor que se había causado, la energía en ese concierto es impresionante.

Les expliqué la importancia de la empatía, les conté cómo cuando yo más triste estaba, mis amigas siempre salían en mi rescate, y no era precisamente lo que hacían, no era el café que me invitaban o la cena que me hacían o el temazcal al que me llevaban, era el amor con el que lo hacían lo que sanaba mi alma.

Les conté el caso de un perro muy maltratado que rescatamos, había sido muy lastimado y le encontramos una familia maravillosa que lo ama y ese perro ahora no solo es feliz, ahora hace feliz a su familia. Las personas que lo ayudamos lo hicimos desde el amor y esa energía se contagia. Lo que yo hago por los demás, lo siento de regreso.

Es difícil que dos niños de trece años sean en este momento empáticos y sensibles, mucho menos espirituales, lo entiendo, están creciendo. Los videojuegos, las series de televisión, las noticias en México y el mundo no se pueden ocultar, no es fácil decirle a tus hijos que esos estímulos están haciendo que poco a poco se haga “normal” vivir en un ambiente de violencia.

Al vivir conmigo, tienen el 90 por ciento del tiempo con un lado femenino, ven menos a su papá, soy extremadamente sensible y tengo que lograr el equilibrio, pero no pienso nunca dejar de decirles que trabajen por los demás, que busquen siempre el bien común, que cuando la energía del amor se esparce, se contagia.

Les dije que vivimos en un mundo complicado, siempre habrá gente mala, eso no lo vamos a cambiar, pero por cada terrible acto de violencia, como un ataque terrorista, el maltrato a un animal o el bullyin a un niño, debe haber quien quiera ayudar con un increíble acto de amor y actuando desde el corazón.

Hace unos meses una amiga organizó una visita al Instituto Nacional de Pediatría, el objetivo era llevarles tortas, jugos y pan a la gente que está afuera esperando noticias por los pequeños pacientes internados, pasan horas en la calle y muchas de esas personas son de muy bajos recursos y no han comido bien por días. Me llevé a mis hijos que estaban asorados porque no fueron a la escuela, los puse a preparar tortas y nos fuimos con bolsas y canastas de comida. Hubieran preferido mil veces faltar a la escuela para quedarse a ver la tele o jugar Xbox, pero cuando llegaron y vieron a esas familias con muchísima hambre y llenas de agradecimiento, lo entendieron todo, vieron gente con cajas de cartón como maleta, niños enfermos esperando ser atentidos jugando con un carrito destartalado o incluso con la tierrita de la banqueta. Conocieron a un niño que tiene una enfermedad que no lo deja crecer, tenía 8 años con la estatura de un niño de 4, todavía recuerdan su nombre y el color de la sudadera que llevaba puesta, también se acuerdan de un niño ciego que les impresionó porque estaba feliz, “mamá, estaba ciego y se sentía feliz” me han dicho varias veces…

Ese día aprendieron más en unas horas que en un año de escuela, sé que soy juzgada por mucha gente por lo que voy a decir, pero me interesan más esas experiencias que el nivel académico de la escuela a la que vayan. Ese día sintieron y entendieron el poder del amor.

Hagamos a los niños conscientes de esto, entiendo que tenemos que hacerlos fuertes y resistentes, pero eso no implica que sean insensibles, un niño que se preocupa por los demás y hace algo por alguien, será un adulto sano, empático y lider, eso es lo que más necesitamos.

Somos más los que lo sabemos, solo tenemos que atrevernos a manifestarlo y contagiarlo.