Los zapatos de mi tía María y Rocitos de oro.

Hoy terminan las fiestas patronales de mi familia. Así les digo porque son cuatro días de festividades. El 13 de agosto es santo de mi mamá, el 14 su cumpleaños, luego el 15 es santo de mi tía María y el 16 su cumpleaños. Así que son fiestas como de pueblo, en la familia de mi mamá sí se usaba celebrar el día de tu santo, tradición que se ha perdido en la actualidad, pero nosotros tenemos muy presentes esos cuatro días y mis primos (y algunos hermanos) se siguen confundiendo qué día se celebra el santo de quién y el cumpleaños de cuál.

He escrito sobre mi mamá, mi papá, algunos tíos cuando han muerto y a otros para despedirme porque sé que su partida está cercana, pero nunca he escrito de mi adorada tía María y gracias a Dios hoy lo hago porque tengo ganas de contarles de ella porque hoy es su cumpleaños pero no está cerca su partida ni se ha ido al cielo a celebrar con mis tíos que ya andan por allá (y espero que le tome mucho tiempo más).

Mi mamá es la más chica de 8 hermanos, y mi tía María es la que le sigue para arriba, se llevan pocos años y siempre han sido muy unidas. Tienen el carácter muy diferente pero se llevan muy bien.

Mi tía no se casó y vivió siempre en casa de mis abuelos, a quienes yo visitaba mucho y me encantaba quedarme a dormir. Los primeros años dormía en la cama de mi tía con ella, era una cama individual y más o menos cabíamos, pero ella es muy alta y pronto nos quedó chica, así que ponía un colchón individual en el piso, junto a su cama y yo dormía ahí. Me sentía como en una cueva porque era más abajo de su cama, no la veía y solo la escuchaba, aunque la escuchaba poco porque se quedaba dormida pronto. A mi no me paraba la boca y casi siempre le contaba cuentos, su favorito era “Rocitos de oro”, se moría de risa cuando se lo contaba y yo no sabía por qué, seguro me hacía muchas bolas y lo contaba todo al revés, recuerdo que le decía “no te duermas tía que todavía no acaba” y yo solo escuchaba “mmmhhmm sí te oigo” entre susurros porque ya estaba más dormida que despierta hasta que a mi me vencía el sueño y me quedaba dormida también.

En su clóset tenía unas fotos pegadas, una era de su novio, que me parecía guapísimo, se llamaba Engelbert Humperdinck (recuero perfecto cómo lo pronunciaba ella pero obvio lo tuve que googlear para escribirlo bien) y siempre pensé que su novio tenía un nombre muy difícil y me extrañaba no ver fotos de los dos juntos. Fue muchos años después cuando supe que era cantante y se me acabó la ilusión de conocer a Engelberrsh Humperdik (como yo le decía). La otra foto era una postal ilustrada de una bailarina de flamenco con un vestido rojo bordado y tenía “brillos”, con esa me imaginaba yo vestida así bailando algún día.

En su cajonera con espejo tenía joyas en una base de porcelana y yo me ponía todos sus aretes que eran de presión, en el primer cajón tenía cadenas y collares porque siempre le ha gustado ponerse bonita (como ella dice) y siempre manoseaba yo todo y luego no me acordaba cómo estaba acomodado, seguro dejaba hecho un desastre pero no me importaba porque mi tía jamás me regañaba.

Era muy común que me quedara con ella a dormir y luego en la mañana nos fuéramos a misa de 6, con los ojos pegados y apenas moviendo un pie tras otro pero era lo que se hacía y no se cuestionaba, creo que ella lo ha hecho toda su vida, aunque ahora, en la pandemia, tuvo que adaptarse y ve misa en linea (pero de que escucha misa, señoras y señores, escucha misa todos los días).

Cuando mis papás viajaban, mis dos hermanos mayores se quedaban con mis abuelos paternos y mi hermano menor y yo nos quedábamos con mi tía María. Luego ella me llevaba a la escuela en su vochito (un Volkswagen) verde sin cinturón de seguridad y frenaba de pronto, chocando yo a cada rato con el tablero muerta de risa, todavía me acuerdo de los colores y botones del tablero que también movía yo todos.

