Orgullosa de mi nueva cicatriz.

Es una triste noticia pero es así, murió el amor bonito que tanto me gustaba contar. Hoy es 28 de diciembre y vengo recordando de unos días para acá que hace dos años, el mismo día, tomé un avión hacía Montreal para conocer a mi “amor bonito”, como lo llamábamos “él” y yo. Fue un encuentro maravilloso, recuerdo la emoción tan grande con la que iba en el avión, no podía creer que por fin nos veríamos a los ojos en vivo y a todo color y que por fin nos abrazaríamos. Mis amigas y mi familia estaban nerviosos por mí porque pensaban que si no funcionaba estaría yo varada en Montreal con un desconocido en su casa sin poder regresar, pero yo no, yo estaba feliz, yo tenía la certeza de que todo iría bien, yo lo que quería era que volaran las horas para poderlo ver por fin.

Ese primer abrazo fue maravilloso, tuve la claridad que necesitaba, sentí la certeza del “aquí es” y fui muy feliz. El resto del viaje fue maravilloso y el resto de la historia a través de los años que vinieron después, también.

Aunque era una relación a distancia, siempre pensé que estábamos construyendo algo para el futuro, que por el momento teníamos que mantener esos 3733 kilómetros que nos separaban a base de comunicación, amor, comprensión, respeto, confianza y muchas ganas de seguir juntos y adelante esperando que en algún momento acortáramos la distancia y por fin estuviéramos juntos para siempre. Yo de verdad lo creía.

No fue así.

Pero aprendí mucho acerca de mí y de lo que estoy hecha.

Me di cuenta lo valiente que soy y lo mucho que aprendí a quererme y a respetarme. Aprendí que no importa cuánto quiera a alguien, jamás forzaré un amor ni rogaré que me quieran, jamás permitiré faltas de respeto y jamás permitiré renunciar a mis ideales y valores ni a mi manera de pensar acerca de lo que debe de ser el amor. Aprendí, sobre todas las cosas, a defenderme y defender mi paz y mi estabilidad mental.

Puedo escribir ahora acerca de esto porque pasó ya el dolor, que fue tremendo, porque fue terriblemente difícil dejar una relación que sumaba mucho a mi vida, pero en el momento en que sentí que yo ya no era importante ahí, que era una opción y que él prefería estar si mí, tomé mi corazón roto, lo empaqué y me fui.

No quiero escribir mucho acerca de cómo fue por dos razones, la primera es porque ni siquiera entiendo qué fue lo que pasó, nunca supe las razones, y segundo porque no es solo mi historia, le pertenece a él también, y con todas las ganas que me dieron en su momento de despotricar y despedazar, ya superé esa etapa de dolor.

Debo decir que el tiempo no curó la herida, fue lo que hice en ese tiempo lo que me ayudó a sanar.

Lo que sí puedo compartir es cómo me sentía en esos días en los que todo terminó. Puedo decir que de un día para otro se rompió por completo la comunicación. Puedo decir que pasé muchas noches tratando de entender esperando que algo bueno pasara, que me buscara, que me explicara, que lo pudiéramos arreglar. Pero cada día era peor que el anterior porque lo hacía más evidente y me sentí totalmente rechazada y abandonada. Un amor bonito no permite eso. Un amor bonito no te hace sentir que no vales lo suficiente como para por lo menos darte una explicación, un amor bonito no lastima.

Un amor bonito no hace que pases noches llorando sin poder dormir, así que tomé una decisión y me fui, a veces pienso que pude haber sido de esas personas que sin importar lo que sientan o cómo las traten, intentan una y otra vez a toda costa evitar terminar una relación. Pero tomé mi única oportunidad de hacer algo por mí, ser valiente y demostrarme lo mucho que valgo. Las personas no hacen lo que dicen, hacen lo que sienten y eso fue lo que me abrió los ojos, él estaba haciendo lo que sentía y eso no era compatible con lo que yo sentía.

Hace muchos años, cuando terminó mi matrimonio, recuerdo un día en terapia que me dijo la psicóloga que en ese entonces me veía “fuiste muy valiente al salir adelante” y me acuerdo perfecto que le dije “no fui valiente, no me quedó de otra” y siempre sentí que era así, que había tenido que sobrevivir sin haber sido yo quien tomara la decisión y que eso me restaba valor.

Muchos años han pasado desde ese día y, si algo me enseñó esta relación, fue lo valiente que fui y lo valiente que soy.

Fui valiente cuando lo busqué por primera vez iniciando una conversación siendo clara pidiéndole que fuéramos amigos y “chateáramos más seguido”. Fui valiente cuando me enfrenté a todos mis amigos que estaban en desacuerdo con una relación a distancia. Fui valiente cuando confié en él y decidí entrarle a una relación sin pensar demasiado en el futuro , vivimos un día a la vez y eso para mí, estaba bien.

