Lo que no me dijo el Ginecólogo…

Ser  mamá es complicado… Ser mamá de dos niños es complicado… Ser mamá de mellizos futbolistas es COMPLICADÍSIMO.

Cuando estaba embarazada y el doctor me dijo que eran dos, se me salieron las lágrimas de susto, no era emoción, era una sensación de pánico y me quedé cortita al imaginar por todo lo que iba a pasar, en ese momento solo esperaba que nunca se me olvidara uno en algún lugar.

Al principio lo más complicado era decidir a quién darle de comer primero, sacarle el aire o cambiarle el pañal (de bañarlos ni hablamos).

Después de que uno empezó a caminar y el otro a gatear, tenía que decidir a quién rescatar primero cuando los dos se iban por caminos diferentes, aunque uno caminaba, el otro gateaba a una velocidad impresionante así que trataba de imaginar quién correría más peligro si no lo interceptaba.

Era muy difícil no compararlos ya que habiendo nacido el mismo día, uno esperaría que todo sería como tener dos por uno. Que comerían lo mismo, les gustarían las mismas cosas y al educarlos igual, responderían de la misma manera. Nada más incorrecto. Uno no soporta la mayonesa y el otro los frijoles, uno es muy ágil y el otro muy fuerte, uno muy dramático y el otro aguanta “vara”… El caso es que es como si fueran dos embarazos diferentes pero, sobre todo, de dos mamás diferentes, el problema es que no solo es la misma, el problema es que soy yo.

Pensé que una vez pasados los terribles años de berrinches y de enfermedades espantosas cuando les daba un virus cada 15 días, mis problemas se iban a ir haciendo más ocasionales, o al menos yo estaría mejor preparada para resolverlos, de nuevo, NADA MÁS ALEJADO DE LA REALIDAD.

Tienen 13 años, acaban de entrar a secundaria, a una escuela nueva y ya llevo tres semanas de estrés masivo.

Una de las razones por las que los cambié fue porque quería que la escuela tuviera más actividades deportivas de calidad y, sobre todo, una selección de futbol decente. Aman ese deporte, no sé si son los genes de su papá o que yo estoy pagando un karma por vaga (aunque me gusta correr, no soy deportista de nacionalidad ni nacimiento). Me gusta el futbol y disfruto mucho ver buenos partidos, amo el mundial (aunque lo que más disfruto es hacer el album que saca Panini cada 4 años), pero ser mamá de futbolistas conlleva un estrés que hasta el momento desconocía.

Siempre habían jugando en el mismo equipo, medio chafón y todo iba bien, no puedo ir a los partidos porque me convierto en un monstruo que no se puede controlar y evitar gritarle a los árbitros ante lo que considero una injusticia o a los papás que gritan obsenidades a los niños o los provocan a hacer faltas, no soporto que mis hijos jueguen con niños 10 metros más altos que ellos y con bigote, me ponen muy mal los “cachirules” y brinco y monto en cólera ante una patada que los deja en el piso. Por mi salud mental y el bienestar de mis hijos, trato de no ir a sus partidos aunque ante las otras mamás quede  muy mal y piensen que me voy a hacer un manicure, lo que hago es que me quedo rezando un rosario (y bebiendo) porque los dos metan un gol.

Y es aquí donde la cosa se pone color rojo… “que los dos metan gol”… Entre muchas cosas que hace una madre como alimentar, educar, cuidar las enfermedades y velar por su seguridad (además de hacer la cola para recogerlos de la escuela) está el sufrimiento porque los dos tengan lo mismo, que los dos tengan éxito, que los dos disfruten, que los dos estén contentos… Si uno mete gol y el otro no, como mamá siempre queda un huequito vacío… Si uno juega todo el partido y el otro no, queda ese huequito, es imposible hacer circo, maroma y teatro porque son cosas que no están en mi control y eso es desesperante.

Hace tres semanas empezaron las pruebas en su escuela para la selección de su categoría, lo que yo consideraba “pan comido” fue una pesadilla, obvio los considero los futbolistas que México está esperando para ganar un mundial, pero no todos lo ven así. Entonces yo creía que llegaban, se apuntaban y listo, pues no. El entrenador tenía que ver si tenían madera, cosa que pensé “obvio tienen”… Pues fueron pasando los días y no los seleccionaban, mi estado emocional y mi salud mental iba mermando ante la posibilidad de no ser convocados.

Me quedaba el consuelo de que siguieran con sus clases por fuera, pero después viví lo que justo no quería vivir, uno fue seleccionado y el otro estaba pendiente, eso era lo peor que me podía pasar (no sé si a ellos, pero a mi sí porque sabía lo que haría por la autoestima del no convocado).

Esa parte no la imaginé cuando el ginecólogo me dijo que eran dos, no pensé lo que yo sufriría porque no todo iba a ser parejo, no sabía que no se trataba de darles la misma cantidad de jugo o un chocolate a cada quién, hay cosas que la vida se encarga de manejar y como mamá solo eres testigo y no queda más que tratar de enseñarlos a manejar esas situaciones. Cuando son gemelos o mellizos, la situación es diferente porque es inevitable la competencia entre ellos mismos, es muy difícil manejar que ante las mismas oportunidades, uno consiga lo que los dos desean y no puedas morir de emoción por uno porque el otro todavía no lo consigue, o no puedas super apapachar al otro porque uno sí lo consiguió.

Entiendo y acepto que todo enseña, que si no era convocado era para hacerlo más fuerte y resiliente, pero como dijo una amiga querida cuando le platiqué mi estrés “sí, sería una buena lección, pero no estamos para esas chingaderas” (gracias Marce, me sentí tan entendida). Y es que hay momentos en los que aceptas lecciones y otros en que solo quieres que todo salga bien.

Finalmente fue seleccionado el último jugador y adivinen quién fue… GRACIAS A DIOS los dos entraron a lo que tanto deseaban, ahora que descansó mi alma, espero recuperar la estabilidad emocional porque por tres semanas me sentí como en el limbo.

Por un lado les decía “no se desanimen, échenle ganas y demuestren que son buenos, hay que ganarse su lugar”, a veces también “miren, tampoco es lo peor que podría pasar, hay muchos equipos de futbol así que quizá la vida quiere que vayan a otro ¡¡y hasta mejor!!” (guardando las apariencias de mi estado de nervios) y a veces tenía ganas de decirles “¿por qué no mejor se meten al ajedrez?”.

Fue difícil, y ganamos esta, pero ahora tienen que ganarse la titularidad, apenas estamos empezando, como dice otra amiga muy sabia “niños chicos, problemas chicos, niños grandes, problemas grandes” (tenías razón querida Hei).

Tengo ganas de regresar con el ginecólogo que me dijo hace casi 14 años “no te asustes, solo son dos al mismo tiempo” y decirle “sí, pero yo no estoy para estas chingaderas”.

 

 

Cuando suena la alarma, tienes que seguir…

Ayer en la noche me vi de pronto en una especie de escena de una película digna de Woody Allen, en donde yo era la protagonista.

Resulta que estoy cerrando varios ciclos y siento que me estoy despidiendo en bandada de muchas cosas, si algo me ha costado siempre en la vida es despedirme y dar la vuelta a las cosas, pero la vida me ha forzado a hacerlo y debería de estar acostumbrada.

Anoche, como a eso de las 7 decidí pintarme el pelo, llevaba varios días viéndome las canas gritar desesperadas y por fin tuve un momento de paz, me metí al baño con una cerveza, por qué no, y puse un audio de un veterinario muy interesante para aprender mientras me ponía “bonita” (o decente) y todo iba bien. De pronto llegó un mail a mi celular y, aunque nunca los veo, ahora no sé por qué decidí abrirlo, era la confirmación de la escuela de Diego de que habían recibido un mail que yo había mandado en la mañana haciendo oficial que no lo iba a reinscribir. Esa carta que yo había mandado  me había costado tres días de evadir y evadir “porque no había tenido tiempo”, y cuando al fin tuve que hacerlo, me costó trabajo, pero al recibir la confirmación fue como un derechazo que me tumbó los dientes, “ahora sí es en serio”.

