El traicionero duelo a la muerte de un perro.

Hoy me desperté, hice lo que hago todos los días al despertar, la rutina normal de bajar a mis perras a hacer pipí, darles de comer, hacer el desayuno de mis hijos, el lunch, vestirme en friega, llevarlos a la escuela, enojarme porque salimos tarde (siempre), preocuparme por el tráfico, regresar a mi casa y por fin: meditar.

Esta rutina es la que hago siempre a menos que vaya a hacer pilates o a correr, y lo único que cambia es que no regreso a mi casa a meditar, pero funciono en automático, todo lo que hago lo tengo que hacer porque si no, no se hace. Y funciono, esté como esté de ánimo, humor, si dormí bien o pésimo, funciono.

Hoy iba todo bien, en estos días, gracias a que quiero hacer unos trabajos para unos amigos, he vuelto a trabajar en lo que tanto me gusta: hacer cianotipia (sería largo de explicar pero es un proceso de reproducción de imágenes en papel o tela mediante una emulsión que hago con unos químicos o sales y se expone al sol, algo que de verdad disfruto muchísimo).

Esta semana decidí ser más productiva y ver menos redes o mis chats de Whatsapp, que los disfruto mucho pero me quitan tiempo, sobre todo en la mañana, así que en cuanto regresé de la escuela de mis hijos me puse a meditar, estuvo muy rico, me sentía muy bien, decidí hacer ejercicio en casa porque no me gusta dejar a Morrita (mi nueva perrita adoptada) sola mucho tiempo y porque quería ponerme a trabajar cuanto antes. Así que mis planes eran meditar, hacer ejercicio, bañarme, desayunar, tomar café, empezar mis cianotipias y terminar un bordado pendiente.

En algún momento dudé acerca del ejercicio (por floja, no por otra cosa) pero pensé que seguro me ayudaba a tener mejor ánimo, el ejercicio siempre te dota de hormonas de felicidad, entonces con todo y flojera me puse a mover el cuerpo mientras Morrita y Salsa me veían desde el sillón y yo las envidiaba. Empecé a sentirme mejor, sobre todo a estar muy orgullosa de mi misma porque no había ganado esa voz que me decía que no hiciera nada hoy.

Terminé el ejercicio y poco me faltó para echarme porras, me sentía invencible. Empecé a estirar los brazos, las piernas, la espalda… y cuando estaba de pie, con el torso hacia abajo tratando de tocar con la mano derecha el tobillo izquierdo para hacer una torsión de la espalda y estirar, empecé a llorar… ¿Por qué? por Tostada ¿por qué en ese momento? no tengo idea.

Justo cuando uno cree que ya está casi del otro lado del dolor, que ya pasó lo peor, que esos días de recordar, extrañar y llorar ya se fueron, viene un momento en el que el duelo te dice “oyeeeee no, ya te fijaste que no está Tostada, te acuerdas que siempre que hacías ejercicio te acompañaba, estás consciente que ya no existe…” y así ¡PUM! el corazón roto otra vez.

No crean que solo se me salieron las lágrimas, no, lloré muchísimo, no dejé de estirar, seguí haciendo lo que estaba haciendo solo con una tristeza enorme.

En cuanto terminé, vi a Salsa en el sillón y la fui a abrazar y le dije “Salsa, lo siento, se nos murió Tostada, no debes de entender nada, pero si yo que entiendo todo, la extraño tanto, no me imagino lo que tú debes sentir, lo siento de verdad Salsa, lo siento tanto” y seguí llorando.

Vi a Morrita cómo nos observaba y le dije “Morrita, preciosa, no vienes a llenar el hueco que dejó Tostada, eres única, tienes tu propia personalidad y vienes a dar y recibir mucho amor, tranquila no nos tienes que sanar”.

No entiendo las fases del duelo, no soy psicóloga, tanatóloga, coach de vida… solo soy una persona que está tratando de entender las emociones que le pasan por enfrente y las atrapa.

Pensé que iba muchísimo mejor, pero es que la muerte es tan absoluta, tan definitiva, que a veces quisiera un horario de visita para ver a Tostada, supongo que a todos los que pasan por estas pérdidas les pasa lo mismo, solo quieres un segundo, un abrazo, un beso, un momento especial para llenar el tanque del corazón y seguir. Pero no se puede.

Un serio problema de las personas que pasamos por el duelo de perder a un animal, el que sea, con el que tengamos una historia de amor de muchos años, es que nos sentimos incomprendidos por “ridículos”. Habiendo tantos problemas en el mundo, la situación terrible en Turquía, Siria, Croacia… Tantas madres buscando a sus hijas desaparecidas, tantas familias rotas por culpa de la delincuencia, tanta gente que se queda sin trabajo, que no tiene nada que comer, tanta injusticia, tantas enfermedades, tanto dolor en el mundo y uno roto por la muerte de un perro, ay por favor, debería de estar agradecida por todo lo que tengo y no estar pensando en lo que no tengo, debería de estar mejor porque ya pasaron dos meses, debería de estar feliz porque tengo un perrito que me empieza a querer, debería de estar, debería de estar, debería de estar…

Ayer leí un post de Lamargeitor (bloguera mexicana) titulado “Disculpe las molestias” en el que, entre otras cosas (vale la pena leerlo) decía que no son competencias y me gustó mucho porque me dio paz.

