Hace un ratito, mientras escuchaba la meditación de Snatam Kaur cantando Ong Namo (sé que para muchos estoy hablando en chino, pero denme un ratito y les explico) me di cuenta que estoy de regreso, en algún momento me fui y por un ratito estuve en pausa.
Las cosas fueron así: cuando estaban sucediendo los días y las noches en que estaba con una profunda tristeza y mucha incertidumbre por lo que estaba pasando con el que era mi pareja en Montreal, recuerdo que hacía muchísimo calor y las noches eran complicadas, despertaba mucho, casi cada hora, porque mi corazón y mi cabeza no tenían paz, además del calor insufrible que sentía en el cuerpo y aún abriendo las ventanas de par en par, nada refrescaba, así que las madrugadas eran, literal, un infierno. En esas horas, que generalmente oscilaban entre las 3 y 4 de la mañana, hacía lo que fuera por tratar de dejar de pensar, penar, tener paz y dormir un poco, y una de las cosas que hacía era poner en mi celular meditaciones que me dieran un poco de tranquilidad, ahora supongo que con la ventana abierta los vecinos meditaban conmigo. Una de esas meditaciones era una que se titula Ong Namo Gurudev Namo, es un mantra de conexión que se dice que nos conecta con nuestro Maestro o Guía Interior y con la Sabiduría Universal (les repito, yo hacía lo que fuera, rezaba, meditaba, corría, tomaba terapia, lo que fuera para sentir paz) y me parecía linda la idea de conectar conmigo misma y mi sabiduría, además era una “canción” (si se le puede llamar así) cantada por mujer norteamericana que se llama Snatam Kaur Khalsa y que interpreta música devocional de la india y recorre el mundo como activista de la paz, tiene una voz preciosa y sus meditaciones o mantras provocan una sensación de mucha tranquilidad.
Recuerdo que en esas noches me acompañaba con ese mantra y se me escurrían las lagrimas, yo pensaba entonces que quizá no estaba haciendo conexión con ningún maestro porque paz, lo que se dice paz, no sentía. Luego venía el día y, como sea, entre citas con médicos con mi mamá, trabajo, mis perros y mis hijos, aunque no pensaba en otra cosa más que encontrar respuestas a lo que estaba sucediendo, lograba pasar el día, ahhhh pero las madrugadas eran terribles, incluso me daba miedo dormir porque sabía que no iban a ser unas horas fáciles. Lo único que me ayudaba era que cuando por fin daban las cinco y media de la mañana, pensaba que ya casi me tendría que levantar y por fin había pasado un día más. Así pasaron las noches, las madrugadas y los días y poco a poco fue bajando el calor de los 33 grados centígrados y el dolor del corazón. Hasta que un día me di cuenta que podía pasar la noche entera sin despertar y lograba llegar a las cinco y media sin haber despertado cada hora o estar despierta desde las tres. Lo consideré un logro personal.
La vida siguió su curso, muchas cosas han pasado y otras dejaron de pasar desde entonces, cambié los mantras y las meditaciones por unas en español de una app que se llama “Pura Mente” que me gusta mucho (no me están pagando por este anuncio pero deberían), las pongo justo antes de dormir y como yo caigo a los 3 minutos, las repito al despertar, así que por muchos meses dejé de escuchar Ong Namo y quizá mi Maestro o Guía y el Universo me extrañaron porque nunca volví con mi amiga Snatam.
Ayer empecé con un proceso viral en el cuerpo, me sentí agotada todo el día, me dolió mucho la garganta y tuve migraña hasta hace como tres horas que por fin me abandonaron los martillazos en la cuenca del ojo. Hoy amanecí mejor, tenía una comida a la que me hubiera encantado ir porque me hacía mucha ilusión pero, aunque estoy mejor, me pareció muy imprudente ir ante la posibilidad de provocar un contagiadero. A medio día leí un texto de una escritora colombiana que se llama Juliana Muñoz del Toro, es también bordadora y por eso la conozco, pero tiene una suscripción mediante la cual te llegan textos muy lindos y el que me llegó en la semana se trataba acerca de escribir. Me inspiró a retomar algo que llevo meses escribiendo y que había abandonado las últimas semanas por el poco tiempo que tengo durante el día, cuando escribo me desconecto del mundo y se me pasan las horas delante de la computadora y no me doy cuenta que no he comido o que es de noche y no saqué a mis perras o que no he convivido con mis hijos, así que escribo poco porque siempre pienso “no tengo varias horas ahorita, no me da tiempo, mejor mañana” y, obvio, ese mañana nunca llega, pero hoy, como no salí para nada, me puse a escribir.
