Cómo me despido del 2023.

Facebook me ha estado recordando lo que estaba haciendo hace un año, a veces parece muy cruel, aunque podría no verlo, me he dado cuenta que he sanado la herida porque puedo ver fotos de mis días en Montreal hace uno y dos años sin dolor.

Hoy hace justo un año estaba en el Museo de las Bellas Artes de Montreal y recuerdo que fue un día muy lindo, lo que yo pensé que sería presagio de un año muy bueno, nada más alejado de la realidad.

Fue un año de muchos desafíos, muchos momentos muy duros, pero también de mucho amor, muchísimo amor. Creo que mis amigas nunca se habían dedicado tanto a quererme y demostrarme su apoyo incondicional.

Pero aún siendo un año muy difícil, hoy me di cuenta que fue un año lleno de equilibrio que yo no hice consciente hasta hoy, mientras corría.

Hace unas semanas me acordé que los 31 de diciembre se corre una carrera en varios países del mundo que se llaman San Silvestre, son 12 kilómetros, uno por cada mes para despedir el año, la he corrido varias veces. Les dije a mis amigas corredoras que este año, que sí estaría en México porque ya no iría a Montreal, quería correrla, pero ellas no podían, pensé en correrla yo sola. Pasaron las semanas y no me inscribí, por varias razones, pero la más importante es porque en realidad me gusta mucho correr pero hace tiempo que dejaron de gustarme las carreras, así que decidí correr esos 12 kilómetros en mi lugar preferido, en mi bosque amado que yo considero mi segundo hogar.

Las últimas semanas no corrí más que el día de mi cumpleaños, he tenido mucho trabajo, poco tiempo y me organicé para tratar de hacer todo a la vez, menos correr. El día de mi cumpleaños me prometí correr 10 kilómetros como regalo a mi, sé que correr me hace sentir fuerte y feliz, hace que me sienta poderosa y me llena de dopamina y endorfinas, el mejor regalo para la salud física y mental. Lo logré, con mucho trabajo y un gran esfuerzo, pero lo logré y dicho y hecho, me sentí feliz, muy feliz, solo me preocupó una cosa, cómo hacer para correr 12 kilómetros si esos 10 me habían costado tanto trabajo.

Ayer en la noche empecé a buscar pretextos para no hacerlo, pensé que quizá sería mejor correr el primero de enero y así empezar el año haciendo lo que más me gusta, sonaba muy bien, en teoría, pero por otro lado escuché una vocecita que me decía “te estás convenciendo de no hacerlo porque en realidad tienes miedo de no poder”, así que me fui a dormir pensando “bueno, en la mañana decido”.

Hoy abrí los ojos, después de una noche con un poco de insomnio, que me ha atacado últimamente, y empecé a pensar qué hacer, fue entonces cuando entendí que la voz de Lucila (escribí hace tiempo acerca de ella, así se llama la voz de mi ansiedad) era la que me decía que mejor hoy no, que mañana, que hacía mucho frío, que no había dormido bien, que quizá correría mejor si dormía mejor al día siguiente, que mejor… que mejor… que mejor… Y cuanto entendí que esa no era mi voz, me levanté, me vestí, saqué a mis perras, les dí de comer, hice mi licuado y me fui a correr.

Llegando, que ya era un poco tarde, caminé entre los árboles llena de frío y la maldita Lucila me dijo “se te estuvo diciendo del frío, a ver si la próxima vez me haces caso” pero ya era demasiado tarde, una vez que llego a correr, no hay poder humano que me haga salir, a lo mejor decido caminar en lugar de correr, pero si ya estoy ahí, me quedo.

Puse la playlist que hice para mi cumpleaños y decidí correr un kilómetro a la vez, uno por uno, sin pensar en lo que me faltaba, que siempre me traiciona ese pensamiento “apenas llevo dos, ya me estoy muriendo y me faltan seis” (porque cuando corro hago 8 sufridos kilómetros), pero traté de no pensar, “uno por uno” decidí.

Y así fue, uno por uno, los dos primeros siempre me cuestan un montón, no importa si estoy entrenando para un maratón o si no he corrido en meses, esos dos son muy difíciles, no sé por qué, pero como ya lo sé, no hago caso del cansancio.

Corrí, corrí y corrí sin fijarme si era rápido o despacio, solo corrí y canté. La gente se me queda viendo porque soy la que va cantando siempre, me canso el doble porque es como si fuera hablando, pero nunca he podido encontrar la manera de correr sin música, no hay forma, me hace feliz y es como logro dejar de pensar.

