Escúchame bien Andrés Manuel

Hoy a las 5 de la mañana, con insomnio por el coraje, estaba escribiendo en Google “Carta Magna de los derechos humanos”, llegué a la página de la ONU y leí la Declaración Universal de los Derechos Humanos, llena de frustración al leer los treinta atrículos de los cuales la mayoría son ignorados por nuestro flamante presidente en turno (y vienen siendo ignorados desde hace siglos).

Pero yo no estoy acostumbrada a echarle la culpa a los de atrás para justificar al de adelante, como lo hace Andrés Manuel López Obrador y su séquito, el cual incluye a sus seguidores y adoradores. Me parece tan mediocre la respuesta de siempre “sí, pero los anteriores lo hicieron peor” porque se supone que este presidente venía a hacer el cambio, no a hacer lo mismo y aseguir echando culpas.

Mi coraje y frustración de ahora se deben a que ayer me di cuenta que Estrella, la niña que vive en mi casa, que está entrando a la secundaria, no ha tenido ni un día de clases porque aunque López Obrador dijo que el regreso a la escuela es voluntario, las autoridades educativas, o sea la Secretaría de Educación Pública, dio la orden de no dar material de apoyo ni clases virtuales a los niños que no tomen clases de manera presencial. Así que los alumnos que no vayan a la escuela porque no quieren poner en riesgo su salud por el COVID están en el limbo.

No recuerdo si les conté el año pasado que ante la pandemia, Estrella, que empezaba sexto de primaria, se encontraba de pronto sin poder tomar clases porque no tenía tablet ni computadora, la maestra les daba dos clases a la semana con una duración de dos horas (muy poco pero se agradece porque era inciativa de ella) y Estrella veía la clase desde el celular de su mamá. En aquel entonces empecé a prestarle mi computadora pero era una situación incómoda para las dos, por consejo de una amiga, mi querida capitana, un día corriendo le dije “voy a ver si mis amigos me ayudan a comprarle una tablet económica, me parte el corazón” y me dijo “no pidas para una tablet, ve por la computadora” a lo que recuerdo haberle dicho que eso era demasiado, que eran carísimas y que nunca conseguiría el dinero, pero lo pedí para juntar lo más que pudiera. La historia fue preciosa, escribí en Facebook el caso y en dos días tenía dinero suficiente para una buena computadora, además de una serie de ofreciemientos de gente maravillosa que donaba alguna tablet o computadora usada en muy buen estado, pero el dinero ya había sido donado y tuve que rechazar muchos ofrecimientos muy lindos que querían ayudar.

Después de una especie de Viacrucis, compramos la computadora, Estrella no cabía de felicidad, su mamá me daba las gracias llorando y yo le decía que eramos todos un equipo de gente que queríamos ver a Estrella estudiar, y así fue. Estrella terminó la primaria con excelencia.

Ahora que entró a secundaria, decidimos su mamá y yo que por el momento, por la alta ola de contagios, no iría de manera presencial a la escuela, pero pensamos que, como decía nuestro PDJO presidente, era de manera voluntaria (adelanto que ya me está hirviendo la sangre de nuevo y que en lo sucesivo habrá groserías, si son sensibles a este tipo de lenguaje de desahogo, paren de leer, poque quiero decir que PDJO quiere decir PENDEJO).

Estrella lloró cuando le dijimos que por el momento tomaría clases en casa, la escuela informó que solo los que fueran de manera presencial tomarían clase, que no harían nada virtual pero que mandarían trabajo en casa. Cuando vi a Estrella tan triste, decidí comprarle un escritorio para que tuviera un lugar para trabajar y sintiera que sí estaba estudiando y trabajando, pero como por el momento mi situación económica es complicada, lo comenté en mi querido grupo de lectura y les pedi que si sabían de alguna oferta o alguien que vendiera un escritorio usado a buen precio, me informara. A las 3 horas llegó un escritorio precioso para Estrella, una de mis amigas lo donó, porque esa es la gente que me rodea, la que actúa, la que ayuda, la que quiere que las cosas funcionen. GRACIAS a esa querida amiga.

Estrella ha estado usando ese escritorio muy poco, pero pensé que quizá lo usaba más cuando yo no la veía, pero resulta que no, que lo poco que lo usa es para iluminar porque la escuela no ha mandado nada, ni un material para trabajo en casa y los maestros le dijeron a su mamá que tenían prohibido mandar material de apoyo. No contestan correos, no hay con quién hablar nada.

Antes de montar en colera, pregunté en grupos de mamás si alguien estaba pasando por lo mismo, yo tenía la esperanza de que fuera un error y la escuela estuviera dando excusas para no trabajar. Pues no, no es un error, hay miles y miles de niños que están en la misma situación, la educación pública está en las garras de gente que ha decidido que si no vas a la escuela de manera presencial, no tomarás clase, y punto.

NO PUEDO CREER LA INJUSTICIA, no me voy a desgastar en explicar por qué no quiero poner en riesgo la salud de Estrella y la familia, es una decisión tomada, así que ayer cuando me decían “pues que vaya a la escuela” más me enabronaba, porque estamos ante una emergencia sanitaria, al que quiera respetar mi decisión, bien, al que no, también, esta decisión no debería de ser impedimento para que ella reciba material de apoyo para estudiar en casa, pero es una manera de presionar para que vaya, ¿por qué? porque a este pinche gobierno de mier… le importan muy poco lo niños, porque López Obrador ha declarado que a los niños no les pasa nada con el covid, porque decidió que no los va a vacunar porque eso es “consumismo”, porque si no le importan los niños con cáncer, qué podemos esperar de los niños con rezago educativo.

Acabo de escuchar la vocecita de Estrella preguntarle a una maestra que tuvo a bien dar la cara y ofrecer una junta diciéndole “maestra, pero entonces ¿cuándo vamos a poder estudiar?” y se me parte el corazón. También me dijo su mamá que un papá de un niño que va a presencial le dijo que en el baño no hay ni jabón…

Pero escúchame bien Andrés Manuel y todo tu séquito de seguidores, ESTRELLA VA A ESTUDIAR, lo voy a resolver, voy a conseguir algo mejor, no sé cómo, no sé cuando, pero va a salir del patrón que tanto les gusta a ustedes, el de las niñas en su pueblo amamantando, sin educación y manipulables, porque el maldito slogan “Primero los pobres” me tiene hasta la madre, a lo que te has dedicado es a abandonarlos, a crear más pobres, a que sean más pobres y a que no tengan manera de salir de la pobreza.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo veintiseis “1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria.”

Hay gente que me sugiere que haga la secundaria abierta, es una posibilidad, pero tendría que darse de baja y hacer todo el año así. Que baje programas de la SEP y yo le ayude, es otra posiblidad, que pague una escuela privada, no está en mis posibilidades pero sé que podría resolverlo de ser necesario, pero me hierve la sangre porque el discurso de la presidencia es otro y es falso.

Estrella tendrá la eduación que se merece y necesita, me voy a encargar no lo duden ni un segundo, ¿pero cuántos niños la merecen y no la tendrán? Este es el mensaje de una mamá desesperada “Mis hijos van en San Pedro de los Pinos y en NINGUNA ESCUELA DE CDMX TIENEN PLAN DE TRABAJO PARA LOS NIÑOS QUE SE QUEDARON EN CASA, literal los dejaron solos, ni contacto con los maestros, NADA… O ATENCIÓN POR PARTE DE LAS ESCUELAS” (lo transcribí literal) y así hay muchos, miles, incluso hay papás resignados a perder el año escolar. LAMENTABLE Y TRÁGICO, pero, sobre todo, INJUSTO.

A todas esa personas que todos los días le aplauden a López Obrador sus pendejas decisiones les pregunto: ¿qué están haciendo ustedes por México además de apoyar a este presidente que no se ocupa de los pobres? ¿qué están haciendo ustedes en favor de la economía del país? ¿en qué aportan? ¿qué proponen? ¿cuándo y en qué actúan? ¿o creen que milagrosamente este hombre va a sacar a México del hoyo donde está metido, “acabando con la corrupción”, que él y su gobierno todos los días pratican?.

Pues bien, no me voy a quedar ni callada ni de brazos cruzados, hay gente, y mucha, dispuesta a hacer un verdadero cambio, ayer una señora me ofreció clases de Inglés gratis para Estrella y voy a hablar con ella, buscaré escuelas que tengan becas o planes sociales, econtraré la manera, Estrella es una mujer en potencia con un futuro que puede ser brillante y prometedor, le encanta estudiar y es muy inteligente. Mi misión es que curse una carrera, que se prepare, que trabaje, que no regrese a su pueblo a cumplir con el patrón de todas las mujeres de su edad, embarazarse a los 14 años y quedarse sin ese futuro que hoy entre muchos le podemos ofrecer. Estrella será madre, será lider de una familia y es la manera de cambiar a México, empoderando hombres y mujeres con educación, no con falsas y vacías promesas que no se cumplen nunca.

Escúchame bien Andres Manuel, Estrella va a estudiar.

Perdónanos Ruth

Hace unos días me dí cuenta que llevaba mucho tiempo sin escribir y pensé que era hora de regresar, pero quería hacerlo con un post como los primeros que escribía, algo natural, algo sin importancia, algo que me hubiera pasado, no una despedida porque me dijo Monsieur Maurice que corría el riesgo de convertirme en un obituario ya que últimamente solo escribía despedidas y es cierto.

Tristemente este post no es alegre ni chistoso, no es anecdótico y no es tampoco una despedida, es una forma de sacar lo que tengo en el corazón que me ha estado oprimiendo el pecho desde ayer.

Ruth era una niñita preciosa, inquieta, bailarina, intensa, curiosa… Era alumna de la escuela La Gaviota, en la cual soy voluntaria con Tostada.

Hay momentos y personas que te marcan la vida y Ruth es una de ellas, Ruth me dio momentos y me dio su presencia, Ruth es parte de mi historia y de la de Tostada.

Era una niñita pequeñita de tamaño pero enorme de corazón, recuerdo cómo me enternecían sus piernitas delgaditas con jeans y sus tenicitos de bota. Era de verdad delgadita y pequeñita. También recuerdo que siempre traía un peinado que no entendía cómo lograban hacérselo ya que Ruth no se quedaba quieta más de dos segundos. El peinando consistía en varias coletitas en el pelo unidas por ligas que formaban a veces una trencita o una colita de caballo, pero siempre se notaba la dedicación (aunque Ruth terminaba despeinada al final de la mañana).

Era una niña muy curiosa, algo que siempre hacía cuando estaba cerca de Tostada era investigar su correa, la tomaba con las manos y exploraba la textura, le encantaba ver la cajita que traía las bolsas que cargamos por si Tostada hace popó en la calle, a veces las sacaba y me daba risa, luego yo las volvía a meter cuando Ruth ya no estaba viendo.

A veces en cuanto veía a Tostada, la abrazaba muy fuerte, así son los niños con Sindrome de Down, sí, Ruth tenía Sindrome de Down. Son intensos al demostrar sus emociones aunque a veces solo la veía y estaba horas investigando su correa para después abrazarla y a veces ni caso nos hacía, porque así era ella, tomaba sus decisiones acerca de lo que tenía o no ganas de hacer.

Hasta hace unos años, yo pensaba que no podría trabajar con niños con Sindrome de Down porque no sabía cómo tratarlos, me daban una sensación mezclada entre miedo y nervios, no quería ofenderlos con mi curiosidad y prefería manterme alejada de ellos. Pero un día tuve la oportunidad de trabajar con un niñito al que siempre voy a recordar que se llamaba Oscar, mi primer niño con Down, y aprendí mucho de él y de ellos, ahora me duele el tiempo perdido, ahora los entiendo, los respeto y los admiro. Ahora son un imán para mi. Ruth era especial, Ruth tenía una discapacidad, pero solo era intelectual, porque tenía una ENORME CAPACIDAD de disfrutar la vida, de abrazar, de bailar, de investigar… Ruth sabía vivir y sé que sabía amar.

La última vez que la vi y la abracé fue en febrero del 2020, poco antes de la pandemia, y la útima vez que hablé con ella fue algún día de julio del 2021, poco antes de que terminara el ciclo escolar, me dio mucha ternura sentadita e inquieta frente a la pantalla porque nos veíamos por zoom.

Hace cinco días me avisaron que Ruth y su famlia tenían covid, que ella estaba delicada y la habían internado, también a su hermano y que el pronóstico no era bueno, los niños con Sindrome de Down son delicados del corazón, así que la situación era de verdad grave. Me impresionó mucho y empecé a rezar y a pedir oraciones por ella y su familia, seguí con mi vida pero pendiente de su evolución, siempre confiando en que se recuperaría.

Ayer, alrededor de la una de la tarde, mientras hablaba por teléfono con Monsieur Maurice, me llegó un mensaje que decía que a las 5 de la mañana Ruth había fallecido. SE ME PARÓ EL CORAZÓN y se me rompió. Lo sentí en el pecho. Ni para qué perder el tiempo en decirles cuánto lloré.

He estado en shock desde ayer tratando de identificar y lidiar con mis emociones. Sé que estoy triste, pero hay algo que no me permite seguir con la tristeza “normal” de una gran pérdida, y es que lo que siento es mucho enojo, mucho coraje, mucha impotencia.

Hace un ratito que estaba viendo llover en mi patio, me llegó la calma, me entró algo de paz y entendí lo que tenía ganas de hacer, lo que en realidad quiero es pedirle perdón a Ruth. Lo escribo y empiezo a llorar, así estoy desde ayer, cada vez que pienso en ella me ruedan las lágrimas y no puedo parar, y en este momento de nuevo sucede, se me nubla la vista y deseo solo sentir paz.

Perdón Ruth, perdónanos a todos, porque no debiste morir de covid, porque nosotros debimos de haberte protegido, porque eras un ser vulnerable y era nuestra resposabilidad mantenerte a salvo.

Perdónanos Ruth porque hemos sido una sociedad egoísta que solo ver por sí misma. Yo solo veo por mi familia, por mi vacuna, atiendo solo mis miedos y no volteo a ver a los niños que, como tú, son tan vulnerables y hay que proteger sobre todas las cosas.

Perdónanos Ruth porque no hemos luchado lo suficiente por ustedes, porque yo no luché lo suficiente por ti, porque no he protestado porque no se atiende y protege a los niños con discapacidad, porque he mirado hacia otro lado por estar preocuada por mis propios asuntos sin darme cuenta que ustedes deberían de ser los asuntos de todos.

Perdón en nombre de la gente que decide no vacunarse porque deciden por ellos, porque su decisión afectó tu vida, la de tus papás y la de tu hermanito, porque su decisión se basó en el miedo causado por la mala información, la ignorancia, por la falta de educación y por la falta de verdadera investigación que sí aporta la ciencia. Pero a tí no te dejaron decidir.