No son competencias, no es a ver quién sufre más o quién tiene una pena más grande. No tengo que justificarme ante nadie por el dolor o la tristeza que estoy sintiendo. Si alguien cree que exagero, que es solo un perro, que ya debería de estar bien, que ya tengo otro, que mi situación es privilegiada, déjeme decirle que no tiene idea de cómo debo o puedo vivir mi duelo, déjeme decirle que a mi, más que a nadie, me gustaría sentirme mejor, déjeme decirle que me duele Turquía, Siria, Croacia, Etiopía y México. Déjeme decirle que me llena de tristeza la situación de miles de migrantes que no tienen hogar y déjeme decirle que eso no evita que yo, cada vez que me baño, me descubro buscando a Tostada porque abría la puerta del baño para esperarme junto a la regadera, que extraño tenerla a mis pies abajo de la estufa porque siempre que me hacía el desayuno estaba junto a mi por si algo se me caía y que tuve que cambiar de lugar para meditar porque siempre que lo hacía, al abrir los ojos, la veía frente a mi, acostada en el piso frente al patio y que es doloroso hacerlo sin ella.

A todas esas personas que están sufriendo la pérdida de su amado perro, gato, hámster, pez, erizo… quiero decirle que las entiendo, que el hueco se sufre a cada momento, pero que lo peor es sentirse ridículo y juzgado, lo peor es sentirse apenado porque está tristeando por un animal cuando hay tanto por qué sufrir, que se calla esta tristeza muchas veces porque cuando la compartes te da miedo que te digan “oye, se acaba de morir la mamá de Fulanita, esas son penas, ese es dolor” y que las entiendo porque el duelo es traicionero, porque cuando crees que estás muy bien, se presenta el llanto sin entender por qué, que no es ascendente ni lineal, que no tienes por qué entenderlo, que solo tienes que sentir lo que sientes y que alejes por el momento a las personas que te hacen sentir mal porque “no superas la muerte de un animal”.

Yo confieso, ya sin miedo a sentirme ridícula, que tengo un cuaderno donde le escribo cartas a Tostada, y se llama así: “Cartas a Tostada” y que ahí me desahogo y no me callo nada, nadie lo va a leer, nadie va a saber que todas las madrugadas las busco y se lo escribo y que siempre empiezo una carta diciendo “Hola Tostada…” y termino “sigo llorando, te sigo extrañando, te sigo queriendo y quizá hoy un poco más”.

No escribo esto para ayudar a nadie, solo quiero compartir mi duelo porque a lo mejor alguien lo lee y piensa “si la ridícula de Diana le sigue llorando a Tostada, yo puedo llorarle a Firulais a gusto sin sentirme tan mal”. Porque eso, encima uno llora con culpa, con pena, con la ridícula idea de no ser ridículo.

La muerte es absoluta y definitiva, no hay marcha atrás, es dolorosa pero es inevitable. No hay mas que empezar a reconciliarse con la idea de que siempre nos hará falta Tostada, Firulais, la Moka, el Barrabás o Solovino.

Hace unas semanas, Rosa Montero, mi escritora favorita, me dijo cuando le pregunté en un “en vivo” que hizo en su Facebook si lo que escribía tenía que servirle a alguien: “la escritura nunca puede ser utilitaria, estoy harta de decirlo, tú no escribes para serle útil a nadie… Escribes para intentar aprender algo, escribes porque lo necesitas, escribes para ti, para intentar poner un poco de luz en tu oscuridad y si pones un poco de luz en tu oscuridad , tú pondrás un poco de luz en la oscuridad los demás, porque todos somos iguales muy en el fondo, muy dentro de cada uno de nosotros estamos todos…” (entre otras muchas cosas que me dijo), así que eso, escribo esto para tratar de entenderme, de entender el duelo, de poner algo de luz en mi oscuridad, si a alguien le sirve y le pone luz, bendito sea, pero si no, yo por lo menos ahora me siento un poco mejor, ahora por lo menos puedo seguir el día, puedo ir por mis hijos a la escuela, puedo comer con ellos, puedo llevarlos al fútbol, puedo hacer todo eso con la tristeza que me acompaña desde el 6 de diciembre pero sin culpa. Puedo seguir disfrutando momentos lindos y divertidos y sentirme agradecida por muchas cosas que tengo, con todo y la tristeza que me acompaña. Puedo hacer todo eso sabiendo que quizá pasen cinco días sin llorar y que de pronto un día llegará y ¡ZAZ! volverá… pero que parece ser que el duelo así es…traicionero y, quizás, ridículo.

Sin amor, no valdría la pena vivir.

Empiezo este post sin saber cómo titularlo. Se me ocurrió “La grinch de San Valentin” o quizá “La grinch del amor”, luego pensé en “El amor nos salvará” y también “Todo lo que necesitas es amor”, pero eran super comerciales y no me convencieron, así que decidí hacer lo que muchas veces hago y lo que recomienda la gran escritora Rosa Montero, empezar a escribir y dejar que el título llegue a mi.

Hoy es 14 de febrero, Día de San Valentín, y para muchos es un día terriblemente comercial en el que la mercadotecnia nos ha hecho creer que la mejor o única manera de celebrar es teniendo una pareja y que le escurra miel por los poros de amor por ti y te lleve a comer a un lugar delicioso, con el coche lleno de globos metalizados color rojo en forma de corazón y te regale una joya preciosa, de preferencia con un diamante, también en forma de corazón. Y eso, cuando no llega, puede llenar de frustración, así que es más fácil decir que eres un grinch y que odias el día porque es pura mercadotecnia (yo era esa persona).

