Los papás tenemos miedo.

Me metí a un diplomado que se llama “Soluciones creativas para una crianza positiva”, me invitó una amiga y lo que pensé que sería divertido y entretenido, ha resultado ser muy revelador.

Pensé que era solo para papás de niños chiquitos y que yo no venía al caso con mis dos labregones adolescentes, pero estaba muy muy equivocada, no hay edad para descubrir cómo y cuánto la estás cajeteando y para encontrar soluciones creativas, pero, sobre todo, para descubrir un montón de emociones, patrones, errores y aciertos al ser mamá o papá.

Las primeras sesiones fueron divertidas y, mediante el juego, los alumnos nos empezamos a integrar, es raro compartir cosas medio intimas con gente que no conoces, y la psicóloga que lo imparte sabe perfectamente cómo manejarnos para irnos abriendo como cebollas y terminar llorando todos juntos como si fueramos los mejores amigos de toda la vida, y lo más padre es que es como en las Vegas, lo que sucede en el diplomado, se queda en el diplomado, sin siquiera tener la necesidad de hablarlo, todos sabemos que estamos ahí para acompañarnos en el descubrimiento de nuestra paternidad y maternidad.

En la primera sesión tocamos el tema de  “¿Infancia es destino?” y uy… no saben qué revelador, con una simple dinámica descubrí cómo creo que me ven mis hijos y cómo los veo yo al hablar de mi, fue sorprendente porque nunca me había puesto a pensar en eso.

En la segunda pudimos identificar patrones familiares que no teníamos conscientes ninguno de los que estábamos ahí, situaciones que vienen desde nuestros abuelos y que pueden estar influenciando de manera positiva o negativa en nuestra manera de educar, y decidimos qué acciones tomar al respecto.

Un día hicimos “Instalaciones” para las emociones de nuestros hijos y en otra sesión aprendimos a usar los juegos como nuestros aliados.

No quiero contar la película completa, pero siento una enorme necesidad de contar lo que ocurrió la semana pasada…

Ahora no jugamos, no hicimos dinámicas divertidas, empezamos un veradero trabajo de introspección y, como les digo a mis amigas “OMAIGOD” lo que he descubierto.

La tarea consistía en encontrar una conducta que yo quisera cambiar en mis hijos, tenía que escoger a uno y, teniendo adolescentes, fue bastante fácil. Yo quería lograr que el escuincle odioso dejara de discutir absolutamente todo lo que digo, supongo que todas las personas que tienen hijos de 14 años estarán de acuerdo conmigo en que es DESESPERANTE vivir en una batalla campal todos los días tratando de ganarle a tu hijo porque un chamaco de esa edad no puede saber ni lo que es mejor, ni debe poder más que tú (a menos que sea yo la única que piense que sus hijos no tienen la más mínima idea de lo que les conviene).

Por medio de una actividad (no quiero ser un “Spoiler” porque de verdad recomiendo que algún día lo tomen) al principio salieron frases como “Que deje de pelear conmigo”, “Discutir todo lo que digo”, “Estar tranquilo y de acuerdo en las simples cosas que pido”, y un ratito más adelante empezaron a desfilar verdades como “Me enojo”, “Me engancho”, “Me bloqueo”, “Soy explosiva” y, cuando se prendió la luz en mi cerebro, llegué a “Siento miedo” y “Siento enojo por hacerlo sola”… AHÍ ESTABA LA VERDAD.

Entonces me di cuenta, y ese miedo no es el natural que sentimos todos, por ejemplo a que les pase algo a mis hijos o a que me pase algo a mi y no esté para ellos, no, el miedo que siento es a no cumplir con mis propias espectativas, siento pánico de que se me salgan de control y haga de ellos unos terribles seres humanos, a que al estar educándolos me esté equivocando tanto que sean infelices y yo también, al miedo a perder su respeto y entonces no vean en mi una figura de autoridad… miedo a un montón de cosas que ni siquiera sabía.

Me impresionó descubrir el enojo de sentir que los estoy educando sola, al no estar su papá la mayor parte del tiempo, hay cientos de situaciones que tengo que manejar yo. Este es un tema que sentía que tenía totalmente superado y estando ahí me dí cuenta que todavía tenía esa emoción.

Fuimos haciendo descubrimientos juntos, entre todos, cada quién el suyo, pero aprendes un montón de los demás. Me di cuenta que TODOS TENEMOS MIEDO, algunos a crear patrones, otros a perder el cariño y respeto de sus hijos, otros a repetir historias propias, y cuando todos nos escuchamos, entendemos que es necesario identificar todas esas emociones para que a partir de ahí empecemos a buscar soluciones creativas.

Al final de la sesión, ya a punto de irnos, descubrí algo y lo compartí, me dí cuenta que el enojo que siento por estar educando sola puede estar infundado, esa es una emoción mía que no superé en su momento, decidí que tendría que pensar bien si eso era cierto, si lo estoy haciendo sola o no quiero ver que somos dos y es más cómodo enojarte y así justificar tu miedo, ahora me he dado cuenta que no es así y he soltado ese enojo, me siento incluso libre, en realidad estaba equivocada.

Cuando nos despedimos, un papá se acercó a mi y me dijo “Qué increíble lo último que dijiste, me gustó mucho”, y pienso que alguna fibra personal toqué en él, como muchas fibras han tocado en mi los demás.

Hemos dicho hasta el cansancio que nadie nace sabiendo ser mamá o papá y es cierto. Nos equivocamos mucho y tratamos de corregir, pero ¿Alguna vez se pusieron a pensar en las emociones que están detrás de todo esto?, yo honestamente no, siento un profundo agradecimiento por estarlo descubriendo, estoy segura que cosas muy positivas saldrán a partir de aquí.

La verdad, tengo una buena relación con mis hijos, sé que me quieren y estoy segura que saben que los adoro, pero eso no significa que no pueda mejorar, y no es por ser perfeccionista pero en cuestión de educar a mis hijos, sí quiero hacer el mejor trabajo posible.

Ahora sigue descubrir soluciones creativas, no tiene nada de malo sentir miedo, enojo, frustración, no considero ninguna emoción como negativa, pero a partir de eso, ¿Qué puedo hacer?, ¿Cómo manejarlo mejor?, hoy en la noche tengo la sexta sesión, me siento emocionada porque ahora sé que puedo descubrir un montón de cosas que me van a servir mucho, no para ser una  mamá perfecta, nadie lo es, sé que soy buena, no me doy golpes de pecho, pero sí puedo ser más asertiva, sí puedo estar más relajada, sí puedo ser más creativa, comprensiva y, sobre todo, VALIENTE.

Siempre les he dicho a mis hijos que un valiente no es quien no siente miedo, es quien a pesar del miedo, hace y emprende.

Así que va, a seguir descubriendo mis emociones, con todo y miedo.

GRACIAS “PSICOLOGÍA PARA NIÑOS”, están haciendo de mi una mamá que se conoce mejor y,  en consecuencia, unos hijos emocionalmente sanos, están ayudando a crear mejores seres humanos.

Gracias por siempre Xó, jamás agradeceré suficiente.

 

 

Nada es casual, ni el mensaje ni el mensajero.

Nada es casual, nada de lo que ocurre es por azar, si entendemos esto, es más facil entender los mensajes que nos son enviados.

Llevo varias semanas con la cabeza revuelta, con ganas de hacer mil cosas y por no poder tomar la decisión de cuál hacer y cómo o por qué, estuve en crisis casi viendo el techo por horas y por días.

Estuve en pausa casi tres semanas, justo cuando regresé de viaje. No podía escribir porque tenía que pintar unas piedras, no quería pintar las piedras porque deseaba escribir, no podía diseñar cosas nuevas para trabajar con Tostada porque tenía que pintar unas piedras y deseaba escribir, desapareció todo el proceso creativo al que estoy acostumbrada y estaba totalmente bloqueada, y así pasaron los días con la cabeza y el cuerpo en pausa total.

Lo único que sí podía hacer era ser mamá, hacerlo medianamente bien (tampoco es como que me quede de otra, pero tuve épocas en que deseaba escapar) y podía hacer ejercicio, esto último lograba ayudarme a poner las cosas en otra perspectiva, definitivamente el ejercicio es algo que no debo dejar, cuando corro pienso diferente, es como si la sangre llegara al cerebro y me acomodara mejor las ideas. También he estado haciendo pilates y, aunque sufro y es una tortura, me divierto y cuando termino me siento mil veces mejor que si solo me quedo pensando sin lograr llegar a nada, a veces me entra la culpa y pienso que debería de estar trabajando como esclava, pero me ayuda tanto… Vaya, que la crisis era a nivel profesional pero gracias al ejercicio no era a nivel emocional.

Me permití la pausa, pensé que si no estaba segura de nada, no podía tomar una decisión. Ahora debo pagar las consecuencias pero no estaba en condiciones de hacerlo diferente. Cuando se me revuelve la cabeza necesito tiempo, necesito silencio y necesito calma, entonces eso me tomé.

Ya tomé decisiones, pero aunque sé que por el momento es lo mejor, siempre me queda la duda de haber decidido bien, y, ayer, pasó algo maravilloso…

Un queridísimo amigo, al que nombraré Brandon,  tuvo un accidente esquiando y se desbarató el lado izquierdo del cuerpo, gracias a Dios está bien y se va a recuperar en unos meses, pero no se puede mover por el momento, su esposa, quien es mi adorada Casual Chic, me mandó un mensaje diciéndome que morían de ganas de una hamburguesa, que si les llevaba unas. Le dije que con todo gusto lo hacía pero que si sabía que ahora las aplicaciones de los celulares le podían llevar casi cualquier cosa a su casa, a lo que me contestó “bueno, pero quiero verte”, obvio salí inmediatamente, yo también tenía muchas ganas de verlos.

Estando en su casa, decidí ir un rato a la cocina para ayudarle a Casual Chic, necesitaba una pausa porque la ha pasado realmente mal, platicamos un momento y justo cuando toqué el tema de mi crisis y empezó a tratar de orientarme, alguien la llamó, me quedé sola en la cocina, sonó el teléfono y contesté.