Perdón en nombre de la gente que no usa tapabocas porque dice que no sirve para nada, por la gente que dice confiar en su sistema inmunológico pero no pensó en el tuyo. Perdón por la gente que cree que el virus no existe y perdón por la gente irresponsable que hace fiestas y se descuida, porque decidió por ti.

Perdón por el gobierno que tenemos que ha tomados decisiones sin importarle la vida de ustedes, los niños, porque no tienen planes de protección ni apoyo para los niños con discapacidad y sus familias. Perdón en nombre de quienes solo critícan y se quejan en redes pero no actúan, como yo.

Perdónanos Ruth porque todo eso que te digo, lo hemos aceptado y permitido, lo he aceptado y permitido, me he enojado y he protestado, pero no he hecho nada.

Perdónanos Ruth porque no hicimos nada por protegerte, por salvarte, porque nuestra indiferencia te detuvo el corazón, te cegó esos ojitos llenos de curiosidad, te paralizó las piernitas delgaditas que bailaban, te detuvo las manitas que acariciaban a Tostada y te apartó los brazos que la abrazaban tan fuerte y con tanta intensidad.

Perdónanos Ruth, perdóname Ruth, necesitaba decírtelo y llorar una vez más llena de tristeza y de coraje porque no te veré más y porque merecías más, tenías derecho a más, porque eres una victima del covid pero, sobre todo, de la indiferencia.

Deseo de todo corazón, y quiero creer, que estás en un lugar mejor, en un lugar donde puedes bailar libremente, donde puedes explorar, ver y tocar cosas lindas que te emocionan, donde no sufres, donde no lloras, donde solo sonríes.

Espero que nosotros aprendamos a hacerlo mejor y podamos proteger a quien todavía podemos salvar. Te recodararé como esa niñita que un día me dio una de las lecciones más fuertes e importantes en mi vida y espero que el enojo no quede en este post lleno de tristeza, coraje y pesar. Espero hacer algo con él, espero hacer arte con tu memoria.

Te recodaré siempre.

Perdónanos Ruth, perdóname Ruth.

Descansa en paz.

Historia de un amor bonito.

Hoy hace un año tomé una de las mejores decisiones de mi vida. Lo soprendente es que no me caracterizo por tomar decisiones facilmente, pero en esta ocasión fue así, y gracias a esa decisión comprobé que el amor bonito sí existe.

No sé si empezar a contar por el principio, el mero mero principio que fue hace casi ocho años, cuando estaba yo en una relación medio tormentosa con alguien que no valía mucho la pena perder mi tiempo pero en ese entonces yo no lo sabía (tengo que hacer una pausa para advertirles a mis papás que este post los va soprender, vayan por algo de beber, alcohol de preferencia, échate una cubita papá).

Voy a contar mi parte de la historia porque la otra parte le pertenece a MonMau. Todo empezó (para mi) con una publicación en Facebook de una querida amiga, Joan, un meme chistoso en el que interactuamos varios de sus amigos. De pronto un comentario mio lo respondió un amigo de ella, me pareció ingenioso y lo contesté, lo que inció una serie de comentarios entre los dos y me pareció un hombre con buen sentido del humor e inteligente (la gente con sentido del humor me parece de lo más inteligente). Para mi, ahi terminó todo, fin de la historia del post de mi amiga en Facebook y a seguir con mi día, mi vida, mi historia.

Unos días después, me llegó un mensaje por inbox de Facebook, era de él, del que tenía inteligencia y buen sentido del humor, del amigo de Joan, de MonMau. Me decía que no me enojara con Joan pero que le había pedido que le pasara algo de mi blog para leerlo y que después de leer algunos de mis escritos, le parecía que sería bueno conocernos, que teníamos cosas en común y que si me gustaría iniciar una amistad a distancia.

No le contesté.

Sí, exacto, eso que piensan lo pensé mil veces después, soy una hija del mal, una perrucha, odiosa, grosera y prepotente. Lo siento, esa mala decisión me costó siete años de volver a crear la oportunidad de conocer al del buen sentido del humor. En fin, qué les digo, era yo una idiota que no sabía todavía reconocer lo bueno, pero tenía que aprender (les adelanto el final, aprendí).

Semanas o meses después, no recuerdo el tiempo porque ya saben que no recuerdo ni lo que hice ayer, terminó mi relación con el que de verdad no valía la pena PARA NADA (del que aprendí mucho, tengo que agradecerle que gracias a él entendí que cuando algo no vale la pena y no te hace feliz, no te puedes quedar un minuto más de lo estrictamente necesario una vez que detectas que no es para ti).

Entonces vino la cruda moral, recordé el mensaje en mi inbox y pensé “en qué estaba yo pensando cuando decidí no contestar ese mensaje” y decidí pedir disculpas, así como un paso a la recuperación, abrí mi inbox y leí de nuevo el mensaje, ¿qué le dices a alguien con quien fuiste extremadamente grosera? pues eso, “Hola, perdón, fui una grosera”.

Después le expliqué que su mensaje había llegado cuando estaba yo bien pendeja (perdón mamá, perdón papá, la palabra es necesaria). No tenía otra explicación. Obvio a él no le dije exactamente así pero seguro me entendió. Le dije que en ese momento estaba yo con alguien y que no había excusa pero que no pensaba con claridad, después le dije que por el momento no tenía inteciones de conocer a nadie porque quería tiempo para organizar mi mente, mi vida y mi corazón pero que no podía seguir sin pedirle antes que me perdonara. También le dije que le deseaba lo mejor y le di a entender que gracias pero no gracias (les digo… pend…).

Contestó de una manera tan educada, tan dulce, sin hacerme sentir mal (y miren que merecía sentirme mal) que lo único que pude decirle fue “encima eres encantador”.

Terminó la historia. Al menos por algún tiempo.

Meses después, cuando yo recuperé la cordura y la salud emocional (bueno más o menos), me di cuenta que nunca había dejado de pensar en él. Le escribí a Joan y le conté todo el caso, le dije que había sido yo una méndiga con su amigo pero que no dejaba de pensar en él. En ese momento me contó que lo conocía hace muchos años y que le parecía que estabamos hechos el uno para el otro, que teníamos mucho en común, dijo riéndose que eramos igual de distaídos, de alivianados, que nos gustaba reír y que teníamos grandes posibilidades de conicidir en muchas cosas, que lo buscara, que le escrbiera. Me armé de valor y lo hice. Fue algo así como “ahh ¡qué onda! fíjate que pasaba por aquí y se me ocurrió decirte que ya estoy bien, rehabilitada y pues… disponible para empezar una amistad” así como que no quiere la cosa, a lo que muy educado y de manera muy “sweet” me dio a entender que ahora él tenía novia, lo dijo sin decirlo pero fue un “pues ahora te toca a ti”.

Terminó la historia, al menos por otro tiempo.

Tengo que decir que algo raro sentí, de verdad inexplicable, era como si hubiera perdido algo, una frustración enorme. Por un momento pensé que se debía al rechazo y a que a nadie le gusta que lo rechacen (¡PUM! “karma” pensé), pero era algo más, de verdad sentía como si hubiera perdido a alguien muy valioso y se lo conté a unos amigos, “me lleva la fregada” les dije, “se me fue algo, alguien” recuerdo que les dije. Después de contarles la historia, me dijeron

—Pero no lo conoces

—No

—Nunca lo has visto en tu vida

—No

—No has cruzado más palabras que esos mensajes

—No

—Ni por teléfono han hablado

—NO

Me sentí una idiota, ¿por qué sentía que había perdido a alguien que ni conocía? No lo sé, pero nunca lo superé.

Pasaron los años, sí, AÑOS, y yo seguía pensando el el amable y educado que me había mandado a la fregada por odiosa, sabía que seguía con su novia porque Joan me lo decía, no lo busqué jamás y no sabía de él. A veces me metía a su Facebook (como hacemos todos los que queremos ver si de casualidad tiene algo público que nos diga “oye corté con mi novia”) y solo veía fotos de paisajes de Montreal, lo que no me decía nada, solo me metía dudas “¿vive en México? ¿Vive en Montreal? a lo que Joan me confirmaba que vivía en México pero que había estado unos años antes en Montreal.

Cada vez que nos veíamos Joan y yo, trataba disimuladamente de sacarle información y siempre me confirmaba que seguía con su novia, y no solo eso, había sido su amiga de muchísimos años, así que la cosa no pintaba bien, esa relación parecía ya muy estable y yo no tenía ninguna oportunidad.

Seguía la vida, pasaban los años, él con su novia y yo con relaciones que me dejaban lecciones pero no el deseo de continuar con ellas, Debo decir que siempre busco una lección en mis errores, si ya la regué, al menos aprendo algo. Y siempre de todas aprendí a distiguir lo más importante, cuando no es para ti, vete.

Un día encontré una página de él en Instagram, y empecé a seguirlo, ahí descubrí que es fotógrafo y que tiene una sensibilidad muy especial, cosa que para mi es importante. Otro punto a su favor y él con novia…

Un día me empezó a seguir también y supuse que había sido por educado, porque él es así (cosa que ahora confirmo). Yo rara vez “likeaba” una de sus fotos aunque me encantaran porque antes muerta que pensara que era yo una arrastrada rogona (términos usados en los 80´s que denotan mi avanzada edad).

Un día me atreví a mandarle solicitud en Facebook, era el fin de mi dignidad, era un hecho, arrastrada y rogona… Nos empezamos a seguir mutuamente pero ahí quedó, muy de vez en cuando había un “like” o algún comentario.

Cuando en Instagram llegaba a comentarme algo, se me iluminaban los ojos y me daba mucha emoción, pero ahí quedaba. Siguieron pasando las semanas…meses…años.

Fue en el 2019 cuando empezó a estar más presente, de pronto me contestaba alguna historia en Instagram con alguna broma y yo solo escribía “jajajaja”. Ahora que lo pienso no sé cómo no pensó que yo tenía un chícharo en la cabeza. De vez en cuando me mandaba mensajes pero nuestros horarios eran muy diferentes, yo soy una viejita que se duerme a las diez y media de la noche y él es un desvelado que me escribía a las tres de la mañana, mensaje que yo veía y contestaba a las seis treinta y él lo leía supongo que como a las tres de la tarde. Y ahí quedaban las cosas.

Cuando por fin coincidíamos y cruzábamos más de dos frases seguidas (que generalmente era para molestarnos con el típico “bullying” (lo cual era bastante divertido) terminaba por decirme “bueno, te dejo seguir leyendo” ¡SIEMPRE! Cosa que me chocaba pero pensaba que era porque en realidad no estaba interesado en nada más.

No había nada que me indicara si tenía novia o no, yo confieso que estaba en una relación que estaba tratando de hacer funcionar pero era con una persona muy diferente a mi y aunque estaba tranquila, siempre un mensaje de MonMau me movía el tapete. En parte mis respuestas “jajajaja” eran porque no me pareacía leal “tirarle la onda” si yo tenía en ese momento un compromiso. Pero cuando me dijo que vivía otra vez en Montreal y que quizá vendría a México en el verano pensé en verlo “no matter what”, no volvería a perder la oportunidad. Eso me indicaba que él ya no tenía novia, pero yo sí… Seguíamos sin coincidir.

No vino en el verano y yo estaba muy distraída entrenando para el maratón así que el tiempo pasó rápido y seguíamos con esta dinámica de escribir muy de vez en cuando, sin tener los mismos horarios ni una conversación hilada y en serio. Pero siempre siempre me ilumiaba los ojos un mensaje suyo o un “like”.

Los últimos meses del 2019 fueron complicados para mi. Mi relación no tenía futuro pero solo yo lo sabía. No la terminaba porque no quería lastimar a esa persona y quería que pasara por un mejor momento antes de avisarle que yo ya no estaba interesada. ERROR, nunca hagan eso, por no lastimar a veces lastimas más y es terrible ver pasar el tiempo sin tomar una decisión cuando sabes que es lo mejor y hay que hacerlo.

Diciembre fue una pesadilla, se me metieron en la cabeza las voces de mis abuelas y la mia que discutían todo el tiempo, ellas me pedían que buscara a un hombre “de buen carácter” (literal es lo que escuchaba). Pero no me atrevía a lastimar a nadie…

El 31 de diciembre de 2019 no podía con las voces, “Diana, no es para ti, alguien de buen caracter” y confieso que cuando escuchaba eso, pensaba en MonMau.

El primero de enero la necesidad se convirtió en obsesión, las voces no me dejaban en paz, ni dormir, ni ver la tele, ni leer NI NADA. No sé cómo describir la sensación que tienes cuando sabes que quieres hacer algo, sabes que es bueno para ti pero no te atreves a hacerlo.

De pronto dije “basta”.

Tomé el celular y pensé “debe de haber alguna manera de escribirle sin ser una arrastrada y rogona” pero ¿cómo? Pues ya vería cómo… Gracias a Dios él había subido un video de una escalera nevada preciosa, a lo que pude atreverme a contestar con una cara de sorpresa (arrastrada y rogona) y él contestó en ese momento “qué lindo verdad”. Por fin estábamos los dos en línea y por fin teníamos una conversación de más de dos frases cortas que no terminaban en “te dejo seguir leyendo”.

Me sentí tan bien, todo se sintió tan bien… He aprendido a reconocer las reacciones del cuerpo para saber si algo es un error o no. Llevaba meses tensa, medio de malas y con insomnio. De pronto al estar platicando con él, me sentí relajada y libre, tranquila, feliz. Esa sensación era la que buscaba.

Nos despedimos y seguimos nuestro primero de enero cada quién en su sillón. Yo tenía algo que hacer antes de siquiera pensar en algo más serio. El dos de enero cerré un ciclo y terminé una relación que no era para mi (ni para él), no me siento orgullosa de haberlo lastimado y no me siento orgullosa de haber buscado a MonMau el primero de enero, antes de terminar lo anterior, pero el tiempo me dio la razón, así tenía que ser.

El tres de enero, creo que a las nueve de la mañana, busqué otro pretexto para escribirle, la necesidad de saber de él seguía, en todo caso, hasta había crecido. Ahí estaba de nuevo, al mismo tiempo que yo y teniendo una conversación que no se basaba solo en el “bullyin” o en el “jajajaja”, y de pronto le dije tres palabras, “Chateemos más seguido” y empezó la magia, no ha pasado un solo día desde ese tres de enero en el que no nos escribamos. Un año, 365 días, miles y miles de mensajes que poco después se conviertiron también en llamadas telefónicas, fotos, canciones, videollamadas, en fin… Todo lo que yo buscaba en alguien.

Recuerdo la primera vez que hablamos por teléfono y la cuento porque es la base de lo que tenemos hoy.

