Los papás tenemos miedo.

Me metí a un diplomado que se llama “Soluciones creativas para una crianza positiva”, me invitó una amiga y lo que pensé que sería divertido y entretenido, ha resultado ser muy revelador.

Pensé que era solo para papás de niños chiquitos y que yo no venía al caso con mis dos labregones adolescentes, pero estaba muy muy equivocada, no hay edad para descubrir cómo y cuánto la estás cajeteando y para encontrar soluciones creativas, pero, sobre todo, para descubrir un montón de emociones, patrones, errores y aciertos al ser mamá o papá.

Las primeras sesiones fueron divertidas y, mediante el juego, los alumnos nos empezamos a integrar, es raro compartir cosas medio intimas con gente que no conoces, y la psicóloga que lo imparte sabe perfectamente cómo manejarnos para irnos abriendo como cebollas y terminar llorando todos juntos como si fueramos los mejores amigos de toda la vida, y lo más padre es que es como en las Vegas, lo que sucede en el diplomado, se queda en el diplomado, sin siquiera tener la necesidad de hablarlo, todos sabemos que estamos ahí para acompañarnos en el descubrimiento de nuestra paternidad y maternidad.

En la primera sesión tocamos el tema de  “¿Infancia es destino?” y uy… no saben qué revelador, con una simple dinámica descubrí cómo creo que me ven mis hijos y cómo los veo yo al hablar de mi, fue sorprendente porque nunca me había puesto a pensar en eso.

En la segunda pudimos identificar patrones familiares que no teníamos conscientes ninguno de los que estábamos ahí, situaciones que vienen desde nuestros abuelos y que pueden estar influenciando de manera positiva o negativa en nuestra manera de educar, y decidimos qué acciones tomar al respecto.

Un día hicimos “Instalaciones” para las emociones de nuestros hijos y en otra sesión aprendimos a usar los juegos como nuestros aliados.

No quiero contar la película completa, pero siento una enorme necesidad de contar lo que ocurrió la semana pasada…

Ahora no jugamos, no hicimos dinámicas divertidas, empezamos un veradero trabajo de introspección y, como les digo a mis amigas “OMAIGOD” lo que he descubierto.

La tarea consistía en encontrar una conducta que yo quisera cambiar en mis hijos, tenía que escoger a uno y, teniendo adolescentes, fue bastante fácil. Yo quería lograr que el escuincle odioso dejara de discutir absolutamente todo lo que digo, supongo que todas las personas que tienen hijos de 14 años estarán de acuerdo conmigo en que es DESESPERANTE vivir en una batalla campal todos los días tratando de ganarle a tu hijo porque un chamaco de esa edad no puede saber ni lo que es mejor, ni debe poder más que tú (a menos que sea yo la única que piense que sus hijos no tienen la más mínima idea de lo que les conviene).

Por medio de una actividad (no quiero ser un “Spoiler” porque de verdad recomiendo que algún día lo tomen) al principio salieron frases como “Que deje de pelear conmigo”, “Discutir todo lo que digo”, “Estar tranquilo y de acuerdo en las simples cosas que pido”, y un ratito más adelante empezaron a desfilar verdades como “Me enojo”, “Me engancho”, “Me bloqueo”, “Soy explosiva” y, cuando se prendió la luz en mi cerebro, llegué a “Siento miedo” y “Siento enojo por hacerlo sola”… AHÍ ESTABA LA VERDAD.

Entonces me di cuenta, y ese miedo no es el natural que sentimos todos, por ejemplo a que les pase algo a mis hijos o a que me pase algo a mi y no esté para ellos, no, el miedo que siento es a no cumplir con mis propias espectativas, siento pánico de que se me salgan de control y haga de ellos unos terribles seres humanos, a que al estar educándolos me esté equivocando tanto que sean infelices y yo también, al miedo a perder su respeto y entonces no vean en mi una figura de autoridad… miedo a un montón de cosas que ni siquiera sabía.

Me impresionó descubrir el enojo de sentir que los estoy educando sola, al no estar su papá la mayor parte del tiempo, hay cientos de situaciones que tengo que manejar yo. Este es un tema que sentía que tenía totalmente superado y estando ahí me dí cuenta que todavía tenía esa emoción.

Fuimos haciendo descubrimientos juntos, entre todos, cada quién el suyo, pero aprendes un montón de los demás. Me di cuenta que TODOS TENEMOS MIEDO, algunos a crear patrones, otros a perder el cariño y respeto de sus hijos, otros a repetir historias propias, y cuando todos nos escuchamos, entendemos que es necesario identificar todas esas emociones para que a partir de ahí empecemos a buscar soluciones creativas.

