Hace unas semanas fue mi cumpleaños, el diecinueve de diciembre cumplí cuarenta y nueve, llevo ya tiempo pensando en que estoy a nada de llegar a los cincuenta, medio siglo. Es común que use el humor y me ría de mí misma, así que desde hace tiempo decidí usar el hashtag #CasiCincuenta para poder llegar más alivianada a este número. Mis amigas se burlan porque la verdad es que lo estoy usando desde que tengo cuarenta y siete, pero lo uso también como excusa, como por ejemplo “No puedo desvelarme, recuerden, tengo #CasiCincuenta”, “No puedo correr tan rápido, recuerden #CasiCincuenta” y así paso la vida riéndome de la edad y poniendo pretextos para no hacer lo que no quiero (aunque en realidad, he aprendido a decir “no” con bastante claridad y certeza).
Pero ahora he creado un nuevo hasthtag, #LaGiraDelAdios, y es que ahora sí es real, ahora sí tengo #CasiCincuenta, y el día de mi cumpleaños me dí cuenta que estoy dejando una década, una importante década en mi vida y he decidido despedirla como se merece.
Los cuarenta fueron complicados, tuve momentos de profunda tristeza y enorme alegría, crecí como nunca en mi vida y me costaron mucho trabajo, fueron desafiantes pero de todo aprendí mucho y quiero despedirlos de manera especial, jamás regresaré a tener cuarenta y tantos.
He decidido enfrentar miedos, hacer cosas que siempre quise hacer y nunca me he atrevido o no he tenido tiempo, hacer cosas que me recuerden lo increíble que es mi vida y que dejen huella en mi historia personal y por lo menos cada mes debe tener un evento o momento.
La primera parada, en enero, tenía decidido (como conté en mi post anterior) correr medio maratón en Veracruz, tratar de mejorar mi tiempo pero, sobre todo, correr en shorts.
Pero uno puede hacer planes, organizar y luego viene algo que te recuerda que no puedes decidir hacer algo así como así y estar segura que sucederá. Entrené poco más de dos meses, en una época difícil porque hace frío, son fiestas navideñas, la gente está de vacaciones (incluyendo a mis hijos) y no es fácil dejar de ir a cenas o desayunos, rechazar invitaciones a fiestas y levantarte a correr. Y con todo el esfuerzo que me costó, dos días antes de irme a Veracruz, anunciaron que se posponía la carrera porque entraría mal tiempo al puerto el día anterior, un norte que tendría vientos de poco más de 160 km por hora sobre la costera, mucha lluvia y básicamente las olas aterrizarían sobre el malecón por donde ibamos a pasar corriendo.
No lo podía creer, yo quería que hiciera calor para usar mis shorts, ¡Pero jamás esperé que ni siquiera la pudiera correr!, me sacó de onda, lo primero que hicimos mis amigas y yo fue ver cómo podíamos cancelar vuelos de avión, el departamento que habíamos rentado y movernos para tratar de recuperar algo del dinero invertido.
El avión lo perdimos, el departamento nos regresó algo, pero cuando la calma de los primeros momentos pasó, me cayó un balde de agua helada, DOS MESES Y PICO DE ENTRENAMIENTO para una carrera importante que ya no sucedería, ¿Y mi primer objetivo de #LaGiraDelAdios?, ¿Hacer mejor tiempo?, ¿Correr en shorts?… Adios a todo.
He aprendido a adaptarme, la vida te hace resiliente a golpes (a menos que no aprendas y sigas tirándote al drama y a no salir de las frustaciones) así que pensé “ok, ni modo, a pensar en otra cosa y otra meta, adaptarse o morir”.
Una semana después tenía reservadas unas vacaciones con mis hijos. Para mi, no hay nada mejor que viajar, siempre he pensado que es el dinero mejor gastado, además, tienen ya catorce años, están adolescentes a morir y la dinámica en la casa es medio caótica: escuelas, tareas, futbol, métete a bañar (es impresionante que puedas discutir todos los días acerca de la importancia de bañarse DIARIO aunque lo hayas hecho el día anterior), prisa, gritos y sombrerazos van y vienen, como supongo que funcionan todas las casas donde hay chavos en esta insufrible edad. Es por eso que trato de viajar una vez al año con ellos, nada te acerca tanto a tus hijos como un viaje. Cambia todo, no hay prisa, no hay que pelear por bañarse, por ver qué van a desayunar, por hacer tareas y estudiar, por correr al entrenamiento de futbol o porque se frustran porque no les compro cereal, en el buffet pueden comer todas las cajas que quieran (habiendo miles de opciones, eso es lo que escogen). Y a ellos les gusta la playa, como yo, aman el mar.