Resulta que él llevaba también mucho tiempo de querer estar conmigo pero es tan penoso que no me decía, además no sabía si yo estaba con alguien o no, el bullyin era nuestra manera de relacionarnos sin arriesgarnos. Pero en cuanto le pedí que estuvieramos más en contacto Y YA NO ME MANDARA A SEGUIR LEYENDO, abrí una puerta y todo lo demás es mérito de él.

Un día, muy poco tiempo después de que empezamos a platicar, me escribió que me quería mucho, yo muy sorprendida le dije “¿cómo sabes? no me conoces, cómo puedes querer a alguien que nunca has visto” a lo que me contestó “márcame por teléfono y te digo”. Debo confesar que a mi eso de hablar por teléfono me daba una pena horrible, pensaba “¿y si no me gusta su voz? ¿o no le gusta la mia? ¿y si tiene voz de Chabelo?”

Después de una dura batalla en la que yo no quería y él me insistía, acepté, ese primer momento lo recuerdo hecha bolita en la cama muerta de pena, roja y tratando de no decir alguna barrabasada, pero él muy seguro me dijo “ahora te voy a decir por qué te quiero” y empezó a definirme, cada cosa que decía parecía que me conocía a la perfección, nadie en mi vida me había descrito tan bien, me di cuenta de algo, él sí me veía, él sabía lo que había, lo aceptaba, le gustaba y estaba dispuesto a seguir… eso no se ecuentra todos los días, puedes llevar años de conocer a alguien y no lo conoces realmente, él no, él había decidido conocerme y con esa sensibilidad que tiene lo había logrado, él ve muchas cosas que los demás no ven, así que le creí.

A partir de ahí todo ha mejorado, no pasa un día sin hablar por teléfono, llegamos a tener conversaciones de horas y horas, pasamos una noche juntos hablando siete horas, sí, SIETE HORAS, ¿de qué? no me acuerdo, nos reimos mucho, bromeamos y nos burlamos el uno del otro, hablamos de cosas serias, de experiencias pasadas que nos ayudan a conocernos y a veces no tenemos nada de que hablar pero como no queremos colgar, nos pasamos recetas… da igual.

Este año nos jugó sucio, después de tanto tiempo de esperarnos, cuando por fin decidimos empezar esta historia, llega una pandemia y nos arruina todo, o al menos eso parecía. Teníamos planes de que yo fuera a Montreal en el verano para conocernos mejor y ver qué pasaba. A primera vista el covid nos frustró nuestros planes, pero solo a primera vista.

Hay dos maneras de ver las cosas y cada quien decide cuál tomar. Podríamos pensar en “queeeeeé mala suerte tienen, justo cuando por fin se deciden, cuando ninguno de los dos tiene una relación, viene el covid y los separa”. Pero él y yo nos quedamos con “bendito el día que decidimos por fin conocernos porque qué hubieramos hecho estas largas horas de encierro sin tener con quien reir, llorar, platicar, arreglar el mundo”.

Debo decir que no he tenido un año fácil, he tenido momentos muy complicados y en todos ha estado él conmigo. La distancia no existe, solo no podemos tocarnos con las manos pero nos tocamos con el corazón.

El día que vi a mis papás a través de un vidrio, lloré como loca y ahí estaba él para consolarme. El día que al papá de mis hijos le dio covid y más tarde se quedó sin trabajo, yo moría de miedo y ahí estaba él para apapacharme. El día que decidí empezar un negocio y moría de nervios, ahí estaba él para impulsarme y darme confianza. El día que tuve un quiebre, que me enojé con él y me puse necia, que lloraba sin parar y quería que el mundo se detuviera, que hice crisis por la cuarentena de tantos días, ahí estaba él con su paciencia y calma, esperando que se me pasara con todo el cariño del mundo.

Nos hemos conocido mejor que si hubiera sido en persona, cuando alguien me dice que cómo pretendo tener una relación a distancia le digo “llevo años conociendo gente que vive incluso a cuadras de mi casa y nunca conecté”. Para mi no es relevante, los dos sabemos estar solos, tenemos una vida en donde vivimos, no necesitamos estar fisicamente en el mismo lugar para sentir que estamos cerca.

Nos hemos vuelto expertos en compartir momentos, vamos al cine juntos, corremos juntos, trabajamos juntos, tenemos proyectos juntos, somos creativos y lo hemos hecho bien.

Hay gente que pasa una vida entera buscando a alguien con quien pueda tener este tipo de conexión y no la encuetra. Nosotros somos afortunados, nos encontramos.

Yo siempre quise lo que yo llamo “un amor bonito”. Ese en el cual no sientas ansiedad, angustia. Que todo fluya, que haya respeto y que las cosas sean fáciles. Hay quien dice que el amor no es fácil, yo creo que es todo lo contrario, si no es fácil no es amor.

MonMau me enseñó que sí existe. No tenemos prisa, ya aprendimos a no hacer planes, no sabemos cuándo podremos por fin abrazarnos en persona, pero sabemos abrazarnos con el corazón. Después de tantos años de esperarnos y coincidir, podemos esperar más, de cualquier manera, cada día estamos juntos.

Ahora no fue el fin de la historia, ahora es el comienzo…

Feliz cumpleaños mamá.

Desde ayer tenía mil cosas qué decirte, se me llenó la cabeza de ideas que decidí escribir hoy, en tu cumpleaños, y de pronto me encuentro la página en blanco y mi mente se puso igual, en blanco.

Pero confío en mi proceso de siempre, ese de soltar las manos y dejar que hable el corazón a través de ellas, y espero poder decir todo lo que quiero decir hoy, en un día en el que me siento infinitamente agradecida y muy muy enojada.

Aquí vamos mamá.

Me siento agradecida porque hace ratito estaba buscando unas fotos donde salimos juntas y me dí cuenta que llevo cincuenta años contigo aprendiendo todos los días. No recuerdo esto pero sé que tú me enseñaste lo primero que se aprende en la vida. A caminar, a hablar, a hacer pipí en el baño (aunque me has contado varias veces que fue complicado porque me sentaba en el piso cuando me daban ganas y era como perrito), y estoy segura que tú me enseñaste a abrazar. Sé que fuiste mi primer abrazo en este mundo.

Trataste de enseñarme otras cosas que nada más no pudiste, como a ser elegante, como tú, a ser femenina, como tú, a ser tolerante, como tú y a ser servicial, como tú.

No se me olvida la frase “ofréceselo a Dios” cuando te decía que no quería hacer algo, y yo me enojaba y te decía “¿y no será que Dios prefiere que le ofrezca cosas que sí quiero hacer?”, siempre has sufrido con mis respuestas pero nunca te has enojado con ellas.

No sabes cúanto te admiro y espero que sientas cuánto te quiero. Eres el mejor ejemplo de fortaleza y resiliencia que tengo, la cosa es que no sé si tú sepas lo fuerte que eres y lo resiliente que has sido toda tu vida. Ojalá tú te admiraras hoy como lo hago yo.

Tengo grandes recuerdos que parecerían insulsos pero no lo son, no para mi. Por ejemplo, esas tortillas fritas en la noche con salsa Búfalo que sabías que nos ecantaban a todos y que siempre nos hacías cuando salíamos de viaje y regresábamos porque eso significaba que habíamos vuelto. Las tortillas fritas son el símbolo que nos recuerda a todos cenando en la cocina, sentados a la mesa mientras tú estabas parada frente a la estufa friendo tortillas una tras otra porque no podíamos parar.

Todavía hace poco deseaba con todo mi ser una tortilla frita con salsa Búfalo porque eso me regresaría a esa época y me daría la sensación de hogar.

Eso fue lo que nos diste siempre, la sensación de hogar, de seguridad, de bienestar, de amor. Estar en la casa era tan placentero que lo que más nos gusta a mis hermanos y a mi es ir a verte, es estar en tu casa, es tener siempre algo rico que comer, algo chistoso que platicar y sentir tu cariño.

También me acuerdo del pan con jitomate y la salsita verde. La sopa de fideo y los bisteces con cebollita. Amo la palabra “cebollita” porque todo lo diminutivo es tan tuyo… Como el “agüita de limón” que siempre siempre había (y hay) en la casa. Cómo me costó trabajo, cuando me casé, el hecho de que cuando abría mi refrigerador no había en automático “agüita de limón” porque si tenía ganas, me la tenía que hacer yo. Recuerdo que quería regresar de inmediato a la casa para que todo funcionara bien, porque eso pasaba, siempre había comida para comer, agua para beber, todo estaba limpio y ordenado y siempre estabas ahí, SIEMPRE ESTABAS AHÍ.

Mi té de las mañanas, lo acabo de recordar, ¡ay mamá! cuánta dedicación a los seres que más quieres, a tu familia. Todos los días, antes de que yo abriera los ojos me llevabas un té de boldo a la cama, con miel y limón para que no supiera feo pero me hiciera bien a no sé que cosa porque no tengo idea para qué sirve el té de boldo, pero tú sí sabías y lo importante era que yo estuviera bien, pero feliz, así que el boldo era para mi salud y la miel y el limón para mi felicidad.

Me empiezan a venir tantos recuerdos, necesito un libro, no un blog. Pero los tengo en mi corazón y quiero que sepas eso, que nunca los voy a olvidar, con todo y mi mala memoria, porque marcaron mi vida.

Hay cosas que nomás no pudiste enseñarme, a ser ordenada, por ejemplo. No sé por qué con tu ejemplo de pulcritud soy este ser caótico y revuelto, mira que lo intentaste. A estar peinada siempre, no puedo mamá, lo siento, mi estilo es totalmente diferente al tuyo, desparpajada y fachosa, al contrario de tu elegancia y clase, es increíble que seamos igualitas en lo físico (bueno, solo la cara porque envidio tus piernitas delgadas y tus tobillitos huesudos) pero no haya logrado parecerme a ti en lo femenino.

Pero me aceptas como soy, eso no cabe duda porque solo me dices “ay Diana, qué bárbara eres” pero no tratas de cambiarme, y eso mamá, no lo pago con nada.

No sé si eres la mejor mamá del mundo pero si tuviera que elegir, te eligiría de nuevo, sin dudarlo un minuto. No sé si eres la mejor abuela del mundo, pero tus nietos te adoran y en tu casa siempre hay algo especial para ellos (como el helado de chocolate, que NUNCA falta).

Por lo que estoy muy muy enojada es porque no puedo creer que hoy cumplas 80 años y no podamos comer juntas, en el comedor de la casa con la mesa llena de comida, como tanto te gusta, que no podamos reirnos todos juntos, como siempre, burlándonos de alguien, generalemente de ti y de mi tía María, parte escencial de la familia,  y que con tu gran sentido del humor solo digas  “¿ya ves María? somos su diversión”. No puedo creer que no te puedo dar un abrazo apretado como te gustan, con esos con los que siento que te voy a romper de lo flaquita que estás (aunque digas que tienes una panza horrible y yo te diga que es lamentable que este verano no puedas lucir bikini por gorda). Tengo ganas de tronarte los huesitos con todo mi cariño en un abrazo en el que me sobran brazos por lo chiquita que estás pero que me ganas en fuerza porque expresas todo tu amor.

Ni modo mamá, hoy no se puede y me ENCABRONA (ya sé que no digo groserías pero hoy me ¡ENCABRONA! el maldito coronavirus y no poder festejarte).

Así que para superar esa sensación, decidí hacer algo especial para que sepas que siempre voy a honrar este día.

He decidido marcar el día de hoy, 14 de agosto, como el día que empecé una nueva vida, hace 80 años naciste y hoy nace en mi una mujer nueva y emprendedora. Hoy suelto el miedo y me atrevo a sacar la fuerza que tengo de ti para empezar un nuevo proyecto de arte. Hoy nace la emprendedora en mi y siempre será el día de tu cumpleaños cuando decidí jugar todas mis canicas y explotar mi creatividad y sacarla por fin con mi proyecto que tanto hemos platicado, hoy nace el proyecto “Mis mujeres fuertes”, hoy empiezo a honrar a las mujeres de mi familia y empiezo por ti.

Hace muchos años (50 y pico) tú me diste la vida, fuiste mi primer hogar, dentro de ti crecí calientita y llena de amor y fue ahí donde empezó a latir mi corazón, el que nunca ha dejado de latir ni sentir gracias a ti.

Así que con el perdón de todos los que no lo van a ver, al ratito te voy a ir a entregar mi corazón, y será el símbolo de que el tuyo y el mio laten juntos siempre, como cuando estaba en tu vientre materno, hoy, aunque no podamos estar tan juntas como queremos, te entrego físicamente mi corazón para que lo veas todos los días de tu vida y recuerdes que gracias a ti, yo existo.

Feliz cumpleaños mamá, me siento bendecida y agradecida por poder estar vivas las dos en tu ochenta cumpleaños, el enojo se me va a pasar, el amor, JAMÁS.

 

 

Ay tía Cuquita, está de la chingada…

Hoy, terminando mi último día de meditación de un reto al que me metí de 21 días, mientras trataba de escuchar la música y la voz de Deepak Chopra, no pude dejar de pensar en mi tía Cuquita.

Todavía no puedo creer que haya dejado de vivir en este mundo (porque sé que ahora vive en otro y no creo en la muerte) y que no la veré más en ese cuerpo que tenía.

La ventaja es que siempre que pienso en ella, me río. Solo tengo recuerdos alegres, chistosos, divertidos y de gran aventura.

Mientras Deepak Chopra decía repetidamente Soooo Haaammm yo pensaba en las avipas del jardín en su casa de León, un jardín que yo disfruté cientos de veces en mi infancia. Había muchas flores y con lo miedosa que yo soy, les tenía pánico a esos demonios voladores (así los veía) mientras mis primos me decían “ay Diana no seas miedosa, no hacen nada”. Qué días tan divertidos, soleados, calurosos y maravillosos pasábamos en ese jardín.

También me acordé de los viajes que hicimos, en especial recuerdo el de Mazatlán y el de Orlando, en donde fui muy feliz recorriendo las carreteras por Estados Unidos, recuerdo cuando pasamos por Baton Rouge, en Louisiana, y escuchamos hablar de un tal Jimmy Swaggart y mi tía le decía a mi primo Ramón que se quedara ahí, “¡ándale Mon!, ¡te quedas y te haces predicador!”, lo decía con un dejo de burla pero yo creía que era en serio. No puedo creer que con mi mala memoría vengan esos nombres con tanta claridad…

Recordando Mazatlán, me vino a la memoria el día en el que armamos en la playa una casa de campaña para protegernos del sol, no sé en qué estaban pensando porque nos daba algo de sombra, pero estar adentro era una tortura, si afuera hacía calor, no tienen idea de la temperatura que sentía en el interior de ese plástico que se fundia en nuestro cuerpo y recuerdo a mi tía Cuquita derritiéndose y todos ensopados muertos de risa de la necedad de estar ahí dentro y a mi tía diciendo en su vocabulario muy florido “no, que la chingada, esto me está matando, me siento como en el infierno, de quién fue la pinche idea de hacer esta madre, nos vamos a morir asfixiados todos”  (no es literal pero estoy segura que bastante cercano).