Al final de la sesión, ya a punto de irnos, descubrí algo y lo compartí, me dí cuenta que el enojo que siento por estar educando sola puede estar infundado, esa es una emoción mía que no superé en su momento, decidí que tendría que pensar bien si eso era cierto, si lo estoy haciendo sola o no quiero ver que somos dos y es más cómodo enojarte y así justificar tu miedo, ahora me he dado cuenta que no es así y he soltado ese enojo, me siento incluso libre, en realidad estaba equivocada.

Cuando nos despedimos, un papá se acercó a mi y me dijo “Qué increíble lo último que dijiste, me gustó mucho”, y pienso que alguna fibra personal toqué en él, como muchas fibras han tocado en mi los demás.

Hemos dicho hasta el cansancio que nadie nace sabiendo ser mamá o papá y es cierto. Nos equivocamos mucho y tratamos de corregir, pero ¿Alguna vez se pusieron a pensar en las emociones que están detrás de todo esto?, yo honestamente no, siento un profundo agradecimiento por estarlo descubriendo, estoy segura que cosas muy positivas saldrán a partir de aquí.

La verdad, tengo una buena relación con mis hijos, sé que me quieren y estoy segura que saben que los adoro, pero eso no significa que no pueda mejorar, y no es por ser perfeccionista pero en cuestión de educar a mis hijos, sí quiero hacer el mejor trabajo posible.

Ahora sigue descubrir soluciones creativas, no tiene nada de malo sentir miedo, enojo, frustración, no considero ninguna emoción como negativa, pero a partir de eso, ¿Qué puedo hacer?, ¿Cómo manejarlo mejor?, hoy en la noche tengo la sexta sesión, me siento emocionada porque ahora sé que puedo descubrir un montón de cosas que me van a servir mucho, no para ser una  mamá perfecta, nadie lo es, sé que soy buena, no me doy golpes de pecho, pero sí puedo ser más asertiva, sí puedo estar más relajada, sí puedo ser más creativa, comprensiva y, sobre todo, VALIENTE.

Siempre les he dicho a mis hijos que un valiente no es quien no siente miedo, es quien a pesar del miedo, hace y emprende.

Así que va, a seguir descubriendo mis emociones, con todo y miedo.

GRACIAS “PSICOLOGÍA PARA NIÑOS”, están haciendo de mi una mamá que se conoce mejor y,  en consecuencia, unos hijos emocionalmente sanos, están ayudando a crear mejores seres humanos.

Gracias por siempre Xó, jamás agradeceré suficiente.

 

 

Nada es casual, ni el mensaje ni el mensajero.

Nada es casual, nada de lo que ocurre es por azar, si entendemos esto, es más facil entender los mensajes que nos son enviados.

Llevo varias semanas con la cabeza revuelta, con ganas de hacer mil cosas y por no poder tomar la decisión de cuál hacer y cómo o por qué, estuve en crisis casi viendo el techo por horas y por días.

Estuve en pausa casi tres semanas, justo cuando regresé de viaje. No podía escribir porque tenía que pintar unas piedras, no quería pintar las piedras porque deseaba escribir, no podía diseñar cosas nuevas para trabajar con Tostada porque tenía que pintar unas piedras y deseaba escribir, desapareció todo el proceso creativo al que estoy acostumbrada y estaba totalmente bloqueada, y así pasaron los días con la cabeza y el cuerpo en pausa total.

Lo único que sí podía hacer era ser mamá, hacerlo medianamente bien (tampoco es como que me quede de otra, pero tuve épocas en que deseaba escapar) y podía hacer ejercicio, esto último lograba ayudarme a poner las cosas en otra perspectiva, definitivamente el ejercicio es algo que no debo dejar, cuando corro pienso diferente, es como si la sangre llegara al cerebro y me acomodara mejor las ideas. También he estado haciendo pilates y, aunque sufro y es una tortura, me divierto y cuando termino me siento mil veces mejor que si solo me quedo pensando sin lograr llegar a nada, a veces me entra la culpa y pienso que debería de estar trabajando como esclava, pero me ayuda tanto… Vaya, que la crisis era a nivel profesional pero gracias al ejercicio no era a nivel emocional.

Me permití la pausa, pensé que si no estaba segura de nada, no podía tomar una decisión. Ahora debo pagar las consecuencias pero no estaba en condiciones de hacerlo diferente. Cuando se me revuelve la cabeza necesito tiempo, necesito silencio y necesito calma, entonces eso me tomé.