Estando allá con ellos (será mi siguiente post), el miércoles desperté con una idea en mente, me había llevado mis tenis y mis shorts para correr, así que se me metió en la cabeza que #LaGiraDelAdios tenía que tener su primera parada, enero no podía quedarse vacío y ya estábamos en el día treinta. Había pensado que el viaje sería suficiente pero esta gira debe ser algo que me rete, que me haga ser consciente, que me ayude a crecer y vencer miedos.
Me desperté, me vestí, me comí media barrita de proteína, me vi en el espejo y pensé “Hoy vas a hacer algo que nunca has hecho, vas a correr diez kilómetros en menos de una hora, lo vas a hacer en shorts, te vas a tomar una foto, la vas a subir a Instagram Y LO VAS A DISFRUTAR” (de la última parte no estaba muy segura pero tenía que calmar mi ansiedad).
Lo hice, salí con la firme convicción de al menos intentarlo. Me fui corriendo del hotel al malecón, estaba en Puerto Vallarta y es un lugar que me encanta.
Había mucha gente, estaba lleno de extranjeros caminando con sus perros, a casi todos los saludé (a los canes) porque no puede pasar cerca de mi un perro y no saludarlo.
Había corredores como yo, es increíble que entre nosotros nos entendemos, como que sabemos el esfuerzo que requiere hacerlo y nos saludamos con una sonrisa que dice “Yo sé, ánimo, sí puedes”, como si corres un kilómetro o venticinco, la sonrisa siempre es la misma, y se siente bonito.
Lo logré, corrí al malecón, lo recorrí, regresé y cerca del hotel faltaban como tres kilómetros, mi cuerpo se estaba rindiendo y mi reloj me decía que si quería lograrlo, debía correr con el mismo ritmo si no quería subir mi tiempo a más de una hora. Estaba exhausta, de verdad agotada, quería ir más lento pero pensé “¿Te vas a rendir ahorita?, ¿En serio? ¡FALTAN TRES KILÓMETROS! ¡LO PUEDES LOGRAR!”. Paré unos segundos, tomé un poco de aire, lo pensé un poco (porque me dio miedo que me diera un infarto y no estoy exagerando) y me paré frente a lo que me faltaba y dije “Dale, es #LaGiraDelAdios”.
Cuando me faltaban quinientos metros me dí cuenta que me había perdido, en algún momento pasé la entrada del hotel y estaba en una obra rodeada de albañiles y la bandera de México ondeaba de un palo clavado en la arena, tenía que terminar en la playa y no es lo mejor para correr, vas inclinado y cuesta trabajo cargar los pies porque se clavan y tienes que sortear las olas para no mojarte los tenis, correr rápido en esas condiciones es complicado. Pues ni modo, había que hacer ese último esfuerzo, me acordé que le había dicho a un amigo que haría algo especial ya que no había ido al medio maratón y pensé “Tengo que tomarle foto al reloj para mandarle mi reporte, ahora le metes, ¡Faltan quinientos malditos metros!”, aceleré, corrí lo mejor que pude y en cuanto me avisó el reloj que había llegado a los diez kilómetros, frené, no quise dar un paso más, nada, no podía ni respirar, y entonces… me puse a llorar.
Era una emoción enorme. Correr diez kilómetros en cincuenta y ocho minutos lo hace cualquier corredor que entrena fuerte, no fue una hazaña monumental ni un record Guiness, pero era MI RECORD, MI HAZAÑA, MI ESFUERZO. Me sentí total y absolutamente feliz.
Listo enero, ahí está tu momento, cumplí, lo hice además en shorts, me tomé la foto y la subí, como me lo había propuesto y debo decir que de verdad no fue para tanto, me tardé demasiado en hacerlo, se siente increíblemente bien correr así.
Cuando estaba disfrutando la gloria del éxito y metí los pies en el mar para refrescarlos y me imaginaba que estaba en una película con música de fondo de esas que conmueven hasta las lágrimas porque la protagonista estaba feliz, me acordé que mis hijos estaban en el cuarto y que seguro tendrían hambre, que el buffet se acabaría en algún momento y que no podía seguir disfrutando la escena.
Me fui corriendo descalza al cuarto, entré, los vi dormidos, los desperté y les dije “¡¡ACABO DE CORRER DIEZ KILÓMETROS EN CINCUENTA Y OCHO MINUTOS!!!” a lo cual contestaron:
—Ah qué padre, mamá ¿crees que todavía haya Choco Krispis en el buffet?
—Seguro que sí, ponte el traje de baño y vámonos a desayunar.
Los hijos te bajan de la nube y te clavan muy bien los pies en la tierra. No importa, yo ya inauguré #LaGiraDelAdios y fui muy feliz.
Febrero no sé qué me depara, pero estoy segura que algo sucederá…