Los que la conocimos, sabemos bien que era imposible que dijera una  frase de 5 palabras sin que en ella hubiera al menos tres “chinga, chingada, chingadazo”. Y nos mataba de risa.

Dicen que las personas que hablan con groserias son más honestas y más frontales, y así era ella, no se guardaba sus opiniones para caer bien, decía lo que sentía y opinaba y punto, a la chingada si te parecía bien o no.

Así que aquí estaba yo, tratando de escuchar a Deepak Chopra pensando en mi tía Cuquita en traje de baño mentando madres.

Desde muy niña tuvo que ser valiente y decidida porque su mamá murió en un accidente de coche, me acuerdo que alguna vez supe la historia y me impresionó mucho, pero eso hizo que nunca se le atorara nada. Tenía una tienda de vestidos de novia y primera comunión en León, Guanajuanto. Yo me iba casi cada verano a pasar una temporada por allá y amaba ir a la tienda, de hecho era famosa la frase de “vamos a la tienda” porque además me encantaba ver cómo atendian a la gente detrás de un mostrador de madera y veía horas y horas los aparadores con los vestidos tipo princesa y, cuando eres niña, te hace ilusión algún día usar uno de esos vestidos, también me encantaba ir al almacén y contar cosas: rosarios, medallitas, crucifijos… Y un día me cumplió el deseo de usar uno de esos lindos vestidos en mi Primera Comunión, ella fue mi madrina y me regaló el mejor vestido que pude tener.

Me acuerdo de los viajes que hacíamos a pueblitos para buscar gente que le hiciera los bordados para esos lindos vestidos. Viajábamos en su camioneta, recuerdo de un lugar donde la tierra era roja, muy roja y a mi me impresionaba su facilidad para meterse en terracería, pueblos angostos con casas de adobe y rancherías. Era toda una experiencia ir con ella y ver cómo negociaba con las mujeres bordadoras o las que hacía alguna artesanía que ella pudiera utilizar para su tienda.

Recuerdo en especial estar por Arandas, en una casa muy humilde y me dieron ganas de ir al baño, con toda la pena le tuve que decir porque estaba en plena negociación y le dijo a la familia que si tenían baño, habían de ver el baño, era un hoyo en el piso y te agarrabas ahí de una cuerda y pues vas… a hacer lo que tenías que hacer. Yo, que era una lady, no podía creer que eso era el baño, y me acuerdo que me dijo algo así como “ándale tarantantija, no pasa nada” y yo pues tuve que hacer lo que tocaba.

Íbamos y veníamos por carreteras y me acuerdo de verla desde el asiento de atrás con la ventana abierta mientras el aire le despeinaba el pelo con crepé y los brazos enormes con los que agarraba el volante mientras tomaba Coca Cola, platicando todo el tiempo mientras yo escuchaba sus historias interesadísima y veía a mis primos sin poner atención porque ya las habían oído mil veces.

Me acordé también, mientras meditaba, de su Nana (con mayúscula porque para mi era su nombre) y de Tomasita. Dos mujeres que la cuidaron toda la vida y vivieron con ella siempre. Su nana la adoraba y ella le correspondía, con sus trenzas largas largas y blancas por la edad, sin dientes, muy cariñosa siempre sonriendo y siempre regañádola por las “palabrotas” que decía, “ay Cuquita, no hables así, están tus hijos” con cara de “ya sé que es inútil pero igual te lo tengo que decir”.

Su Nana cocinaba delicioso, ahí conocí las verdaderas pacholas, me acuerdo que su antecomedor me recordaba a los restaurantes “gringos” porque era de madera y tenía tapiz de cuadritos rojos y verdes (creo) y la cocina era enorme y amplia, me acuerdo perfecto lo cariñosos que eran mis primos con su Nana y Tomasita, las abrazaban mucho y a la pobre de Tomasita le tomaban el pelo siempre, tanía la boca chueca porque no recuerdo la razón pero no estaba muy bien de sus facultades mentales, pero estaba perfecta de sus facultades del corazón, los adoraban a todos y mi tía Cuquita amó a su Nana hasta el último día.

Cada vez que venía a la Ciudad de México, nos encantaba verla porque era garantía de reir horas y horas, mi mamá y mi tía María, que son como sus hermanas, la regañaban por lo mismo que su Nana, “¡ay Cuquita, qué bárbara!” y yo no quería que dejara de hablar, podía poner atención todo el tiempo, cosa que se me dificulta, pero no con ella, por lo increíblemente divertida que era.

Van dos madrugadas que me despierto pensando “no puede ser, se murio mi tía Cuquita”, es de esas cosas que no digieres, nunca sabes cuándo es la última vez que ves a alguien, que lo abrazas y que lo besas, no recuerdo cuándo fue la última vez que la vi y eso me pone triste.

Quisiera decirle que de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia son con ella, con mis primos, por los viajes, las anécdotas, las aventuras vividas en la camioneta, ¡¡ EL CATAFALCO!! me acabo de acordar de un coche que le compró a mi prima Patty que era un lanchón enorme, blanco y con el techo rojo de tela que estaba sostenido por alfileres porque seguramente estaba a punto de caerse. Paty aprendió a manejar en ese coche y moríamos de risa cada vez que nos subíamos al famoso Catafalco y es que otra de las cosas que tenía era una hablidad increíble para inventar palabras, como el famoso “tarantantija” apodo con el que se refería a mi.

Volviendo a lo que me gustaría decirle es que la quería mucho, que admiraba el carácter que tenía, siempre viendo cómo invertir en su tienda y cómo hacer crecer el negocio. Emprendedora y resiliente. Amaba por sobre todas las cosas a sus hijos, seguro cometió muchos errores en su vida, quién no, pero si a cualquier persona que la haya conocido le preguntas qué recuerda, te dirá que a una mujer alegre, fuerte, mal hablada y simpática a morir rodeada de su tribu para arriba y para abajo.

Todavía el día de su muerte, nos hizo reír a mi mamá y a mi. En medio del drama, cuando le hablé a mi mamá para avisarle, mientras estábamos llorando, le dije “mamá, acuerdate de cuánto nos hacía reir, acuérdate de la anécdota del camión cuando le dijiste que ahí es donde se bajaban y ella se apresuró corriendo hacia la salida y tú muerta de risa no pudiste decirle que ahí se bajaban cuando iban a otro lugar, pero de reír tanto solo pudiste verla correr…” mi mamá llore y llore empezó a rier de nuevo, junto conmigo.

Hace dos días fue en día muy triste en la Tierra pero seguro muy divertido en donde estés ahora.

Tío Ramón, Mon, Güicho, Nacho y Patty, siento una profunda tristeza por la partida de mi tía, no saben cómo quisera ir a verlos y darles un abrazo lleno de cariño, “pero esta chingada cuarentena que no me deja salir” (diría su mamá). Quiero que sepan que en mi corazón siempre estarán esos recuerdos de la primera parte de mi vida a lado de ustedes y de mi querida madrina, mi queridísima tía Cuquita.

Tía, está de la chingada que te hayas ido, te quiero mucho.

Diana, tu tarantantija.

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El maratón de la cuarentena.

Hoy en la mañana estaba buscando unas canciones, tengo que elegir de 10 a 20 que me llevaría a una isla desierta sin poder oir nada más, no es una tarea fácil ya que amo la música y tengo cientos de canciones que me gustan.

Buscando me encontré una que ponía siempre al empezar a correr cuando estaba entrenando para el maratón, se llama Run Wild, de Laney Jones. Lloré muchísimo.

Es una canción que me motiva a correr pero que además me recuerda el bosque que tanto amo en donde lo hago, no ha sido facil pasar ya cinco semanas sin salir a hacer eso que tanto me gusta, correr y sentir el aire en la cara, el sol, el fresco, ver árboles, las hojas en el suelo, la tierra húmeda, oir mis pisadas, sentir el calor del cuerpo que sube a medida que recorro kilómetros. No puedo creer que simplemente no puedo hacerlo, que estoy en mi casa guardada y que no tengo idea de cuándo podré hacerlo de nuevo.

He estado haciendo ejercicio con videos porque necesito las endorfinas y la dopamina para sentirme mejor, porque he experimentado lo que es no hacer nada contra lo que es mover el cuerpo y mil veces elijo el ejercicio. Es un regalo.

Le escribí a mi entrendador y le dije que en cuanto podamos salir, haga lo que tenga que hacer para obligarme a hacer esas terribles cuestas de las que tanto me he quejado y que ahora daría mil cosas con tal de ver el sol atrás de los árboles mientras se me va el aire y me pesan las piernas tratando de subir en un empinado camino mientras voy pensando “qué estoy haciendo aquí pudiendo irme a dormir”.

Ahora puedo dormir, ahora no tengo que sufrir sin aire al subir, no me duelen las piernas, no me siento cansada, no me asfixio al llegar hasta arriba ni siento que me voy a desmayar cruzando el tope de los quinientos metros en el que todos nos caemos rendidos por el esfuerzo de la subida. Ahora estoy en la comodidad de mi casa y no tengo que levantarme de madrugada e ir muerta de sueño con los ojos pegados para entrenar. No, ahora estoy muy tranquila… MUY TRANQUILA…

¿Qué me pasa entonces? ¿Por qué extraño el dolor? ¿Por qué le dije a mi entrenador que me haga la ley del hielo si no vuelvo a subir? PORQUE ME HACE FELIZ CORRER y me gustan los retos.

Después de un rato de tristeza y depresión, me acordé de lo difícil e incómodo que fue entrenar para un maratón, de lo demandante y la disciplina que tuve que desarrollar para lograrlo y de la música que elegí para mis entrenamientos.

Decidí entonces entrenar para este maratón, el maratón de la pandemia, del Covid 19, del aislamiento social, de la cuarentena.

Vivo con mis dos hijos adolescentes, Mary, la señora que me ayuda en casa y su hija Estrella, dos perros (Tostada y Salsa) y cada día hay más ruido que el anterior. Me gustan los momentos de silencio y cuando estoy sola tengo momentos de mucha felicidad, los fines de semana comunes y corrientes mis hijos se van con su papá, Mary sale y me quedo en casa viendo el techo, no es una analogía, literal me quedo viendo el techo un buen rato disfrutando no escuchar nada. Esos momentos que tanto disfruto hace casi dos meses que no los tengo y empiezo a sufrir los daños colaterales. Viajo en mis emociones como en montaña rusa. De pronto estoy feliz porque conseguí dinero para unas caretas para unos doctores y de pronto quiero aventar a mis hijos por la ventana porque llevan 4 horas jugando FIFA en el Xbox y no puedo más con el ruido. De pronto me muero de risa con Tostada y Salsa que hacen travesuras y de pronto no aguanto los oídos cuando le ladran a alguien que pasa cerca de la casa. De pronto me siento tranquila porque ayudé a Estrella a que se sintiera mejor viendo Netflix y de pronto ya quiero que aviente mi computadora porque no puedo con otro capítulo de la serie que está viendo.

Trato de escribir y no tengo paz, trato de pintar y no tengo lugar, trato de oir música y el vecino pone cumbias a todo volumen, trato de meditar y mi mente está furiosa porque no tiene silencio para tratar de descansar.

Estoy haciendo lo mejor que puedo y lo que más me ayudaría a pasar estos momentos, sería salir a correr, JUSTO LO QUE NO PUEDO HACER.

Bueno, pues ni modo. He decidido entrenar para este nuevo maratón. Voy a necesitar lo que necesité para el de cuarenta y dos kilómetros: disciplina, ganas, estructura, música, agua, comida sana, descanso y sudor. Todo eso lo puedo conseguir si tomo la decisión como la tomé en abril del año pasado, en el 2019 cuando empecé a entrenar para el maratón de la Ciudad de México.

Dejaré atrás la nostalgia de la música para correr y la utilizaré a mi favor para sobrevivir este entrenamiento, y así como hace ocho meses corrí y crucé la meta de un maratón de cuarenta y dos terribles kilómetros, cruzaré la meta de una cuarentena que parece que será de mucho más que cuarenta días.

Hace unos meses tuve que entrenar la mente para correr por horas y horas, para que no me venciera cuando el cuerpo se cansara. Ahora la tengo que entrenar para vivir el confinamiento de mejor manera y cruzar la meta de la pandemia.

No va a ser fácil pero tengo mis herramientas, soy corredora, estoy acostumbrada a los retos.

Utilizaré la música, el ejercicio, la disciplina de hacer diario algo que me haga sentir bien, el cariño de mis amigos, las llamadas a Montreal y el apoyo incondicional de la gente que me quiere y se preocupa por mi.

Así que hoy, lunes veinte de abril, empiezo a entrenar el maratón de la cuarentena. Tiene algo en común con el de la Ciudad de México, en ninguno de los dos tengo idea de cómo lo voy a acabar pero tengo la certeza de que lo voy a lograr.

Así que como dice la canción que tanto me movió hoy: Hay una luz al final del camino y el último paso siempre es el más difícil, pero luchamos contra eso y presionamos un mundo que se está derrumbando, NO ES EL PODER LO QUE TE HACE MÁS FUERTE, corre salvaje y corre libre.

 

 

En equipo somos invencibles.

A las 3 de la mañana de un sábado de noviembre del 2019, sonó mi despertador, me bañé y tomé un Uber para ir hacia Santa Fe, no tenía idea de cuánto aprendería acerca de la vida y cómo vivirla ese día.

Iba hacia una carrera de relevos que organizó Soy Corredora para puras mujeres, iría del Centro Ceremonial Otomí hacia Valle de Bravo, nos dijeron que eran 90 kilómetros y que nos irían cuidando todo el camino. A cada equipo de 4 mujeres nos llevaría una camioneta con un chofer y estaba diseñada toda una logística de apoyo para sentirnos seguras corriendo solas, como nos gusta, como ahora es imposible hacerlo por la inseguridad que se vive en mi país. Se oía divertido y parecía ser un reto relativamente fácil considerando que sería correr más o menos 22 kilómetros cada una y veníamos de haber corrido un maratón hacía dos meses , no era tan complicado. Qué lejos estábamos de imaginar siquiera lo que sería.

