Ay tía Cuquita, está de la chingada…

Hoy, terminando mi último día de meditación de un reto al que me metí de 21 días, mientras trataba de escuchar la música y la voz de Deepak Chopra, no pude dejar de pensar en mi tía Cuquita.

Todavía no puedo creer que haya dejado de vivir en este mundo (porque sé que ahora vive en otro y no creo en la muerte) y que no la veré más en ese cuerpo que tenía.

La ventaja es que siempre que pienso en ella, me río. Solo tengo recuerdos alegres, chistosos, divertidos y de gran aventura.

Mientras Deepak Chopra decía repetidamente Soooo Haaammm yo pensaba en las avipas del jardín en su casa de León, un jardín que yo disfruté cientos de veces en mi infancia. Había muchas flores y con lo miedosa que yo soy, les tenía pánico a esos demonios voladores (así los veía) mientras mis primos me decían “ay Diana no seas miedosa, no hacen nada”. Qué días tan divertidos, soleados, calurosos y maravillosos pasábamos en ese jardín.

También me acordé de los viajes que hicimos, en especial recuerdo el de Mazatlán y el de Orlando, en donde fui muy feliz recorriendo las carreteras por Estados Unidos, recuerdo cuando pasamos por Baton Rouge, en Louisiana, y escuchamos hablar de un tal Jimmy Swaggart y mi tía le decía a mi primo Ramón que se quedara ahí, “¡ándale Mon!, ¡te quedas y te haces predicador!”, lo decía con un dejo de burla pero yo creía que era en serio. No puedo creer que con mi mala memoría vengan esos nombres con tanta claridad…

Recordando Mazatlán, me vino a la memoria el día en el que armamos en la playa una casa de campaña para protegernos del sol, no sé en qué estaban pensando porque nos daba algo de sombra, pero estar adentro era una tortura, si afuera hacía calor, no tienen idea de la temperatura que sentía en el interior de ese plástico que se fundia en nuestro cuerpo y recuerdo a mi tía Cuquita derritiéndose y todos ensopados muertos de risa de la necedad de estar ahí dentro y a mi tía diciendo en su vocabulario muy florido “no, que la chingada, esto me está matando, me siento como en el infierno, de quién fue la pinche idea de hacer esta madre, nos vamos a morir asfixiados todos”  (no es literal pero estoy segura que bastante cercano).

Los que la conocimos, sabemos bien que era imposible que dijera una  frase de 5 palabras sin que en ella hubiera al menos tres “chinga, chingada, chingadazo”. Y nos mataba de risa.

Dicen que las personas que hablan con groserias son más honestas y más frontales, y así era ella, no se guardaba sus opiniones para caer bien, decía lo que sentía y opinaba y punto, a la chingada si te parecía bien o no.

Así que aquí estaba yo, tratando de escuchar a Deepak Chopra pensando en mi tía Cuquita en traje de baño mentando madres.

Desde muy niña tuvo que ser valiente y decidida porque su mamá murió en un accidente de coche, me acuerdo que alguna vez supe la historia y me impresionó mucho, pero eso hizo que nunca se le atorara nada. Tenía una tienda de vestidos de novia y primera comunión en León, Guanajuanto. Yo me iba casi cada verano a pasar una temporada por allá y amaba ir a la tienda, de hecho era famosa la frase de “vamos a la tienda” porque además me encantaba ver cómo atendian a la gente detrás de un mostrador de madera y veía horas y horas los aparadores con los vestidos tipo princesa y, cuando eres niña, te hace ilusión algún día usar uno de esos vestidos, también me encantaba ir al almacén y contar cosas: rosarios, medallitas, crucifijos… Y un día me cumplió el deseo de usar uno de esos lindos vestidos en mi Primera Comunión, ella fue mi madrina y me regaló el mejor vestido que pude tener.

Me acuerdo de los viajes que hacíamos a pueblitos para buscar gente que le hiciera los bordados para esos lindos vestidos. Viajábamos en su camioneta, recuerdo de un lugar donde la tierra era roja, muy roja y a mi me impresionaba su facilidad para meterse en terracería, pueblos angostos con casas de adobe y rancherías. Era toda una experiencia ir con ella y ver cómo negociaba con las mujeres bordadoras o las que hacía alguna artesanía que ella pudiera utilizar para su tienda.

Recuerdo en especial estar por Arandas, en una casa muy humilde y me dieron ganas de ir al baño, con toda la pena le tuve que decir porque estaba en plena negociación y le dijo a la familia que si tenían baño, habían de ver el baño, era un hoyo en el piso y te agarrabas ahí de una cuerda y pues vas… a hacer lo que tenías que hacer. Yo, que era una lady, no podía creer que eso era el baño, y me acuerdo que me dijo algo así como “ándale tarantantija, no pasa nada” y yo pues tuve que hacer lo que tocaba.