Y es que no crean, tuve en su momento “galanes” que me decían “es pura mercadotecnia, el amor se festeja todos los días, yo odio que la gente crea que tiene que regalar algo para festejar” y yo pensaba “este cabrón (perdón el francés) no quiere gastar y es más fácil decir que él celebra su amor todos los días con hechos, no tarjetas ni flores” (cosa que tampoco hacía pero qué lindo se oye), a lo que uno generalmente contesta “ay sí qué horror, cuánta cursilería” como medio de defensa para tampoco tener que regalar nada y para no frustrarse porque tu novio/amigo/galán no quiere ni regalarte una ridícula flor.

Pero he cambiado de opinión. Y esto no es porque ahora tenga un novio cursi que le gusta celebrar el amor y hablarme temprano para decirme lo mucho que me quiere y que desearía poder celebrar juntos (que sí lo tengo y sí lo hizo y sentí bien bonito) pero no, no es por eso, es porque en los últimos días, o semanas… más bien meses y tendría que decir años, que venido comprobando que tengo mucho amor a mi alrededor, y que lo único que salva a la humanidad de la deshumanización es el amor.

El amor a tu pareja, el amor a tus amigos, el amor a tus padres, a tus hijos, a tus compañeros animales (llámese perros, gatos, ratones, canarios, loros…). El amor a tu trabajo, a tu libertad, a la justicia y, sobre todas las cosas, el amor que más me gusta, el amor desinteresado al desconocido. ¿Habrá un amor más puro y más bonito que el amor a esas personas que no conocemos y que sin embargo queremos ayudar o rescatar?.

En los últimos años he intervenido en varias campañas sociales en las que haces colectas de dinero o ropa, comida o productos varios para gente que desesperadamente lo necesita. Por ejemplo en el terremoto del 2017 (para no irme hasta 1985 que también lo viví). También recuerdo cuando fui voluntaria en la Cruz Roja de México cuando el huracán de Guerrero y estaba con un montón de voluntarios más armando cajas de despensa y no nos conocíamos entre nosotros, sin embargo la energía de amor era enorme. Ese amor desinteresado que te hace estar horas parada juntando arroz, frijol, mermeladas y mayonesa, donado por alguien que no conoces y armando cajas para enviar a alguien que jamás has visto ni verás, no puede ser otra cosa que una manera enorme de amar. Recuerdo cuánto me conmovió leer un mensaje escrito en una botella de mayonesa que decía “ánimo, no estás solo”¿quién lo escribió? quien sabe ¿quién lo va a leer? quien sabe, pero ahí había amor del más puro desde mi punto de vista.

También en los últimos años he sido testigo de un amor precioso al ser voluntaria en una escuela para niños con discapacidad, con mi preciosa Tostada, y ver lo que se esfuerza el patronato de esa escuela por mantenerla abierta, debido a la falta de recursos, se ven en la necesidad de trabajar todos los días para conseguir donativos, solicitar gente que apoye con becas a los niños y tratar de solventar todos los gastos para pagar a maestros que ganan poco pero están ahí por amor a los niños que, sin esa escuela, no tendría oportunidad de aprender ni rehabilitarse. ¿Qué ganan estas personas de ese patronato de la que una vez fui parte al batallar tanto para mantener esa escuela abierta? NADA, absolutamente NADA, nada más que sentir caliente el corazón cada vez que cae un donativo y saber que Mateo o Lupita o Iván, van a seguir yendo a su escuelita porque gracias a ti tiene un lugar seguro a dónde ir.

Para no irme tan atrás, las últimas semanas he recibido yo una cantidad ENORME de amor. Primero el día de mi exposición de Fotobordado, que se llamó “Abordando mi territorio, resignificando la historia” en la que mostré el trabajo que hice durante la pandemia bordando fotos antiguas de las mujeres de mi familia y algunos trabajos más de todo lo que he ido aprendiendo. Ahí estaba yo rodeada de un montón de gente que veía mi trabajo y me felicitaba. Ahí estaban las fotos de mi familia viendo todo el amor que se me demostró ese día, puedo honestamente decir que yo estaba desbordada. No lo esperaba, había hecho todo con muchísimo miedo porque me expuse completita, y todo fue precioso, el amor de mis amigos, de mi familia y, una vez más, de desconocidos que cayeron, me rebasó y me conmovió mucho, me hizo creer que haga lo que haga, siempre tendré amor a mi alrededor.

En diciembre murió Tostada y recibí una cantidad de amor y cuidados de la gente que me quiere que no sé cómo habría hecho sin su apoyo y su cariño. Cuando anuncié que había muerto Tostada, pedí que no me mandaran mensajes porque no era capaz de contestar y me apenaba. Sin embargo la gente que me quiere no hizo caso de mi ridículo pedido, me escribían diciendo “no tienes que contestar, pero te quiero y quiero que sepas que aquí estoy para ti”. Hubo mensajes de gente que no conozco en persona pero que son amigos de redes como Instagram que me conmovieron tanto que sé perfecto quienes son. Es cuando sabes que pase lo que pase, cuentas con el amor de personas que ahí estarán siempre para ti. A todos los que no me hicieron caso y me escribieron, me mandaron regalos y me preguntaron un simple “¿cómo estás?” los tengo en el corazón y los celebro hoy, y sé quienes son. Puedo no acordarme de qué tengo que hacer en las próximas dos horas, pero jamás olvido a alguien que me hizo sentir querida.