Llegando a Santa Fe me reuní con mis queridas amigas, Xó, Gris y Chayo, con quienes comparto la alegría y pasión por correr. Estábamos muertas de sueño pero muy emocionadas por hacer una carrera de relevos. Nuestro querido entrenador, Alejandro, nos había ayudado haciendo una estrategia para la carrera, unos días antes me había reunido con él y después de darme varios consejos recuerdo bien que me dijo que estando ahí todo podía pasar, la estrategia podía cambiar y había que ser flexibles, había que ser inteligentes y adaptarnos a las necesidades de la carrera, en esta ocasión sí ibamos por velocidad, era una competencia de equipos, no podíamos perder tiempo corriendo lento y había que ser lo más eficientes posibles.

El camino fue pesado porque era de madrugada, teníamos sueño y, aunque quisimos dormir, no lograba ninguna conciliar el sueño. Íbamos en silencio y todas pensábamos que las demás estaban dormidas, luego confesamos que ninguna lo había logrado, seguro eran los nervios.

Llegando a Temoaya, donde está el Centro Ceremonial, nos bajamos del coche y nos golpeó con todo el frío, eramos veinte equipos y algunas iban ya vestidas con shorts listas para correr, yo agradecí llevar licras porque sentía que se me separaban los huesos de la piel del frío que sentíamos, todas ibamos corriendo al baño, entre el café y la temperatura, creo que las ochenta corredoras que íbamos a competir teníamos las mismas ganas desesperadas de hacer pipí. El ambiente era raro, entre festivo, nervioso, estábamos ansiosas por empezar pero al mismo tiempo lo queríamos posponer. Nos veíamos a la cara todas las corredoras y esbozábamos una sonrisa entre amable y pícara porque sabíamos que una le quería ganar a la otra, sin embargo, creo que en el fondo todas deseábamos que nos fuera bien.

Nos dieron un discurso muy lindo para inspirarnos en el que nos dijeron que había que correr con el corazón. Así lo hicimos.

Nos subimos a la camioneta tres integrantes y la cuarta se fue al punto de salida con todas las demás, era el primer relevo y tenía que ser de seis kilómentros, nuestra estrategia era darle con todo los primeros relevos que serían más o menos cortos (según nosostros) y después cada una haría el resto de sus kilómetros hasta cumplir con veintidos mientras las otras descansaban y comían en la camioneta, pensábamos dividirlos en etapas como de una hora cada una más o menos, y así nos daba tiempo de relajarnos y la corredora no tenía un reto tan difícil considerando que correría dos bloques de una hora, nada grave…

Los primero seis los corrió Gris en un tiempo record, los siguientes seis los corrí yo y creo que nunca había corrido tan rápido esa distancia, los siguientes seis lo correría Xó y los siguientes diez los haría Chayo.

Era muy temprano, hacía mucho frío, estábamos emocioandas y muy inocentes decíamos “goeeeey no está taaan difícil, o sea si está rudo el pavimento pero de seis en seis pues no está grave”.

No tienen idea a lo que nos efrentamos unos kilómetros después. Había unas subidas terribles, el piso era duro y estaba caliente, no había nada de sombra porque los árboles no están en plena carretera y ni una nube para darnos tregua. Empezamos a descubrir que si intentábamos correr distancias largas, perdíamos tiempo porque bajábamos la velocidad. Éramos de las mayores de edad y teníamos un solo objetivo, no ser las últimas, no queríamos ser humilladas por la bola de corredoras jóvenes y veloces, no, no lo íbamos a permitir, entonces cuando una de nosotras se bajaba a correr, sabía que lo tenía que hacer lo más rápido posible para que no nos alcanzara el equipo que iba atrás, claro que todas pensábamos lo mismo entonces era una lucha encarnizada por no ser rebasada que aumentó la presión por correr bien y rápido. Descubrimos que los relevos tendrían que ser cortos para que cada una pudiera dar su mejor tiempo y no quedarnos atrás.

El ambiente dentro de la camioneta empezó a cambiar, las que íbamos dentro vigilábamos a la que corría para identificar cuando estaba empezando a cansarse para decirle que se subiera y se bajara otra.  Al principio cada una pedía cambio voluntario pero nos dimos cuenta que sentíamos una gran presion por hacerlo bien y cumplir con la distancia que habíamos acordado.

Decidimos hacer relevos de quinientos metros, pero nos fuimos dando cuenta que en las subidas eran terribles, recuerdo ir en el coche y decir entre las tres “ya se cansó y no pide cambio, súbela porque ya no puede” y la que iba corriendo decía “no no, sí puedo, déjenme que sí puedo” pero la verdad era que nos frenaba a todas.

Esa fue nuestra primera lección, HUMILDAD, nos vimos obligadas a aceptar que si no pedíamos ayuda, no lo íbamos a lograr, si cada quien quería hacer su parte sin tomar en cuenta que podía afectar al equipo, no lo íbamos a conseguir, seríamos las últimas y terminaríamos hechas pedazos sobre la carretera.

Llegamos a los cuarenta kilómetros y sentimos terror, ya íbamos muy cansadas y faltaban cincuenta kilómetros, la tensión se cortaba con cuchillo, el cansancio, el hambre, el miedo empezaron a actuar y por momentos perdimos el objetivo, disfrutar la experiencia.

Seguimos corriendo con un calor inclemente, yo ya me había cambiado de ropa, llevaba shorts, playera sin mangas y gorra y no podía de calor, el sol quería asesinarnos.

Una ambulancia iba detrás de nosotras ofreciéndonos agua y, por momentos, nos sugirieron parar, no sé cómo nos vieron, seguro pensaron “estas señoras se nos van a morir aquí de un infarto y no nos caben todas en la ambulancia”. Pero en ese momento no pasó por nuestra cabeza renunciar, teníamos que terminar fuera como fuera.

Cerca de los sesenta kilómetros los relevos ya eran muy cortos, las que íban dentro de la camioneta vigilaban a la corredora y cuando la veían bajar el ritmo la subían y se bajaba alguien más. Hubo momentos que algunas de nosotras no podíamos hacer el relevo y alguna la sustituía, ya no se trataba de correr parejo la misma distancia a la misma velocidad que las otras y así fuera justo, no, se trataba de echarnos la mano y sacar la carrera adelante porque ninguna era mejor que otra, ninguna corría más rápido o resistía más, no ahora eramos un equipo que fuera como fuera tenía que terminar y no importaba si una hacía un relevo de un kilómetro y otra lo hacía de trescientos metros porque al correr, la que se bajaba, hacía lo mejor posible y al subirse de regreso le echábamos todas las porras posibles porque lo que más deseábamos era ser nuetra mejor versión en favor del equipo.

Pasó la crisis, llegando a los setenta kilómetros, nos entró un nuevo aire, faltaban veinte y ya íbamos agotadas pero con un espíritu renovado. Algo había pasado, nos acercamos a otros equipos y empezamos a ver que teníamos posibilidad de rebasarlos, entonces ahora era un reto más grande, ya no era terminar vivas, ya no era no ser las últimas, ahora era hacerlo bien y mejor y ser competencia. Se nos despertó el espíritu de lucha.

Ya llevábamos dos lecciones más, la de buscar el bien común entre todas y la de siempre desear ser mejores sin menospreciarnos.

De pronto dejamos la carretera y entramos al pueblo, fue terrible porque con ochenta y tantos kilómetros a cuestas, habiendo hecho lo posible por rebasar dejando cuerpo y alma en el camino, había que correr en subidas y bajadas pronunciadas en el empedrado, no tienen idea lo difícil que empezó a ser correr así, pero el ánimo no solo no decayó, nos empezamos a sentir positivas antes la vista de “tierra firme”, las porras no cesaban, desde el coche gritábamos a la que corría todo tipo de cosas inspiradoras, creo que ya corríamos con el puro impulso del corazón y el deseo de llegar vivas y enteras.

Recuerdo haber pasado un arco que marca la entrada a Valle Bravo y haberme sentido inmensamente feliz, subí la mirada al cielo y dije “gracias” lo repetí tres veces, sabía que estaba viviendo una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Sabía que tenía cuarenta y nueve años y había corrido a rayo de sol una carrera de relevos de puras mujeres por primera vez en México, sabía que hacía unos años jamás lo hubiera imaginado, sabía que mis amigas dentro de la camioneta eran de las personas que más me querían y sabía que estaba haciendo lo que unos kilómetros atrás parecía imposible, pero más que todo, sabía que estaba sana para hacer esas locuras y estaba loca para animarme a hacerlas.

 

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Cuando parecía que todo iba a terminar, en el kilómetro noventa, nos bajaron a las cuatro de la camioneta porque a la meta debíamos entrar juntas, eso lo hizo más difícil porque ya no teníamos quién nos ayudara, había que correr tres kilómetros más y las piernas dolían, el aire faltaba y el calor quemaba. Aún así, no nos rendimos, cuando vimos la meta sentimos que veíamos el cielo, y así fue, cruzamos juntas y de la mano las puertas del cielo, dejamos el infierno de la carretera atrás y nos abrazamos llorando felices de haberlo logrado, nos sentíamos felices, cansadas, hambrientas, conmovidas, emocionadas, orgullosas… era un combo que quería explotar, supongo que por eso llorábamos.

Fueron nueve horas, NUEVE HORAS corriendo entre cuatro para hacer noventa y tres kilómetros en total. Nueve horas que parecen muchas y, sin embargo, fueron pocas considerando lo que ese día aprendimos.

Aprendimos que las mujeres somos fuertes pero unidas somos invenciles, que solas no nos rendimos facilmente pero en equipo no nos rendimos nunca. Aprendimos a ser humildes y pedir ayuda, aprendimos a ofrecer ayuda anque no la pidan y aprendimos a rescatar a quien necesita ayuda y no sabe que no puede más.

Aprendimos el valor de luchar juntas por un mismo objetivo, aprendimos que no hay imposibles si eres flexible y trabajas en conjunto, aprendimos que el valor de la amistad es INDISPENSABLE para vivir.

Aprendimos que la estrategia puede cambiar. Aprendimos que si una no puede, siempre hay otra que sí puede y te da la mano. Aprendimos que cuando llevas mucho camino andado parece que nunca vas a llegar, si eres equipo un nuevo aire te puede entrar.

Aprendimos el significado de sororidad.

Hoy, más que nunca, empiezo a sentir que esas lecciones me cambiaron la vida.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer, no es un día para festejar ni felicitar, es un día para recordar y agradecer a todas esas mujeres que hicieron equipo, que supieron luchar juntas por un objetivo, que se apoyaron entre ellas para conseguir que nuestros derechos fueran respetados y que gracias a ellas a lo largo de la historia se han ganado grandes batallas.

Pero falta mucho, muchísimo, y si no lo hacemos en equipo, si no luchamos juntas, si nos juzgamos y nos separamos, jamás vamos a cruzar la meta.

Hoy marcho en Reforma por mis amigas, mis primas, mis hermanas, mis nueras, mis cuñadas, mis maestras, mis sobrinas.

Hoy marcho en Reforma por las que sé que han desaparecido y las que no tengo idea que van a desaparecer, por las madres que han perdido a sus hijas, por los niños que han perdido a sus madres, por los hombres que han perdido a sus parejas.

Hoy marcho en Reforma por las que están de acuerdo en la lucha y por las que la critican, por las que juzgan y por las que entienden y apoyan.

Hoy marcho en Reforma por las que no pueden ir a marchar.

Hoy marcho en Reforma porque soy coherente y aprendí el valor de luchar en equipo y porque no me quedaré callada viendo cómo cada día desaparecen diez mujeres en mi país. Un día podría ser yo.

Hoy marcho en Reforma, canto en Reforma, bailo en Reforma, grito en Reforma que las mujeres somos más fuertes unidas.

Las mujeres en equipo, somos INVENCIBLES.

VIVAS NOS QUEREMOS.

marcha

 

A Dios, querida Bertha.

Ayer, alrededor de las 2 de la tarde, venía manejando en el periférico cuando se me paró el corazón, me enteré que mi querida suegra, Bertha, había dejado de vivir aquí, por fin había decidido ir a donde quería ir desde hacía tiempo.

Esto sucedió más o menos a las 12 de la tarde, mientras yo me cortaba el pelo, mientras hacía algo tan mundano y la gente hacía su vida como si nada, ella tomaba el último respiro y soltaba el cuerpo para por fin ir hacia la luz. Así, mientras todos pensábamos en cualquier cosa menos que se nos estaba yendo para siempre, estaba acabando una vida que fue importante para muchos de nosotros.

En el momento en que supe me sentí inmensamente triste, se me salieron las lágrimas mientras me sentía confundida porque era una partida que de verdad deseaba, estaba sufriendo, esta sobreviviendo día a día sin vivir, era necesario que descansara, pero entendí que por más que creas que estás preparado y que incluso deseas que suceda porque esa no es vida, en el momento en que pasa, la tristeza es enorme. Y algo que he aprendido con los años es a identificar las emociones, dejarse sentir, validarlas, entenderlas y vivirlas. No hay emociones buenas o malas, sentimos porque somos humanos y prefiero ser de esas personas que llora y siente a ser práctica y dejar de sentir, no quiero jamás dejar de sentir.

Les dije a mis hijos “oigan, les tengo una noticia muy triste, abuela se murió hace ratito”, sentí que los había aliviado un poco, también la habían visto muy mal y querían que eso terminara. Pero yo, como soy una madre obsesiva con las emociones y que fluyan y sientas, les dije “¿qué sienten? ¿no estan tristes?” los dos me respodieron lo mismo “mamá, abuela ya no estaba hace tiempo”, pfff tanta practicidad me dio miedo, pero tenían razón.

Más tarde quise ir a despedirme de ella de manera privada, no me gustan los funerales porque hay muchísima gente y yo quería verla a ella sola, en su cama, hablarle al oído y decirle lo mucho que la había querido, admirado, respetado y que la recodaría siempre. Pero camino a su casa el tráfico de diciembre estaba imposible, volví a llorar y pensé “es cierto, ella ya no está en ese cuerpo” y regresé a mi casa con mis hijos para ir más tarde a la funeraria.

Cuando íbamos en camino, les dije “no vamos a ir a despedir a ese bultito de huesos en pijama que vimos los últimos días, vamos a ir a despedir a una mujer preciosa que fue fuerte, valiente, amorosa, resiliente. Que estuvo siempre para todo el mundo y nunca para ella, que antes que pensar en sus necesidades, pensaba en las de los demás, que los quería un montón y que nos demostró a todos los que la conocimos, el verdadero poder del perdón, abuela era muchísimo más que una viejita en pijama acurrucada en una cama por años”.

En ese momento decidí hacer un poco de memoria y traspasarla a mis hijos, Bertha llevaba alrededor de 2 o 3  años (no estoy muy segura de la fecha) con los ojos cerrados para abrirlos de vez en cuando solo para lo necesario y cuando veía a Emilio, su adorado nieto, cuento esto porque a todos les daba risa y supongo que es algo que Emilio guardará siempre en su corazón, cuando llegaba a verla, todos le decían “¡abuela ya llegó Emilio!” y Bertha medio abría los ojos, haciendo reir a todos rompiendo un momento triste y haciendo alegre la visita.