Era una tía de Brandon, cuando estaba por pasársela me dijo su nombre y la reconocí. Nunca la he visto en persona pero por alguna razón (la tengo clara pero se las dejo de tarea) nos hicimos amigas hace un par de años en Facebook. A Brandon lo conozco hace casi treinta años y adoro a su familia, hemos estado muy unidos desde siempre y conozco en persona a casi todas sus tías, menos a ella, sin embargo siento una conexión especial y cuando me contó que durante muchos años había tenido un perro de terapia en Estados Unidos, entendí todo, de ahí venía el vínculo que sentía.

Hacía tiempo que no estábamos en contacto porque curiosamente ella ya casi no se mete a Facebook y yo, desde las elecciones presidenciales, hice lo mismo porque esta red me estaba enemistando con mucha gente, entonces perdimos comunicación, pero ayer tenía un mensaje para mi.

Cuando le dije quién era yo, le dio mucho gusto saludarme, a mi me dio emoción por fin hablar con ella y empezó a decirme una serie de cosas tan importantes, que parecía que alguien le estaba dictando, alguien le decía “Diana necesita oir esto” y ella ni idea tenía de mi crisis existencial, fue impresionante, incluso se lo dije “no puedo creer que me estés diciendo esto ahora”, y no paraba, seguía hablando y cada cosa que me decía, acomodaba algo en su lugar. Ahí no terminó el asunto, ya para despedirse me dijo que hacía unos meses había venido a México y me había dejado en casa de Brandon unos papeles que sabía que me iban a servir en algún momento. Cuando me los dieron y los leí, se me puso la piel chinita porque era algo que de verdad necesitaba tener justo ahora.

¿Qué hizo que ayer Brandon quisera una hamburguesa?, ¿Qué hizo que Casual Chic en lugar de pedirla a Uber Eats me la pidiera a mi?, ¿Qué hizo que decidiera ir a la cocina a estar solas un rato?, ¿Qué hizo que saliera de la cocina y yo contestara el teléfono?, ¿Qué hizo que fuera ella, precisamente ella, con quien nunca había hablado por teléfono, hablara justo a esa hora?, ¿Qué hizo que hace unos meses me dejara unos papeles y ayer tuviera qué leerlos?, ¿QUÉ HIZO QUE ME DIJERA TODAS ESAS PALABRAS QUE TODO ACOMODARON?.

Al principio no podía creer que fuera ella quien me diera el mensaje, después lo entendí, la única manera de asmilar que era verdaderamente UN MENSAJE PARA MI, era que viniera de alguien que no tenía idea de lo que tenía metido en la cabeza hecho nudo, solo así fui capaz de darme cuenta que era el mensajero elegido y que yo tenía que escucharlo y, por fin, hacerle caso. Fue esa la manera que eligieron para que yo pudiera entender que es momento de tomar acción y avanzar, es momento de salir de la pausa y ponerle PLAY porque el siguiente mensaje no va a ser bonito, quizá sea con alguna lección difícil. Ayer me dijero “PONTE LAS PILAS YA Y HAZ ESO QUE TANTAS GANAS TIENES Y NO TE ATREVES”.

Cómo nos cuesta trabajo entender que mensajes y pistas para nosotros, hay en todos lados, y como nos quieren mucho “por ahí” nos tienen paciencia y en un momento dado deciden mandar un mensajero para que por fin asimilemos la información, ahora toca agradecer y actuar.

Vivimos una vida tan caótica que pocas veces hacemos consciencia de los letreros con mayúsculas que nos pone la vida justo enfrente cuando necesitamos leerlos.

GRACIAS POR EL MENSAJE. GRACIAS PALOMA, POR SER EL MENSAJERO.

 

 

Ya no quiero ser mamá…

Soy una mamá de dos adolescentes de catorce años que está TOTALMENTE CONFUNDIDA y, por lo tanto, APANICADA.

Me acabo de ir de vacaciones con ellos, están en esa edad en la que la mayor parte del tiempo me odian, por esto trato de buscar una sana convivencia por lo menos una vez al año y estar en santa paz al menos cinco días de nuestra vida.

Cuando estamos en este “modo zen” es más facil hablar con ellos y sacarles “la sopa” sin que sea una conversación tipo “Dianacápsula informativa” y no suene a sermón.

Fue en una de estás conversaciones al azar cuando uno de ellos me dijo que le causa curiosidad el alcohol, mis preguntas fueron contestadas y, aunque yo quería escupir la tostada de ceviche que me estaba comiendo, logré mantener la compostura:

—¿Y los han invitado a fiestas donde hay alochol?

—Sí mamá, algunas

—Ahhhh… ¿Y por qué no han ido?

—Porque sabemos que no podemos ir

—Ahhhh… ¿Y les dan ganas de ir?

—A mi sí…— (quise ahogarme en el mar)

—Oye, ¿Y te da mucha curiosidad probar el alcohol?

—Pues… sí

—Ok, bueno, ¿Y te da curiosidad el sabor o saber qué se siente en el cuerpo?

—El sabor

—¿Tienes curiosidad de lo que se siente estar borracho?

—No, solo tengo ganas de saber a qué sabe la cerveza.

—Bueno pero, ¿No la has probado?— (lo pregunté con toda calma, con tono de complicidad, guiñando un ojo, suplicando una respuesta negativa sabiendo que tendría la afirmativa).

—En una fiesta no, pero papá me dio un día un trago.

—¿Y tienes ganas de probar más?

—Sí

—Déjame pensar qué hacer y lo platicamos ¿Va?

—Ok ¿Nos metemos al mar?…

No tenía ganas de nadar, pero tenía que retribuir con algo la confianza, fortalecerla y, además, refrescarme el cerebro que estaba a punto de explotar.

Yo siempre he creído que ser congruente es la mejor manera de educar a los hijos. No puedes dar mensajes cruzados porque creo que la confusión es la madre de todas las “cajeteadas”.

Cuando me iba a separar de mi esposo, uno de mis hijos iba a terapia y aprovechamos para preguntarle a la psicóloga cómo abordar el tema del divorcio con los niños, tengo mala memoria pero hay cosas que no olvido cuando me marcan, recuerdo perfecto la respuesta “lo que un niño, al igual que un adulto, necesita, es claridad y contundencia y no tener dudas o mensajes confusos. Si él sabe qué esperar, será mejor y le dará calma y confianza”. Recuerdo que eso hicimos, fuimos claros, dirigimos un mensaje de acuerdo a su edad, tenían siete años y había manera de ser claro sin lastimar y parece que hicimos un buen trabajo, no son niños traumados con la experiencia de vivir con dos papás separados.

Ahora que viene el tema del sexo, alcohol, drogas y demás situaciones apocalípticas para mi, justo mi problema es no tener claridad en cómo abordarlo, ¿Los dejo beber? ¿No los dejo?…

Que quede clara una cosa, YO NO ESTOY DE ACUERDO EN QUE BEBAN, en eso no estoy ni tantito confundida, por mucho que parezca que no les afecta,  si a mi dos cervcezas me relajan y me siento en estado zen, ¿Qué pasa con un cuerpo que pesa menos que el mío? Pueden no estar dando tumbos mientras caminan, pero es un hecho que hay efectos. Lo que no sé cómo hacer es manejar de la mejor manera esta situación.

No satanizo el alcohol, a mi me gusta, me encanta la cerveza, no tomo mucho, es más, soy la aburrida de mis amigas porque puedo pasar una comida con dos cervezas o dos copas de vino o dos ginebras y pasarla increíble. No soy alguien que tenga necesidad de esa sensación de relajación o “pendejez” (perdón mi francés), no sé cómo explicarlo, a mi me gusta reírme en mis cinco sentidos, yo me siento mejor así. Ni lo juzgo ni lo satanizo, esa soy yo, y amo a mis amigas que beben y beben y me divierto mucho con ellas y no caigo en el “ándaleeeee, échate otra, no seas fresa”, lo intentan poco porque ya saben que me rio y después hago lo que se me da la gana (o sea si quiero tomo otra y si no, pues no).

Eso es algo que yo desearía enseñar a mis hijos, a hacer lo que desean sin que sea porque los presionaron o se sintieron obligados.

Sé que es un tema muy complicado, amigas mias que admiro y adoro, han tomado la decisión de enseñar a beber a sus hijos con el objetivo de protegerlos, es mejor que vayan a una fiesta en donde va a haber alochol y sepan hacerlo para que no se pongan en riesgo. Sobre todo pensando en niñas (gracias a Dios no tengo hijas, creo que mi estado sería peor), pero entiendo perfecto este punto, prefieren que estén en control y no las emborrachen, es cuando entra de nuevo mi confusión, ¿Los dejo beber?, ¿Mejor no?.

La cosa es que yo no estoy de acuerdo, no puedo con esta idea, entiendo perfecto que mis hijos son unos chavos normales y van a beber aunque yo diga misa y recite el mejor de los discursos, la cosa está en mi necesidad de ser congruente y clara.

Yo creo que una persona de catorce años NO DEBE BEBER, en eso tengo total claridad. Sé que el alcohol lesiona el cerebro, desequilibra las emociones y altera las hormonas de los adolescentes, no es una conclusión mía, lo he invetigado. Si las bebidas alcoholicas son ofrecidas solo a adultos, si es ilegal darle de beber a un menor de 18 años (en algunos países a menores de 21) y no pueden comprarlas libremente, es porque hay una razón. No es porque el alcohol sea malo, es porque ellos no deben beber, porque se encuentran en etapa de desarrollo, afecta el cerebro de manera irreversible, les hace daño, afecta su salud.

También sé que  bloquea la función del lóbulo frontal, encargado de controlar el comportamiento social, esto hace que no midan el peligro y tomen decisiones que los ponen en riesgo, además, altera el sistema límbico, que equilibra las emociones, AUNQUE BEBAN POQUITO.