Otro ejemplo de amor fue el que me hizo sentir Mon Cochón una noche en Montreal. Estábamos viendo una película y eran alrededor de las 12.30 de la noche, en pijama y calentitos mientras afuera hacía un frío tremendo, le dije “hoy hace cuatro semanas fue el útmio día que vi viva a Tostada”, me abrazó, seguimos viendo la película y de pronto veo por la ventana que empezaba una nevada divina, con unos copos enormes que jamás había visto (él sí) y me dieron ganas de salir a caminar. A 12 grados bajo cero, ya en pijama y con calefacción, le dije “podemos salir a caminar tantito” y me dijo que sí, se levantó, se vistió, se puso su gorro y me dijo “vamos”. Fue una nevada preciosa con unos copos enormes que al principio se sentían divino, cuando vio mi cara de felicidad me dijo “vamos a caminar al río”, él no venía preparado para ese frío que sentimos porque pensó que solo saldríamos a ver la nieve, pero Mon Cochon quiere verme feliz, así que caminamos y caminamos y caminamos muertos de risa porque la nieve empezó a caer con más fuerza y lastimaba la cara. Llegamos al río y era precioso, PRECIOSO. Siempre le agradeceré ese sencillo acto de amor, porque alguien puede decirte que te quiere mucho, pero si no lo demuestra, de poco sirve.

He vivido muchos tipos de amor, el de mis papás al irme a echar porras cuando corrí el maratón llenos de orgullo, al ayudarme con mis dos hijos desde el día en que nacieron porque al ser dos al mismo tiempo se dieron cuenta que yo sola no podría, al apoyarme cuando me separé de mi esposo, de manera amorosa e incondcional, al hacerme mi mamá huevito revuelto, chilaquiles, chiles rellenos o mandarme queso porque sabe que todo esto lo disfruto muchísimo. Al tener un papá que si viajo o lo necesito, pasa, recoge y lleva a mis hijos a donde sea que quieran ir porque para eso tienen un abuelo que está presente.

Mis hijos tienen 18 años y son secos como el desierto como buenos hombres adolescentes y, sin embargo, siempre encuentran la manera de demostrarme que me quieren, hay que estar muy receptivo porque con ellos nunca se sabe, pero siempre hay un momento en el que digo “sí me quieren”.

El amor incondicional de Tostada, Salsa, en su momento Chuleta y ahora Morrita. Ese amor que sentimos por los perros y ellos sienten por nosotros, es una de las manifestaciones más claras que hay de que el amor incondicional existe y sana.

Eso… el amor sana, el amor cura, el amor repara, el amor te arma, el amor te impulsa, el amor te mantiene vivo, el amor te hace sentir que puedes seguir, el amor hace que, en un mundo en el que podría se cada día más desalmado, mientras exista amor, hay esperanza de poder seguir.

Así que si me lo permiten, sin globos metalizados rojos en forma de corazón, sin flores y sin anillos con diamantes, sin bombones ni chocolates ni tarjetas, yo celebro el amor, celebro que nos siga manteniendo vivos, celebro que haya gente que sigue deseando querer y ser querido, porque el día que podamos vivir sin amor, será un día que ya no valga la pena vivir.

Feliz día del amor.

El último día de Tostada.

Hoy hace dos meses fue el último día de vida de mi preciosa Tostada, he decidido no recordar el día en que murió sino tratar de celebrar el último día que vivió.

Para escribir este post puse música que me gusta, quiero tratar de transmitirles el maravilloso ser que fue Tostada y quizá así entiendan mejor por qué todavía me duele el corazón, lo escribo y se me llenan los ojos de lágrimas, es inevitable, no sé cuándo será el día en que si pienso en ella no llore. Pero tendré paciencia porque además se merece cada lágrima que sale de mis ojos y porque el duelo no es lineal, vas y vienes, y es diferente para cada persona, un día a la vez.

Tostada llegó a mi vida en marzo del 2011, en un momento en que me tambaleaba y, sin saberlo, estaban por venir momentos terribles para mi.

Acababa de morir mi adorada Beagle que se llamaba Chuleta, de una manera inesperada, había amanecido “rara” así que llevé a mis hijos, que tenían 6 años, a la escuela y me fui al veterinario. Fue un día horroroso porque me dijeron que tenía baja frecuencia cardíaca y que se quedaría en observación, una hora más tarde me dijeron que tenía una hemorragia interna debido a un tumor que tenía en el bazo y se estaba desangrando por dentro, lo primero que le dije al veterinario fue “¿y el cáncer se puede tratar?” a lo que me contestó “el cáncer es lo de menos, se está muriendo desangrada, hay que conseguir urgente donadores de sangre para tratar de estabilizarla y poderla operar”.

Conseguimos los donadores (gracias Sylvia, ese día empezaste a mejorar mi vida sin saberlo), la estabilizaron, la pudieron operar pero al final de la cirugía tuvo un paro cardíaco, trataron de salvarle la vida y recuerdo las escenas como sacadas de una película en la cuál veíamos cómo le daban choques eléctricos en el tórax, ella brincaba pero no respondía, hasta que les grité a los veterinarios que pararan, Chuleta no podía sufrir más. Murió un 5 de febrero. Se me rompió el corazón.

Días muy tristes siguieron, fueron dos semanas terribles de llorar sin parar, no quise hablar por teléfono con nadie porque no controlaba el llanto y no sabía cómo ni cuándo estaría mejor, hasta que de pronto llegó a mi celular la imagen de un Golden adulto en adopción, recuerdo que siempre había querido un Golden pero pensaba que para eso necesitaba una casa enorme y un jardín inmenso y me resigné a no tenerlo nunca, pero se me iluminaron los ojos y le hable a Sylvia, que tenía varios Golden, para preguntarle si consideraba que yo podría tener una adulta ya que si no era cachorro, sería más difícil que acabara con mi casa.