En ese acto de recordarla les dije “abuela era muy chistosa, le gustaban las bromas y tenía una risa muy alegre, tenía una mirada muy dulce, no recuerdo haber escuchado a nadie hablar mal de ella, nunca, era muy cariñosa, adoraba a sus nietos y estoy segura que de no haber tenido esta enfermedad en la que hace años dejó de hablar, les hubiera enseñado muchsa cosas y la hubieran disfrutado mucho”, iban callados escuchando y cuando les dije “le encataba comer rico”  los dos me contestaron “hasta hace unos días mamá, abuela siempre comió mucho”, eso hizo que nos riéramos y seguimos nuestro camino. No quise abrumarlos llenándolos en el tráfico de recuerdos, pero es algo que haré siempre, hablar de ella y contar historias acerca de ella, quiero que la conozcan lo mejor posible.

Llegamos al velorio y todo transcurrió como se debe. Yo lloré, como siempre, cada vez que veía a alguien y me abrazaba, no puedo aguantarlo. Ella no había llegado porque la estaban preparando y empezamos todos a platicar como si nada, así de cualquier cosa. Estuve un rato platicando con la cuidadora y ella me contó que se había ido de manera muy linda, soltó el cuerpo, literalmente, estaba relajada y no sufrió, no le faltó el aire no tuvo dolor, no fue una agonía de horas en la que todos están alrededor de ella suplicantes de que eso termine, no, cuando estaba en un momento relajado, soltó el cuerpo y se despidió de la vida de aquí para darle la bienvenida a la vida de allá, cualquiera que esta sea, en lo que cada quien crea, porque me niego a creer que simplemente desaparces, no, la vida es más que solo un cuerpo que se esfuma con el tiempo, el alma trasciende, y Bertha tenía un alma hermosa que merecía ser feliz, estoy segura que ahora lo es.

Cuando la trajeron, me acerqué a verla, no tuve dudas y es la primera persona muerta que veo, nunca había querido y mis hijos me dijeron cuando íbamos de camino que no querían verla, pero nos acercamos los tres acompañados de la cuidadora que estuvo con ella, “¿ya vieron qué bonita se ve?” nos preguntó, y sí, se veía muy bonita, tranquila, con paz. Pero de pronto me dijo “¿ya viste el traje que tiene puesto?” y cuando me fijé vi que era el que usó en mi boda, lloré como una Magdalena, porque me vinieron a la mente tantas cosas, tantos recuerdos, fue como si en ese momento Bertha viniera a recordarme momentos que vivimos juntas.

A Bertha la quiero desde el día en que la conocí, me abrió los brazos y me invitó a su vida. Era amable y educada, una fina persona de verdad. Todos los lunes comíamos juntas y cuando nacieron mis hijos, lo seguíamos haciendo, ellos recordaron que siempre les tenía un postre rico, un Garibaldi, galletas de limón, algún pastel o panqué…

Fue una abuela presente hasta el día en que pudo serlo, recuerdo que cuando mis hijos estaban recién nacidos, me ayudaba a bañarlos con una seguridad impresionante, eran dos ratitas que se movían como cachorritos y ella, con esas manos grandes que tenía, los agarraba de la panza y el pecho, boca abajo, y con mucha habilidad los bañaba. Le gustaba darles la mamila y les cantaba “tengo manita no tengo manita, porque la tengo desconchabadita”.  Les tejió muchas cobijitas, me daban ganas de decirle que ni tiempo me daba de usar todas pero hubo dos en particular que me encantaban (y aún las guardo). Les compraba peluches a cada rato (tenemos varios) y siempre siempre SIEMPRE me ofrecía ayuda porque sabía que cuidar a dos bebés al mismo tiempo no era una tarea fácil.

Bertha fue una suegra excepcional, jamás intervino en alguna decisión en mi matrimonio, siempre presente pero siempre testigo, jamás protagonista. Siempre cariñosa y siempre prudente.

Fue una madre increíble, sus cuatro hijos la adoraban. Es aquí donde me detengo un poco y les cuento que sufrió lo que nunca nadie debería de sufrir. Perdió dos de esos cuatro adorados hijos, no hay peor dolor en la vida que ver morir a un hijo y ella lo vivió dos veces, DOS VECES, y aún así, se mantuvo firme en la vida y trató de vivirla bien, dándonos a todos un ejemplo de fortaleza enorme.

Bertha era una perfecta esposa o al menos eso quiso ser siempre. Era la esposa de un Doctor y eso no es fácil. Me acuerdo cuando me contaba que se levantaba en las madrugadas para hacerle el jugo de naranja a mi suegro antes de irse a trabajar. Siempre hizo lo mejor que pudo para que él estuviera bien, así como dicen que eran “las esposas de antes” que hacen todo por los demás antes que por ellas mismas. No lo juzgo ni lo aplaudo, así era y así quiso ser, estaba convencida y lo hacía con amor.

Bertha me enseñó el verdadero significado de FORTALEZA cuando la noche que le quitaron la vida a su hija, yo fui corriendo a su casa hecha pedazos esperando econtrármela igual o peor que yo y ver en su lugar a una mujer tranquila, fuerte, resignada, que una vez más pensaba en todos antes que en ella, me abrazó y me dijo “Ay Diana, se fue la Nena, pero tú eres como mi hija”. Me puse a llorar tanto que sentía que me ahogaba y ella me abrazaba fuerte, se  me salen las lágrimas al recordarlo porque lo tengo como tatuado en el corazón.

También me enseñó el verdadero y poderoso significado del PERDÓN, cuando al encontrar a la persona que le había quitado la vida a su hija, dijo de manera franca y honesta “yo lo perdono”. Mientras todos nos desgastábamos en odiar a este hombre, ella lo soltaba, lo liberaba, no entendíamos cómo era capaz de decir eso. Pero lo entedí un tiempo después, no lo hizo por él, lo hizo por ella y nos ganó a todos. Ella supo quitarse el odio de encima, perdonarlo no era justificarlo, era simplemente dejar de odiarlo y eso libera y te deja vivir, cosa que a la mayoría nos cuesta tanto trabajo porque tenemos un ego enorme que no nos permite ver que cuando recuerdas una y otra vez lo que “te hicieron” es como si te lo volvieran a hacer, vuleves a sentir el mismo odio y repulsión, el cuerpo no sabe de tiempos, no sabe que ya pasó, lo siente como si estuviera sucediendo de nuevo y eso le da poder a esa persona de seguirte haciendo daño. A mi me tomó años entenderlo, a ella le tomó minutos y lo hizo por no ser esa persona que va por la vida cargando odio y rencor, ella se liberó y le quitó poder. Bertha era una mujer sabia.

Tenía muchas amigas y las disfrutaba a todas. Las  de la clase de historia, las de la meditación, las del café… Eso me gustaba y admiraba en ella porque sabía disfrutar de una buena amistad y de su tiempo platicando con ellas, seguro sacaba todos sus trapitos al sol y se liberaba del estrés que todos tenemos arrastrando siempre.

Sufrió una enfermedad que se llama Afasia Progresiva. Empezó por olvidar palabras, poco a poco dejó de poder decir frases y terminó en dejar de hablar. Seguía totalmente conciente y cuerda, pero no podía hablar. El cuerpo empezó a olividar funciones, es una terrible enfermedad que te va aislando del mundo. Sin embargo Bertha nunca olvidó cómo sonreir, durante las pocas veces que la vi en los últimos años, siempre me dedicó una cariñosa sonrisa. Nunca olvidó tampoco cómo demostrarte su cariño, siempre encontró la manera de hacerlo, en las últimas ocasiones, nos tomábamos de la mano y la apretaba fuerte, la cuidadora me decía “¿ya vió que la reconoció? quiso abrir los ojos ¿vió?”.

Hace un par de semanas fui a despedirme de ella. La vi ya como un bebé indefenso que no tiene manera de vivir por si solo. Tenía oxógeno y suero, había dejado de comer, lo que tanto le gustaba, recuerdo que le encantaba comer pan, bolillos en particular, y recuerdo cómo poco a poco se comía un buen plato de frijoles mientras los empujaba con el pan, limpiando el plato, disfrutando cada bocado. Pero no había perdido la fuerza, la tomé de la mano, era su derecha y mi derecha, la enganchó con mucha fuerza y entendí que era un reflejo del cuerpo. Le dije que se fuera contenta, que por fin descansara de una vida que se la había puesto difícil, que sus hijos y su esposo iba a estar bien y que ella merecía descansar, que se fuera ya a ver a la Nena y a René, que me los saludara y que ahora fuera feliz allá con ellos. Le di varios besos y cuando quise irme, la mano seguía enganchada, sé, tengo la certeza, que era un reflejo del cuerpo, pero si me permiten, llorando les cuento que mi corazón me dice que me estaba diciendo que me quería, que sabía que era yo.

Ay Bertha, qué triste tu partida, pero está llena de paz. Lo único que me pesa es que hayas sufrido tanto, que la vida no haya sido justa contigo, que una persona tan buena haya pasado por tanto dolor me parece triste, solo me queda creer que la recompensa será enorme, que lo que sea que sigue, sea MARAVILLOSO, que haya sido al fin tu último viaje y que aunque estuvo lleno de desperfectos, llegaste al fin al mejor lugar del universo.

Te prometo que Daniel y Diego van a conocer más de ti, que les voy a contar y a enseñar fotos para que no crean que eras el bultito de huesos en pijama, que sepan que en sus genes tienen fortaleza y capacidad de resistencia que les dejó su abuela paterna.

Te voy a querer y a recordar siempre, sonriendo, bromeando, abrazando y comiendo bolillo calientito con mermelada, como tanto te gustaba.

Te quiero Bertha. A Dios.

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Mujer soltera corre…

No quiero dejar de lado a hombres ni a mujeres casadas con este post, por favor no se sientan relegad@s, pero es que hace años había una película que se llamaba “Mujer soltera busca…” y no sé por qué me pareció un buen título para hablar acerca de lo que correr puede hacer por una mujer que busca un nuevo sentido a su vida, pero la verdad es que aplica para cualquier persona que quiera encontrarlo.

Tengo 49 años, empecé a correr cuando tenía 41 y nunca fui deportista en mi vida, NUNCA. Si acaso en los veranos nadaba y jugaba tennis con mis primos, pero no tenía ni el hábito ni el cuerpo de alguien que hace deporte desde niña.

¿Qué me motivó a correr? Que el que era mi esposo decidiera que quería tiempo para pensar qué quería de su vida y se fuera un lunes en la mañana, como lo habíamos acordado, mientras yo iba a dejar a la escuela a mis hijos. Aunque siempre pensé que regresaría unos días después, algo me decía que tenía que correr, nunca supe bien qué fue, aunque sospecho que fue mi alma que sabía que tenía que moverme de lugar y la mejor manera era hacerlo corriendo.

Ese día en la tarde me fui a comprar unos tenis, no sabía cuáles eran los mejores y no me importaba, compré los que me gustaban por los colores, ahora recuerdo que eran unos Nike bien bonitos.

Al día siguiente tuve el atrevimiento de presentarme en la pista de corredores, pensando dar una vuelta, sí… una vuelta de 2 kilómetros… no corrí ni 500 metros sin toser, ahogarme y sacar los pulmones por la boca. Tuve que parar, sorprendida de no poder lograrlo, “siquiera una vuelta” qué ilusa…

¿Pero saben qué? por primera vez en mi vida, no me rendí. Regresé humillada al día siguiente por más sufrimiento, no tenía entrenador, no tenía idea de cómo correr, no sabía ni cómo empezar. Una amiga me dijo que primero tenía que caminar 5 minutos y correr lento (como si pudiera hacerlo rápido) otros 5 minutos y así poco a poco ir bajando el tiempo de caminar para aumentar el de correr.

Ahí comenzó la aventura que no ha terminado, ahora creo que en ese momento cambió mi vida, al decirme a mi misma “algún día tienes que completar una vuelta”, ese era mi objetivo, esa fue mi primera meta.

A partir de ahí tengo muchas historias, son 8 años corriendo, lesiones han ido y venido, metas cruzadas, primero logré dar una vuelta, me sentí tan poderosa y feliz que decidí ponerme la siguiente meta, dos vueltas seguidas algún día. Pero antes de hacerlo, mi amiga me inscribió a una carrera de 5 kilómetros, lo que me pareció imposible de lograr, claro que lo logré, con un esfuerzo que yo consideré sobrehumano, pero lo logré. “Jamás correré una carrera de 10 kilómetros”, otro pensamiento que derroté y he corrido varios medios maratones.

Hace algunos años pensé con toda certeza que jamás correría un maratón, jamás desearía correr 42 kilómetros, ¿cómo para qué?, ¿por qué querría yo hacer esa locura?, ¿entrenar para un maratón?, ¡qué tortura!, JAMÁS.

Los que siguen mi blog saben que hace poco más de un mes corrí mi primer maratón, a los 49 años, lo hice para despedir una década complicada pero llena de crecimiento, el entrenamiento fue duro, tuve que ser muy disciplinada, constante y no rendirme nunca. Era en realidad la tercera vez que intentaba hacerlo pero por lesiones anteriores no había podido seguir con el entrenamiento. Esta vez fue diferente, y cruzar la meta sí cambió mi vida.

Quizá no de un modo inmediato, no fue algo que sentí al momento de cruzarla, ni siquiera al día siguiente o en esa semana, fue un proceso de unos días durante el cual hice un análisis de lo que ha sido para mi correr.

Mi esposo no regresó. Mi vida fue muy complicada en esos días, semanas y meses, pero siempre estuvo de mi lado correr, si alguien me pidiera un consejo de cómo salir adelante de una pérdida, le diría que corra, por su vida, por amor propio, por salud, o porque es una de las maneras más claras que tenemos de demostrarnos a nosotros mismos que no hay imposibles si de verdad deseamos hacerlo, aunque suene trillado.

Correr mejora el estado de ánimo de manera inmediata, no importa si son 200 metros para empezar o 10 kilómetros porque ya has entrenado. No subestimen el poder de una corrida, es un refuerzo postivo inmediato al estado de ánimo, es algo químico, sucede porque sucede.

Cuando corres, te demuestras a ti mismo que puedes ser mejor de lo que eras, no tienes que probarle nada a nadie más que a ti, y cuando lo logras, la sensación de felicidad es inmensa.