Ya tomé decisiones, pero aunque sé que por el momento es lo mejor, siempre me queda la duda de haber decidido bien, y, ayer, pasó algo maravilloso…

Un queridísimo amigo, al que nombraré Brandon,  tuvo un accidente esquiando y se desbarató el lado izquierdo del cuerpo, gracias a Dios está bien y se va a recuperar en unos meses, pero no se puede mover por el momento, su esposa, quien es mi adorada Casual Chic, me mandó un mensaje diciéndome que morían de ganas de una hamburguesa, que si les llevaba unas. Le dije que con todo gusto lo hacía pero que si sabía que ahora las aplicaciones de los celulares le podían llevar casi cualquier cosa a su casa, a lo que me contestó “bueno, pero quiero verte”, obvio salí inmediatamente, yo también tenía muchas ganas de verlos.

Estando en su casa, decidí ir un rato a la cocina para ayudarle a Casual Chic, necesitaba una pausa porque la ha pasado realmente mal, platicamos un momento y justo cuando toqué el tema de mi crisis y empezó a tratar de orientarme, alguien la llamó, me quedé sola en la cocina, sonó el teléfono y contesté.

Era una tía de Brandon, cuando estaba por pasársela me dijo su nombre y la reconocí. Nunca la he visto en persona pero por alguna razón (la tengo clara pero se las dejo de tarea) nos hicimos amigas hace un par de años en Facebook. A Brandon lo conozco hace casi treinta años y adoro a su familia, hemos estado muy unidos desde siempre y conozco en persona a casi todas sus tías, menos a ella, sin embargo siento una conexión especial y cuando me contó que durante muchos años había tenido un perro de terapia en Estados Unidos, entendí todo, de ahí venía el vínculo que sentía.

Hacía tiempo que no estábamos en contacto porque curiosamente ella ya casi no se mete a Facebook y yo, desde las elecciones presidenciales, hice lo mismo porque esta red me estaba enemistando con mucha gente, entonces perdimos comunicación, pero ayer tenía un mensaje para mi.

Cuando le dije quién era yo, le dio mucho gusto saludarme, a mi me dio emoción por fin hablar con ella y empezó a decirme una serie de cosas tan importantes, que parecía que alguien le estaba dictando, alguien le decía “Diana necesita oir esto” y ella ni idea tenía de mi crisis existencial, fue impresionante, incluso se lo dije “no puedo creer que me estés diciendo esto ahora”, y no paraba, seguía hablando y cada cosa que me decía, acomodaba algo en su lugar. Ahí no terminó el asunto, ya para despedirse me dijo que hacía unos meses había venido a México y me había dejado en casa de Brandon unos papeles que sabía que me iban a servir en algún momento. Cuando me los dieron y los leí, se me puso la piel chinita porque era algo que de verdad necesitaba tener justo ahora.

¿Qué hizo que ayer Brandon quisera una hamburguesa?, ¿Qué hizo que Casual Chic en lugar de pedirla a Uber Eats me la pidiera a mi?, ¿Qué hizo que decidiera ir a la cocina a estar solas un rato?, ¿Qué hizo que saliera de la cocina y yo contestara el teléfono?, ¿Qué hizo que fuera ella, precisamente ella, con quien nunca había hablado por teléfono, hablara justo a esa hora?, ¿Qué hizo que hace unos meses me dejara unos papeles y ayer tuviera qué leerlos?, ¿QUÉ HIZO QUE ME DIJERA TODAS ESAS PALABRAS QUE TODO ACOMODARON?.

Al principio no podía creer que fuera ella quien me diera el mensaje, después lo entendí, la única manera de asmilar que era verdaderamente UN MENSAJE PARA MI, era que viniera de alguien que no tenía idea de lo que tenía metido en la cabeza hecho nudo, solo así fui capaz de darme cuenta que era el mensajero elegido y que yo tenía que escucharlo y, por fin, hacerle caso. Fue esa la manera que eligieron para que yo pudiera entender que es momento de tomar acción y avanzar, es momento de salir de la pausa y ponerle PLAY porque el siguiente mensaje no va a ser bonito, quizá sea con alguna lección difícil. Ayer me dijero “PONTE LAS PILAS YA Y HAZ ESO QUE TANTAS GANAS TIENES Y NO TE ATREVES”.

Cómo nos cuesta trabajo entender que mensajes y pistas para nosotros, hay en todos lados, y como nos quieren mucho “por ahí” nos tienen paciencia y en un momento dado deciden mandar un mensajero para que por fin asimilemos la información, ahora toca agradecer y actuar.