Todo esto lo he estado investigando, siento la necesidad de tomar una postura clara y para no sentirme que ando en el limbo de la información, estos días estuve platicando con gente que sabe del tema, para poder tomar una decisión clara, he estado leyendo y preguntando, llevo días de crisis “Materno-adolescente”.

Tengo ahora mucha más información que hace una semana en cuanto a las consecuencias de que beban aunque sea una cerveza (es más, quisera no saber tanto o haber descubierto que no era tan mala idea). Entonces para mi es muy claro, no deben beber porque les afecta a la salud, peeeero…

Sé también que la presión social es implacable, que están (y estarán aún más) expuestos a la tentación. Sé que irán a fiestas donde tendrán la oportunidad y que es muy inocente de mi parte pensar que porque yo les doy razones contundentes de por qué no deben beber, harán caso de su madre que es como Libertad Lamarque y le van a romper el corazón si beben.

Desgraciadamente cada vez es más permisivo este tema, antes era tan difícil conseguir alcohol que era una hazaña y lograban beber menos porque de verdad estaba lejos de su alcance. Ahora incluso hay aplicaciones en el celular que no piden identifiación para venderlo y lo llevan a las puertas de tu casa.

Sé que van a beber, de esto tengo la triste certeza, sé que caerán en la tentación, sé que se van a emborrachar horrible y sé que van a vomitar y tendré que obligarlos a limpiar (obvio) y nos vamos a odiar y que voy a tener episodios horribles, solo espero que me hablen por teléfono para irlos a recoger.

Aún así, tengo la necesidad de manterme firme en mi postura, estoy muy confundida y ante eso, estoy trantando de informarme lo más que puedo, pero no puedo mandar mensajes incongruentes y decirles “mira, beber es malo, no puedes hacerlo porque te hace daño y porque puedes tomar malas decisiones y porque soy tu mamá y mi obligación es proteger tu salud, pero bueno, toma poquito”.

Me siento en un mar picado lleno de olas que me atacan por todos lados. El otro día desayuné con unas amigas que me contaron cosas terribles, se reían porque mi expresión se transformaba cada minuto que pasaba y salí con ganas de irme a cortar las venas. Junto a nosotros estaba una señora con un bebé que tendría unos días de nacido, lloraba y rechinaba de hambre, recordé mis días de mamá de dos miniaturas y se me puso la piel chinita de pensar en mi cansancio, no soy fan de los bebés, qué puedo decirles, no estoy ni orgullosa ni apenada por ese hecho, solo no me gustan. Pero mientras veía al bebé en su sillita, rechinando, moviendo sus manitas desordenadamente, deseé tanto volver a tener el problema de a cuál de mis dos bebés darle de comer primero, de decidir a quién sacarle el aire o cambiarle el pañal antes y dejar a uno esprando…

A veces no quiero ser mamá y lo digo muy honestamente. Amo a mis hijos pero no me gusta tener que velar por sus seguridad, no me gusta tener que educarlos en un mundo en el que el alcohol, las drogas, el sexo y la violencia, están al alcance de niños, porque tienen catorce años, perdón, no son adultitos, SON ADOLESCENTES TEMPRANOS, la adolescencia empieza a los trece y termina a los dieciocho, podrán empezar a tener pelos en las axilas, pero no se han terminado de desarrollar, ¡APENAS EMPIEZAN!.

Estoy preocupada, asustada, tengo miedo pero, como con los perros (que ese tema es mi fuerte) no voy a dejar que mis hijos lo noten, creo que mi plan será mantenerme firme, presente, incorruptible, abierta a la comunicación pero, sobre todo, informada.

Para ellos, no será opción beber. No, no tienen mi permiso, sé que lo harán pero no con mi autorización, no voy a darles una navaja y les voy a decir “toma, pero córtate poquito”, no les voy a decir que pueden salir a manejar un coche a 200 kilómetros por hora pero solo unas cuadras, las situaciones en riesgo ahí están, no las voy a poder evitar, pero prefiero dar herramientas para que aprendan a tomar decisiones (aunque estoy segura que se van a equivocar muchísimo) y quiero que aprendan de los errores, pero no puedo confundirme.

Así como hace unos años esa psicóloga me dijo que fuera clara con mis hijos, mi decisión, por ahora, es darles toda la información posible, hablar mucho con ellos, explicarles las consecuencias que tendrán si rompen las reglas, asumir el odio con el que me van a ver por momentos y aceptar que seré tomada como retrógada e inocente por mucha gente, pero, si lo que quiero es enseñarlos a no caer rendidos ante la presión social, yo haré lo mismo, no caeré en lo mismo.

Y que Dios me agarre confesada…

 

 

La gira del adiós, primera parada: enero.

Hace unas semanas fue mi cumpleaños, el diecinueve de diciembre cumplí cuarenta y nueve, llevo ya tiempo pensando en que estoy a nada de llegar a los cincuenta, medio siglo. Es común que use el humor y me ría de mí misma, así que desde hace tiempo decidí usar el hashtag #CasiCincuenta para poder llegar más alivianada a este número. Mis amigas se burlan porque la verdad es que lo estoy usando desde que tengo cuarenta y siete, pero lo uso también como excusa, como por ejemplo “No puedo desvelarme, recuerden, tengo #CasiCincuenta”, “No puedo correr tan rápido, recuerden #CasiCincuenta” y así paso la vida riéndome de la edad y poniendo pretextos para no hacer lo que no quiero (aunque en realidad, he aprendido a decir “no” con bastante claridad y certeza).

Pero ahora he creado un nuevo hasthtag, #LaGiraDelAdios, y es que ahora sí es real, ahora sí tengo #CasiCincuenta, y el día de mi cumpleaños me dí cuenta que estoy dejando una década, una importante década en mi vida y he decidido despedirla como se merece.

Los cuarenta fueron complicados, tuve momentos de profunda tristeza y enorme alegría, crecí como nunca en mi vida y me costaron mucho trabajo, fueron desafiantes pero de todo aprendí mucho y quiero despedirlos de manera especial, jamás regresaré a tener cuarenta y tantos.

He decidido enfrentar miedos, hacer cosas que siempre quise hacer y nunca me he atrevido o no he tenido tiempo, hacer cosas que me recuerden lo increíble que es mi vida y que dejen huella en mi historia personal y por lo menos cada mes debe tener un evento o momento.

La primera parada, en enero, tenía decidido (como conté en mi post anterior) correr medio maratón en Veracruz, tratar de mejorar mi tiempo pero, sobre todo, correr en shorts.

Pero uno puede hacer planes, organizar y luego viene algo que te recuerda que no puedes decidir hacer algo así como así y estar segura que sucederá. Entrené poco más de dos meses, en una época difícil porque hace frío, son fiestas navideñas, la gente está de vacaciones (incluyendo a mis hijos) y no es fácil dejar de ir a cenas o desayunos, rechazar invitaciones a fiestas y levantarte a correr. Y con todo el esfuerzo que me costó, dos días antes de irme a Veracruz, anunciaron que se posponía la carrera porque entraría mal tiempo al puerto el día anterior, un norte que tendría vientos de poco más de 160 km por hora sobre la costera,  mucha lluvia y básicamente las olas aterrizarían sobre el malecón por donde ibamos a pasar corriendo.

No lo podía creer, yo quería que hiciera calor para usar mis shorts, ¡Pero jamás esperé que ni siquiera la pudiera correr!,  me sacó de onda, lo primero que hicimos mis amigas y yo fue ver cómo podíamos cancelar vuelos de avión, el departamento que habíamos rentado y movernos para tratar de recuperar algo del dinero invertido.

El avión lo perdimos, el departamento nos regresó algo, pero cuando la calma de los primeros momentos pasó, me cayó un balde de agua helada, DOS MESES Y PICO DE ENTRENAMIENTO para una carrera importante que ya no sucedería, ¿Y mi primer objetivo de #LaGiraDelAdios?, ¿Hacer mejor tiempo?, ¿Correr en shorts?… Adios a todo.

He aprendido a adaptarme, la vida te hace resiliente a golpes (a menos que no aprendas y sigas tirándote al drama y a no salir de las frustaciones) así que pensé “ok, ni modo, a pensar en otra cosa y otra meta, adaptarse o morir”.

Una semana después tenía reservadas unas vacaciones con mis hijos. Para mi, no hay nada mejor que viajar, siempre he pensado que es el dinero mejor gastado, además, tienen ya catorce años, están adolescentes a morir y la dinámica en la casa es medio caótica: escuelas, tareas, futbol, métete a bañar (es impresionante que puedas discutir todos los días acerca de la importancia de bañarse DIARIO aunque lo hayas hecho el día anterior), prisa, gritos y sombrerazos van y vienen, como supongo que funcionan todas las casas donde hay chavos en esta insufrible edad. Es por eso que trato de viajar una vez al año con ellos, nada te acerca tanto a tus hijos como un viaje. Cambia todo, no hay prisa, no hay que pelear por bañarse, por ver qué van a desayunar, por hacer tareas y estudiar, por correr al entrenamiento de futbol o porque se frustran porque no les compro cereal, en el buffet pueden comer todas las cajas que quieran (habiendo miles de opciones, eso es lo que escogen). Y a ellos les gusta la playa, como yo, aman el mar.

Estando allá con ellos (será mi siguiente post), el miércoles desperté con una idea en mente, me había llevado mis tenis y mis shorts para correr, así que se me metió en la cabeza que #LaGiraDelAdios tenía que tener su primera parada, enero no podía quedarse vacío y ya estábamos en el día treinta. Había pensado que el viaje sería suficiente pero esta gira debe ser algo que me rete, que me haga ser consciente, que me ayude a crecer y vencer miedos.

Me desperté, me vestí, me comí media barrita de proteína, me vi en el espejo y pensé “Hoy vas a hacer algo que nunca has hecho, vas a correr diez kilómetros en menos de una hora, lo vas a hacer en shorts, te vas a tomar una foto, la vas a subir a Instagram Y LO VAS A DISFRUTAR” (de la última parte no estaba muy segura pero tenía que calmar mi ansiedad).