Fui muy valiente el día que empaqué mi maleta para ir a conocerlo y quedarme en su casa diez días confiando en que todo saldría bien. Fui valiente al decir siempre la verdad a todos, a mis papás, a mis hijos, a mis amigos, sin importar lo que pensaran, les dije “me voy a Montreal a conocerlo”.

Fui valiente durante muchos meses y años al defender nuestra relación y fui valiente hasta el final, hasta el día en que me hizo sentir una opción, fui valiente porque hice lo mismo que unos años atrás, empaqué y me fui. No supliqué, no pregunté, explicación que no se otorga, no se exige.

Fui valiente porque cuando me di cuenta que mi presencia en su vida ya no era valorada ni le importaba, le regalé mi ausencia, con todo el dolor de mi corazón porque eso no significaba que yo ya no lo quisiera, y así, amándolo, decidí que yo valía más, mucho más, como para irme llorando todas las noches a dormir porque él ya no tenía ganas de saber de mi, porqué él tomaba todos los días la decisión consciente de no saber nada de mí, podía perfectamente pasar los días y las noches sin oír mi voz, sin saber cómo estaba y sin preguntarme cómo me sentía.

Fui valiente porque en unos de los peores momentos de mi vida, cuando mi mamá enfermó y necesitaba con urgencia una cirugía delicada y las noticias no eran buenas, cuando más apoyo emocional necesitaba fue cuando decidió irse y tuve que salir adelante con el corazón roto.

Todo eso pasó, lloré por semanas y semanas y solo pedía fuerza para continuar. Por mucho tiempo lo único que pedía era una explicación para poder elaborar un duelo sano. Pero nunca llegó. Así que hice el duelo así, como pude. Salí adelante gracias, primero, al amor de mis amigas, en particular al de Ale, que varios días se la rifó para abrazarme cuando no podía dejar de llorar, recuerdo un día que hablando por teléfono me dijo “si quieres voy a tu casa ahorita y te abrazo” a lo que le dije que sí y vino. Gracias querida amiga, gracias a todas las que estuvieron esos días. Pero también salí adelante porque empecé a correr diario, tomé terapia, seguí con mi proyecto de arte, me becaron en dos laboratorios de bordado en foto en Argentina, seguí yendo con mi mamá a las citas con los neurocirujanos. Empecé a escribir, hice una especie de diario en el que me desahogaba y decidí que por muy mal que me sintiera, no suspendería mi vida. Al principio estuve acompañada de mis amigas, pero después tuve necesidad de silencio, tenía mucho ruido en la cabeza y me aislé varias semanas. Mis amigas me buscaban y los mensajes me ayudaban, pero entendieron que quería estar sola aunque nunca faltó un “cuando quieras volver, aquí estoy, te quiero”, y ese silencio aclaró mi mente cuando el ruido no podía hacerlo.

Mi vida es ahora muy distinta a lo que era hace dos años cuando viajé por primera vez a Montreal, cuando estaba feliz y enamorada. Pero no es peor, tampoco es mejor, solo es diferente, yo soy diferente, más sabia.

Gracias a que hace dos años fui valiente y empaqué para irlo a ver y hace poco más de seis meses fui valiente y empaqué para defender mi corazón, ahora puedo decir que sé que la vida se complica día con día, que jamás será sencilla, que no puedo pedir que el año que viene sea mejor y no pienso esperar a que las cosas se pongan fáciles para ser feliz.

Soy feliz ahora porque me di cuenta que sin importar lo que suceda, me tengo a mi, cuento conmigo y puedo salir adelante. Gracias a este “amor bonito” que viví una temporada de mi vida, aprendí que ahora quiero un amor sano, inteligente, maduro y tranquilo.

Hoy reescribo la historia, así como hace dos años iba llena de ilusiones en un avión hacia Montreal, ahora estoy igual de ilusionada porque me conozco mejor, porque sé que cuando quiero algo, lo consigo, lucho por eso y trabajo para lograrlo. Porque así como tres años y medio luché por esa relación, cuando vi que no había nada más por qué luchar, que estaba sola en una relación de dos, luché entonces por mi y puedo luchar por muchas cosas más. Porque sé que él no se llevó mi capacidad de amar, no se llevó mi alegría, mi paz mental, mi sentido del humor. Fui capaz de compartirla con él pero se quedó conmigo, él se llevará historias compartidas, pero no se llevará lo mejor de mi, porque eso fue, es y será siempre mío, porque esa soy yo.

Gracias a quienes estuvieron conmigo en todo este camino, no tuve el cierre que yo deseaba y que nos merecemos todos en una relación, siempre fui consciente de que algún día podría terminar pero nunca pensé que sería así, las puertas mal cerradas duelen, pero tengo el cierre que yo trabajé y que tanta paz me da.

Hace muchos años quería sentirme valiente y la vida me dio la oportunidad de serlo. Hoy me siento con mucha paz y eso no tiene precio. Hoy tengo una nueva cicatriz y me siento muy orgullosa de ella.

Sané mis heridas.

Abrazo a quienes están ahora mismo viviendo un duelo.

Leave a comment