Podría decir que se me salieron las lágrimas pero es medio modesto, la verdad es que me senté en el escusado al estilo de Marga López a llorar como Magdalena mientras le daba unos tragos a mi cerveza y me picaba la cabeza por el tinte que me acababa de poner. En ese momento tomé mi celular para hacer uso de mi mejor herramienta, la gente que me quiere, así que empecé a mandar mensajes para escuchar palabras lindas que me hicieran sentir mejor, varias se rieron de imaginar la escena (porque además mandé fotos de mi estado) y yo también empecé a reírme de mi misma, la verdad es que siempre he tenido bastante buen sentido del humor y en momentos tristes  levanta la manita y se hace presente. La escena era patética: una señora de 47 años (#Casi50), llorando a mares, bebiendo cerveza, sentada en el escusado apestando a amoniaco con la cabeza tipo morada mientras les grita a sus hijos que sigan jugando Xbox y que hoy les perdona la bañada aunque apesten a rayos (no tenía ganas de pelar como todos los días al mandarlos a bañar).

El caso es que me cayeron todos los pensamientos de trancazo, me di cuenta que hoy es el último día que paso por Diego a su escuela después de 11 años de que el coche se va en automático, que ya no lo voy a ver salir por la puerta con su cara de siempre (es difícil describirla pero la leo perfecto, es una como semi sonrisa con los ojos y la boca porque está pensando en el gol que acaba de meter o en lo que me va a decir o en lo que un amigo le contó que lo hizo reír), con la mochila pesada de lado y la lonchera abierta con los topper cayéndose y el vaso de agua en la otra mano, vacío, la chamarra puesta aunque estemos a 40 grados centígrados porque le da flojera cargarla (eso sí, se sube al coche y noto el efecto del sudor inmediatamente) y las rodillas negras (siempre usa shorts aunque estemos a 0 grados centígrados) y lo primero que me dice es “¿trajiste agua?”.

Es una escena que viví cientos de veces sin hacerla consciente y ayer me di cuenta que la tengo grabada, la prueba está en que puedo verla perfecto, podría dibujar la cara, y ahora, todo será diferente.

Ayer me dio miedo haberme equivocado al tomar la decisión de sacarlo de esa escuela, pasaron por mi mente toda una serie de pensamientos fatalistas a los que estoy acostumbrada y se me salían las lágrimas al recordar el esfuerzo de Diego por mantener el promedio necesario para poder seguir en esa escuela hasta que tuve que decirle que la decisión de cambiarlo era mía aunque tuviera 10 de promedio. Ayer recordé su cara de decepción y tristeza cuando le dije que no había opción.

Daniel está feliz, él espera y cuenta los días y las horas para entrar a su nueva escuela, en la que está no hay secundaria así que el cambio era obvio y es más fácil, además, él ya pasó por lo que está pasando Diego ahora, lo cambié de escuela en tercero de primaria y recordé ayer que pasé por lo mismo hace 4 años exactamente, recuerdo haber llorado a mares y haber tenido miedo, recuerdo las súplicas de Daniel hasta el punto de dudar si estaba haciendo lo correcto, recuerdo cómo se bajó del coche el primer día de clases de su nueva escuela y le temblaban las piernas, recuerdo todo eso y veo ahora el efecto positivo y quiero pensar que esta decisión es, de nuevo, la correcta.

Creo que también lloré porque me da mucha tristeza dejar a mis amigas, conocí gente increíble, mujeres padrísimas que me hicieron mi estancia en esa escuela mucho más agradable y pasadera, me avisaban cuando había eventos, me recordaban citas y juntas, me salvaban cuando algo se me había olvidado y sentía que estaba cubierta por todos lados, ¿ahora qué voy a hacer sola? sin mi Che, sin Martha, sin Gaby, sin Caro (que es igual que yo pero me hace reír muchísimo), para mi es un reto encargarme de dos niños en secundaria sin mis amigas que me están cubriendo las espaldas en una escuela donde no me conoce nadie ni están al tanto de mi déficit de atención y tengo miedo, muuuucho miedo.

Estoy renunciando a la comodidad de conocer a los papás de los amigos de mis hijos, justo ahora que vienen las fiestas de secundaria, los amigos indeseables, las niñas que quieren novio… (ya quiero llorar otra vez), ¿en qué estaba yo pensando? …

En que donde estoy, no estoy contenta.

Después de la escena de Libertad Lamarque que viví ayer en la noche, de pronto sonó la alarma que puse para que no se me olvidara meterme a bañar antes de que el tinte me tirara el pelo (ya me pasó una vez), así que me acabé la cerveza, me despedí de mis chats, les grité a mis hijos que se pusieran la pijama y que bajaran a cenar y me metí a bañar, la vida sigue y la decisión está tomada, a mis hijos les cuestan los cambios tanto como a mi, y pienso que esta es una buena lección para todos, esta es la primera vez que yo tomo la delantera, que la escuela no me está presionando, que podría seguir ahí, cómoda, con Diego feliz con sus amigos y Daniel en otra escuela también muy contento. La tentación de dejarlo era grande, de no cambiar, de intentar seguir y hacerme “de la vista gorda” y no hacer caso de todas las cosas que me molestaban de esa escuela porque al cabo “Diego está contento”, sí, definitivamente era más fácil… Pero siento una especie de fuerza interior que está presente y una voz que me dice que es momento de enseñarles a mis hijos que los cambios no son fáciles y no son cómodos pero no hay mejor sensación en la vida que salirte de un lugar que no te gusta para intentar encontrar un lugar mejor, total, si me equivoco, siempre habrá una nueva opción, otro camino que tomar. Yo lo aprendí a la fuerza hace 6 años, Daniel lo aprendió hace 4 , y Diego lo aprenderá ahora, los cambios cuestan y son difíciles, pero quedarse por miedo es mediocre y limitante.

Así que me bañé, cené y me fui a dormir con la firme convicción de que seguiré llorando estos días, despedirme va a ser difícil, Marga López se hará presente pero ¿saben qué? siento una sensación de orgullo al pensar  “por fin aprendiste que aún con miedo, te atreves a cambiar”.

 

P.D. Tengo que aceptar que estar hormonal en estos días no me está ayudando nada, como diría mi querida capitana “se te juntó todo #YaNiLaShingas”.

 

 

 

 

 

 

Ahora sí sé a dónde voy.

bn

Hoy, 19 de junio, hace dieciocho años que me casé, fue un día precioso, feliz, lleno de amor y con mucha esperanza en el futuro, no me arrepiento de nada.

Hoy hace seis años fue uno de los peores días de mi vida, fue triste y desolador, sentí la derrota y la desesperanza y pensé que nunca iba a dejar de llorar ni volvería a sentirme feliz.

Hoy hace cinco años escribí que no sabía a dónde iba, pero sí dónde había estado y a dónde no quería regresar.

Hoy sé perfectamente a dónde voy.

De pronto es así, mi peor defecto creo que es el no tener paciencia, quiero saber el final de la película, el final de un libro, qué va a pasar mañana y cómo voy a resolver las cosas, así que el universo trata de enseñarme a ser paciente enfrentándome a situaciones en las que no tengo control para aprender que solo tengo que esperar y fluir, que las cosas llegan (seguro llegan) y que solo tienes que soltar el deseo de controlarlas.

Hace seis años fue evidente que mi matrimonio estaba muriendo y que no había remedio, lloré todo el día, absolutamente todo el día, y lo peor es que no podía hacerlo con libertad porque era día del padre y tenía que esconder la tristeza lo mejor que pudiera. Ese día pensé “se acabó para mi la felicidad”.

Lo escribo sin ánimo de hacer drama, la razón por la que lo cuento es para decirles a todas esas personas que ahora se encuentran así, que por supuesto que vuelves a ser feliz, que por supuesto que dejas de llorar, que por supuesto que dejas de arrastrar los pies y no solo vuelves a caminar, puedes incluso correr o volar.

Hubo momentos muy complicados y otros muy tristes, pero también tranquilos y llenos de paz y muchos felices. Haciendo un recuento de algunas cosas que he hecho, me sorprendo al comprobar que hice lo inimaginable para mi, no porque fueran cosas difíciles o excepcionales, sino porque había dejado de soñar, de buscar, de desear…

• Empecé a correr y es una de las pocas cosas que no he dejado de hacer, he cruzado metas de maravillosas carreras, hice varios medios maratones, lo que nunca creí posible (sí, ya sé, me falta correr un maratón, ¡si todavía no hago de todo!)

• Empecé a escribir y lo disfruto muchísimo.

• Sobreviví a un temazcal (en realidad a varios, pero en el primero pensé que moriría) y fue una experiencia que me devolvió a la vida.