Me dijo que si estaba lista para tener otro perro, ella tenía a la cachorra perfecta para mi, se llamaba Greta, tenía tres meses y medio, había crecido con ella y sus hermanitos y cuando le pregunté por qué decía que era la perra perfecta para mi me dijo “porque es una perra feliz”, lo recuerdo como si fuera ayer, jamás lo olvidé porque fue, es y será siempre perfecta para mi.

Me mandó una foto y parecía un osito de peluche, con una pelota de tenis en el hocico y me enamoré, me dijo que fuera a conocerla, fuimos mis hijos, mi mamá y yo y cuando la vi corriendo hacia mi, supe que era ella, era perfecta, era para mi pero, sobre todo, era para mi corazón.

Le cambiamos el nombre, la historia es larga y no vale la pena contarla, pero la llamamos Tostada. Fue una cachorra terrible, yo no tenía idea de adiestramiento canino, hacía lo que podía con la Godzilla que tenía en mis manos, mientras comíamos en el comedor, se subía a la mesa arrasando con todo. Cuando la llevábamos en el coche, brincaba de un lado a otro de la cajuela hacia los asientos, hacia la cajuela, hacia los asientos… hacia la cajuela… hacia los asientos… ERA MARAVILLOSA.

Mis hijos estaban chiquitos y crecieron esos primeros meses juntos, Salían en la patineta y salía yo con Tostada a verlos, tengo un montón de fotos de esos días y sin embargo ahora siento que no tengo suficientes. Mis tres cachorros eran felices, en ese entonces. Tostada y mis dos niños me hacían la vida imposible y feliz.

Unos 8 meses después empezó la misión de Tostada, reparar mi corazón.

Se acabó mi matrimonio, en octubre me separé de mi esposo y empezó mi época oscura. Empecé a vivir momentos que odiaba con todo mi corazón como cuando mis hijos se iban los fines de semana con su papá y sentía que se me abría el piso, pero Tostada lo reparaba. Cuando se iban de viaje y yo no iba con ellos, Tostada se quedaba, cuando lloraba a escondidas, Tostada me acompañaba.

Tostada hizo lo que pudo y lo hizo bien, lo hizo perfecto. Empezó también a acompañar a mis hijos en su proceso de duelo por su papá y también lloró con ellos. Unos años más tarde los acompañó en la espantosa adolescencia y se convirtió en su válvula de escape. Cada vez que estaban tristes o enojados y me odiaban con todo su corazón, abrazaban a Tostada y se sentían mejor. Empecé a ver cómo tenía cualidades sanadoras y cómo podía ser capaz de abrir tu corazón para ponerle un poco de luz y hacerte sentir mejor.

Años más tarde, empecé a cuidar alguno que otro perro como favor a mis amigas cuando se iban de viaje y empecé lo que más tarde se llamó “La Casa de Tostada”, una pensión casera para perros sin jaulas y que vivían en mi casa como si fueran de la familia.

Fueron ocho años en los que Tostada me tuvo toda la paciencia del mundo, cada vez que entraba un perro en la casa, me veía con cara de “es en serio… otro perro…” pero jamás fue agresiva con ninguno. Había algunos con los que jugaba pero yo sentía que no era algo que le encantara, tenía que compartirme aunque siempre respeté su lugar en la casa, solo Tostada tenía acceso a mi cama y había cosas que solo hacía con ella, para que entendiera que aquí seguía siendo la reina. Ocho años me aguantó mi preciosa Tostada, ocho años que me ayudaron mucho a entender a los perros, aprendí a comunicarme con ellos y, aunque fue agotador porque cada vez descansaba menos días al año y veían más y más perros, fue maravilloso ver a mis hijos crecer rodeados de ellos.

Un día una amiga me mandó un video en el que un Golden, que era Perro de Terapia, ayudaba a un niño que había sufrido un accidente a rehabilitares jugando, “Yo quiero hacer eso con Tostada” pensé.

Busqué información al respecto y un día por fin dí con Bocalán México. Cuando algo se me mete en la cabeza, no se me sale hasta que lo hago. Empecé a estudiar un diplomado en Terapia Asistida con Animales y Tostada y yo estudiábamos juntas, fue una de las mejores épocas de mi vida. Nos íbamos los jueves, viernes, sábados y domingos a la escuela. Teníamos que tomar carretera y acompañadas de música y con un paisaje boscoso éramos muy felices. Cuando había mucho tráfico Tostada se acercaba a mi entre los asientos y yo cantaba y tomaba video, empezó lo que llamé “Carpool Tostada”. Tengo un montón de videos y sin embargo no tengo suficientes.

Cuando hicimos nuestro examen juntas fue maravilloso. Creo que fue la primera vez que hice verdadera consciencia de cómo Tostada me entendía con la mirada, nos hablábamos sin hablar. En el examen tenía que enseñarle en pocos minutos un truco nuevo, recuerdo que tenía que enseñarle a tomar una cubetita con el hocico y caminar conmigo con la cubetita sin soltarla. Recuerdo haberla visto a los ojos y pedirle en silencio “vamos Tostada, sí puedes, podemos juntas…” y lo logramos. Por lo tanto no solo yo pasé el examen, Tostada se llevó un diploma también y lloré de emoción porque juntas habíamos logrado lo que yo consideraba casi imposible.

Vinieron meses de hacer trabajo como voluntarias. En el 2017, en el terremoto de la Ciudad de México, nos pidieron que fuéramos un albergue para leer cuentos con los niños, fue precioso. Como no tenía un peto especial que se les pone a los perros de trabajo, le puse unas alas que alguien nos había donado para los niños. Así que Tostada iba con sus alitas y los niños la consideraban un perro con alas. Una especie de hada, una perrita con magia. Y eso era.