No importa la velocidad a la que corras, si lo haces lento lo estás haciendo mil veces mejor que las personas que están en un sillón comiéndose unas papas (aunque a veces quiseras estar tirada viendo la tele con esas papas) te da mucha más felicidad cuando consigues esa fuerza de voluntad para lograrlo, y esa misma fuerza la ejercitas, es como un músculo que trabajas todos los días para levantarte e irte a correr, pero cuando ese músculo crece, te sirve para muchas cosas más.

Correr duele, exige, doblega tu orgullo y suplicas volver a tu vida anterior de flojera, pero si estás dispuesta a hacerlo y lo logras, vas a sanar lo que sea que estés lista para sanar. Correr te enseña a no rendirte.

Si tienen un drama espantoso en su vida y se van a correr, van a cambiar el malestar emocional por el malestar físico y, créame, es mucho mejor. Además eso les va a demostrar que tienen la fuerza que necesitan para encontrar soluciones a lo que sea que están viviendo.

Correr hace que tú seas tu propio héroe, no hay nada mejor que eso cuando estás triste. Te da fortaleza y coraje para enfrentar retos.

Correr te enseña a disfrutar tu propia compañía, en lugar de esperar a que alguien te haga feliz, eso empodera a cualquiera.

Podría escribir horas y horas de las bondades de correr, pero sería un post larguísimo, lo que quisiera es que todas esas mujeres de mi generación (cuarentas-cincuentas) que se sienten medio perdidas (casadas, solteras, o sea cual sea su situación sentimental y estado civil) es que probaran por un tiempo lo que les puede provocar salir a comprarse unos tenis y empezar a correr, si pudiera inspirar al menos a una y se diera cuenta lo fuerte que es porque rompe sus propias barreras, se convierte en su propia heroína, disfruta de su compañía y esto provoca que descubra que puede ser feliz a pesar de todos los problemas que la vida le va a presentar, entonces no solo habrá valido la pena correr para encontrarme yo, habrá valido la pena para que alguien más sea feliz, NECESITAMOS GENTE FELIZ.

La persona que era yo antes de correr y la que soy ahora, en escencia es la misma, pero mejorada, correr me ha demostrado que soy fuerte, me ha hecho resiliente, me ayuda ver los problemas de manera diferente, me ha ayudado a recuperar la salud, emocional y física, me ha hecho conocer personas maravillosas que ahora son parte de mi vida, tengo amigos increíbles que no sé si hubiera conocido si no hubiera empezado a correr hace 8 años.

No se trata de ser perfecto, se trata de esforzarse, cuando lo haces cada día, la transformación ocurre, así es como cambia tu vida. Valoras cada logro que consigues.

Después de correr un maratón, puedo asegurar que esa voz que te dice “no vas a poder” miente con los dientes, incluso ahora estoy pensando hacer algo que juré que jamás haría, quiero la revancha, quiero otro maratón, ahora sé que puedo y que además puedo hacerlo mejor.

Cuando corres, primero sientes que te mueres y después sientes que renaces, tengan paciencia, no tengan miedo de ser principiantes. Nadie se levanta un día y corre un maratón sin entrenar, así como yo quería llorar cuando no podía correr más de 500 metros, también quise llorar (y lloré) cuando corrí mis primeros 2 kilómetros. Correr es una celebración de lo que tu cuerpo puede hacer, no es un castigo por algo que comiste.

Creo que ya dije suficiente y, ¿saben qué?, no me crean nada, piensen que soy una exagerada y una mentirosa y salgan a demostrarme que no tengo razón, los reto a empezar a correr y ponerse una meta, la que sea, que la alcancen y que esto no cambie su vida para siempre.

Después de todo, para correr solo necesitan un corazón, un alma y un par de piernas.

 

 

Sí se puede correr llorando. Mi primer maratón.

Para mis papás. Para D y D.

 

Hace algunos años empecé a correr, pocos meses después, a escribir. En aquél entonces, tuve una crisis, un día llorando después de correr, pensé en escribir algún día un libro que iba a titular “No se puede correr llorando”. Hoy, más o menos ocho años y un maratón después, puedo asegurar que sí se puede correr llorando.

No sé por dónde empezar, no quiero hacer un post eterno narrando la historia de mi maratón, hay tantas sensaciones y reflexiones que todavía no acomodo y venía posponiendo escribir hasta que tuviera el post perfecto. No va a llegar nunca y mi mamá me pidió el otro día que por favor ya escribiera acerca de mi maratón, en honor a esta petición, hoy por fin lo hago, aunque creo que será un poco desorganizado y atropellado.

Fue en abril pasado, en el 2018, cuando después de que quien fuera mi entrenador y amigo, Pedro, me casi regalara unos tenis padrísimos diciendo “estos tenis son para correr un maratón”, haciendo referencia a la calidad de la marca. En ese momento se clavó en mi esa frase… “Correr un maratón”, algo que siempre consideré imposible y que decía que no deseaba jamás porque sería una tortura (sí lo es).

Unos años antes ya había intentado entrenar para un maratón, pero cuando faltaba un mes me  lastimé y no había podido hacerlo, ahora estoy segura que no era mi momento.

Entonces en abril del 2018 empecé a entrenar para el Maratón de la CDMX, después de algunos meses de no haber corrido casi nada y años de no haber corrido de manera responsable, lo que provocó que a las pocas semanas de empezar, me lesionara y sufriera de fascitis plantar, quien lo haya padecido sabe que es muy doloroso, se inflama una parte en la planta de los pies y a cada paso que das sientes que pisas una pieza de lego. Después de intentar superarla a tiempo, tuve que rendirme porque me estaba provocando estrés y no mejoraba. “Ok”, pensé, “El año que entra, tengo un año más”.

Es un hecho, las cosas pasan cuando tienen que pasar, aunque se oiga trillado. Me recuperé de las lesiones, una por una con masajes, plantillas, mejor alimentación pero sobre todo más consciencia de lo que debo hacer para correr de manera sana. Empecé a tomar clases de pilates, a nadar y a hacer pesas, todo eso le fue dando al cuerpo la fuerza y salud necesarias.

En marzo de este año lo volví a pensar, pero poco, ya tenía la decisión casi tomada. En diciembre había sido mi cumpleaños número cuarenta y nueve y había tomado la decisión de despedir una década ruda para mi de la mejor manera posible, decidí que haría todo aquello que antes me parecía imposible y me daba miedo y aceptaría todos los retos con la mejor actitud posible, correr un maratón estaba incluído.

En abril, justo el primer día de abril, todavía sin entrenador porque Pedro se había regresado a vivir a España, me puse los tenis en la mañana, con muchísima flojera pero sabía que ese día iniciaba el camino y pensé “hoy empieza la aventura, hoy empiezas a entrenar para correr un maratón, el primero y quizá el único, a los cuarenta y nueve años, un día a la vez y ahora lo vas a lograr”, y me fui a correr.

Unos días después busqué a Alejandro Hernández, entrenador del equipo Central de Corredores, entrenador de varias amigas y le dije “¿Crees que esté a tiempo?, ¿Crees que pueda correr un maratón?” y me dijo que sí, que no lo dudara.

Empecé a entrenar de manera constante, trotes, intervalos, pilates, pesas, masajes… Todo lo que tiene que hacer alguien que quiere correr 42 kilómetros de jalón. Hubo días difíciles de mucho trabajo, hubo días con mucha flojera. Los sábados tenía que ir a entrenar cuestas a las 7 de la mañana, cosa que pensé que jamás haría y durante cuatro meses, cada sábado, hice lo que tenía qué hacer, ni hablar, quería correr un maratón y Alejandro decía “La chinga paga” y me explicaba por qué era necesaria esa torrrrtura.

Pasaron los días, semanas y meses y nunca tuve dudas, siempre que iba a correr, aunque me sintiera cansada o no tuviera ganas, para mi no era opción renunciar, era el momento de hacer todo ese esfuerzo.

El verano fue complicado, lo que pensé que sería más facil por estar mis hijos de vacaciones, lo hizo más difícil. Tuve más trabajo que nunca, entonces hubo días que corría a la hora que podía. Recuerdo en especial un lunes que fui a entrenar a las 3 de la tarde, pensando que ya había perdido el día, me puse los tenis y con un sol inclemente me fui a correr. Recuerdo bien que ese día pensé “Cuando vayas en el kilómetro 38 y quieras rendirte, acuérdate que veniste a correr a las 3 de la tarde para poder hacer un maratón”.

Tendría que escribir un post eterno, incluso un libro, si contara tantas cosas que se atravesaron en el camino, no se preocupen, no lo haré, pero recuerdo que muchas personas me dijeron que el maratón se corre durante los meses de preparación, y ese último día que corres los 42 kilómetros sólo ibas por tu medalla. ES CIERTO, (claro que para ir por tu medalla atraviesas un camino un tanto “complicado”).

Se acercaba el día y, aunque estaba nerviosa, tenía cierta certeza de que lo lograría aunque decía que para mi era un acto de fe. El entrenamiento que hace Alejandro se basa en la fuerza, no en distancias largas como otros entrenamientos. El plan es personalizado y eso me daba confianza, siempre estaba pendiente de mi y mi evolución y yo siempre le preguntaba “Ale, ¿Cómo voy a lograr correr 42 kilómetros un día si hace meses que no he llegado ni a 20?”, “Por la fuerza que estás consiguiendo, por las cuestas, los trotes, los ritmos, las pesas… Sí vas a poder”, traté de creerle las 16759 veces que le pregunté lo mismo.

Un mes antes del maratón, iba a correr el Medio Maratón de la CDMX, lo he corrido varias veces y me encanta, quizá es mi carrera favorita, pero en esta ocasión me daba además una prueba fehaciente de que podía correr distancia larga sin morir en el intento y probaría varias cosas como velocidad promedio, geles para dar energía durante la carrera, fuerza en las piernas, etc, etc. Estaba feliz porque entonces dejaría de ser un acto de fe y tendría más confianza.

No pude correrlo, en la noche, con todo listo, la ropa, el número, los geles, después de cenar y ya en la cama, el estómago empezó a sonar raro, no me dolía, no me sentía mal pero algo no estaba bien… ZAZ, DIARREA. De esas cosas que pasan que no te explicas, me pasé la mitad de la noche en el baño y siempre pensaba “Esta es la última vez, seguro ya se me quita y podré correr mañana”, pero a las 3 de la madrugada me dí cuenta que no sería así, incluso si se me quitaba la diarrea, no podría correr sin haber dormido y deshidratada, llorando les mandé un mensaje a Xó y a Gris, mis grandes amigas que son grandes corredoras con quienes siempre corro, las famosas “Mushashas” y les dije “Aborto la misión, no podré correr, no me esperen”, y con todo el dolor de mi corazón me rendí, así pasa, a veces hay que hacerlo.

Entonces no tuve mi examen parcial, no pude comprobar que el 25 de agosto podría correr un maratón sin haber llegado nunca siquiera a los 15 kilómetros, las dudas eran horribles pero tenía que creerle a Alejandro cuando me decía “Ya te dije que sí vas a poder”.

Esa diarrea me provocó terror, ¿Y si me volvía a pasar?, ¿Y si no podía correr el maratón después de tanto esfuerzo para entrenar y tanto sacrificio?, descubrí entonces algo nuevo, ahora me daba más miedo no correr el martón que correrlo.

Cambié drásticamente mi alimentación y un par de semanas antes empecé a comer comida como de hospital. No lácteos, no grasas, cosas asadas, no carne roja. Una cosa horrible. Licuados naturales de proteína, vitaminas, tomaba agua, suero, colágeno, magnesio… Parecía que me estaba preparando la NASA para ir a una excursion a Marte.

No me desvelaba, no iba a desayunos, no comía irritantes (lo que más me gusta) no bebía cerveza, dormía mal por los nervios… O sea todo maravilloso…

Un par de días antes fuimos mis amigas y yo por el kit de corredor, ese día compré nuevos geles y estuvimos varias horas en la Expo Maratón porque es como una fiesta que quien ha corrido sabe que es emocionante. Algo que no le dije a nadie, es la primera vez que lo confieso, es que ese día me lastimé un pie, el derecho, me dolía en la noche el talón de Aquiles seguramente por los zapatos con los que había caminado tanto. Eran unas sandalias ya medio gastadas y no fue la mejor elección. El sábado me seguía doliendo y pensé “Ok, pues ni modo, así vas a tener que correrlo”. No quise decirle a nadie porque era como decirlo en voz alta y hacerlo real, como si al no decir nada fuera a desaparecer y fuera creado solo por mi mente, deseaba desacreditarlo por completo pero era algo que me preocupaba.

En la noche preparé todo por primera vez a tiempo, temprano, con una lista para que no se me olvidara nada. Traté de dormir y obvio no podía, pero Xó ya me había dicho que no me estresara si no dormía bien, que era normal y que la adrenalina del día siguiente me iba a ayudar a correrlo. Dormí poco pero no estuvo tan mal.

A las cuatro de la mañana sonó el despertador, me bañé, me puse vaselina por todos lados, me vestí, bajé a la cocina y traté de desayunar. No me entraba nada, los nervios me habían cerrado el estómago. Sabía que tenía qué comer algo pero de verdad no circulaba. Hasta que abandoné la inteción, ya ni modo, de verdad no había forma. A las 5:30 pasó Gris por mi para irnos a la salida y ahí veríamos a Xó. Tardó en llegar y por fin nos reunimos. Yo llevaba puestos unos shorts y no sentía tanto frío, era un manojo de emociones, no tanto de nervios como emociones. Había llegado el día, no estaba lesionada, enferma, cansada, el talón me dolía pero no parecía que fuera algo que no me dejara correr y lo hice a un lado, borré de mi mente ese dolor.

Hicimos una cola terrible para ir al baño, experiencia que no le deseo a nadie, nunca. Esos baños son una prueba a tu fuerza de voluntad muy complicada, salir sin vomitar es casi heróico. No logré evitar las arcadas pero no sé si fue porque traía poco en el estómago o porque soy realmente valiente, pero salimos ilesas de esa situación.

Justo antes de salir, me quité la sudadera y se la aventé a una señora que iba recogiendo ropa tirada, ya no sentía frío, la emoción era enorme.

Dieron el disparo de salida y me recorrió una energía brutal en el cuerpo y me dije “Vas a correr un maratón Diana, a darle hasta llegar”.

Unos días antes, Alejandro me había dado una estrategia de carrera, tenía que apegarme a ella lo más posible si quería terminar, me había dicho a qué velocidad debía de ir y no correr ni más rápido ni más lento. Ese fue mi primer desafío, mantener un ritmo, es tanta gente que tienes que ir rebasando porque todos corremos diferente, que empieza a ser desgastante mentalmente (al  menos para mi). “Acelera, no espérate, ya vas más rapido, frena, vas muy despacio, rebasa, ya aceleraste, bájale te vas a quemar, esos van caminando, rebásalos”. Podrían pensar que no pasa nada pero es agotador. Ya aprendí mi lección, si vuelvo a correr un maratón, no quiero pensar tanto (algo muy difícil para mi).