Lo hice, salí con la firme convicción de al menos intentarlo. Me fui corriendo del hotel al malecón, estaba en Puerto Vallarta y es un lugar que me encanta.

Había mucha gente, estaba lleno de extranjeros caminando con sus perros, a casi todos los saludé (a los canes) porque no puede pasar cerca de mi un perro y no saludarlo.

Había corredores como yo, es increíble que entre nosotros nos entendemos, como que sabemos el esfuerzo que requiere hacerlo y nos saludamos con una sonrisa que dice “Yo sé, ánimo, sí puedes”, como si corres un kilómetro o venticinco, la sonrisa siempre es la misma, y se siente bonito.

Lo logré, corrí al malecón, lo recorrí, regresé y cerca del hotel faltaban como tres kilómetros, mi cuerpo se estaba rindiendo y mi reloj me decía que si quería lograrlo, debía correr con el mismo ritmo si no quería subir mi tiempo a más de una hora. Estaba exhausta, de verdad agotada, quería ir más lento pero pensé “¿Te vas a rendir ahorita?, ¿En serio? ¡FALTAN TRES KILÓMETROS! ¡LO PUEDES LOGRAR!”. Paré unos segundos, tomé un poco de aire, lo pensé un poco (porque me dio miedo que me diera un infarto y no estoy exagerando) y me paré frente a lo que me faltaba y dije “Dale, es #LaGiraDelAdios”.

Cuando me faltaban quinientos metros me dí cuenta que me había perdido, en algún momento pasé la entrada del hotel y estaba en una obra rodeada de albañiles y la bandera de México ondeaba de un palo clavado en la arena, tenía que terminar en la playa y no es lo mejor para correr, vas inclinado y cuesta trabajo cargar los pies porque se clavan y tienes que sortear las olas para no mojarte los tenis, correr rápido en esas condiciones es complicado. Pues ni modo, había que hacer ese último esfuerzo, me acordé que le había dicho a un amigo que haría algo especial ya que no había ido al medio maratón y pensé “Tengo que tomarle foto al reloj para mandarle mi reporte, ahora le metes, ¡Faltan quinientos malditos metros!”, aceleré, corrí lo mejor que pude y en cuanto me avisó el reloj que había llegado a los diez kilómetros, frené, no quise dar un paso más, nada, no podía ni respirar, y entonces… me puse a llorar.

Era una emoción enorme. Correr diez kilómetros en cincuenta y ocho minutos lo hace cualquier corredor que entrena fuerte, no fue una hazaña monumental ni un record Guiness, pero era MI RECORD, MI HAZAÑA, MI ESFUERZO. Me sentí total y absolutamente feliz.

Listo enero, ahí está tu momento, cumplí, lo hice además en shorts, me tomé la foto y la subí, como me lo había propuesto y debo decir que de verdad no fue para tanto, me tardé demasiado en hacerlo, se siente increíblemente bien correr así.

Cuando estaba disfrutando la gloria del éxito y metí los pies en el mar para refrescarlos y me imaginaba que estaba en una película con música de fondo de esas que conmueven hasta las lágrimas porque la protagonista estaba feliz, me acordé que mis hijos estaban en el cuarto y que seguro tendrían hambre, que el buffet se acabaría en algún momento y que no podía seguir disfrutando la escena.

Me fui corriendo descalza al cuarto, entré, los vi dormidos, los desperté y les dije “¡¡ACABO DE CORRER DIEZ KILÓMETROS EN CINCUENTA Y OCHO MINUTOS!!!” a lo cual contestaron:

—Ah qué padre, mamá ¿crees que todavía haya Choco Krispis en el buffet?

—Seguro que sí, ponte el traje de baño y vámonos a desayunar.

Los hijos te bajan de la nube y te clavan muy bien los pies en la tierra. No importa, yo ya inauguré #LaGiraDelAdios y fui muy feliz.

Febrero no sé qué me depara, pero estoy segura que algo sucederá…

 

 

La libertad de unos shorts

Hoy me compré unos shorts para correr. Podría sonar como algo sin importancia, pero, para mi, es otro paso al camino de la libertad.

El año pasado decidí correr el maratón de la Ciudad de México, era mi segundo intento porque hacía cuatro años me había lesionado. Después de empezar el entrenamiento en abril, empecé a sufrir de fascitis plantar. Es una lesión en la planta del pie MUY DOLOROSA, empecé a tratarme sin dejar el objetivo de correr el maratón. Otras lesiones empezaron a salir, hice de todo y las cosas no solo no mejoraban, empeoraban. Cada vez tenía más dolores y el estrés de dejar el entrenamiento me estaba desesperando. Hasta que decidí soltarlo, decidí recuperarme de todo sin el deseo de correr, mi único deseo ahora era estar sana y sin dolor.

Después de masajes, terapias, natación, pilates, mejor alimentación y un cambio de actitud, las cosas empezaron a mejorar, pero tenía un deseo, quería una meta. Ya no era el maratón pero deseaba otra.

A los que corremos nos gusta la sensación de lograr algo que parece difícil o imposible, cuando cruzas la meta de una carrera para la que has entrenado, la sensación de fortaleza no se compara con nada. Es como si en ese momento adquirieras un super poder como los que te dan en los videojuegos cuando ganas una prueba, en los que suena una campanita y te dan estrellas o vidas extra y brillas, eso… Brillas.

Cuando noté que mi salud mejoraba y mis piernas sanaban y podía empezar a correr, decidí hacer en enero el Medio Maratón de Veracruz. Es una carrera preciosa que he hecho varios años y me gusta mucho porque corres casi todo el tiempo a lado del mar, arrancas viendo el amanecer y terminas con el sol de lado viéndote correr.

Decidí que mi siguiente meta sería no solo hacerlo, sino mejorar mi tiempo, hace dos años lo corrí en malas condiciones por entrenar mal y tener un exceso de confianza. Sufrí tanto que me prometí jamás hacerlo de nuevo.

Empecé a entrenar, hablé con mi amigo y entrenador desde hace 6 años y le dije

—Quiero correr Veracruz, ¿Me entrenas?

—Claro

—¿Qué procede?

—Correr, ser disciplinada, que no haya lesiones…

En eso estaba, en hacerlo bien, en cuidarme y ser obediente. Empecé a entrenar y todo iba bien, las lesiones habían cedido y yo estaba contenta corriendo pensando que podría hacer un mejor tiempo.

En diciembre me enfermé, me dio una tos horrible y tuve que dejar de correr dos semanas, el objetivo de hacer mi mejor tiempo en medio maratón se vio afectado. Pero algo pasó en mi cabeza, de esas cosas que me suceden de pronto sin entender por qué, una voz me dijo “No es el tiempo lo que tienes que lograr, tienes que correrlo en shorts”.

Déjenme les explico. Nunca me he sentido cómoda con mis piernas, es una verdadera tontería pero así es. Mi familia de lado de mi mamá tiene piernas muy delgadas y yo no, siempre me sentí como la mujer elefante  con piernas y rodillas enormes y arrugadas.

Ahora veo fotos de cuando tenía veinte años y muero de coraje, siento que debí de haber usado más shorts, más minifaldas, más bikinis. Pero siempre aparecía el complejo porque eran anchas, de tobillos enormes, rodillas chuecas y muslos gigantes. Esa era la percepción que tenía de mi cuerpo y quisera regresar al pasado para decirme “eres una bruta, te ves increíble”.

A esa edad lo que piensen de ti es muy importante, pero ya no tengo veinte años, tengo una edad en la que he alcanzado cierta madurez (tampoco es que mucha) y empiezo a desear ser solamente feliz con quien soy y cómo soy. Sentirme a gusto con mi cuerpo, segura y sin importarme lo que los demás piensen, no debe haber sensación más satisfactoria.

Cuando veo mujeres corriendo en shorts, las envidio, ni critico ni juzgo, deseo tener esa libertad de ponerme lo que sea para correr cómoda si hace calor sin pensar si mis piernas son esbeltas, torneadas, fuertes, delgadas y de Barbie.

Pues mi meta cambió, decidí hacer el medio maratón en shorts, ESE era un verdadero reto para mi, sé correr, puedo entrenar, he hecho muchos medios maratones y he aprendido de todos y cada uno. Algunos más rápidos y otros mejor entrenados, sin duda es un reto correr después de meses de lesiones y dos años de no estar en carreras ni hacer un medio maratón, pero, correr en shorts, eso sí que es un verdadero desafío para mi.

Si lo logro, habré cruzado la barrera de la inseguridad, habré dado otro paso a la vida que quiero vivir y a ser la persona que me gusta ser. La que se siente libre de la opinión de los demás, la que no necesita aprobación, la que acepta el paso del tiempo que se nota en el cuerpo pero agradece el que se nota en el alma, la mente y el corazón. En la tranquilidad alcanzada, en la libertad de hacer lo que quiera y ponerse lo que quiera sin que importe lo que los demás opinen pero, mucho menos, sin ser su peor juez.

Me gusta aceptar que no tengo veinte años y no solo eso, agradecerlo. Sigo siendo la misma mujer pero más sabia, más humana, más inteligente, más emocional, más madura y no quiero dentro de 10 años ver fotos mías y pensar “eres una bruta, debiste de haber corrido en shorts, te veías increíble”.

AHORA ES CUANDO, quiero hacer una buena carrera porque la quiero disfrutar, quiero hacerla sin sufrir y sin dolor. Me pongo nerviosa por momentos, correr medio maratón es un desafío, pero espero atreverme a hacer lo que nunca me he atrevido, a correr en shorts con mis piernas de elefante.

Espero que haga calor para poder cumplir mi objetivo fijado hace unos meses, que sin importar cómo me vea, me sienta cómoda y que al momento de cruzar la meta adquiera un super poder, que suene una campanita y me den estrellas o vidas extra y sienta que el corazón me brilla, eso… Brilla.

Cadena de favores.

Desde hace mucho tiempo tengo el deseo reprimido de escribir, y es que cuando lo hago, cuando empiezo, no puedo parar, pierdo la noción del tiempo y cuando termino ya he dejado muchas cosas sin hacer. Conecto con la mente pero desconecto el mundo.