• Empecé a trabajar con perros y descubrí un talento que no sabía que tenía, y no solo eso, me hace muy feliz.

• Empecé a viajar con mis amigas con un esfuerzo sobrehumano por pagar mis propios gastos. Aprendí a manejar mejor el dinero para usarlo para las cosas que más me gusta hacer,  como viajar.

• Aprendí a andar en bicicleta (parece fácil y sin importancia, pero lo que en realidad hice fue vencer el miedo).

• Empecé a conocer gente maravillosa, me quedé con mis amigas de siempre, las que estuvieron a mi lado apoyándome y encontré nuevas mujeres valiosísimas que me ayudan a crecer y me demuestran su cariño incondicional.

• Organicé y pagué un viaje a la playa con mis hijos a un lugar al que siempre quisieron ir, fuimos felices y no creo que se les olvide nunca, incluso el habernos perdido horas caminando como vagos en la carretera fue una de las mejores experiencias de mi vida.

• Fui a un concierto del Coldplay, sé que suena frívolo, pero para mi era cumplir un sueño, su música me sacó varias veces de un estado de tristeza profundo y me acompañó a correr preciosas carreras, Chris Martin no lo sabe, pero es mi novio, así que ir a cantar a con él con toda la fuerza de mis pulmones, fue como cerrar un ciclo y abrir otro, cerré el del pasado y abrí el del futuro mientras cantaba Yellow y Fix you.

• Empecé a estudiar y me siento inmensamente feliz haciéndolo.

• Me atreví, me arriesgué, perdí, gané, lloré, reí, me enojé, me relajé, aprendí a manejar el miedo, me enfermé, me recuperé, me caí, me levanté, me divertí, me aburrí, me equivoqué, pero sobre todas las cosas: APRENDÍ.

Ahora seis años después, puedo decir que, como dijera Chris Martin, “nadie dijo que sería fácil, nadie dijo que sería tan dificil”, pero yo pensaba que sería imposible.

Si estás en ese lugar en el que no te atreves a soñar, en el que crees que siempre permanecerás en ese estado de letargo y tristeza, déjame decirte que si decides levantarte, lo harás, pero está en ti y en nadie más, si no lo deseas con todas las fuerzas y te aferras al pasado y a vivir triste para poderte tirar y que venga alguien a levantarte, estás perdiendo el tiempo, y sobre todo, estás desperdiciando tu vida.

Hace cinco años no sabía a dónde iba… ahora sé perfectamente hacia dónde voy, y lo descubrí gracias al dolor y la tristeza, me hubiera gustado que fuera diferente, pero hubiera sido trágico nunca descubrirlo.

Así que fueron seis años maravillosos que me han traído hasta aquí, y como dice Chris Martin… VIVA LA VIDA… NUNCA TE RINDAS y cree en el amor… Up and up.

Limpiando el nombre de don Silvino.

Facebook me recordó hoy que hace 5 años estuve platicando con Ernesto Pérez “El Patrullas” y don Silvino y que me habían hecho reír mucho, ya había olvidado esta historia y una amiga siempre me pidió que la escribiera, la opinión que varios amigos tienen de don Silvino es bastante distorsioanda así que me siento con la obligación de limpiar su  nombre.

Todo empezó hace casi 6 años cuando decidí empezar a correr, no tenía idea de técnica, equipo, entrenamientos ni nada, me compré unos tenis y listo. Después de algún tiempo haciéndolo (mal, por supuesto) empecé con dolores en las pantorrillas y en la parte de arriba de las piernas (lo que hoy sé que se llaman cuadriceps), se me quitaba y de pronto regresaba. Nunca había ido a ningún doctor y tampoco sabía que lo necesitaba. Un buen día que estaba tratando de correr con dolor, una amiga querida me dijo —Diana, allá afuera hay un señor que da masajes, es buenísimo, ve a que te quite ese dolor —cosa que me pareció fantástica.

Salí a la calle y sí, ahí estaba sentado en un banquito verde sobre la banqueta, entre la señora que vende los dulces de amaranto y el señor de los jugos. Parecía muy amable y traía una toalla.

Me acerqué y le conté que tenía un dolor en la parte baja de la pantorrilla, me dijo que me sentara en una silla y desde su banquito me empezó a examinar la pierna, yo estaba un poco apenada porque nunca me había tocado (sobado) la pierna un desconocido, pero estaba segura que él trataba de localizar una lesión… —¡aquí está!— me dijo muy contento y satisfecho de haber encontrado la raíz de mis problemas, me dijo que necesitaba un masaje y que costaba 200 pesos, yo no sabía si era caro o barato pero tenía dolor y decidimos hacerlo.

Se dedicó a “desbaratar” una especie de cadena de bolitas que tenía  a lo largo de la pantorrilla, me dolía y me quejaba porque nunca me ha dado pena quejarme (cosa de lo que sí se quejan mis amigas) y me pedía perdón por causarme dolor, a lo que yo le decía que se tranquilizara, que era mi “modus operandi” pero que estaba segura que era necesario. Se me quitó el dolor.

Pasaron los días y las semanas y siempre saludaba con mucho gusto a don Silvino, a veces inclsuo me quedaba a platicar unos minutos con él. Había sido corredor y parecía tener un conocimiento basto de la técnica y lesiones, platicaba experiencias de manera muy agadable, así que me gustaba verlo siempre en su banquito con su periódico esperando dar algún masaje, fue así como un día me lo encontré con “El Patrullas”, otro corredor de bastantes años (ya medio fuera de órbita) y entre los dos me hicieron reír muchísimo (obvio no recuerdo de qué).

Fue un buen día de septiembre cuando apareció de nuevo el dolor en la pantorrilla, en esta ocasión más intenso y salí a buscar a don Silvino, quien por suerte estaba desocupado y le conté que había tenido que dejar de correr porque sentía una punzada en la parte baja de la pantorrilla, incluso muy cerca del tobillo, —siéntate —me dijo Silvino…

Empezó a examinarme la pierna, era la derecha, y en esta ocasión le noté una expresión de preocupación que no había visto antes, no encontraba el problema y poco a poco fue subiendo por la pierna, —Silvino me duele más abajo, acá, cerca del tobillo —le decía yo, pero me explicaba que a veces las lesiones se originan en otro lugar y había que encontarlo, confié en él y siguió buscando, empezó a subir peligrosamente a una parte cercana a la ingle… —Silvino es que me duele más abajo, yo creo que por ahí no es —,me dijo que él estaba más nervioso que yo, lo que me hizo dudar entre estar apenada o molesta, hasta que ya cerca de lugares “privados” me dijo —Aquí es…

Se dispuso a quitar la lesión, era un lugar bastante incómodo aunque sin llegar a ser un acto delictivo tocarlo, me puso una toalla encima porque no quería que la gente viera el lugar en donde estaba haciendo masaje… (en serio no era un acto delictivo, pero casi).

La calle estaba llena de gente que entraba a correr y salía toda sudorosa y apestosa, ahí, en ese romántico escenario, Silvino y yo compartimos momentos incómodos, él me decía que aunque no estaba fácil quitar la lesión, con paciencia saldría “poco a poco”…

Terminó mi tortura, finalmente me dijo que era probable que necesitara otro masaje más adelante pero que probara correr al día siguiente, yo estaba entre apenada y agradecida, junto a nosotros había estado todo el tiempo la señora del amaranto y la que vende calcetines que ese día había ido, así que tan poco fue muy íntimo que digamos.

Al día siguiente corrí mejor, pero se me hizo raro no ver a Silvino en su banquito junto al poste de la entrada, pensé que no había podido ir por alguna enfermedad, pero lo que sucedió un par de días después me dejó muy desconcertada, llegando vi junto al poste, donde siempre estaba el banquito, un ramo de flores…

 Primero me preocupé pensando que era un lindo detalle de don Silvino ante nuestro encuentro de unos días atrás, luego me atacó la razón pensando que eso era totalemente ilógico (soy una romántica) entonces se me bajaron los colores al piso, sentí cómo me daba taquicardia y pensé “oh no por Dios, que Silvino no haya muerto”.

Pregunté a la señora de los calcetines y me dijo con cara de pesar toda compungida que sí, que le había dado un infarto unos días antes.