La mañana estaba divina, muy fría pero con sol, se colaba la luz entre los árboles y el paisaje estaba inspirador para correr, de verdad creo que el bosque es mi lugar favorito, amo los árboles, amo el otoño que provoca tapetes de hojas y amo correr con el cielo tan azul que parece pintado a mano.

En el kilómetro 8 Lucila atacó de nuevo diciendo “y si ya paras, total, no es una carrera, no estás entrenando para nada, podrías irte y desayunar delicioso” pero una vez más identifiqué que era ella y pensé “no es lo que me falta, es lo que ya llevo avanzado, no me voy a rendir cuando solo me faltan cuatro” y seguí.

Me sentía verdaderamente feliz, corrí despacio, con dolor en las piernas, en especial en la rodilla derecha porque ayer me caí y justo me pegué ahí, deseaba haberme hecho caso cuando temprano pensé en tomarme algo para el dolor pero se me olvidó. De cualquier manera yo sabía que no era un dolor para detenme, no era una lesión, tantos años de correr me han enseñado que hay dolores con los que hay que parar y otros que hay que aguantar.

Cuando terminé la quinta vuelta, los 10 kilómetros, tuve la certeza que lo lograría, hice cuentas, me faltaban a lo sumo 15 minutos para terminar “solo unas tres canciones” pensé, y todo esto termina. Y así fue, cuando el reloj me avisó que se habían concretado los 12 kilómetros, todavía no llegaba a mi base, desde donde había empezado, donde tenía mi bendito termo con agua, me extrañó el mal calculo pero recordé que había ido al baño, que está a 300 metros de distancia. Tenía dos opciones, ir caminando por mi agua o correr esos 300 metros extras. Obvio ya saben lo que me dijo Lucila, pero seguro también saben lo que decidí. Los corrí. Cuando llegué al árbol donde dejo mis cosas, que siempre es el mismo y es mi amigo (sí hablo con él y es compañero de varios momentos y una que otra decisión tomada) se me salieron las lágrimas peeeeero no terminé ahí.

Cuando empezó a ir muy mal la situación con mi novio de Canada fue cuando empecé a correr para sentirme un poco mejor y cada vez que terminaba hacía desplantes (como sentadillas pero avanzando) para tener fuerza en las piernas y me caía casi cada cinco o seis desplantes, recuerdo que frenaba, lloraba un poco y luego seguía, lentos y con muchas pausas poco a poco llegué al final de una “calle”, justo donde hace muchos años los hacía con Pedro, mi entrenador en ese entonces (y muy querido amigo después) y lloraba pero de dolor, fui haciéndolos cada vez mejor y llegué a hacer 60 sin problema. Hace unas semanas empecé a hacerlos de regreso de esa “calle” y pensé que quizá un día llegaría a 120, lo logré un día, con mucho trabajo pero salieron. Y hoy, esa voz que no es la de Lucila sino la mía, me dijo “que tal que haces ahora tus 120 desplantes y terminas el día, el mes, el año y das cierre a tu proceso” y bueno, pues no es lo mismo hacer 120 desplantes después de correr 6 a 8 kilómetros que después de correr 12 y sentir que te arden hasta las uñas, pero empecé uno por uno a hacerlos. Como me dolía mucho, cada 5 o 6 desplantes perdía el equilibrio, justo como las primeras veces en las que llorando me agarraba del piso y me levantaba, solo que ahora no lloraba, solo pensaba “sí puedes, te duele pero uno a la vez, sí puedes” y cuando terminé entonces sí, Libertad Lamarque se quedó corta, lloré delicioso, poquito, nada dramático pero lindo, orgullosa de mi y de mis propios retos cumplidos, fue como reconciliarme con el año tan duro que tuve, fue como entender que este año fueron como esos 12 kilómetros, un día a la vez, una semana a la vez, un mes a la vez y por fin llegamos a diciembre, sanos y salvos porque sentí que fue un año que me quiso tirar varias veces, como los desplantes, pero de todo me levanté.