Hace dos semanas fue mi cumpleaños, el número 49, ese era el mejor pretexto para escribir, quería hacerle honor a los 48, despedirlos dignamente agradeciéndolos y darle la bienvenida a los 49, el último año de una década muy complicada y desafiante para mi, pero a la vez, una que me ha formado como persona más que ninguna otra. Pero tuve mucho trabajo y no me fue posible hacerle honor a mi cumpleaños, “después lo escribo” pensé…

También quería dar mi opinión acerca de varias cosas y tampoco lo logré, una de ellas era acerca de la palabra “divorciada” y cómo nos ha hecho daño el significado emocional que le damos a determinadas frases, como “es divorciada” y de inmediato existe un gesto de “ahhh…ups… pobre” (en el mejor de los casos), pero también lo dejé pendiente.

El sábado estaba sola en mi casa, era el momento perfecto para escribir algo atrasado pero como ayer domingo iba a correr una distancia larga y cuando corro es cuando mejor escribo, pensé “seguro me inspiro muchísimo y regresando hago el mejor post del año” decidí con un gran ego y exceso de confianza. Así que dejé para ayer lo que debí de hacer antier.

Y ahora tengo que contar lo que pasó durante la mañana y el medio día de ayer, lo que pienso de mis 48 y 49 años y mis planes para despedir la década. Lo que opino acerca de ciertas palabras y, por supuesto, hacer un post especial para despedir el año y dar la bienvenida al 2019.

Lo siento, todo tendrá que esperar, les contaré acerca de la mañana de ayer, en la que experimenté una verdadera “Cadena de favores”.

Tenía por delante el reto de correr 18 kilómetros, estoy entrenando para correr medio maratón en Veracruz en tres semanas y me ha costado mucho trabajo salir de las lesiones pero, sobre todo, retomar el hábito de entrenar.

Lo acepté resignada pero con cierta emoción ante lo desconocido, quería lograrlo y aunque tenía miedo (raro, pero no tenía flojera), me fui a correr sola a Reforma. Mis queridas compañeras de equipo, el famoso #MushashaPower (creo que es otro post que tengo pendiente para contarles de ese particular equipo) andan en cosas distintas y no hemos podido correr juntas.

Llegando, a un par de cuadras de la Diana Cazadora, empecé a estirar, haciéndome un “coco wash” pensaba “no sufras por cuánto te falta, un paso a la vez, música padre, canta y disfruta el paisaje”. Correr en Reforma tiene un encanto particular. Hay gente por todos lados de todo tipo. Personas en bicicleta paseando, entrenando, con sus perros, corredores, familias, turistas, niños, viejitas y mujeres como yo que hacen lo que pueden con sus entrenamientos. Pero, además, la ciudad es preciosa y pocas veces lo valoramos, así que decidí ir tomando fotos en mi recorrido de lo que más me gustaba. Correr temprano y ver una ciudad despertar para mi es precioso.

Soprendentemente así sucedió, empecé a recorrer la ciudad y kilómetros y disfrutar cada paso. Obvio iba escribiendo como siempre que corro sola. Me gusta correr con mis amigas pero cuando lo hago sin ellas, mi mente vuela y vivo una especie de meditación activa en la que me desconecto y escribo.

Fui tomando fotos y viendo pasar monumentos, gente y kilómetros. De pronto, me rebasó una corredora que iba más rapido que yo, lo cual no es nada difícil. Yo además iba administrando mi esfuerzo porque no es lo mismo correr 5 o 10 kilómetros que 18. Entonces no me apena ir lento para poder terminar. De pronto vi que se le cayó algo de la cangurera, la gente lo vio y no le dijo nada, cuando pasé por ahí, lo recogí y decidí que la vería más adelante para regresárselo. Era un lipstick de esos carísimos que seguro era su consentido.

Traté de seguirle el paso pero no me era posible, ahora se había convertido en una misión, había que regresárselo sí o sí. Yo iba en el kilómetro 6, lo sé por la velocidad que marca mi reloj. Aceleré el paso con el objetivo claro de alcanzarla. Casi dejo los dientes en el pavimento pero cuando la tuve cerca le toqué el hombro y le dije con una voz apenas perceptible “seeehhh teeeehhh cayó alláaaahh atrás”. Se sorprendió, me dio un simpre “ah gracias” y siguió su paso.

Ok, no quería que me hiciera un monumento ni lo hice para recibir porras y aplausos pero una sonrisa hubiera estado padre. En fin, pensé que había hecho algo que me gustaría que alguien hiciera por mi y eso fue suficiente. Seguí mi carrera.

Pasaron muchos, pero muuuuchos kilómetros. Iba agotada en el 15 y estaba por el Auditorio Nacional cuando sentí que me estorbaban los aretes. Eran unas arracadas nuevas que me regaló mi hermana en Navidad. Cuando voy cansada a veces  me estorban hasta las cejas, yo no sé cómo corre a veces la gente con mil cosas colgando, yo mientras menos lleve, mejor. Decidí quitármelas y enroscarlas en la argolla de mi llave del coche. La metí de nuevo a mi cinturon para correr y seguí mi camino más ligera (no pesan pero sentí alivio).

Me metí a correr después por el Lago de Chapultepec y los disfruté mucho, tuve que salir pronto de ahí porque había ya mucha gente (ya llevaba casi media mañana corriendo) y tuve  que hacer algunos malabares para regresar a Reforma.

Me detuve a comprar agua porque sentía que me llamaba San Pedro y me faltaban 2 kilómetros (son pocos pero cuando San Pedro se pone necio, hay que evadirlo como sea).

Eso me ayudó a meterle velocidad a esos dos kilómetros que me faltaban, incluso el último lo hice dando todo mi esfuerzo y exigíendole al corazón lo que le quedaba. Pensé en una amiga que está muy delicada en el hospital y se lo dediqué, lo dí TODO.

Terminé feliz, satisfecha, incluso muy orgullosa de haberlo logrado y haberlo hecho bien. Sentí tranquilidad en pensar que quizá no entre gateando a la meta de Veracruz dentro de unas semanas (como hace dos años que no entrené bien y fue terrible).

Caminé un rato porque quedé lejos de mi coche y cuando ya estaba cerca me puse a estirar las piernas, lo hice con toda dedicación imaginando el maravilloso desayuno que me iba a preparar llegando a mi casa. También pensaba en el licuado que había dejado en el coche y me lo estaba saboreando junto con otra botella de agua.

Cuando iba caminando al coche, busqué mi llave… mi llave… no, espera, mi llave, la metí aquí, no, acá… NO PUEDE SER, ¡¡DÓNDE ESTA MI LLAVE!!.

Al no encontrarla, me senté en el piso y me quité el cinturón para buscarla bien. No es una cangurera, es como una banda de tela elástica que va alrededor de la cintura o cadera con varias aberturas en donde metes muchas cosas, como la llave de  mi coche con unas arracadas.

Pues no estaba la llave… Sentí una desolación tremenda… Se me iba el licuado, el agua, el desayuno… En el coche estaban las llaves de mi casa, no podía irme ni en Uber ni en Metro porque no iba a poder entrar y además los pies no daban un paso más.

Me levanté pensando qué hacer, después de dar unos cuantos pasos pensé “le hablo a mi papá”. Lo hice, inmediatamente me resolvió “voy para allá, no te muevas”.

Ya con la paz que sentí de que todo se resolvería, sería pesado pero tenía solución, me tiré al piso a tomar el sol. Literal, no estoy hablando en sentido figurado. Había una especie de plancha o doble piso ahí en donde estaba y me senté con las piernas estiradas porque daba el sol y me estaba helando. En las bancas había sombra y hacía mucho frío. Me puse a disfrutar de la vista. Los turistas, los perros, los niños… Las hojas de los árboles cayendo sobre las Nochebuenas (cuando corro me pongo cursi).

De pronto se acercó un policia, me preguntó si tenía algún problema y le conté, “no se preocupe señorita, aquí me quedo para auxiliarla”. En realidad no podía hacer nada pero se puso a hablares a sus compañeros avisando que en algún lugar de Reforma, en un trayecto de 18 kilómetros, había una llave con unas arracadas tirada en el piso (hasta ternura me dio).

La gente se acercaba y le preguntaba cosas, sobre todo turistas, y me veían raro tratando de armar la historia, ¿Por qué había un policía parado junto a una mujer en el piso tomando el sol en Avenida Reforma platicando como si en cualquier momento llegara un mesero con unas cervezas? (y yo de eso pedía mi limosna).

Mi papá había quedado de hablarme cuando llegara por mi, de pronto me dí cuenta que se me había acabado la pila del celular, ¡OBVIO!, oyendo música y tomando fotos toda la mañana, no hay batería que resista. Cuando se me quiso acabar el mundo pensando qué hacer, se acercó un chavo y me dijo “yo te lo cargo”. No sé en qué momento se dio cuenta, iba con dos amigos, sacó de su backpack una pila y un cable y esperó de la manera más amable posible a que mi teléfono se cargara lo suficiente para que mi papá pudiera localizarme. Cuando vimos que ya tenía un 15 por ciento de pila, se despidió y se fue. De verdad no sé qué hubiera hecho si no me ayuda.

Mi papá no llegaba y vi como la pila iba bajando de nuevo. Entonces el oficial Esquivel (Eduardo para los cuates) me dijo que le mandara un mensaje a mi papá dándole su número de teléfono por si me volvía a quedar sin pila. No estaba muy segura de intimar tanto con un oficial pero ya llevábamos casi una hora platicando y a los dos se nos antojaban unas cervezas, teníamos algo en común, hambre y sed.

Un ratito más tarde, el oficial me dijo “por aqui ando Diana, no se preocupe, no le va a pasar nada, voy a dar una vuelta”. Disfruté el ratito sola y de pronto oí un grito “¡Diana!, ¡Le hablan por teléfono!” era de nuevo el oficial con su celular en la mano.