—Diana, mataste a Silvino —me dijo una amiga cuando le platiqué muy triste, ella muerta de risa por supuesto, no tuvo ninguna consideración a mi estado de shock, es más, estábamos en una cena con varios amigos y me pidió que contara toda la historia para que entre todos, llorando de risa, dedujeran que Silvino había muerto por mi causa, que lo había puesto en un estado alterado que le había provocado un infarto, pero eso sí, había muerto feliz.

Desde entonces cargaba con una culpa constante y divagaba entre la pena y  duda de qué tanto había sido necesario “desbaratar la lesión” en lugares insospechados, me incomodaba pensar que don Silvino había abusado de mi confianza y mis amigos siempre me dijero que por supuesto que eso no había sido un “masaje deportivo”.

Ahora quiero limpiar su nombre, quiero decir que después de algún tiempo, fui al doctor quien me dijo que mi problema era que tenía una pierna un poco más corta, soy una especie de Cuasimodo corriendo, y que las lesiones no siempre están en el lugar en donde sientes dolor (Silvino tenía razón).

Hace un año tenía un fuerte dolor en la pantorrilla, de nuevo, fui con otro doctor muy recomendado para tratar de sacar a tiempo medio maratón en Veracruz, al llegar a su consultorio le expliqué todo y me dijo que me sentara en la mesa de exploración….ADIVINEN EN DÓNDE ME REVISÓ… Sí, en lugares insospechados muy cercanos a los que tuvo acceso Silvino y me dijo —Aquí…aquí está la lesión…

Yo no solo no maté a Silvino, él tenía razón, sabía lo que hacía, él había sido un profesional que sin consultorio ni títulos, había dado con mi lesión gracias a la experiencia de la vida y  había sido muy decente en la banqueta sentado en su banquito.

Silvino simplemente tenía un problema cardíaco.

Descanse en paz querido don Silvino.

 

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Ni tan buena mamá, ni tan buena amiga, ni tan buena persona, ni tan buena nada…

Ayer en la noche estaba platicando con mi querida capitana y le dije que me estaba costando mucho trabajo escribir, que sentía que había perdido mi libertad. Me dijo que tenía que analizar qué me hacía sentir así y que conectara con aquello que antes me hacía disfrutarlo, y lo que me gustaba era justo eso, me sentía libre. Escribía sin presión de decir algo inteligente o que dejara algo útil, como me dijo otra amiga hace tiempo “Diana, tienes muchos seguidores, utilízalo a tu favor”, lo dijo con todo el cariño del mundo y me arruinó el proceso de escritura (igual la sigo queriendo).

Me dijo anoche mi capitana algo así como “suéltate, lo que gusta es que eres real, regresa a ser irreverente y recupera tu libertad, VACÚNATE”… Así que ahí va mi “shot” contra la presión.

Antier escribí acerca de cómo quiero educar a mis hijos en la consciencia del amor, me costó trabajo porque me censuré mucho en la búsqueda de no parecer perfecta y aleccionadora, solo quería compartir algo que siento. Quizá a simple vista parezca que soy una mamá modelo que trata de cambiar el mundo a través de sus hijos y que deben de ser niños muy felices porque vivo para ellos y siempre estoy presente y soy toda espiritual y que estoy llena de bondad. Espiritual sí soy, pero mis hijos a veces me odian…

Les hablo demasiado, les explico y los canso, no soy una mamá que se la pase en los entrenamientos de fútbol, los llevo y en el camino les voy diciendo que donde no salgan a tiempo para recogerlos, arderá Troya y les explico la diferencia entre un chofer y una mamá (o al menos una mamá como yo). Mis amigas se rien porque antes que comprar jamón o Nutella, prefiero donar ese dinero a la vaquita marina que está siendo puesta en grave peligro, pero a ellos les digo que la Nutella les hace mucho daño y que está acabando con el ecosistema de los gorilas para hacerlos sentir culpables de consumirla y así yo puedo donar esos 70 pesos que ya casi cuesta.

Prefiero comprar cerveza que leche, cuando voy al super se me olvida lo necesario pero nunca lo INDISPENSABLE (mi cerveza), en la noche antes de acostarme disfruto muchísimo tomarme una mientras leo un rato, cuando se me olvidó comprar leche, a mis hijos les digo que los lácteos son una cochinada que solo les inflama el intestino y crea  mucosas y que el cereal está lleno de azúcar que va matando la salud, (y aunque es cierto, a veces sí les compro, o sea tampoco llamen al DIF).

El otro día me compré unos churritos deliciosos con chile hechos de amaranto, los escondí en el coche porque pasé por ellos a la escuela y no los quería compartir, venían quejándose de tener mucha hambre y les dije que ya llegaríamos pronto a la casa a comer, que mejor se durmieran un rato y en cuanto lo hicieron, saqué mis churritos y los disfruté muchísimo, esa estrategia me sirvió además para que llegaran muertos de hambre y se comieron todo sin chistar.

Los amo y los adoro pero a mi también me quiero un montón (igual les seguiré diciendo que lo más importante en esta vida es ser feliz, que me valen las califiaciones mientras estén arriba de 6 y los educaré con una consciencia altruista).

No soy tan buena amiga, últimamente he sido muy criticada porque odio salir de noche, amo dormir y necesito al menos 7 horas diarias para ser una persona feliz. Donde duerma menos, al día siguiente soy como un bebé al que le están saliendo los dientes, irritable y puedo llegar a matar. Tengo que comer a cada rato porque se me baja el azúcar y soy insoportable e intolerante si no como al menos cada 3 horas. Así que viajar conmigo se ha vuelto como viajar con un niño chiquito, tienen que respetar mis horas de comer y dormir o soy una pesadilla (algunas incluso cargan con barras de granola en su bolsa por si me pongo malita). Esto aunado a que no siento culpa al decir que me quiero ir de algún lugar o simplemente no quiero seguir la fiesta y yo me voy a mi casa.

Hace un par de semanas, fuimos en lunes a cenar “algo leve”, acepté por inocente, porque les volví a creer, pero estando en una cantina, a las 11 de la noche, cuando para mi era hora de irse, salieron con la puntada de “¡vámonos a Garibaldi!”, se me cayó el pelo y de pronto me acordé que yo llevaba coche, lo que me dio una paz inmesa y les dije que no contaran conmigo, que por ningun motivo, trataron de convencerme y no fue posible, no estaba dispuesta a dejarme amedrentar, “yo me voy a dormir, háganle como quieran”, no soy buena para la fiesta, conmigo pueden contar de día, de noche no, y se quejan y me critican y a mi me importa un rábano, lo mio es dormir por más que necesiten mi apoyo emocional (como era el caso de Garibaldi), y ahí acabó la noche. Estoy decidida (mensaje para la Capitana, la Shirris, la Che, Casual Chic y la niña de los Alpes) a dejar de salir entre semana de noche, me hace sentir infeliz.

No soy tan buena persona, hace cerca de un mes, estaba dentro de mi coche en el club esperando a mis hijos de su clase de fútbol, no soy una mamá que se baje a platicar, prefiero quedarme a leer o a dormir dentro de la soledad, comodidad y silencio del coche, pero vino un vigilante a decirme que me tenía que bajar “no puede permanecer en el auto señora” me dijo con voz autoritaria, “no me voy a bajar de mi auto señor” le dije con voz más autoritaria… Se paró junto a mi y le dije “haga lo que quiera, yo aquí me quedo, soy una señora de 47 años dentro de su coche leyendo un libro, no represento ningún peligro, y si corro algún riesgo, es bajo mi propia responsabilidad, aqui me quedo y AQUÍ ME QUEDO”. Unos minutos después llegó una señorita representando a la administración, no la soporto, ya llevo varios “episodios” con ella, desde que la vi acercarse sabía que las cosas se iban a poner muy feas. Cuando me dijo que si quería fuera a hablar con uno de los administradores (que conozco desde que soy niña) le dije que sí, “PORRRRR SUPUESTO QUE HABLO CON ÉL” le dije en un tono exasperado. Me bajé del coche dispuesta a matar a quien se pusiera en mi camino, al llegar al elevador me dijo “si quiere vamos por aqui” a lo que le contesté ” si yo me subo a ese elevador con usted, soy capaz de matarla, así que me voy por la escalera”, se puso pálida y no insistió.