Muy feliz, ya con algo de frio, estiré, me despedí de mi árbol amigo y me fui, pasé a casa de mis papás a darles un abrazo y estaba mi tía María, le ofrecí llevarla a su casa y cuando llegamos y se bajó del coche me di cuenta que en el piso había unas peculiares hojitas amarillas, “esas hojas son de un Gingko” le dije da mi tía, “de un quéeeee” me contestó, “¡¡¡de un Gingko tía!!!!, ¡de un árbol de GIngko! le dije toda emocionada. No me entendía nada. Me bajé a verlas de cerca y era cierto, eran unas hojas que llevo años buscando porque es un árbol típico de Asia pero muy raro en México y nunca había logrado encontrar uno, amo sus hojas y quería tener unas. Cuando las vi y eran tantas, volteé hacia arriba buscando el árbol pero no estaba, no era coherente ver el piso lleno de esas hojitas preciosas amarillas y no encontrar el árbol hasta que de pronto por fin di con él, estaba detrás de una barda en la casa del vecino, pero apenas se veía. Se ve el viento había ayudado y la había llevado hasta ahí. Tomé todas las que pude, las mejores y más frescas y bonitas y me vine feliz a mi casa. “Un árbol de Gingko” pensaba, no lo puedo creer, qué regalo.

Después de bañarme noté que en el patio había todavía algo de sol, sería complicado explicar lo que es la cianotipia, quizá algún día lo haga, pero es un proceso de impresión de imágenes que se hace en papel o tela con unos químicos especiales que se revelan con la luz del sol. Amo con todo mi corazón hacer cianotipia pero si no hay sol, no puedo hacerla. En ese momento todo cuadró, las hojas de Gingko, tenía papeles listos con esos químicos guardados, había sol y era el último día del año, cuando quería hacer lo que más amo. Rápidamente preparé todo y puedo decir que son de las cianotipias más bonitas que he hecho, o al menos las que a mí más me han gustado. No daba crédito, me sentía tan pero tan contenta…

Más tarde, con un dolor de piernas terrible, saqué a mis Salsa y Morrita a caminar, es una pesadilla porque Morrita, que es muy joven, ansiosa y fuerte, jala un montón, pero la tarde estaba preciosa, regresé, comí, me tomé una cerveza y empecé a editar todas las fotos de todo lo que hice hoy y me di cuenta lo afortunada que soy.

Si bien no fue un año bueno, fue un año que logré equilibrar. Logré reconciliarme con varias realidades y me levanté de las todas las caídas.

Puedo decir que no espero nada del año que entra, no tengo esperanza de que el 2024 sea mucho mejor, no quiero pensar que necesito dejar de ser fuerte y que ahora quiero ser feliz, como dicen tantas publicaciones en redes. Lo único que deseo es que mañana lunes me pueda levantar de la cama sin tanto dolor de piernas, como ahora creo que padeceré, que pueda desayunar muy rico, que termine una foto que tengo que bordar, que pueda ver a mis hijos y despedirme porque se van de viaje 10 días y que pueda tener mucha paz.

Deseo que cada día lo viva así, uno a la vez y que, como los kilómetros de hoy, no los cuente, no los sufra y no los rechace. Solo pido que sea lo que sea que vaya a venir, venga acompañado de herramientas para luchar, para sanar, para resolver. Deseo que sea un año lleno de paz y resiliencia y agradezco con todo mi corazón haber sobrevivido este año y haberme levantado en cada desplante que me caía y hoy haber hecho esos 120 que me demostraron que si sigo luchando, por el momento no es necesario rendirme.

No le agradezco al 2023 las lecciones, no soy capaz todavía de agradecer el dolor, pero sí agradezco a mi fuerza de voluntad y mi amor propio para aprender a vivir con todo y a pesar de lo difícil que pueda ser la vida.

A todos les deseo un año en el que lo que sea que les traiga, lo vivan con el corazón lleno de paz.

Orgullosa de mi nueva cicatriz.

Es una triste noticia pero es así, murió el amor bonito que tanto me gustaba contar. Hoy es 28 de diciembre y vengo recordando de unos días para acá que hace dos años, el mismo día, tomé un avión hacía Montreal para conocer a mi “amor bonito”, como lo llamábamos “él” y yo. Fue un encuentro maravilloso, recuerdo la emoción tan grande con la que iba en el avión, no podía creer que por fin nos veríamos a los ojos en vivo y a todo color y que por fin nos abrazaríamos. Mis amigas y mi familia estaban nerviosos por mí porque pensaban que si no funcionaba estaría yo varada en Montreal con un desconocido en su casa sin poder regresar, pero yo no, yo estaba feliz, yo tenía la certeza de que todo iría bien, yo lo que quería era que volaran las horas para poderlo ver por fin.

Ese primer abrazo fue maravilloso, tuve la claridad que necesitaba, sentí la certeza del “aquí es” y fui muy feliz. El resto del viaje fue maravilloso y el resto de la historia a través de los años que vinieron después, también.