Era mi papá, que había llegado y no entraba la llamada a mi celular. Por fin empezaba a ver la luz. Me despedí de mi amigo, el oficial Eduardo Esquivel, le agradecí todas sus atenciones, me dijo que cuidaría mi coche por si alguien se había encontrado la llave, no se lo llevara (como si alguien supiera a qué coche pertenecía y dónde estaba estacionado) y me pidió que le hablara cuando regresara.

Mi papá me llevó a mi casa, mi mamá ya había citado a un cerrajero, abrieron la casa, tomé el duplicado, subí a Tostada al coche de mi papá (lo dejó lleno de pelos) y me llevó de regreso a buscar mi coche. Me tomé mi licuado, el agua que ya estaba caliente, regresé a mi casa en un estado a punto de ser catatónico de cansancio. Me bañé y me hice algo de comer. Eran las tres de la tarde, muchas horas, mucho sol, un gran esfuerzo, deshidratación, hambre y agotamiento.

Me quedé dormida un rato y cuando desperté, armé toda la historia. Recordé al chavo que cargó mi celular y al policia que me acompañó y me dio su número para que mi papá me ubicara y en ese momento recordé a la corredora a la que yo le había regresado su lipstic consentido… Como se diría en inglés “it hit me”, ahí estaba, la “Cadena de favores”. Yo hice algo bueno y alguien hizo algo bueno. Siempre he creído que es cierto, que se contagia o se reproduce, que si haces cosas buenas, las atraes de vuelta, igual con las malas.

A veces pienso que el mundo sería distitinto si todos aplicáramos la “Cadena de favores” y creo que hace falta mucha humanidad y ser más amables unos con otros. Luego recuerdo cómo un día un señor de los que empaca cosas en el súper me prestó dinero cuando le dije que no empacara mis cosas porque no tenía dinero para darle y me preguntó si al menos traía para pagar el estacionamiento y le dije que no. Entonces pienso que sí hay humanidad, sí hay gente amable, lo que hace falta es que pongamos atención y paremos un minuto a verlo.

Quizá no hubiera yo notado la amabilidad del chavo que cargó mi pila o la gran idea del oficial que me sugirió darle a mi papá el número de su celular antes de quedarme de nuevo sin pila. Quizá hubiera pensado que así tocaba, que esas cosas pasan y punto.

Me siento agradecida de haber logrado correr los 18 kilómetros, de haberme sentido fuerte y bien, pero también de haber experimentado la amabilidad del chavo, la del oficial y, por sobre todas las cosas, haber comprobado una vez más que puedo hablarle a mi papá y pedirle lo que sea que está dispuesto SIEMPRE  a ayudar, eso no tiene precio. Si tenía que perder ayer la llave para difrutar eso, bienvenido sea.

Leía hace rato una frase que decía “No importa cuánto crezca una niña, nunca deja de necesitar a su padre”.

Así que para cerrar el año, puedo decir que los 48 fueron un año de mucho crecimiento, perder miedos, aceptar retos, manterme firme a mis convicciones y tomar mis propias decisiones a pesar de la opinión de los demás, aunque me equivoque, aprendo lecciones.

También puedo decir que he decidido que el 2019 será un año ejemplar, tomaré más riesgos aún con miedo, haré espacio para sacar la creatividad que quiere explotar por momentos en mi cabeza porque no le doy salida, cumpliré un sueño que traigo arrastrando y aguantaré lo que venga con la resiliencia que he logrado adquirir.

Pero sobre todo, puedo decir que me reiré mucho, que disfrutaré mucho y que pondré atención a todas esas cosas que hacen mi vida marvillosa como la experiencia de ayer, haber perdido la llave de mi coche puede ser un maravilloso cierre de año.

Deseo que todos ustedes sean felices, se tomen el tiempo para estar con la gente que quieren y que los quiere, que tengan un sueño por cumplir y que logren poner atención a esos pequeños detalles que la vida nos regala y que no siempre tenemos presentes.

Ah, promento escribir más…

 

Entre lágrimas y risas…

La semana pasada llevé a mis hijos al museo de Memoria y Tolerancia, las cosas estaban así: llevaban todas las vacaciones jugando Xbox en la mañana mientras yo me iba a trabajar, luego a medio día los llevaba la club a jugar futbol, básquetbol, a nadar, comer y estar con los amigos el resto del día para recogerlos en la noche y volver a jugar Xbox en línea y después ver un rato de televisión, una vida muy dura e injusta porque no los llevé de vacaciones a la playa.

Trato de llevarlos a museos porque me acuerdo con mucho cariño de los días en los que yo iba con mis papás y después nos íbamos a comer, yo tendría unos dieciséis años,  la pasábamos increíble y aprendí a valorar los museos y apreciar el arte.

A mis hijos les da mucha flojera, piensan que es cansado y aburrido estar parado viendo pinturas, su vida son los amigos y el futbol, pero de vez en cuando les recuerdo que hay vida detrás del club.

Hemos estado viendo fotos de sus amigos en la playa, en Disneylandia, en divinas ciudades. Yo  misma he envidiado a mis amigas que me mandan atardeceres divinos en el mar y yo los veo en el tráfico en la ciudad (que son preciosos por cierto) y es fácil que los niños caigan en la frustración por no poder compartir con sus cuates sus maravillosas vacaciones, sin darse cuenta que quedarse aquí y disfrutar su vida es igual de valioso, así que decidí darles una pequeña dosis de realidad.

La Ché y yo planeamos irnos en Metrobus, tomar después el metro y llegar al Bellas Artes, desde donde caminaríamos hacia el museo. La cara de los niños cuando les informé mis planes no fue precisamente de una película feliz, pero ni modo.

Cuando llegamos a la estación Pino Suárez, decidimos bajar y caminar pensando que no estábamos tan lejos, pero nos equivocamos, así que aunque decían estar “MUERTOS DE HAMBRE Y MUERTOS DE SED” nos volvimos a subir al metro, ahí se puso medio ruda la cosa, la gente en el metro no conoce el espacio vital, yo estoy acostumbrada y no me afecta, los que me conocen bien o siguen mi blog, han leído mis historias en la estación Pino Suárez porque alguna vez dije que ahí había encontrado el amor gracias al cariño que la gente te demuestra “abrazando” todo tu ser… En esta ocasión no fue diferente, la Ché y yo lloramos de risa al notar que un señor de rojo mostraba bastante interés en mi persona, y los niños nos veían reir sin entender qué era lo que nos causaba tanta gracia.

Siguiente parada: Bellas Artes, ahí nos bajamos y la aplicación Waze nos dio instrucciones para llegar al museo caminando, nos metió por unas calles horribles, después pasamos junto al Teatro Blanquita y estaba lleno de gente que vive ahí, en la calle, con cobijas y cajas y uno de mis hijos me dijo “mamá, mira a ese señor bañándose en la fuente”,  pues sí, hay gente que vive así (deberíamos llamarle sobrevivir porque no sé si eso sea vivir).

Seguimos caminando y pasamos por calles que yo no conocía, tristes, solas y parecían peligrosas,  nosotros teníamos una pinta de turistas con dinero que no podíamos disimular, de pronto se paró una patrulla y nos dijo “necesitan ayuda”. Seguramente se dio cuenta que no pertenecíamos a esas calles porque cuadras atrás nos había visto caminando y decidió darse la vuelta para acercarse y preguntar, no se sorprendió de saber que no teníamos ni idea de dónde estábamos, nos dio instrucciones mientras mis hijos me preguntaban por qué los vidrios de las casas estaban rotos, era la calle de La Magnolia, pienso que en sus buenos tiempos fue preciosa, ahora nos sentíamos como en una escena de Mad Max caminando entre el polvo y la desolación a la mitad de la calle porque ni coches había.

Por fin llegamos al museo , mis hijos tenían cara de pocos amigos porque su vida era terrible ya que no estaban en el club con sus cuates, no, estaban en un museo y habían ido en metro apretados y habían caminado con sed y hambre en unas calles abandonadas, sin una sola tiendita donde poder comprar unas papas.

Nos ofrecieron visita guidada y la tomamos, nos dieron unos audífonos porque de esa manera el guía no va gritando y sientes que te habla al oido.

Empezamos a caminar y poco a poco noté cómo los chavos iban cambiando su actitud, no solo no estaban aburridos, mostraban un interés fuera de lo común. No se perdían ningún detalle del museo, iban siempre cerca del guía y fueron dos horas muy duras en las que vieron escenas terribles del Holocausto y les hablaron de lo que significa la palabra GENOCIDIO. Me vieron llorar cuando el guía nos explicó lo que los Nazis les hacían a los niños y a los discapacitados, de la propaganda para crear odio y repulsión y se nos puso la piel chinita cuando nos subimos a un vagón donado por el gobierno de Polonia en el cual transportaron en condiciones INFRAHUMANAS a cientos de miles de personas para su exterminio.

Creo que a mi lo que más me impresionó fue el momento en que la voz del guía, que gracias a los audífonos era clara, suave y cariñosa, (incluso le dije a la Ché que yo podría enamorarme de ese hombre por la voz y la suavidad de las palabras), explicó cómo se reunieron un grupo de hombres preparados, con títulos universitarios y algunos con maestrías y doctorados, para idear una mejor manera de acabar con los judios o las personas que ellos consideraban por debajo de los seres humanos. Fusilar era caro, iban de casa en casa y los sacaban para matarlos, pero eso era lento y cada uno necesitaba una bala, había que hacerlo barato y rápido, es decir, más eficiente… Yo no podía creer lo que escuchaba, buscaban una mejor manera de matar gente. Se me salían las lágrimas.

Durante las dos horas que duró la visita, uno de mis hijos quería ir al baño pero no fue porque me dijo “no quiero dejar de ver nada”. Salimos impresionados, en ese momento estoy segura que ya no importó el metro lleno de gente, las calles sucias y los vagabundos en el Teatro Blanquita. Tampoco sentían una sed que los pudiera matar y un hambre que no pudieran saciar.