Fue un momento muy difícil para mucha gente pero muy lindo para mi, Tostada y yo hicimos muchas cosas juntas. Nos subíamos al coche y visitábamos gente que necesitaba reír. Visitamos zonas de desastre, visitamos a los “Topos” que trabajaban en derrumbes y en sus tiempos de descanso acariciaban a Tostada. Fuimos a la zona donde estaba el edificio de Álvaro Obregón para acompañar y dar consuelo a los rescatistas que estaban extenuados y a las personas que estaban esperando noticias de sus familiares desaparecidos. Recuerdo en especial una anécdota: Se me habían acabado los premios porque estuvimos más tiempo del que yo planeaba, Tostada amaba la comida y jamás pude quitarle las ganas de robársela, así que la distraía con premios, pero al haberse terminado, tuvimos un serio problema porque estábamos pasando por la zona de comida donde había gente voluntaria dando de comer a rescatistas y familiares, se sentaban en la calle, sin mesa, con los platos en las piernas y yo veía los ojos desorbitados de Tostada deseando robarse un taco, la veía babear y tenía miedo de que pasara lo que pasó… de pronto me distraje una milésima de segundo que era lo que Tostada necesitaba para acercarse a una persona y robarse un taco. Lo que yo consideraba lo peor que podía pasarme, pasó a ser un momento de diversión y un segundo en el que se olvidaron de la tristeza las personas que vieron la escena. Todos los que lo vieron rieron mucho, yo no podía creer lo que había pasado. Un perro de terapia robándole el taco a una persona que estaba a la espera de saber si un familiar suyo que estaba desaparecido había sobrevivido o no. Tostada no pensó en eso, no, ella solo quería ese taco de tinga que le supo a gloria y el dueño del taco se rió y me preguntó si le podía dar otro.

Esa era Tostada… esa perra feliz que quería estar conmigo y comer… nada en la vida le importaba más.

En las reuniones del club de lectura se portaba fatal, se convertían en un campo de batalla para mi y lleno de oportunidades para ella. Varias veces fuimos a dar a hospital en la madrugada porque se había robado algo que le había hecho daño. Una vez fuimos a las cuatro de la mañana porque no paraba de caminar y me imaginé que algo malo pasaba, le tomaron una radiografía y me dijeron “no tiene más croquetas en el cuerpo porque no le cupieron”, cuando vi la imagen no sabía si reír o llorar. Se había robado el costal de croquetas y se lo había comido todo, eran cerca de 5 kilos.

Tostada fue siempre feliz, mientras estuviera conmigo, era feliz. Empezamos a trabajar de voluntarias en una escuela para niños con discapacidad de bajos recursos, La Gaviota. Tostada entendía perfecto lo que tenía que hacer en las sesiones. Seguía mis instrucciones con los ojos, jugaba con los niños con parálisis cerebral y les llevaba la pelota para que trataran de aventarla. Jugaba boliche gigante con los niños de kinder I. Se dejaba acariciar y untar espuma de los niños con Síndrome de Down. Escuchaba con atención rodeada de niños los cuentos que yo leía y se dejaba colgar collares hechos con Frutilupis por los niños de Kinder III. Y cada vez que salíamos de La Gaviota cantábamos de regreso y yo me sentía llena, sentía que el esfuerzo valía toda la pena. Ver a los niños sonreír y gritar “¡Hola Tostada!” cada vez que llegábamos hacía mi vida plena.

Llegó la pandemia y Tostada y yo no dejamos de trabajar, hacíamos lo mejor que podíamos por zoom, “Tostadazoom” lo llamaba yo. Y siempre aprendía cosas nuevas.

Para mucha gente el encierro fue terrible, para mi fueron dos años de estar con mi preciosa Tostada y mis hijos las 24 horas del día. Seguro fueron los años más felices para Tostada porque estaba donde más feliz era. En su casa con su familia.

El martes seis de diciembre del 2022, a las 3:30 de la tarde, Tostada subió lento, muy lento, las escaleras de mi casa. Veníamos de recoger a mis hijos de la escuela y siempre me acompañaba. Pensé que al bajarse del coche se había lastimado una pata y decidí hacer cita con el veterinario porque algo me decía que era mejor que la atendieran. No quería que pasara la tarde y noche con dolor así que a las 7:30, después de dejar a mis hijos en el fútbol, la llevé esperando que nos atendieran rápido porque yo tenía clase de Historia.

“Tiene dolor abdominal” me dijo la doctora que la atendió. Se me hizo raro porque yo estaba segura que era una pata. Se la llevaron a hacerle una radiografía y tardaron mucho. Esa más de media hora de espera me pareció eterna. Cuando salieron los doctores, vi a Tostada acostada sobre la cama de exploración muy tranquila, pensé que estaba sedada porque casi no se movía, pero no, lo que tenía era dolor. Pasé y me dieron las peores noticias. En la radiografía no se veía algo malo en el abdomen pero en el tórax no se veían los pulmones ni el corazón porque había líquido libre por todos lados, por lo que le hicieron un ultrasonido y vieron en el corazón una masa enorme.

Una masa enorme en el corazón… Si yo les dijera que cada vez que yo representaba a Tostada lo hacía con un corazón enorme en el pecho, no me lo creerían. Tengo un dije de plata que traigo colgado en el cuello con un Golden con un corazón enorme que compré hace muchos años. Cuando estuve en unos talleres de Juegos Colaborativos para la Paz, en una dinámica hice una Tostada con un corazón enorme. Cuando tomé una clase de Papel Maché, hice una Tostada con alas y un corazón enorme.