Cuando salíamos de su casa hacia la escuela, se ponía unos zapatos HORRIBLES pero “muy cómodos” para llevarme y yo sufría porque me daba pena que mis amigas vieran esos zapatos tan feos, no podía ser que mi tía tuviera un novio tan guapo y unos zapatos de pordiosera, no correspondía, y yo le decía con cara de fuchi “¿así me vas a llevar?¿con esos zapatos nos vamos a ir?” y ella me decía “sí claro, son muy cómodos” y yo quería morir de vergüenza, no se le olvida y siempre lo cuenta muerta de risa.

Mi tía es como la hermana siamesa de mi mamá. Toda la vida he convivido con ella como si fuera mi otra mamá. A donde quiera que vayamos, va mi tía, al museo, va mi tía, a comer, va mi tía. De viaje, va mi tía. Para mi es parte de mi vida, no concibo salir con la familia y que no esté mi tía. A veces les digo a mis amigas que es como mi tía llaverito, porque va siempre como las llaves.

Es relajada y tiene un sentido del humor increíble, otra cosa que recuerdo mucho es que ver con ella los concursos de “Señorita México” o “Miss Universo” era un placer, era garantía de que sería divertido, es bastante ácida y se comía vivas a las concursantes con comentarios como “mira la boca de esa muchacha, se ahoga en la regadera” y así recorría una por una señalando alguna característica usando palabras como “es atacante, quequi (diminutivo de qué quijada), pavorosa, etc”, lo cual hacía muy atractivo ver concursos con ella, peeeeero una película JAMÁS. Es de esas personas que te narra lo que ve todo el tiempo, es como un “close caption” en audio y en español, puede ser desesperante, ir al cine con ella es impensable. Una vez me atreví a hacerlo y llegó el punto en que le dije “tía, estamos viendo la misma película, no necesito que me la narres” a lo que le importó un pepino, me dijo “que odiosa eres” y siguió con su labor descriptiva… Pero es lo máximo.

Algo que me encanta de ella es que es de esas personas que en serio no le importa lo que piense la gente de lo que dice o hace, no tiene filtro, si tiene algo que decir, lo suelta sin medir. Tampoco se fija en las formas ni trata de quedar bien con nadie. A veces mi mamá la corrige y le dice “María, no le has hablado a merenganita para saludarla” y contesta que le da flojera que no lo cree necesario, mi mamá siente mucha pena y trata de hacerla entrar en razón hasta que mi tía termina por hablarle a merenganita para que mi mamá esté más tranquila (o la deje en paz).

Es muy alta y me sorprende mucho lo derecha y fuerte que está. Tiene actitud positiva y una fe en Dios inquebrantable. Reza mucho (nos da risa porque a veces reza con cara de sufrimiento y parece que está a punto de darse una azotes) pero es la persona con más confianza en Dios que conozco, ella sí le deja los problemas en sus manos, acepta el resultado, decide que esa es la voluntad de Dios y sigue adelante.

Siempre anda muy abrigada, incluso en verano trae suéter de lana, y Dios nos libre si se moja porque dice que se enferma. No sale en la tarde si ve que va a llover porque “nos agarra el agua” y recuerdo una anécdota (se va a enojar cuando la lea porque me he burlado hasta el cansancio) en la que le dio gripa y dijo “es que estaba en misa, me cayó agua bendita y fíjate que me enfrié”. Espero que nunca se me olvide porque me rio mucho y eso me alegra, para mi reír es importante.

Algo lindo de ella es que me deja que me ría sin enojarse o sentirse, nada más dice “ay Diana, qué venenosa, ya verás”.

Tiene una memoria privilegiada, pero de verdad sorprendente. Recuerda la edad de todos los sobrinos, en qué año nació Arturo “el de Cuca porque es más grande que Oscarito el hijo de Oscar porque en 1963, cuando estaba Juan Carlos cumpliendo seis años…” y así te suelta datos y fechas con una precisión impresionante. No sé cómo le hace pero recuerda datos y fechas como si hubiera ocurrido ayer.