No fue un museo de arte contemporáneo, no fue un museo de cera con personajes famosos, fue un museo en el que nos hicieron un recorrido por la historia pero, sobre todo, por la conciencia, porque lo más triste de todo es que aunque todos hemos repetido hasta el cansancio “Nunca más”, sigue ocurriendo todos los días.

Fue un museo en el que se habló de genocidio, intolerancia, injusticia, indiferencia, racismo… palabras tan actuales que duele. Casi al final de la visita, hubo una frase que dijo Alfonso, el guía, “En México, ser mujer, es peligroso”, y le agradezco muchísimo que lo haya hecho.

Saliendo de ahí, fuimos por unos tacos, una cerveza y caminamos un buen rato por Reforma buscando una estación de Metrobus para no usar el metro porque era “hora pico” y veníamos con tres adolescentes, uno de ellos era la hija de la Ché, en una edad muy vulnerable. A mi como sea, que me toquen todo, pues me aguanto pero no me asusto, a ella sí que no estaría lindo y no hay forma de detenerlo.

Cuando tomamos el Metrobus, iba lleno, pero nadie se quejó, nadie reclamó de la caminada ni de lo cansados que estábamos, al fin y al cabo, íbamos a llegar a nuestra casa, con una cantidad de privilegios que no tenemos conscientes hasta que un día un Alfonso nos recuerda que hay gente que muere todos los días porque alguien decide que no debe vivir por el tamaño de su nariz, el color de su piel, sus creencias religiosas o preferencias sexuales.

Fue un día lleno de lágrimas, de risa y tristeza, fue un día productivo, fue un día necesario.

No, no fuimos este verano a la playa ni salimos a alguna ciudad espectacular, pero disfrutamos todos los días de tenerlo todo  y no nos damos cuenta.

Ah, y fue un día en el que casi vuelvo a encontrar el amor en el metro Pino Suárez, solo que ahora llevaba a mis hijos, lo cual lo hacía muy conveniente, el que se aviente el tirito de quererme, sabe que vengo acompañada de un buen paquete…

 

El peor día del año…

Hoy, 22 de julio, es el día más negativo del año, según los kabalistas, en términos de energía y niveles de oscuridad. Es la celebración del Tishá B´Av y en este día han ocurrido muchos de los eventos más negativos en la historia de la humanidad (sobre todo para los judios) como la Destrucción los Templos, el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la “Firma de la Solución Final de la Cuestión Judia” en Alemania en 1942, etc…

Para los judios hoy es un día trágico y triste y, sin embargo, lo festejan Esto me causó mucha curiosidad y me puse a investigar por qué.

Ellos lo consideran como un día de grandes oportunidades, los kabalistas explican que  cuando el nivel de oscuridad es tan alto significa que un nivel de luz equivalente  está disponible para sanarnos,  despertarnos y guiarnos y que las más grandes bendiciones están libres el día de hoy.

Así como ha ocurrido mucha oscuridad en este día y tiene un gran potencial de mala energía, también tenemos la oportunidad de revelar grandes cantidades de luz y todo esto depende de la CONCIENCIA.

Lo explican de esta manera más práctica, dicen que ante cada evento negativo, viene un evento positivo, como cuando sucedió el terrible incendio en Chicago en 1871 dejando a un tercio de la población sin hogar, fue nombrado uno de los más terribles desastres en la historia de Estados Unidos, pero debido a eso, una ciudad tan mal planeada como lo era Chicago en esa época, tuvo la oportunidad de ser reconstruida de manera muy eficiente y ordenada, eso la convirtió es una de las ciudades mejor planeadas del país.

Otro evento que mencionan es el constante bombardeo de los alemanes hacia el Reino Unido en los incios de 1940, conocido como El Blitz, fueron 9 meses terribles que dejaron desolación, muerte y destrucción. En tiempos de tanto miedo y muerte, la nación se unió y el gobierno creó un plan de asistencia a todos los ciudadanos necesitados que ayudó a los heridos, tuvo programas especiales para las madres que tenían que trabajar ayudando en la guerra cuidando a sus hijos, las medicinas se hicieron accesibles para todos y esto fue el incio del moderno sistema de asistencia médica que tiene ahora Gran Bretaña.

No soy judía, tampoco soy budista y de formación me considero católica, sin embargo, hace unos años tomé la decisión de considerarme más bien espiritual y tomar lo que más me gustaba de cada religión. Esto me ayudó a acomodar en todos los aspectos de mi vida lo que me ayudaba a ser una mejor persona y por lo tanto, más feliz.

Esta idea de que ante algo negativo siempre hay algo positivo me gusta, la vida no es perfecta para nadie y no creo en los finales felices, cosas malas nos pasan siempre, no sé si crea en la mala o buena suerte, más bien creo que la vida es así, las cosas pasan y punto.

Pero si somos capaces de encontrar lo bueno que sucede a partir de algo negativo, podemos vivir con más paz, o, al menos, no tan enojados.

Suelo ser muy positiva, sin embargo, tengo mis malos momentos y luego logro vencerlos encontrando “el lado amable” de las cosas.

Hace unos meses tomé la decisión de correr el medio martón de la Ciudad de México, el próximo domingo y me pensaba seguir entrenando para posiblemente correr el maratón completo el 25 de agosto.

Empecé a entrenar con mucha disciplina y tenía toda la inteción de lograrlo, pero apareció un problema en el pie llamado Fascitis Plantar que es más doloroso que caminar sobre legos. No tienes forma de solucionarla mas que con descanso, medicinas, terapias y, sobre todo, dejando de correr por completo. Cuando quieres entrenar para una carrera, que te digan “no puedes seguir corriendo” es un cubetazo de agua helada y te sientes morir.

Debido a eso, como tenía toda la inteción de seguir con mi objetivo de hacer la carrera SÍ O SÍ, me puse a nadar, a hacer yoga, me dejaban hacer pesas y tuve que buscar una terapia que me ayudara a recuperarme. Encontré a un terapeuta que con masajes ha ido encontrando otros problemas en mi cuerpo, tenía contracturada casi toda la espalda, los muslos por la parte de atrás, las pantorrillas y, por supuesto, las plantas de los pies. Cada punto que tocaba me hacía gritar de dolor, descubrí que llevaba años de tener nudos por todo el cuerpo sin ser atendidos.

No he podido correr desde hace más de 5 semanas, recuerdo que la última vez que lo hice estaba lloviendo y fui muy feliz y extraño mucho esa sensación que me provoca brincar charcos o pisarlos al ir corriendo.

No podré hacer ninguna carrera este año, no las que yo quería, pero después de la frustración al tomar la decisión, hice una reflexión de todo lo bueno que salio de esto, sigo nadando y lo disfruto muchísimo, hacía más de diez años que no lo hacía y le esta dando fuerza a los brazos, la parte más débil de mi cuerpo. Seguí haciendo pesas y ahora estoy en clases de pilates, cosa que no había hecho nunca porque me parecía una tortura (sí lo es). Me rio muchísimo porque además de tomarla con amigas que sufren como yo, soy poco coordinada y me hace mucha gracia el trabajo que me cuesta, pero cada vez lo hago mejor y seguro que aunque nunca tendré el cuerpo de Barbie, mis pobre cuerpo está agradeciendo que por fin le esté dando la fuerza que necesita.

Sigo con los masajes que por fin han dejado de ser dolorosos, me están inyectando directamente al músculo unas vitaminas alemanas que están haciendo que se recupere mejor y me han dicho que cuando termine toda la terapia quedaré como nueva (eso espero porque las inyecciones si duelen muchísimo).

Todo esto no lo hubiera hecho de no ser por la fascitis, de haber seguido corriendo quizá hubiera hecho las carreras que quería, pero no sé a qué precio. Mi salud estaba medio deteriorada y ahora estoy siendo más consciente de la importancia que tiene cuidarme mejor, comer bien, tomar más agua, darme masajes, hacer ejercicios que me hagan fuerte, como los pilates, y me ayuden a relajarme, como la natación.

Ya no siento tristeza por no correr mis carreras, solo cambié la fecha, no serán este año pero quizá algún otro.

Quiero aprovechar hoy para reflexionar acerca de las cosas malas que me han sucedido y hacer conscientes todas las cosas buenas han salido a partir de ellas. De eso se trata este día que para los kabalistas es una oportunidad más que una tragedia.

Pocas veces pensamos en lo bueno que sale a partir de lo malo, ojalá hoy lo hagamos, y, como dice una frase judia: Gam Zu Letová, “Todo es para bien”.

Mujer de doble generación.

Hace algunos años, después de separarme, me di cuenta de lo difícil que era para mi adaptarme a la vida de soltera otra vez. Resulta que después de mucho tiempo a lado de una pareja, de pronto te encuentras como si tuvieras de nuevo 20 años, te quieren presentar hombres, te dicen que te metas a Tinder, a la gente le surge la necesidad de verte acompañada y tú no sabes ni cómo comportarte en una sociedad nueva, porque cuando salias a los 20´s, las cosas eran muy distintas.

Empecé a sentirme como si me hubieran metido a un túnel de tiempo, esta idea la tuve hace un par de años y no pude escribirla porque un evento desafortunado me quitó la inspiración, se la conté a alguien e hizo su propia interpretación, un poco diferente a la mia, la escribió y me sentí decepcionada.  Tuve que esperar algún tiempo para poder retomarla.

Hace un rato, mientras me hacía de desayunar, me llegó esa voz que me dicta cuando escribo y me dijo “Diana, eres una mujer de doble generación” y ahí me cayó el veinte (expresión usada por mujeres de una de mis generaciones refiriéndose a cuando existían los teléfonos públicos en la calle y las llamadas costaban veinte centavos, cuando la persona a la que llamabas contestaba, “caía el veinte”, les digo que estoy mayorcita).

El caso es que tuve novio por cinco años, me casé como por trece y después de algo así como dieciocho años con la misma pareja, me lanzaron al ruedo de la soltería, me sentía como un programa de televisión (de mi generación anterior) que se llamaba “El túnel del tiempo” en donde dos viajeros eran lanzados a épocas distintas de la historia a resolver situaciones que se les presentaban, aparecían en la Revolución Francesa así como en la época de las cavernas, y básicamente eso nos pasa a casi todas las que nos divorciamos y llevamos muchos años en el mundo de una sola pareja.