Siempre lo hice así porque siempre sentí que Tostada tenía un corazón grande lleno de luz y amor que nos daba a todos los que la conocíamos. A los niños de la Gaviota, a los rescatistas en el temblor, a los niños con cáncer que fuimos a visitar a un hospital, a los niños con los que leíamos en los albergues, a mis hijos cuando lloraban, a mi cuando estaba deprimida, a mis amigas cuando la acariciaban… Siempre un corazón enorme y ahora tenía una masa en el corazón que había provocado una hemorragia interna que no la dejaba respirar.

La tuve que dejar en el hospital, firmé una carta donde decía que estaba enterada que era un paciente grave con riesgo de muerte, pero pensé que era solo precaución. Me despedí de ella, estaba tranquila, con los ojos parecía decirme “no te preocupes y ven mañana por mi”, lloré pero jamás pensé que eran mis últimos momentos con ella viva.

Un par de horas más tarde me dijeron que habían logrado drenar parte del líquido en el tórax, que era sangre y que habían sacado muestras de la masa para analizarla en laboratorio.

Un par de horas más tarde me hablaron y me dijeron que era una llamada rápida para decirme que había tenido un paro respiratorio, que estaban practicando resusitación y que me llamarían unos minutos después. De los peores minutos de mi vida, ofreciendo de todo para que se hiciera el milagro, que se salvara, Tostada no se podía morir así, sola, de pronto, sin mi cantándole como siempre le cantaba, no, Tostada no se podía morir.

Minutos más tarde, Tostada murió, eran las 2:30 de la mañana.

Fuimos a despedirnos en ese momento mis hijos, Mary (la señora que trabaja hace años en mi casa) y Estrella (su hija) porque quería verla todavía bien, calientita, quería abrazarla y decirle que gracias a ella, cumplí sueños que solo con ella tuve, que gracias a ella los peores momentos de mi vida fueron superados, que gracias a ella entendí el amor tan grande que puedes sentir por un animal y ese animal por ti, que gracias a ella entendí que la comunicación con los perros es posible y que gracias a ella mi corazón se hizo más fuerte.

Tostada murió por una masa en el corazón, ahora creo que esa masa se creó por tanto amor que dio, no le cupo más en el pecho, no podía dar más y se salió de control.

Sigo despertando pensando en ella, sigo viéndola afuera de la regadera todos los días después de bañarme, sigo deseando sentirla en mis pies cuando hace frío en la madrugada, sigo deseando verla en el patio mientras medito, sigo deseando cantar con ella en el coche canciones de Cold Play o José José mientras hace cara de “otra vez, es en serio…”

Tostada, no puedo sentirme mas agradecida de haberte tenido en mi vida, no puedo creer que hayas sido parte de mi corazón y ahora no estés, no puedo creer que te hayas ido pero puedo aceptar que tu corazón estaba lleno, que esa masa era de tanto amor y que fue la que te ayudó a tomar la decisión de partir.

Me voy a reconciliar con esto preciosa, lo prometo. Hoy hace dos meses, a esta hora, todo estaba bien, no tenía idea que eran mis ultimas horas contigo y, sin embargo, recuerdo bien que estabas acostada al pie de la escalera, me senté en el piso y te canté “you are my sunshine, my only sunshine, you make happy when skies are gray, you´ll never know dear how much I love you, so please don´t take my sunshine away”.

Cada vez que salga el sol, pensaré que ahí estas, my sunshine, my lovely and only sunshine. Te adoro preciosa. Tengo miles de fotos tuyas y, sin embargo, no tengo suficientes.

Me corté el fleco.

No sé por dónde empezar así que empiezo por contarles que me corté el pelo, incluyendo el fleco.

Muchas mujeres entenderán de lo que estoy hablando, para quienes no lo sepan, se los explico.

Por alguna razón, cuando una mujer termina una relación o pasa por un cambio que le está costando mucho trabajo, se corta el fleco, quizá en un intento de hacer un cambio radical que le ayude a olvidar por lo que está pasando o porque piensa que un cambio de imagen le va a ayudar para avanzar más rápido. No lo sé, me encantaría que alguien me lo explicara, porque lo que es un hecho es que la mayoría de las veces terminamos arrepentidas porque el fleco no ayuda en nada, todo lo contrario, nos vemos al espejo y decimos en voz alta “qué demonios estaba pensando”, incluso hay memes y publicaciones que advierten “NO TE CORTES EL FLECO” sin embargo, lo hacemos.

No se asusten, Mon Cochon y yo seguimos juntos, pero el último mes del año fue tremendo para mi, todavía me estoy limpiando las rodillas como cuando te caes y lo único que te queda es ver si el raspón fue leve o te salió sangre, si se te rompió el pantalón o no fue tan grave.

El 2022 había sido un año muy complicado para muchas personas que quiero pero muy bueno para mi. Las cosas que me propuse a inicios de año las pude cumplir y no tuve tiempo de contarles porque no paraba pero en octubre cumplí un sueño que tuve cuando corrí un maratón: hacer una exposición de fotografías antiguas de mis abuelas y las mujeres de mi familia bordadas a mano por mi. Fue INCREÍBLE, no quiero hablar mucho de eso ahora porque quiero estar mucho mejor de ánimo para poder expresar lo mejor posible lo lindo que fue, lo que significó para mi haberlo hecho, haber vencido el miedo de exponer y exponerme y haber recibido tanto cariño y tanto apoyo de la gente que me quiere y también de la que no, de la que me conoce y de la que no me conocía, fue un sueño que trabajé para cumplirlo, trabajé mucho, muchísimo, pero ver a mis hijos ese día, a mi mamá, a mi papá, a mi familia, a mis amigos, reunidos todos para apoyarme, superó todas mis expectativas cuando imaginé con hacerlo. De verdad me siento muy agradecida con la vida, con mi gente y muy orgullosa de mi por haberlo logrado.