Aunque era una relación a distancia, siempre pensé que estábamos construyendo algo para el futuro, que por el momento teníamos que mantener esos 3733 kilómetros que nos separaban a base de comunicación, amor, comprensión, respeto, confianza y muchas ganas de seguir juntos y adelante esperando que en algún momento acortáramos la distancia y por fin estuviéramos juntos para siempre. Yo de verdad lo creía.

No fue así.

Pero aprendí mucho acerca de mí y de lo que estoy hecha.

Me di cuenta lo valiente que soy y lo mucho que aprendí a quererme y a respetarme. Aprendí que no importa cuánto quiera a alguien, jamás forzaré un amor ni rogaré que me quieran, jamás permitiré faltas de respeto y jamás permitiré renunciar a mis ideales y valores ni a mi manera de pensar acerca de lo que debe de ser el amor. Aprendí, sobre todas las cosas, a defenderme y defender mi paz y mi estabilidad mental.

Puedo escribir ahora acerca de esto porque pasó ya el dolor, que fue tremendo, porque fue terriblemente difícil dejar una relación que sumaba mucho a mi vida, pero en el momento en que sentí que yo ya no era importante ahí, que era una opción y que él prefería estar si mí, tomé mi corazón roto, lo empaqué y me fui.

No quiero escribir mucho acerca de cómo fue por dos razones, la primera es porque ni siquiera entiendo qué fue lo que pasó, nunca supe las razones, y segundo porque no es solo mi historia, le pertenece a él también, y con todas las ganas que me dieron en su momento de despotricar y despedazar, ya superé esa etapa de dolor.

Debo decir que el tiempo no curó la herida, fue lo que hice en ese tiempo lo que me ayudó a sanar.

Lo que sí puedo compartir es cómo me sentía en esos días en los que todo terminó. Puedo decir que de un día para otro se rompió por completo la comunicación. Puedo decir que pasé muchas noches tratando de entender esperando que algo bueno pasara, que me buscara, que me explicara, que lo pudiéramos arreglar. Pero cada día era peor que el anterior porque lo hacía más evidente y me sentí totalmente rechazada y abandonada. Un amor bonito no permite eso. Un amor bonito no te hace sentir que no vales lo suficiente como para por lo menos darte una explicación, un amor bonito no lastima.

Un amor bonito no hace que pases noches llorando sin poder dormir, así que tomé una decisión y me fui, a veces pienso que pude haber sido de esas personas que sin importar lo que sientan o cómo las traten, intentan una y otra vez a toda costa evitar terminar una relación. Pero tomé mi única oportunidad de hacer algo por mí, ser valiente y demostrarme lo mucho que valgo. Las personas no hacen lo que dicen, hacen lo que sienten y eso fue lo que me abrió los ojos, él estaba haciendo lo que sentía y eso no era compatible con lo que yo sentía.

Hace muchos años, cuando terminó mi matrimonio, recuerdo un día en terapia que me dijo la psicóloga que en ese entonces me veía “fuiste muy valiente al salir adelante” y me acuerdo perfecto que le dije “no fui valiente, no me quedó de otra” y siempre sentí que era así, que había tenido que sobrevivir sin haber sido yo quien tomara la decisión y que eso me restaba valor.

Muchos años han pasado desde ese día y, si algo me enseñó esta relación, fue lo valiente que fui y lo valiente que soy.

Fui valiente cuando lo busqué por primera vez iniciando una conversación siendo clara pidiéndole que fuéramos amigos y “chateáramos más seguido”. Fui valiente cuando me enfrenté a todos mis amigos que estaban en desacuerdo con una relación a distancia. Fui valiente cuando confié en él y decidí entrarle a una relación sin pensar demasiado en el futuro , vivimos un día a la vez y eso para mí, estaba bien.

Fui muy valiente el día que empaqué mi maleta para ir a conocerlo y quedarme en su casa diez días confiando en que todo saldría bien. Fui valiente al decir siempre la verdad a todos, a mis papás, a mis hijos, a mis amigos, sin importar lo que pensaran, les dije “me voy a Montreal a conocerlo”.

Fui valiente durante muchos meses y años al defender nuestra relación y fui valiente hasta el final, hasta el día en que me hizo sentir una opción, fui valiente porque hice lo mismo que unos años atrás, empaqué y me fui. No supliqué, no pregunté, explicación que no se otorga, no se exige.