Cuando llegué con el administrador yo estaba furiosa, estaba fuera de mi porque me parecía una injusticia tremenda, era la única hora en toda la semana que yo pasaba sola, en silencio y me la estaban quitando, no veía yo la razón, me parecía totalmente absurdo. Traté terrible al hombre que me veía con pánico desde su silla de ruedas, (tuvo un accidente cuando era muy joven) y yo estaba parada con mi 1.67 de estatura, con la cara roja y los ojos fuera de órbita, su silla de ruedas y lo educado de su tono me volvieron a importar un rábano…

Minutos después me calmé, pedí una disculpa y le dije todo lo que pensaba pero con un mejor tono… ahora me ven y huyen (igual no me dejan quedarme en el coche).

En fin, tampoco me voy a dedicar a escribirles todas mi manías, defectos y errores, solo es un intento mio por regresar a escribir cosas sin sentido que no le interesen a nadie para dejar de sentir que lo que escriba tenga que tener moraleja o un mensaje que sirva a toda la comunidad que me lee. No estoy queriendo aparentar ser una mujer y madre perfecta y bondadosa, mi idea nuna fue que lo creyeran. Soy altruista pero soy un ser disperso y disfuncional dispuesto a seguirlo siendo.

Siento mucho si este post es una pérdida de tiempo, si se los quité para leer una vacuna a mi autocensura, quizá vuelva a escribir algo muy lindo pidiendo disculpas a mi tratamiento, quizá no, quizá vuelva a escribir algo sobre aquellos tarros de mayonesa que tantas risas causaron…quizá no.

 

 

 

 

 

“Necesitamos amor” les dije a mis hijos…

El domingo fui a ver con mis hijos la película de la mujer maravilla, supuse que, como siempre, me iba a quedar dormida, pero no, y al salir platiqué con ellos acerca del mensaje. Tengo esta necesidad metida en la cabeza de conectarlos con el mundo y las emociones, de hacerlos sensibles y espirituales, no quiero niños que solo piensen en fútbol, Xbox, celulares y Ipods.

No quiero arruinarles la película, pero el fin último es: el amor vence, y a esa conclusión logramos llegar.

Hace unas semanas fue el ataque terrorista en un concierto de Ariana Grande (que yo de verdad no conocía) en Manchester, mis hijos sí saben quién es y uno de ellos me dijo “murieron niños mamá” y no pude negarlo, estaban impresionados por la maldad de la persona que sabía lo que hacía. El domingo les conté cómo se estaba llevando a cabo un concierto a favor de las víctimas y en el cual cantaría Coldplay junto con otros artistas muy famosos (#OneLoveManchester) y les dije que siempre por cada persona mala, aparecen muchísimas personas buenas a tratar de superar con actos de amor el dolor que se había causado, la energía en ese concierto es impresionante.

Les expliqué la importancia de la empatía, les conté cómo cuando yo más triste estaba, mis amigas siempre salían en mi rescate, y no era precisamente lo que hacían, no era el café que me invitaban o la cena que me hacían o el temazcal al que me llevaban, era el amor con el que lo hacían lo que sanaba mi alma.

Les conté el caso de un perro muy maltratado que rescatamos, había sido muy lastimado y le encontramos una familia maravillosa que lo ama y ese perro ahora no solo es feliz, ahora hace feliz a su familia. Las personas que lo ayudamos lo hicimos desde el amor y esa energía se contagia. Lo que yo hago por los demás, lo siento de regreso.

Es difícil que dos niños de trece años sean en este momento empáticos y sensibles, mucho menos espirituales, lo entiendo, están creciendo. Los videojuegos, las series de televisión, las noticias en México y el mundo no se pueden ocultar, no es fácil decirle a tus hijos que esos estímulos están haciendo que poco a poco se haga “normal” vivir en un ambiente de violencia.

Al vivir conmigo, tienen el 90 por ciento del tiempo con un lado femenino, ven menos a su papá, soy extremadamente sensible y tengo que lograr el equilibrio, pero no pienso nunca dejar de decirles que trabajen por los demás, que busquen siempre el bien común, que cuando la energía del amor se esparce, se contagia.

Les dije que vivimos en un mundo complicado, siempre habrá gente mala, eso no lo vamos a cambiar, pero por cada terrible acto de violencia, como un ataque terrorista, el maltrato a un animal o el bullyin a un niño, debe haber quien quiera ayudar con un increíble acto de amor y actuando desde el corazón.

Hace unos meses una amiga organizó una visita al Instituto Nacional de Pediatría, el objetivo era llevarles tortas, jugos y pan a la gente que está afuera esperando noticias por los pequeños pacientes internados, pasan horas en la calle y muchas de esas personas son de muy bajos recursos y no han comido bien por días. Me llevé a mis hijos que estaban asorados porque no fueron a la escuela, los puse a preparar tortas y nos fuimos con bolsas y canastas de comida. Hubieran preferido mil veces faltar a la escuela para quedarse a ver la tele o jugar Xbox, pero cuando llegaron y vieron a esas familias con muchísima hambre y llenas de agradecimiento, lo entendieron todo, vieron gente con cajas de cartón como maleta, niños enfermos esperando ser atentidos jugando con un carrito destartalado o incluso con la tierrita de la banqueta. Conocieron a un niño que tiene una enfermedad que no lo deja crecer, tenía 8 años con la estatura de un niño de 4, todavía recuerdan su nombre y el color de la sudadera que llevaba puesta, también se acuerdan de un niño ciego que les impresionó porque estaba feliz, “mamá, estaba ciego y se sentía feliz” me han dicho varias veces…

Ese día aprendieron más en unas horas que en un año de escuela, sé que soy juzgada por mucha gente por lo que voy a decir, pero me interesan más esas experiencias que el nivel académico de la escuela a la que vayan. Ese día sintieron y entendieron el poder del amor.

Hagamos a los niños conscientes de esto, entiendo que tenemos que hacerlos fuertes y resistentes, pero eso no implica que sean insensibles, un niño que se preocupa por los demás y hace algo por alguien, será un adulto sano, empático y lider, eso es lo que más necesitamos.

Somos más los que lo sabemos, solo tenemos que atrevernos a manifestarlo y contagiarlo.

 

 

Los niños quieren mamás felices.

Hoy en la mañana que estaba camino a la escuela, Daniel me dijo de pronto “mamá, hace mucho que no escribes”, no sé cómo lo sabe, él no está muy consciente de lo que hago en las mañanas, por más que les digo que no paro un minuto, a veces tengo la impresión de que creen que en cuanto los dejo en la escuela, me regreso y me echo al sillón a ver la televisión toda la mañana como lo hacen ellos cuando no van a la escuela, ojalá fuera cierto, de un tiempo para acá no tengo ni 5 minutos de descanso y eso ha afectado gravemente mi escritura. Antes me iba a correr y regresando, después de bañarme y desayunar, me sentaba a escribir todo aquello en lo que había pensado mientras corría. Aunque llevo un par de meses de no correr, mi cabeza sigue con muchas cosas que quiere escribir pero no tengo el tiempo, tengo que encontrar la manera de recuperarlo porque me hace muy feliz.

Después de las palabras de Daniel, decidí tomar acción y hoy dedicar la mañana a hacer eso que tanto disfruto, pero basta que sientas que tienes que hacer algo para que ya no puedas hacerlo, cuando es una tarea es casi imposible encontrar la inspiración. De pronto pensé en las palabras de Daniel dichas con tanta seriedad y me pregunté por qué me habrá dicho eso, y llegué a una conclusión: Daniel sabe que eso me hace feliz.

Recordé que hace poco me dí cuenta que a los niños les gustan las mamás felices, no las mamás ocupadas todo el tiempo en cumplir con sus obligaciones, mis hijos prefieren verme muerta de risa que ver el refrigerador lleno de toda la comida sana que siempre les digo que tendrían que comer.

Hace unos meses alguien me mandó un video de un león que seguramente estaba rugiendo, quizá bostenzando, el caso es que el audio está editado con una risa muy contagiosa y parece que el león está muerto de risa, no saben cómo me rio cada vez que veo ese video. Recuero que mis hijos entraron a mi cuarto sorprendidos al escuchar mis carcajadas para ver qué era lo que las ocasionaba, y al enseñarles el video vi que los hacía reír pero no tanto como a mi, lo que verdaderamente les causaba mucha gracia era verme llorar al ver a un león con una risa que no era real…

Pasó el tiempo y un día que estaba tratando de ordenar algo en mi cabeza y tratando de concentrarme haciendo cuentas, aparecieron los dos con su Ipod y el video de el león “mira mamá” me dijeron los dos, y al poner el video volví a llorar de risa, recuerdo perfecto sus caritas de satisfacción al haberme sacado de ese momento aburrido y verme reir tanto, ahora ese video tiene para mi un signficiado muy especial.