Así que a los 42 años era de nuevo como de 20, pero ahora las costumbres son otras, los novios se llaman “galanes” te busca alguien pero sin compromiso porque es un “free”, los casados quieren conocerte porque pareces “disponible” y se acuerda entre parejas que lo pueden hacer y si de plano se te complica el asunto de conocer a alguien, hay un catálogo que se llama Tinder en donde subes tu foto y una descricpión tuya para ver si con alguien haces “match”.

Bueno, pues todo eso me sonaba rarísimo, me sentia como si fuera mi abuelita y me hubieran metido al túnel del tiempo y me sacaran en una expedición a Marte.

Pero las cosas no paran ahí, esto del túnel del tiempo lo pensaba en terminos de “ligar” o “salir a conocer” pero en realidad es todo muy complejo y es ahora cuando por fin alguien contesta la llamada y me cae el veinte.

A mi mamá la educaron de cierta manera, mi abuelita dirigía una familia de cientos de hijos (ok, ocho, pero luego adoptaron dos por algunos años, a mí más de dos hijos me parecen ochocientos). El jefe de la familia era mi abuelo, el hombre proveedor, y mi abuela se dedicaba a la casa, a dirigir ese ejército y ver cómo se aprovechaba mejor el dinero. Les dieron educación de calidad a los hombres y a las mujeres les enseñaron también las funciones de la casa, algunas estudiaron y trabajaron y otras ayudaban a mi abuela.

Mi mamá recibió ese tipo de educación y tuvo a bien modernizarla, siento que cada generación va sacando lo que no le gusta y se adapta a lo nuevo, sin embargo, quedan resquicios de lo que “mamaste” (diría mi papá).

En mi familia somos dos hombres y dos mujeres. El sistema era parecido al de mis abuelos aunque nos enseñaron a las mujeres a ser más o menos independientes, peeeeero “sin descuidar al marido”, entonces la cosa empezó a mezclarse, estudias y puedes trabajar y cuando te cases pues lo mejor es que inviertas en tu familia, con lo cual yo estoy de acuerdo (hasta cierto punto).

Aunque mi mamá había cambiado muchos patrones, algunos permanecían, como el hecho de atender a los hombres y que ellos no participen en las labores de la casa (no vaya a ser que se les caigan las manos si lavan los trastes, perdón, lo digo por mis hermanos que eran unos vagos y no cerraban ni el cajón de los calcetines).

Me casé y mi esposo y yo trabajábamos cada uno por sus chicles aunque el proveedor principal era él, yo ayudaba con algunas cosas pero él era quien mantenía a la familia. Nacieron mis dos hijos y entonces ya no trabajé ni para mis chicles, ya no tenía tiempo ni para ir a comprarlos, pero fue un acuerdo que hicimos los dos, “yo trabajo, tú cuidas a los niños” y siendo gemelos no había tiempo ni para pensar en ir al baño sola.

Pasan los años y me convierto en una cómoda esposa y madre de familia, todo estaba muy establecido y organizado hasta que un día MADRES, que te regresas al mundo donde tienes que salir a comprarte tus chicles y, además, soltera…

Mi exmarido es un padre responsable y un buen hombre, pero una cosa es mantener perfectamente a mis hijos y otra que me vaya a mantener el resto de mi vida, recuerdo la angustia que me provocaba la idea de “y a los sesenta años, ¿de qué voy a vivir?” porque te casas pensando que será para siempre y tu vida está organizada y punto.

Entonces es ahora cuando todo se complica, tengo que cuidar a mis hijos pero tengo que pensar en ser independiente. Tengo que cuidar a mis hijos pero tengo derecho a salir con alguien. Tengo que cuidar a mis hijos pero debo hacer ejercicio para mantenerme sana y feliz. Tengo que cuidar a mis hijos pero tengo que comprarme mis chicles… Total que además de cuidar a mis hijos, tengo un montón de cosas por hacer con el poco tiempo que me queda al día.

Ahora no solo es que me hayan metido al túnel del tiempo en cuestión de estar soltera, ahora además tengo que buscar ser independiente económicamente hablando.

Me toca aprender de la nueva generación de mujeres que ya no las educan para el matrimonio, que salen a comprarse sus chicles y de los más caros y aunque tengan hijos, no dejan de trabajar. Admiro mucho a esta generación porque no se conforma ni descuida a su familia, hace lo mejor que puede con el tiempo que tiene y siempre se está preparando para adaptarse al mundo que cambia las condiciones de vida todos los días.

Entonces es cuando veo que soy de la generación anterior, la que me educó a estar en mi casa, con mi familia, atender al marido y pedirle dinero para los chicles, y soy parte de esta nueva generación en la que puedo y debo trabajar y aprender a no depender nunca de nadie para salir adelante.

No es una tarea fácil, la cosa está en lograr el equilibrio, hay cosas a las que no me quiero adaptar. No quiero tener relaciones sin sentido con hombres que no conocen el respeto por tu tiempo cuando lo tienes tan comprometido, no me voy a adaptar a relaciones que no me aportan nada y no me voy a adaptar a situaciones que me parezcan incómodas solo porque “ahora así se usa”.

Me voy a adaptar a trabajar, me llena de satisfacción, me voy a adaptar a una generación de mujeres que me enseñan todos los días el valor incalculable de no depender de nadie, me voy a adaptar a administrar mejor mi tiempo para poder estar con mis hijos pero sin dejar de disfrutar momentos sola, ellos se van a adaptar a ver a su mamá trabajar, correr, reír, salir a divertirse y todo esto sin descuidarlos jamás.

Pertenezco a dos generaciones y pretendo sacar lo mejor de cada una.

 

Prometo vivir.

Vengo llegando de un velorio, ayer fui a otro, en la semana murió la mamá de una querida tía en España y me estoy enterando de la muerte de un chavo que luchó contra la leucemia de manera valiente y hoy perdió la batalla.

Entiendo que debo aprender algo, los últimos días he estado en contacto con la muerte muy de cerca, he visto gente llorar desconsolada llena de tristeza y he visto también la paz de despedir a quien por fin descansa y deja de sufrir.

Dos muertes de gente muy joven que luchó contra el cáncer y dos muertes de gente mayor que vivió una vida larga y merecía descansar.

No puedo pasar por alto la lección y siento una necesidad enorme de escribir. Dejé de hacerlo por mucho tiempo con el pretexto de no tener tiempo, cuando en realidad lo hice por no sentirme vulnerable.

Hace unas semanas abandoné la lucha y abracé de nuevo la vulnerabilidad, me hace sentir más humana, más real, más viva.

No podía dejar esto para mañana, hoy quiero decir que entiendo la lección que me toca, hoy acepto la responsabilidad de vivir plenamente.

Prometo aprovechar mi tiempo, prometo seguir riendo, seguir llorando, seguir tomándome una cerveza con mis amigas y seguirme divirtiendo.

Prometo recuperarme de la lesión y volver a correr, prometo seguir nadando, seguir comiendo tacos de carnitas con maciza, buche y cuerito y prometo comer verduras también.

Prometo seguir intentando meditar sin miedo.

Prometo volverme a enamorar, prometo correr ese riesgo, volver a entregar el corazón y, si se vuelve a romper, prometo repararlo otra vez.

Prometo seguir viajando con mis hijos y sola, prometo llevarlos a Paris y a esquiar y hacer angelitos en la nieve. Prometo ir a África y a las islas griegas, ver las auroras boreales, ir a acampar a la montaña y a seguir viendo atardeceres en la playa.

Prometo hacer algo por los niños que no tienen los privilegios que tienen mis hijos, prometo cumplir ese sueño de visitar niños en la cárcel con Tostada, prometo buscar hacer más y mejor altruismo y prometo educar a mis hijos para ser personas que siempre ayuden a quien lo necesita.

Prometo seguir buscándole hogar a perros abandonados, seguir donando dinero para salvar a la vaquita marina y prometo adoptar un elefante o un gorila (o los dos).

Prometo salir a ver la luna cuando vea que alumbra mi tragaluz y prometo seguir disfrutando cuando a las seis y media de la mañana me despierta el canto de los pájaros.

Prometo seguirles comprando a mis hijos las papas de carrito los viernes y verlos disfrutarlas, prometo seguir riendo con sus burlas y cochinadas. Prometo seguir sufriendo en sus partidos de futbol y seguir gritando cuando juega la selección.

Prometo seguir cantando en la regadera a todo pulmón.

Prometo seguir difrutando caminar con Tostada y trabajar con ella, prometo manejar en carretera con la música que más me gusta y sentirme libre y feliz, prometo seguir disfrutando las noches en que llueve y estoy en mi cama leyendo tomando una cerveza.

Prometo seguir perdonando y aprendiendo, seguir enojándome y seguirme conmoviendo, seguir perdiendo el tiempo cuando eso necesito y aprovecharlo cuando lo demás lo necesita.

Prometo arriesgarme, complicarme la vida cuando sea para aventarme a una aventura que me haga sentir feliz y ser responsable cuando sea necesario.

Prometo pedir consejos y tomar decisiones propias, prometo estar para mis amigas, prometo dejar ir y prometo no sentir rencor.

Prometo seguir escribiendo sin importarme si es inteligente o si estoy compartiendo demasiado, si lo va a leer alguien que me juzgue o si va a ser útil.

Prometo hacer las cosas que más me gusten y tratar de hacer menos lo que no disfruto.

Prometo correr algún día un maratón, nadar en aguas abiertas, subirme a la bicicleta aunque me dé miedo y aprender siempre algo nuevo .

Prometo ser más honesta conmigo misma, autocrítica, quererme mucho y cuidarme siempre.

Prometo escribir un libro y leer las veces que sea necesario Rayuela.

Hoy me siento obligada a vivir…

PROMETO ENTRARLE A LA VIDA.