Pero todavía seguía viviendo en un sueño divino, todavía no se los había contado porque de esa exposición salió mucho trabajo, cuando se me abrió el piso y perdí el equilibrio, me aventaron, me pusieron pruebas que no me esperaba y es que la vida es así, un día estás en las nubes y en la noche estás en un túnel.

Los primeros días de diciembre se cayó mi mamá, de la manera más inesperada posible, en la noche, en la calle, sacando a Yuri su perrita, a quien unos días antes la habían diagnosticado con un cáncer muy agresivo y el veterinario daba como única solución cortarle una patita trasera. Lo estábamos sufriendo mucho cuando de pronto sucede este accidente que le rompe a mi mamá la rodilla, el cuál la mandó al hospital y le dijeron que había que operarla.

Así que después de tener unos días ajetreados para agendar la operación de mi mamá y la de Yuri, se decidió que sería el mismo día, en la mañana operarían a Yuri y en la tarde a mi mamá, así las dos estarían hospitalizadas al mismo tiempo y se recuperarían en casa después los mismos días.

El día anterior a la cirugía, cuando todo parecía en calma, Tostada (mi compañera del alma, una Golden preciosa de 12 años) se sentía rara en la tarde, algo no me parecía bien porque no quería caminar, supuse que se había lastimado una pata y la llevé al veterinario a las 7:30 de la noche pensando que le inyectarían un analgésico y listo, pero seis horas después murió y se me rompieron el corazón y el alma al mismo tiempo mientras trataba de digerir lo que estaba pasando, no puedo ahora entrar en detalles porque Tostada se merece un post para ella sola, pero esa noche fue terrible para mis hijos y para mi, pasamos la noche en vela y a las 6 de la mañana, como pude, me bañé para llevar a mi papá al hospital veterinario a llevar a Yuri para que le amputaran la patita y estuvimos ahí todo el día. Yo estaba como adormecida suplicando despertar de la pesadilla y darme cuenta que Tostada no había muerto. Pero nunca desperté. Del hospital veterinario nos fuimos al hospital donde más tarde operarían a mi mamá. Fue un día que todavía no sé cómo sobreviví. En realidad fue una semana que no sé cómo sobreviví.

Todo se fue acomodando, mi mamá se ha ido recuperando, lento pero va bien. Yuri tiene ahora tres patitas y ha sufrido mucho pero se ve cada día más alegre, y, como les digo a mis papás, está viva.

Tostada no regresó.

Tostada no va a regresar.

Eso no se acomodó.

Agradezco muchísimo todos los mensajes de la gente que me dice que es un ángel que me cuida desde el cielo, o que me está esperando a la orilla del arco iris, pero yo la quisiera aquí. Ella sabía perfecto cómo consolarme y cómo alegrarme la vida y ahora, que la necesitaba mucho, la extrañé como nunca.

Tengo a Salsa, mi perrita loca tercermundista rescatada de maltrato que ha hecho lo que ha podido, pero en lugar de consolarme, me tuve que enfocar en ayudarla yo a ella. Tostada era como su mamá, como su hermana mayor, Salsa era su rémora, y ahora no se “hallaba” sin ella. Cada día más triste dejó incluso de comer. Y eso me entristeció aún más.

Gracias a Dios a finales de diciembre fui a ver a Mon Cochon a Montreal y pasamos unos días increíbles, fueron dos semanas durante las cuales tuve momentos buenos y otros no tanto, pero él siempre se esmeró en alegrarme la vida, objetivo que cumplió, me alegró la vida. Pero había que regresar…

Hace una semana sentí que tenía que hacer algo más, y fue cuando sentí la necesidad IMPERIOSA de cortarme el pelo, después de tanto tiempo de traerlo largo, me urgía un cambio, así que fui y lo hice, “córtalo todo” le dije a la estilista, y, cuando había terminado, le dije “córtame el fleco” a lo que me preguntó “¿estás segura?” y asentí pensando “es lo que necesito, tener fleco”… no sé en qué estaba pensando…

Estaré bien, no me queda duda. He sobrevivido a todos mis peores momentos porque aquí sigo. De todo me he levantado y no es ninguna tragedia, no vivo en Ucrania, no estoy en la bancarrota con 10 hijos que alimentar ni tengo una enfermedad terminal, pero reconozco que sigo triste y respeto mi proceso. Aprendí a no comparar tragedias, a no minimizar mi dolor porque hay cosas peores, porque Tostada era “solo un perro” o porque hay gente que está peor que yo.

Tengo muchos planes para este año, espero lograr alguno, al menos uno, porque me puse metas altas, pero si logro terminar este año sin volverme a cortar el fleco, lo consideraré un éxito.

Gracias a todos los que me han acompañado en estos dos meses complicados, gracias a quienes me demostraron que están en las buenas y en las malas, a los que me demostraron que solo eran capaces de estar en las buenas y se fueron en las malas, y gracias a quienes me sorprendieron porque no contaba con ellos y se hicieron presentes porque fueron un regalo increíble.

Enero ha sido interesante, contaré más adelante, pero hoy que empieza febrero, espero que, al menos, me crezca un poco el fleco.