Justo cuando estaba en eso se me ocurrió ponerme una mascarilla de barro en la cara que me regaló una amiga hace algunos años, tengo el polvo y lo preparo con agua, me lo unto y cuando se seca se hace duro y hay que lavarlo, queda la piel deliciosa y es rico consentirse, algo que no hacía hace mucho tiempo.
Me puse el lodo o barro y seguí escribiendo, se me pasó el tiempo hasta que me di cuenta que no podía mover ni un músculo de la cara y ya era difícil quitarlo solo lavándomela, además ayer no me había bañado y llevaba treinta y tantas horas en pijama, así que decidí meterme a bañar para al menos ponerme una pijama limpia. Cuando salí de bañarme me acordé que una terapeuta de mi mamá que le está tratando de ayudar con la voz y la deglución me dijo un día que yo me tenía que lavar los pies en las noches, cuando ya no fuera a salir de la casa, con agua caliente, sal y lavanda, que era un acto de amor de mi para mi y que eso me ayudaría mucho a descansar y necesitaba el apapacho. Así que hoy pensé que si ya me había dado cariñito a la cara, pues podrían seguir los pies y preparé todo, el agua, la sal, la lavanda, la toalla, la crema, los calcetines… y cuando tenía todo listo y metí los pies, me dieron ganas de escuchar de nuevo Ong Namo con mi amiga Snatam, puse la música (está en Spotify por si les interesa escucharla, tampoco me están pagando esa mención y también deberían) y mientras se remojaban los pies cerré los ojos y me dediqué a respirar y cantar mantras. De pronto Salsa y Morrita (mis dos demonios de cuatro patas y cola larga) se pusieron a jugar en la cama, donde yo estaba sentada, me empujaban en la espalda, jadeaban, ladraban y a mi me daba risa, trataba de concentrarme cantando Ong Namo pero la verdad es que era difícil no reírme y en ese momento me cayó el veinte, o me cayó la ficha, como dice mi querida Sis de argentina, o, para quienes no entienden lo que quiero decir, en ese momento me di cuenta de que estaba en otro lugar que hace unos meses cuando escuchando Ong Namo se me escurrían las lágrimas. Aquí estoy hoy, con una sonrisa en la cara, los ojos cerrados, los pies en agua caliente con sal y lavanda, Salsa y Morrita echando desmadre junto a mi, el piso de la regadera lleno de lodo y en cuanto termine este post voy a bajar por una cerveza a la cocina y me voy a hacer de cenar pan con aguacate y aceite de oliva, que me encanta, y seguramente voy a dormir delicioso acompañada de mis “bed bugs” o chinches (así les digo a mis perras) y voy a despertar hasta mañana, a las seis treinta, porque soy madrugadora y no lo puedo evitar, pero sobrepasaré las tres de la mañana y amaneceré con ganas de seguir disfrutando la vida pese a lo que esta me traiga todos los días.
Hace unas semanas, leí o escuché por ahí que los momentos felices se los tiene que procurar uno, porque la vida se encarga de los tristes, que siempre vienen porque así es la cosa, nunca se vuelve fácil, es una utopia pensar que un día no habrá situaciones tristes y complicadas, eso es un hecho comprobado, la vida es difícil, pero no se puede no seguir, no es opción. No siempre se puede estar bien, tengo a veces días malos, no me presiono por estar bien siempre, al contrario, si estoy triste pues acepto la tristeza, si estoy cansada pues ni modo hay que quejarse, si estoy preocupada pues entiendo que tengo razones para estarlo, pero si estoy bien, como hoy, y me da risa la escena en la que estoy que es como de un capitulo de una comedia gringa, pues también bienvenido sea.
Así que Ong Namo dejó por el momento de ser un mantra que cantaba triste y desesperanzada y hoy fue un mantra feliz en el que agradecí estar sonriendo por fuera y riendo por dentro.
La vida sigue, no sé qué venga mañana. Hoy fue muy buena pese a que tengo gripa, no fui a una comida y tengo que lavar el piso de la regadera.