Muchas amigas mías la conocen como “la tía del pan” porque todos los viernes (antes de la pandemia) íbamos a merendar a su casa pan dulce y chocolate caliente. Me acuerdo que de niña le ayudaba a hacerlo siempre con una cuchara en la mano para que me dejara probarlo cuando estaba derretido en la ollita destartalada antes de pasarlo a la olla con leche hirviendo, era para mi una tradición. Cada viernes era viernes de pan.

Empezó a trabajar muy jovencita y toda su vida laboral la pasó en la UNAM en la Escuela para Extranjeros, trabajo que siempre disfrutó mucho y no se quería jubilar, hasta que vino la pandemia y no hubo mas que quedarse en casa y dejar de salir. Recuerdo que yo me ponía muy nerviosa porque sentía que no se estaba cuidando bien y un día le hablé por teléfono para hacerle ver la importancia de usar gel, tapabocas KN95 y no las mugres que usaba, de que no fuera nadie a su casa y de que no saliera ni al super. Me acuerdo que le dije “tía por favor, la gente de tu edad es el grupo de personas con más riesgo y más vulnerable” a lo que muy ofendida me contestó “¿me estás diciendo vieja?”…. “Tía tienes OCHENTAYCUANTRO AÑOS!!!!”, “ochenta y tres” me contestó.

A veces creo que está sana porque no se casó. No tuvo hijos aunque siempre nos ha visto a mi y a mis hermanos como sus hijos, pero no ha visto a mi papá como un esposo (aunque ha estado con él desde que mi mamá era su novia porque era su chaperón) pero no es lo mismo verlo que estar casada. Mi tía usa la palabra “francamente” muchísimo así el hecho de no tener hijos ni esposo que a estas alturas solo le estén dando lata la tiene francamente sana.

No veo mi vida sin mi tía María. Cuando voy a comer a casa de mi mamá, paso en automático por ella porque siempre va, si hacemos planes para hacer algo, contamos con ella, entra en el paquete porque mi tía María está atada a mi vida.

La quiero mucho, muchísimo. Me hace reír y sé que si tengo algún problema, cuento con ella. Hemos viajado juntas y han sido viajes increíbles. Desde ir a visitar a mi tío Cel a Estados Unidos hasta irme a Acapulco con ella, mi tía Cuca y mi prima Lourdes (fue un viaje muy interesante que debería de contar en otro post que trate solo de ese viaje para poder contar la anécdota de Topo Gigio).

Si me dijeran que en mi siguiente vida puedo escoger cinco personas para volver a estar conmigo, definitivamente pediría a mi tía María para poder ver Miss Universo juntas, para escuchar la palabra “atacante” para poderla oír decir “francamente” y para ser niña otra vez y pedirle que lleve unos zapatos más decentes porque me da pena y volveré a contar “Rocitos de oro” una y otra y otra vez mientras apenas me contesta porque se está durmiendo.

Eres parte importante de mi vida tía y lo has sido siempre. Te agradezco que acompañes a mi mamá y a mi papá también en este viaje de la vida y que seas mi segunda mamá.

Quédate mucho tiempo con nosotros, todavía quiero que me invites una sopita de fideo, la mejor que he comido en mi vida, con salsita verde y te pido por favor que te deshagas de esa mostaza de tu alacena que tiene diez años negra y caduca aunque según tú esté todavía buena porque la mostaza no se echa a perder.

Necesito todavía de tu memoria para que me cuentes historias de Mami y Papá Celes, de mi mamá y tuyas.

Todavía quiero que mis hijos tengan a su madrina presente y se mueran de risa cuando jugamos “Basta!” o Continental.

Todavía quiero hacer muchas cosas juntas, menos ir al cine. Eso no.

Feliz cumpleaños tía, te quiero un montón y no, no estás vieja ni estarás cuando cumplas noventa años.

Gracias por estar en mi vida desde que abrí los ojos y te vi junto a mi mamá.

4 thoughts on “Los zapatos de mi tía María y Rocitos de oro.

  1. Todo un privilegio en la vida tener una “Tia Maria”, que bueno que la aprecias y que le dices lo mucho que la quieres. Disfrútala, apapáchala mucho y que tengas muchos años más con ella!! Felicidades a la tía del pan!!

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