Cuando vamos en el coche en las mañanas, escuchamos la música que a mi me gusta, aunque a veces me piden que ponga a Antonio Esquinca, no me hace feliz pero sé que a ellos les divierte así que les hago ese pequeño favor que dura unos 20 minutos, pero cuando se les olvida, vuelvo a poner mi música favorita que saben que es Coldplay. Hace unos días, veníamos en el tráfico infernal del medio día y yo venía callada, tratando de sobrellevar el sueño y el sopor de la peor hora para manejar, cuando más hambre tengo, cuando se suben al coche y apestan a sudor, cuando tengo prisa porque ya hay que comer para ir corriendo al fútbol y vengo pensando en todas las cosas que hay que hacer en la tarde, Daniel venía adelante conmigo y de pronto quitó la música que veníamos oyendo, lo vi moviendo el radio buscando una canción y empezó a sonar “Yellow” de Coldplay, saben perfectamente que esa canción me encanta, me dieron ganas de llorar, me conmovió muchísimo el deseo de Daniel de sacarme de ese momento tan cansado que estaba pasando. Hace un par de semanas venía muy triste por una mala noticia y les dije “no estoy enojada con ustedes, simplemente estoy triste, necesito un poco de paz por favor”, venía manejando en la noche y lo único que quería era llegar a mi casa para ponerme la pijama y dormir, Daniel una vez más lo resolvió poniendo la misma canción, lo abracé y le di las gracias… Si antes me gustaba “Yellow”, ahora tiene un significado más especial.

Los sábados en la mañana es el mejor momento con ellos, tenemos la paz de no tener prisa y Diego en cuanto se levanta va a mi cama a meterse conmigo a las cobijas para platicar un rato, sabe perfecto que adoro esos momentos y con un esfuerzo sobrehumano me hace un poco de “piojito”, lo odia pero lo hace por mi, platica 5 o 10  minutos y luego con su sinceridad que adoro me dice “ya me aburrí, vamos a ver una película aunque te duermas”, y vamos todos al sillón  y pone una almohada en sus piernas para que me acueste sabiendo que me voy a quedar dormida. No les importa, saben que igual estoy feliz y ellos también de estar juntos.

Daniel me manda videos de perros rescatados o chistosos a mi cuenta de Instagram, Diego me abraza y me dice “te quiero mother” porque sabe que me encantan los abrazos, Daniel me cuenta chistes malísimos porque sabe que me gustan y Diego me acaricia la cabeza de  un modo brusco y torpe creyendo que me gusta (pero me hace feliz su intención).

No soy una mamá muy responsable, se me olvidan muchas cosas, a veces pasan 3 o 4 días pidiéndome que compre leche porque no hay para el cereal.  Saben que me distraigo con facilidad y que cuando me platican algo es probable que al final no me acuerde bien de los detalles, pasan días y días con el pelo larguísimo porque odian ir a la peluquería y, ellos no lo saben, pero yo también y me hago de la vista gorda porque me da igual que el fleco les llegue a la nariz, vamos cuando verdaderamente no puedo con la presión social (o sea mi mamá diciéndome que ya se ven horrendos). Todos sus pantalones les llegan arriba de los tobillos porque me da lo mismo y por el momento a ellos también, ya les compraré otros (espero que sea la semana que entra, pobres niños). No siempre estoy de buen humor y me canso muchísimo de cuidar a dos adolescentes que ahora pelean por todo entre ellos y conmigo, no somos la familia perfecta, sin embargo, tienen muy claro que lo más importante es ser feliz, disfrutan muchísimo verme reír, creo que son felices cuando me ven divertida y cuando ven que estoy contenta, no creo que prefieran una mamá perfectamente ordenada que sea capaz de llevar la administración y el manejo de una casa de manera eficiente y sin errores pero seria y lejana, por lo que he visto, lo que ellos quieren es verme reír, quieren verme contenta, un día me dijo Diego “qué padre que tienes amigas que te quieren, qué padre que corres tanto y que cool que rescatas perros”, él sabe que eso también me hace feliz.

Cuando me separé de su papá me angustiaba que hubieran tenido que vivir eso, yo lo último que quería era que vivieran en un hogar dividido, ahora creo que para ellos es mucho mejor vivir con una mamá feliz en su casa porque hace lo que le gusta y disfruta momentos increíbles con ellos y un papá feliz en otra casa porque se siente mejor de estar solo y hay paz en las dos partes de su familia. Ya no me angustia que “les haya pasado” ahora disfruto que lo hayamos logrado.

¿Cómo amas a tu cuerpo a los 47 años?

En esta mi crisis de tener casi cincuenta años, me he enfrentado al deterioro del cuerpo, no porque antes fuera una Barbie, pero de verdad los años no pasan, se quedan, y es en forma de canas, arrugas, lonjas, celulitis, manchas en la piel y un largo etcétera…

Todo esto ha ido apareciendo gradualmente, pero yo me dí cuenta de golpe y porrazo un día que me estaba tomando unas fotos, me gusta hacerlo con los perros con los que trabajo y generalmente son acercamientos porque me gusta salir con ellos, aunque solo sale parte de mi cara, ultimamente ha sido muy difícil que salgan los ojos sin arrugas… porque ahí están, sin ojeras… porque ahí están, sin manchas… porque ahí están. Y es que no soy partidaria de retocar las fotos al grado que parezca que eres otra persona.

Recuerdo esos días en los que me pintaba el pelo de colores nuevos solo para verme diferente, ahora es imposible no hacerlo porque las canas son implacables. El otro día me vi en el espejo y las vi, rebeldes y decididas  a hacerme la vida de cuadritos, “¡pero si hace unos días me lo pinté!” pensé… no, haciendo cuentas habían pasado alrededor de tres semanas, TRES SEMANAS, crecen a una velocidad angustiante, y aparecen ahí justo donde no las puedes ocultar, parece que saltan y gritan en la frente.

Los ojos ya no son los  mismos, están del mismo color pero ahora rodeados de esas famosas “líneas de expresión” que tan bonito les llaman y que son rayas que marcan la edad, no conozco ninguna jovencita llena de “líneas de expresión” así que son más bien “líneas de la edad” y contra ellas no hay nada más que la cirugía, a la que también me resisto, claro que sería más fácil borrarlas con una aplicación del celular de esas que te quitan las manchas, te blanquean los dientes, te borran las “líneas de expresión” y a veces hasta te rellenan las cejas y hacen corto el mentón, rellenan los labios y los hacen rojos preciosos, incluso he visto fotos que te hacen las pestañas laaaargas y negras y te dibujan una rayita negra en el párpado de arriba para que te veas con la mirada más abierta… después de eso quién sabe a quién te pareces, pero eso sí, te ves bien bonita.

El otro día estaba leyendo un artículo acerca de una mujer preciosa, muy joven y que había pasado por dos embarazos que le habían dejado la panza destrozada, que cada vez que la veía quería llorar así que había decidido luchar contra la tristeza y aceptarse como es, una preciosa mujer con una barriga horrenda (yo solo soy una mujer con una barriga horrenda) y entonces abrió una cuenta en Instagram en donde comparte fotos de sus hijos divinos posando a lado de las estrias y la flacidez de su abdomen… No saben cómo la admiré y la envidia que me dio. Llegar a esa claridad y tener la autoestima tan en su lugar, debe ser maravilloso, porque yo antes muerta que mostrale al mundo la panza que me quedó después de un embarazo gemelar, mis hijos pesaron 5 kilos entre los dos y mi pobre piel hizo lo que pudo para sostener a dos bebés que se movían como si jugaran futbol.

Llevo varios días dándole vueltas a este asunto, entre otros muchos porque mi mente no descansa ni sabe delegar, y estoy entre aceptar lo que tengo y cómo lo tengo, o tratar de cambiarlo.

Cuando nacieron mis dos hijos pensaba en trabajar para ahorrar y operarme cuanto antes la panza que tanto me molestaba, incluso decía de broma que me ofrecía a cargar pianos para que me saliera una hernia, fueron pasando los años y se fue poniendo de moda este tipo de operación en la que te dejan como tabla para picar, lisita y planita aunque hay que pasar unas terribles semanas de dolor y penurias “pero lo vale” pensaba.