Fui valiente porque cuando me di cuenta que mi presencia en su vida ya no era valorada ni le importaba, le regalé mi ausencia, con todo el dolor de mi corazón porque eso no significaba que yo ya no lo quisiera, y así, amándolo, decidí que yo valía más, mucho más, como para irme llorando todas las noches a dormir porque él ya no tenía ganas de saber de mi, porqué él tomaba todos los días la decisión consciente de no saber nada de mí, podía perfectamente pasar los días y las noches sin oír mi voz, sin saber cómo estaba y sin preguntarme cómo me sentía.

Fui valiente porque en unos de los peores momentos de mi vida, cuando mi mamá enfermó y necesitaba con urgencia una cirugía delicada y las noticias no eran buenas, cuando más apoyo emocional necesitaba fue cuando decidió irse y tuve que salir adelante con el corazón roto.

Todo eso pasó, lloré por semanas y semanas y solo pedía fuerza para continuar. Por mucho tiempo lo único que pedía era una explicación para poder elaborar un duelo sano. Pero nunca llegó. Así que hice el duelo así, como pude. Salí adelante gracias, primero, al amor de mis amigas, en particular al de Ale, que varios días se la rifó para abrazarme cuando no podía dejar de llorar, recuerdo un día que hablando por teléfono me dijo “si quieres voy a tu casa ahorita y te abrazo” a lo que le dije que sí y vino. Gracias querida amiga, gracias a todas las que estuvieron esos días. Pero también salí adelante porque empecé a correr diario, tomé terapia, seguí con mi proyecto de arte, me becaron en dos laboratorios de bordado en foto en Argentina, seguí yendo con mi mamá a las citas con los neurocirujanos. Empecé a escribir, hice una especie de diario en el que me desahogaba y decidí que por muy mal que me sintiera, no suspendería mi vida. Al principio estuve acompañada de mis amigas, pero después tuve necesidad de silencio, tenía mucho ruido en la cabeza y me aislé varias semanas. Mis amigas me buscaban y los mensajes me ayudaban, pero entendieron que quería estar sola aunque nunca faltó un “cuando quieras volver, aquí estoy, te quiero”, y ese silencio aclaró mi mente cuando el ruido no podía hacerlo.

Mi vida es ahora muy distinta a lo que era hace dos años cuando viajé por primera vez a Montreal, cuando estaba feliz y enamorada. Pero no es peor, tampoco es mejor, solo es diferente, yo soy diferente, más sabia.

Gracias a que hace dos años fui valiente y empaqué para irlo a ver y hace poco más de seis meses fui valiente y empaqué para defender mi corazón, ahora puedo decir que sé que la vida se complica día con día, que jamás será sencilla, que no puedo pedir que el año que viene sea mejor y no pienso esperar a que las cosas se pongan fáciles para ser feliz.

Soy feliz ahora porque me di cuenta que sin importar lo que suceda, me tengo a mi, cuento conmigo y puedo salir adelante. Gracias a este “amor bonito” que viví una temporada de mi vida, aprendí que ahora quiero un amor sano, inteligente, maduro y tranquilo.

Hoy reescribo la historia, así como hace dos años iba llena de ilusiones en un avión hacia Montreal, ahora estoy igual de ilusionada porque me conozco mejor, porque sé que cuando quiero algo, lo consigo, lucho por eso y trabajo para lograrlo. Porque así como tres años y medio luché por esa relación, cuando vi que no había nada más por qué luchar, que estaba sola en una relación de dos, luché entonces por mi y puedo luchar por muchas cosas más. Porque sé que él no se llevó mi capacidad de amar, no se llevó mi alegría, mi paz mental, mi sentido del humor. Fui capaz de compartirla con él pero se quedó conmigo, él se llevará historias compartidas, pero no se llevará lo mejor de mi, porque eso fue, es y será siempre mío, porque esa soy yo.

Gracias a quienes estuvieron conmigo en todo este camino, no tuve el cierre que yo deseaba y que nos merecemos todos en una relación, siempre fui consciente de que algún día podría terminar pero nunca pensé que sería así, las puertas mal cerradas duelen, pero tengo el cierre que yo trabajé y que tanta paz me da.

Hace muchos años quería sentirme valiente y la vida me dio la oportunidad de serlo. Hoy me siento con mucha paz y eso no tiene precio. Hoy tengo una nueva cicatriz y me siento muy orgullosa de ella.

Sané mis heridas.

Abrazo a quienes están ahora mismo viviendo un duelo.