Los primero 10 kilómetros fueron maravillosos. Me sentía fresca, ligera, me había encontrado a mi querida y adorada Mache, una amiga desde hace más de 30 años que adoro y me estaba esperando por ahí del kilómetro 8, correr con ella fue una delicia por la energía de cariño que sentía.

Después me dejó y seguí sola, como a los 15 kilómetros iba todavía feliz y me encontré a un amigo, El Nava, me sorprendió muchísimo porque hacía seis años, en mi primer medio maratón también me lo había encontrado, entre más de 20 mil corredores de pronto voltear y verlo junto a mi fue una gran sorpresa. Corrimos un par de kilómetros juntos y fue divertido. En el kilómetro 16 vi al Profesor y a Rodrigo y me dio mucha emoción. Yo iba entera y feliz. No sabía muy bien lo que me esperaba…

La entrada a Reforma fue muy emocionante, las porras eran impresionantes, el ambiente se disfrutaba mucho, la gente chocaba las palmas y te transmitía una energía muy especial, es un momento de mucha felicidad (recuerden que era el kilómetro 17 al 18 más o menos). De pronto nos metieron a Chapultepec y yo quería ir al baño. No era una opción ir a los que ponen para el maratón después de la experiencia de la mañana, sabía que quizá ahora  no podría detener el vómito así que salí de la ruta y busqué los baños que están por el Castillo de Chapultepec y fue mil veces mejor. Regresé a la carrera y empecé a correr de nuevo. No me sentía muy bien, empecé a sentir un poco de claustrofobia, muchísima gente en un espacio reducido. El piso es adoquín y eso lo sientes a cada zancada, muy duro. Cuando empezaba a ponerme como de mal humor salimos de ahí y de pronto vi un cartel que decía “Diana” y escuché unos gritos que decían mi nombre, cuando vi a mis amigas exploté de emoción, lo escribo y me dan ganas de llorar, ahí estaban Heidi, Ana Mary, Alejandra, Marce y Ana Cris, con la preciosa Emma y Puchi echándome porras y manifestando un cariño enorme, me paré y las abracé, en eso me dijeron que ahí estaban mis papás, di dos pasos y vi a mi mamá y sentí una de las emociones más bonitas que he tenido, en ese momento pensé “Ya todo ha valido la pena”, la abracé y vi a mi hermana, de pronto vi a mis hijos y empecé a llorar, no podía creer que estaba sucediendo lo que tanto había soñado. Lo escribo y se me escurren las lágrimas, vi a mi ex esposo y me sentí agradecida de que los había llevado a vivir conmigo esa experiencia. Vi a mi papá, lo abracé y me dijo “¡¡Ándaleeee corre!!” y me fui, arranqué de nuevo con una energía renovada, se lanzaron conmigo Ana Cris y Marce un ratito, yo iba llorando porque había elegido el Maratón de la CDMX porque quería que me vieran mis papás y mis hijos, quería que estuvieran conmigo y lo había logrado, se acababa de cumplir uno de mis sueños, pero faltaba otro…

Seguí corriendo y cuando iba en el kilómetro 28 me sentía bien, era la distancia más grande que había recorrido hasta ahora, a partir del siguiente paso, estaba rompiendo record, corriera lo que corriera. Cuando anunciaron el kilómetro 29 con un cartel se veía una subida de terror, me parecía tan injusto, ¿A quién se le ocurre poner esa subida cuando vas a pasar al 30?, ¿¿¿Es en serio???.

En ese momento hice conscienca de algo, venía lo más difícil, me sentía bien pero sabía que venía lo peor…

Y así fue, cuando iba en el kilómetro 33 empecé a cansarme, a pensar cosas que no me convenía pensar, seguía corriendo pero noté cómo el ánimo que tenía un par de kilómentros antes estaba desapareciendo, empecé a sentir que quizá algo no estaba bien.

Más o menos por el 34 apareció Brenda, un ángel enviado. Ella es corredora pero estaba en su porra, ya habíamos quedado que quizá si me veía pasar correría unos cuántos kilómetros conmigo. Me vio y se lanzó, me dio un poco de Coca Cola y seguimos corriendo, debe de haberse dado cuenta que yo no iba animada porque decidió seguir a mi lado. De pronto llegamos por el 35 y vi a los Myagis, unos lindos amigos que tienen un equipo que así se llama y me lancé a los brazos de Tania e Ingrid y me salió del alma “ya no quiero correr más” y me puse a llorar. Entre ellas, Armando, Carlos y Berna me animaron a seguir, no sabía bien qué me pasaba pero era cierto, ya no quería seguir, quería que me dieran permiso para parar, ansiaba oir “No te preocupes, ya quédate aquí, no tienes que seguir” pero no, me animaron y casi lanzaron de nuevo a Reforma, sentía que era un camino cubierto de vidrio y fuego por el que ya era imposible correr. De pronto apareció el Profesor, me agarró del brazo, se lanzó unos metros a correr y veo ese momento como si yo estuviera inconsciente, tenía a Brenda a la derecha, al Profesor a la izquiera y me llevaban casi de la mano para que no me escondiera y huyera, de pronto pude correr mejor y seguí.

Empecé a tener muchas náuseas, el estómago revuelto, el agua que nos daban ya estaba caliente, sentía el sol en la cabeza y se me estaba haciendo imposible correr. En el 36 apareció Roger, amigo de Brenda, y le dije “ya no quiero correr” y me dijo algo así como “Pero el maratón apenas empieza, es el momento en que sacas la casta”. Tengo qué confesar que me dieron unas ganas enormes de matarlo, ¿Cómo que apenas empieza? ¡¡¡LLEVO 36 KILÓMETROS!!! ¡¡¡NO PUEDO MÁS!!!, que apenas empieza no es algo que quieres oir, pero ahora entiendo el punto Roger, lo siento mucho…

Por el Monumento a la Revolución quería morir, cuando me preguntaban qué quería contestaba “Irme a mi casa”, solo eso podía decir, “Ya no quiero” decía repetidamente. Brenda no me dejó caer, me quería sentar y no me dejó, “No te levantas si te sientas” y tenía razón.

En eso pasé por la porra de Edgar y él y Beto se lanzaron junto a mi a correr un poco y me preguntaban lo mismo, “¿Qué quieres?”, “Irme a mi casa” contestaba, de pronto me dijo Edar “No Diana, en serio, qué quieres” y recordé que hacía unos metros alguien me había dado un hielo y me había ayudado, entonces le dije “Algo muy frio” y me preguntó “¿Una Coca Cola, agua o una cerveza?” cuando oí la palabra “cerveza” se me iluminaron los ojos, le pregunté si podía y me dijo que sí, él lleva una vida corriendo y entrenando gente así que confié en él, Beto salió corriendo y no entendí nada, ibamos en un lugar espantoso para mi, sin árboles, sin sombra y del otro lado corría gente que ya venía de regreso de algún lado, tenía unas ganas enormes de girar y cortar camino, pero enormes de verdad. En ese momento de total desesperación se apareció Beto con una cerveza de lata que vi como si fuera el Espíritu Santo rodeado de luz, me la dio, la sentí fría en las manos, me la froté en la cara, la abrí y sonó “PFFFF” y casi lloré, salió espuma, la soplé y le dí un trago largo… PLACER TOTAL… Imaginen la escena en cámara lenta con música de anuncio, sentí que Dios se me había aparecido y me la había mandado. No era solo el sabor, era lo frio, lo fresco, lo relajante. Fue un gran momento que no creo olvidar nunca.

Pasó el efecto de la cerveza y se apoderó de mi de nuevo el cansancio, no eran las piernas, no era el ritmo cardiaco, pero las náuseas me estaban matando, cuando trataba de acelerar, me daban ganas de vomitar, ahora sé que los geles me cayeron mal, nunca había tomado tantos, fueron cinco, claro que nunca había corrido un maratón…

Lo único que pensaba era “Llega al 40, por favor logra llegar al 40” que era más o menos cerca de Bellas Artes, pobre Brenda porque creo que le pregunté cada 30 segundos “¿Dónde diablos está Bellas Artes???” y es que ahí volvería a ver a mis hijos.

Tengo que decir que si algo me sacó adelante fue el saber que los vería, no sabía si ahí iba a parar o seguiría pero tenía que verlos, no les podía fallar, en eso habíamos quedado, en mi casi estado de coma, solo pensaba una cosa, llegar viva al kilómetro 40, llegar en una pieza a Bellas Artes, TENÍA QUÉ LOGRARLO.

Así fue pero no los vi yo a ellos, de pronto aparecieron junto a mi y otra vez me pongo a llorar mientras lo escribo, tantas horas de entrenamiento imaginé esa escena, tantos días en los que me daba flojera hacer pesas que pensé que ellos estarían conmigo, y lo logramos, ellos, fueron ellos los que me hicieron dar los pasos necesarios para seguir.

Seguimos corriendo yo casi en automático, Brenda seguía con nosotros, ellos me decían “Vamos mamá, ya vas a llegar, vamos mamá, lo vas a lograr” y cuando veían que quería parar repetían “Mamá falta poco, vamos” (vuelvo a llorar). Iban junto a mi y yo iba casi en cámara lenta, quería que se me fracturara una pierna para tener pretexto de parar pero de no ser por una lesión tipo de hospital, no había forma de rendirme, ya no les podía fallar, había que cruzar la meta como fuera.

La pregunta que le hacía a Brenda acerca de Bellas Artes cambió, “¿Dónde fregados está el Zócalo??” decía desesperada, Brenda me decía “Ya muy cerca”, “¡¡¡CUADRAS BRENDA!!! ¡¡¡DÍMELO EN CUADRAS!!! ¿¿CUÁNTAS CUADRAS FALTAN??” Y  recuerdo haberla visto buscando en qué calle estábamos para poder darme una respuesta, en eso escuché a Diego decir “Mamá, ahí está la meta”, “¡¡¿¿DÓNDE??!!” no la veía, creo que ya no veía nada, simplemente daba un paso a la vez esperando que con la inercia llegara. De pronto la vi, ahí estaba por fin, escuché de nuevo el grito “DIAAAANNAAAA” y eran de nuevo mis amigas, como que me inyectaron energía, levanté el cuerpo, tomé de la mano a mis hijos y les levanté los brazos, entramos juntos, los tres, con la mirada en alto y en cuanto crucé, rompí en llanto, era diferente, no sé todavía si era de felicidad, cansacio, satisfacción, enojo por sentirme mal o qué, pero los abracé y lloré.

Empezamos a caminar y me empecé a sentir mejor cuando pude tomar algo frío. Lo demás, ya es lo de menos… La historia siguió por horas, caminamos para salir de ahí lo que me pareció una eternidad, pero ya no importaba, ya me había hidratado, ya lo había logrado, sentía como si las uñas estuvieran pegadas a los calcetines y pensé que quizá jamás me quitaría los tenis y serían parte de mi el resto de mi vida, ya eran parte de la piel.

Me ha costado mucho tiempo acomodar tantas emociones. Hace apenas unos días me cayó el veinte, apenas antier que estaba corriendo pensé “Diana, corriste un maratón, a pesar de la pared, no te rendiste”.

Y es que esa a sensación de querer renunciar, a ese llanto que me dominaba, a ese enojo por no ver Bellas Artes, a esa necesidad de lastimarme para poderme tirar al piso, se le llama PARED.

No sé si todos los corredores la sufran, me habían advertido de ella pero pensé que era algo físico, dolor de piernas o las náuseas que sentí o quizá cansancio, pero no me esperaba sentirme tan confundida y estuve varios días enojada.

Tengo mil cosas qué decir pero creo que ya es un post muy largo, la cabeza y el corazón han ido acomodando todo poco a poco. Yo pensé que me sentiría feliz de inmediato pero no fue así, ahora lo veo todo diferente, ahora entiendo todo.

Ahora estoy feliz porque algo que siempre pensé imposible, lo hice, desde que decidí correr el maratón empezó la hazaña. El entrenamiento es duro y jamás dudé. Alejandro tenía razón, se puede. Las piernas no fallaron, ni el corazón ni la energía. Me cansé pero fueron 42 kilómentros, lo que pensé que habia fallado fue la mente que me traicionó cuando faltaba poco, y aún así ahora lo veo diferente.

Cuando alguien me pregunta que cómo me fue y digo que bien y me dicen “¿Lo terminaste?” pienso que claro, que no era una opción, al principio incluso me sorprendía la pregunta, ¿Cómo que si lo terminé?, ¿No termina todo el mundo?, parece que no.

Este es un relato del entrenamiento y de ese día, pero tengo que escribir acerca de la vulnerabilidad de un maratón, de por qué correrlo, por qué salí de esa, por qué esos 42 kilómetros resumen mis 40 años.

Cuando terminó mi matrimonio y me quería rendir, mis hijos me ayudaron sin saberlo a salir adelante. Ahora que quería renunciar en el maratón y parar, fueron mis hijos los que me hicieron seguir, pero ahora sí lo sabían, ellos sabían que los necesitaba.

Ahora soy más “yo” que nunca, siento que después de esto habrá muchas paredes por atravesar, quizá en algunas me tire un rato, otras costarán más trabajo, solo espero superlas todas como superé la del maratón.

Hay malos días, malos meses, malos años así como malos kilómetros, sin embargo, si quieres, das un paso a la vez y sin rendirte, llegas.

Lo dí todo, no me quedé con nada.

Gracias a todos los que formaron parte de esta historia, está grabada en mi corazón, y pase lo que pase con mi vida y mi memoria, hay sensaciones que jamás se olvidan.

Gracias Maratón, por la lección y por dejarme conquistarte, quizá nos veamos de nuevo, quizá no. Ya aprendí que no hay imposibles si tienes verdaderas ganas de hacerlos.

Gracias a Dios por la salud, a mis papás por estar vivos para verme hacerlo, a mis hijos por el impulso, a mis amigas por demostrarme tanto cariño yendo a rifársela a la porra, a Aurora por sus palabras, a Lulú por el mensaje un día antes, a Alejandro por contestar 100 mil veces que sí iba a poder, a Pedro por ser quien me eseñó a correr, al Profesor por la paciencia y el apoyo, a Xó y a Gris que siempre me impulsan a ser mejor. A Mache por correr conmigo, a Edgar por sus palabras, a Beto por la cerveza. A Ale y a Jorge por esa llamada que me hizo reir y por llorar cuando me vieron cruzar. GRACIAS BRENDA por llevarme a la meta.

A todos los que me apoyaron incondicionalmente, GRACIAS INFINITAS.

Sí se puede correr llorando. Solo hay que seguir.