Ahora que soy un poco mayor y tantito más madura, ya no estoy tan segura de querer hacerlo, ahora no sé si trabajar para ahorrar y operarme o trabajar en mi para ahorrarme el sufrimiento y aceptar mi lindo abdomen que parece rodilla.

Me acuerdo que un día mi mamá me dijo “Oye Diana, ¿sí de plano te quieres operar?, ¿no te gustaría mejor ya quedarte así?, es mucho dinero”, en ese momento me levanté la playera y me dijo “no mirreyna, hay que ver cómo juntamos dinero”… y la autoestima sintió una punzada de dolor.

Pero eso fue hace unos 10 años, mis prioridades eran diferentes a las de ahora, no me gusta la panza, es difícil verme al espejo y decir como esas frases motivacionales de facebook “amo a mi cuerpo, soy un templo de belleza, me quiero y acepto como estoy y soy la mujer más bella del mundo por haber dado vida”, en serio no, eso no sucede en la vida real, no ves la panza y piensas “qué maravilloso mi cuerpo que fue capaz de dar vida a dos niños”, no, no cuando te ves al espejo en serio no. Lo que piensas es “Ay no, adiós al traje de baño, ¿cuánto costará una cirugía? ¿dolerá mucho? a ver ¿cuántos perros tendría qué cuidar para que me alcanzara?, ojalá que con esta playera se disimule esta malformación”…

Es muy difícil amar a un cuerpo que está lleno de “líneas de expresión”, canas, manchas cafecitas que antes eran pecas y ahora son figuras geométricas indefinidas. Pero si me preguntan a quién me quiero parecer, a quién admiro más y me dan a escoger entre una mujer segura porque logró operarse y corregir todos esos “defectos” y se ve preciosa y perfecta y una mujer que es segura porque se sabe inteligente, sabe lo que quiere, para ella el físico no es tan importante y sabe que no define su valor, escojo a la segunda, admiro a la segunda. Eso no signfica que no me gustaría operarme la panza, significa que ha empezado a perder importancia, estoy considerando seriamente conseguir el valor que requiere aceptarla, no digo quererla, es muy aventurado, simplemente dejar de verla en el espejo con cara de asco y… no verla, ahí está, no me gusta y no la quiero, pero ahí está como están las canas y las arrugas y las manchas.

Al final del día, las “líneas de expresión” sí son eso, son líneas que demuestran que hay expresión, que ha habido muchas risas, mucho llanto, muchas caras de sorpresa y caras de frustración, mucha tristeza pero muchísima alegría, quiere decir que alrededor de mis ojos hay historias, muchas de ellas no las cambiaría por nada, no aceptaría que no estuvieran a cambio de no haber pasado por todas ellas.

Las canas son esos pelitos blancos que ya no alcanzan a pintarse pero son solo eso, pelos blancos que necesitan tantito color, se los das y listo, cada vez más seguido pero no es algo que no se pueda manejar.

La panza que tengo sí es causada por un embarazo gemelar, sí fue capaz de dar vida a dos niños al  mismo tiempo, sí es un milagro, y lo hizo bien, quedó algo arrugada y triste porque no está planita, pero si tuviera voz quizá me diría “¿qué esperabas? dí lo mejor de mi durante 8 meses, tus bebés jugaban y me estiraban al grado del dolor, antes dí que resistí y fui fuerte, agradece que te dejé hacer eso conmigo”.

No es que ame a mi cuerpo, no es que me vea al espejo y diga “qué bonito templo de belleza, me acepto y me quiero como estoy”, más bien creo que a mis casi cincuenta años (aunque mis amigas me digan que estoy más cerca de los 45 que de los 50), estoy agradecida de que sigo funcionando bien, sigo corriendo medios maratones, sigo saliendo a cenar, cantar y bailar, me desvelo y me sigo riendo muchísmo, siguen dándome ganas de estudiar y vivir nuevas aventuras, sigo queriendo ir a la ruta de Santiago, a un Safari fotográfico a África, quiero llevar a mis hijos a Paris y no me quiero morir sin ver una Aurora Boreal… para ninguna de esas cosas necesito una panza de concurso. No amo a mi cuerpo físico, pero si estoy empezando a querer al emocional pero sobre todo, a enamorar del espiritual.

Quizá algún día los soprenda y en mi cuenta de Instagram me atreva a mostrala al mundo, o tal vez un día decida operarla, uno nunca sabe, ahora por lo pronto puedo manejar las arrugas, perdón, las líneas de expresión, y las canas.

https://www.instagram.com/lanuevadediana/

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¿Sobrevivo a mis hijos o ellos me sobreviven?

Hace unos días me hicieron una pregunta extraña: “Diana, ¿dónde podré conseguir leche materna?”… Era para un bebé prematuro y como mis hijos lo fueron y no les pude dar más que un par de días (por lo cual mucha gente me hizo sentir culpable), me llevó a recordar muchos momentos vividos con ellos, desde que el Ginecólogo me dijo que estaba embarazada de gemelos hasta ayer que los tuve que llevar al futbol.

Doce años han pasado desde ese día en que me entregaron dos bultos de piel, arrugados y con los ojos hinchados y yo no tenía idea de cómo cuidarlos, no sé si yo he sobrevidido a ellos o ellos me han sobrevivido a mi.

Recuerdo las noches interminables en que les tomaba hooooras comer porque eran muy chiquitos, la primera vez que los bañé y pensé que se iban a romper, cuando les dí espinacas y quedó el techo manchado de verde y cuando lloré como Magdalena cuando los llevé por primera vez a la escuela. Tenían dos años y medio y yo necesitaba tiempo para vivir, pero la culpa no me dejaba en paz (aunque confieso que me duró pocos días).

No sé si yo he sobrevivido a preguntas como “mamá, ¿por qué hay condones de sabores si no se comen?” o a comentarios como “mamá ¿a qué equipo de futbol le va Dios?”… o he sobrevivido a “mamá abre las ventanas del coche porque me voy a echar un pedo”.

A veces creo que he sobrevivido a “mamá, no sé cómo lo vayas a tomar, pero me entregaron el exámen de alemán” y también al típico domingo en la noche en que recuerdan que tenían que llevar material para la clase de cocina que incluye 200 gramos de frijoles refritos.

Pero también pienso que ellos han sobrevidido a mi cuando recuerdo que hace un par de semanas, el primer día de clases de sexto de primaria, no recordé que el uniforme ya no les quedaba, estaba “zancón” y tenía las rodillas rotas, aún así se fueron muy dignos a la escuela. Cuando recuerdo que en Semana Santa decidí cuidar 8 perros en mi casa para ganar algo de dinero extra y fueron unos días de locura en los que nuestra vida parecía sacada de una película de Disney en donde lo que ves, crees que pasa solo en la televisión. O cuando los llevé de viaje a las playas de Nayarit y de regreso de un pueblito me confundí de camión, provocando que tuviéramos que caminar en la carretera cargando unas bolsas del súper con shampoo y unas galletas de chocolate hasta poder tomar un taxi que nos llevara al hotel.

Por un tiempo sobrevivieron a una mamá triste que lloraba porque su matrimonio se había terminado y lo único que podía hacer era tratar de pasar el día lo mejor posible, y yo también sobreviví a sus preguntas acerca de por qué su papá ya no viviría más con nosotros.

Mis hijos no visten a la moda, no me piden ropa de marca, la pijama les queda chica y los tenis a veces “sonrien” con la suela. Le escriben cartas al ratón de los dientes y siguen creyendo que Santa Claus les trae los juguetes (aunque a veces sospecho que me están tomando el pelo, matan mis dudas con comentarios como “sé que Santa existe porque tú nunca tienes dinero”).

Duermen rodeados de muñecos y abrazan a todos los perros que pasan por esta casa. Están acostumbrados a verme rescatar animales, a veces vamos por la calle y me avisan que hay un perro solo, me angustio y de pronto vemos que tiene dueño, descansamos los tres y seguimos nuestro camino.

Se ponen tatuajes de escorpiones y hacen cuchillos de madera en la clase de carpintería, pero visten a sus perros de peluche con suéter, calcetines y zapatos porque les puede dar frío.