Íbamos y veníamos por carreteras y me acuerdo de verla desde el asiento de atrás con la ventana abierta mientras el aire le despeinaba el pelo con crepé y los brazos enormes con los que agarraba el volante mientras tomaba Coca Cola, platicando todo el tiempo mientras yo escuchaba sus historias interesadísima y veía a mis primos sin poner atención porque ya las habían oído mil veces.

Me acordé también, mientras meditaba, de su Nana (con mayúscula porque para mi era su nombre) y de Tomasita. Dos mujeres que la cuidaron toda la vida y vivieron con ella siempre. Su nana la adoraba y ella le correspondía, con sus trenzas largas largas y blancas por la edad, sin dientes, muy cariñosa siempre sonriendo y siempre regañádola por las “palabrotas” que decía, “ay Cuquita, no hables así, están tus hijos” con cara de “ya sé que es inútil pero igual te lo tengo que decir”.

Su Nana cocinaba delicioso, ahí conocí las verdaderas pacholas, me acuerdo que su antecomedor me recordaba a los restaurantes “gringos” porque era de madera y tenía tapiz de cuadritos rojos y verdes (creo) y la cocina era enorme y amplia, me acuerdo perfecto lo cariñosos que eran mis primos con su Nana y Tomasita, las abrazaban mucho y a la pobre de Tomasita le tomaban el pelo siempre, tanía la boca chueca porque no recuerdo la razón pero no estaba muy bien de sus facultades mentales, pero estaba perfecta de sus facultades del corazón, los adoraban a todos y mi tía Cuquita amó a su Nana hasta el último día.

Cada vez que venía a la Ciudad de México, nos encantaba verla porque era garantía de reir horas y horas, mi mamá y mi tía María, que son como sus hermanas, la regañaban por lo mismo que su Nana, “¡ay Cuquita, qué bárbara!” y yo no quería que dejara de hablar, podía poner atención todo el tiempo, cosa que se me dificulta, pero no con ella, por lo increíblemente divertida que era.

Van dos madrugadas que me despierto pensando “no puede ser, se murio mi tía Cuquita”, es de esas cosas que no digieres, nunca sabes cuándo es la última vez que ves a alguien, que lo abrazas y que lo besas, no recuerdo cuándo fue la última vez que la vi y eso me pone triste.

Quisiera decirle que de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia son con ella, con mis primos, por los viajes, las anécdotas, las aventuras vividas en la camioneta, ¡¡ EL CATAFALCO!! me acabo de acordar de un coche que le compró a mi prima Patty que era un lanchón enorme, blanco y con el techo rojo de tela que estaba sostenido por alfileres porque seguramente estaba a punto de caerse. Paty aprendió a manejar en ese coche y moríamos de risa cada vez que nos subíamos al famoso Catafalco y es que otra de las cosas que tenía era una hablidad increíble para inventar palabras, como el famoso “tarantantija” apodo con el que se refería a mi.

Volviendo a lo que me gustaría decirle es que la quería mucho, que admiraba el carácter que tenía, siempre viendo cómo invertir en su tienda y cómo hacer crecer el negocio. Emprendedora y resiliente. Amaba por sobre todas las cosas a sus hijos, seguro cometió muchos errores en su vida, quién no, pero si a cualquier persona que la haya conocido le preguntas qué recuerda, te dirá que a una mujer alegre, fuerte, mal hablada y simpática a morir rodeada de su tribu para arriba y para abajo.

Todavía el día de su muerte, nos hizo reír a mi mamá y a mi. En medio del drama, cuando le hablé a mi mamá para avisarle, mientras estábamos llorando, le dije “mamá, acuerdate de cuánto nos hacía reir, acuérdate de la anécdota del camión cuando le dijiste que ahí es donde se bajaban y ella se apresuró corriendo hacia la salida y tú muerta de risa no pudiste decirle que ahí se bajaban cuando iban a otro lugar, pero de reír tanto solo pudiste verla correr…” mi mamá llore y llore empezó a rier de nuevo, junto conmigo.

Hace dos días fue en día muy triste en la Tierra pero seguro muy divertido en donde estés ahora.

Tío Ramón, Mon, Güicho, Nacho y Patty, siento una profunda tristeza por la partida de mi tía, no saben cómo quisera ir a verlos y darles un abrazo lleno de cariño, “pero esta chingada cuarentena que no me deja salir” (diría su mamá). Quiero que sepan que en mi corazón siempre estarán esos recuerdos de la primera parte de mi vida a lado de ustedes y de mi querida madrina, mi queridísima tía Cuquita.

Tía, está de la chingada que te hayas ido, te quiero mucho.

Diana, tu tarantantija.

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