No se concentran en un exámen de matemáticas pero arman un cubo Rubik con cronómetro y dibujan instrucciones con todos los “algoiritmios” que aprendieron viendo Youtube.

Sufren cuando ven a alguien sufrir, lloran cuando algo les duele, se quejan cuando algo no les parece y se aguantan cuando los regaño. Trato de hacerles entender que venimos a esta vida a ser felices pero también a hacer algo importante por los demás, el éxito viene de cómo te sientes no de lo que has logrado.

Podría escribir horas acerca de las experiencias que he tenido al criar dos niños, distraída como soy, dispersa y medio disfuncional, ha sido toda una aventura. Podría contar cientos de anécdotas que me han hecho la vida divertida con momentos tristes, simpáticos, interesantes y complicados pero lo importante es que ninguno de estos tiene nada que ver con alimentarlos o no con leche materna… la verdad es que sobrevivimos a esta familia juntos.

 

Efectos colaterales de la terapia de mis amigas…

La semana pasada estuve en un estado de ánimo algo decaído, y aunque siempre trato de ver la vida con humor, me estaba costando algo de trabajo. Pero para eso están mis amigas, para recordarme que me puedo reir de mi misma (así como los demás también se ríen de mi misma).

El sábado me dijo mi querida y admirada (admiradísima) Capitana que estaba yo en lo que ella nombraba “etapa cero” y el objetivo era llegar a la “etapa 10” en algún momento de la vida, que el plan para cumplir dicha meta empezaba el domingo a las 7:30 de la mañana en la Estela de Luz en Reforma para correr y conseguir un poco de endorfinas. Tuve que alterar un poco el plan ya que planeaba desvelarme el sábado por ser cumpleaños de una amiga, pero quedamos de ir en cuanto yo me despertara, eso me indicaba que me tendría paciencia y sería cariñosa conmigo.

Así que a las 9 de la mañana estábamos arrancando sobre Reforma el plan para pasar si quiera a la etapa 1, la cero no me estaba gustando pero había que empezar por algún lado. Así que platicando ibamos corriendo hacia el Zócalo y las endorfinas empezaron a hacer lo suyo, la dopamina todavía no hacía acto de presencia.

Cuando veníamos de regreso, sobre la calle 5 de Mayo, vimos en un aparador un suéter que a las dos nos hizo “ojitos”, no dijimos nada pero unos segundos después, no me acuerdo quién fue la primera que se atrevió a decir “viste ese suéter” y decidimos entrar solo a “verlo”… La capitana me dijo que necesitaba una blusa para una entrevista que le harían (es una celebridad de clóset) y que le ayudara a ver si encontrábamos algo, por supuesto que encontramos “algo”…

En la búsqueda de la blusita, me topé con un aparador lleno de aretitos y pulseritas y mugritas que me encantan. Por sobre todas las cosas me gustan las pulseras y generalmente me compro una cuando algo quiero recordar, un día, un momento, una etapa o una persona. Vi unas azules muy lindas que me hicieron pensar en Nuri y unos aretes que harían juego que me harían pensar en este momento que estoy viviendo como de transición.

Cuando vi a la capitana, yo tenía dos bolsitas pequeñas, me dijo “ve la ropa, está a super buen precio y en descuento”. Yo no traía dinero porque IBAMOS A CORRER POR REFORMA, no de compras, pero ante el ofrecimiento manipulador de su tarjeta de crédito, tuve que soltar el cuerpo y ver los suéters, tres fueron los que me gustaron. Pero lo peor vino cuando ella descubrió también el aparador de las chácharas esas que me gustaron… estuvimos delante de él cerca de una hora. Cada vez que yo tomaba algo y luego lo regresaba porque me atacaba la culpa, la capitana me decía “acuérdate lo triste que estás, te lo mereces” y yo volvía a tomar esa pulsera o esos aretes. Cuando yo veía con ojitos de amor algún collar pero con algo de dudas, me decía “estás en la etapa cero y tienes que sobreponerte, ese collar se te vería increíble” y yo cargaba también con el collaracito ese… Cuando quise regresar algunas cosas que me parecían algo inutiles y caprichosas me repetía “haz pasado días muy difíciles, te vendría bien comprarte eso”…y así estuvimos todo el tiempo, ella con tono manipulador, casi en secreto me decía al oido “cóooomprate eso…lueeeego me lo pagas”, y así salimos dos horas después, yo con dos bolsas con pulseras, aretes, collares y tres suéters que no necesitaba pero me llevaron a lo que ella llamó “etapa uno”. Había subido el escalón (y mi deuda mensual).

Como la capitana también hizo lo propio, cargaba con otras dos bolsas, así que por mucho que tuviéramos nuestros tenis, mallitas, gorra y reloj garmin para medir nuestros tiempos, ya no era posible regresar corriendo por la ruta que llegamos. Tuvimos que caminar por donde la gente corre, con el look algo distorcionado entre deportistas, dos consumidoras compulsivas como en película de esas malas malas en las que las protagonistas son frívolas mujeres que se visten de manera deportiva para hacer creer a la gente que hacen mucho ejercicio pero la verdad es que solo se dedican a comprar mugres. Así nos sentíamos y hasta algo de pena nos daba, pero nos la aguantamos. Lo que también nos dio fue un frío espantoso que nos hizo temblar un buen rato. Habíamos sudado mucho antes de entrar a la tienda, así que ahora estábamos heladas sin poder entrar en calor (pero bien risueñas con nuestras bolsas y ya la dopamina hacía su efecto).

Cuando por fin llegamos al coche, ya era la una y pico de la tarde, yo no podía creer que tenía el estómago vacío y no me había comido a alguien o peor, matado a la capitana. Decidimos que ya no aplicaba desayuno, era la hora de la cerveza con una rica comida y ella me había dicho que me iba a invitar. Así que fuimos a un lugar de comida Tailandesa que en otro post tengo que describir porque vale muchísimo la pena.

En este lugar había un mesero italiano de bastante buen ver y que como buen latino coqueto, hizo gala de su fama y nos hizo la comida muy amena, entre que sacamos nuestras compritas y él se reía, hasta medio mensas nos veíamos con la risita fácil que ocasiona el cansancio, el hambre, un poco la culpa, el frío y un italiano coqueto (por cierto, prometimos regresar).

“Oficialmente estás en la etapa dos” me dijo muy ufana la capitana, orgullosa de haberme llevado a ese momento de recuperación, me subió a la boutique del restaurant en donde seguimos comprando, yo un té verde que se veía buenísimo y ella uno de jazmin que habíamos probado en la comida, y, por qué no, yo un ungüento (creo que desde la primaria no utilizaba esa palabra con diéresis) para los labios hecho a base de miel y cera de abeja que está exquisito.

Ahora que han pasado los días, sigo en la etapa dos pero algo atorada y bastante demacrada. Obvio me dio una gripa del nabo, el enfriamiento me pegó duro y es que cuando uno se pone triste se le bajan las defensas, así que algún virus encontró el domingo el lugar ideal para vivir unos días. Eso sin contar con la deuda que ahora tengo con la capitana, por un lado la emocional por todas sus atenciones y cariño y paciencia y por otro lado la de su tarjeta de crédito…

Los efectos colaterales de la terapia del domingo son ojos llorosos, mocos, cansancio, culpa, deudas, gordura (me regalaron unas galletas y como no puedo correr por la gripa, encima voy a engordar porque están deliciosas).

Pero eso sí, estoy en la ETAPA DOS, solo faltan ocho, les tengo algo de miedo a los efectos de las que vienen aunque sé que para eso están ellas, mis amigas y todas esas personas que han estado pendiente de mi en estos días que supieron que fueron difíciles, con llamadas, mensajes,chistes, regalos, flores, cervezas, tecitos, visitas, apoyo emocional, discuros, regaños, tarjetas de crédito, etc…etc…

Cuando me iba a separar, en una terapia de pareja a la que fui, recuerdo perfectamente que me dijo la terapeuta: “sepárate, lo vas a superar, porque lo único que necesitas es una red de amigas que esté a tu lado  y con esa ya cuentas, estás segura”.

Cuando estén pasando un momento triste, difícil o complicado, acudan siempre a sus amigas, ellas sabrán qué hacer, aunque luego le deban la vida y haya que ahorrar para pagar pulseritas.

GRACIAS A ESA RED DE GENTE QUE SIEMPRE ANDA TRAS DE MI.

Ahora por favor, alguien aviénteme un Redoxón.

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