Vivimos una vida tan caótica que pocas veces hacemos consciencia de los letreros con mayúsculas que nos pone la vida justo enfrente cuando necesitamos leerlos.

GRACIAS POR EL MENSAJE. GRACIAS PALOMA, POR SER EL MENSAJERO.

 

 

Ya no quiero ser mamá…

Soy una mamá de dos adolescentes de catorce años que está TOTALMENTE CONFUNDIDA y, por lo tanto, APANICADA.

Me acabo de ir de vacaciones con ellos, están en esa edad en la que la mayor parte del tiempo me odian, por esto trato de buscar una sana convivencia por lo menos una vez al año y estar en santa paz al menos cinco días de nuestra vida.

Cuando estamos en este “modo zen” es más facil hablar con ellos y sacarles “la sopa” sin que sea una conversación tipo “Dianacápsula informativa” y no suene a sermón.

Fue en una de estás conversaciones al azar cuando uno de ellos me dijo que le causa curiosidad el alcohol, mis preguntas fueron contestadas y, aunque yo quería escupir la tostada de ceviche que me estaba comiendo, logré mantener la compostura:

—¿Y los han invitado a fiestas donde hay alochol?

—Sí mamá, algunas

—Ahhhh… ¿Y por qué no han ido?

—Porque sabemos que no podemos ir

—Ahhhh… ¿Y les dan ganas de ir?

—A mi sí…— (quise ahogarme en el mar)

—Oye, ¿Y te da mucha curiosidad probar el alcohol?

—Pues… sí

—Ok, bueno, ¿Y te da curiosidad el sabor o saber qué se siente en el cuerpo?

—El sabor

—¿Tienes curiosidad de lo que se siente estar borracho?

—No, solo tengo ganas de saber a qué sabe la cerveza.

—Bueno pero, ¿No la has probado?— (lo pregunté con toda calma, con tono de complicidad, guiñando un ojo, suplicando una respuesta negativa sabiendo que tendría la afirmativa).

—En una fiesta no, pero papá me dio un día un trago.

—¿Y tienes ganas de probar más?

—Sí

—Déjame pensar qué hacer y lo platicamos ¿Va?

—Ok ¿Nos metemos al mar?…

No tenía ganas de nadar, pero tenía que retribuir con algo la confianza, fortalecerla y, además, refrescarme el cerebro que estaba a punto de explotar.

Yo siempre he creído que ser congruente es la mejor manera de educar a los hijos. No puedes dar mensajes cruzados porque creo que la confusión es la madre de todas las “cajeteadas”.

Cuando me iba a separar de mi esposo, uno de mis hijos iba a terapia y aprovechamos para preguntarle a la psicóloga cómo abordar el tema del divorcio con los niños, tengo mala memoria pero hay cosas que no olvido cuando me marcan, recuerdo perfecto la respuesta “lo que un niño, al igual que un adulto, necesita, es claridad y contundencia y no tener dudas o mensajes confusos. Si él sabe qué esperar, será mejor y le dará calma y confianza”. Recuerdo que eso hicimos, fuimos claros, dirigimos un mensaje de acuerdo a su edad, tenían siete años y había manera de ser claro sin lastimar y parece que hicimos un buen trabajo, no son niños traumados con la experiencia de vivir con dos papás separados.

Ahora que viene el tema del sexo, alcohol, drogas y demás situaciones apocalípticas para mi, justo mi problema es no tener claridad en cómo abordarlo, ¿Los dejo beber? ¿No los dejo?…

Que quede clara una cosa, YO NO ESTOY DE ACUERDO EN QUE BEBAN, en eso no estoy ni tantito confundida, por mucho que parezca que no les afecta,  si a mi dos cervcezas me relajan y me siento en estado zen, ¿Qué pasa con un cuerpo que pesa menos que el mío? Pueden no estar dando tumbos mientras caminan, pero es un hecho que hay efectos. Lo que no sé cómo hacer es manejar de la mejor manera esta situación.

No satanizo el alcohol, a mi me gusta, me encanta la cerveza, no tomo mucho, es más, soy la aburrida de mis amigas porque puedo pasar una comida con dos cervezas o dos copas de vino o dos ginebras y pasarla increíble. No soy alguien que tenga necesidad de esa sensación de relajación o “pendejez” (perdón mi francés), no sé cómo explicarlo, a mi me gusta reírme en mis cinco sentidos, yo me siento mejor así. Ni lo juzgo ni lo satanizo, esa soy yo, y amo a mis amigas que beben y beben y me divierto mucho con ellas y no caigo en el “ándaleeeee, échate otra, no seas fresa”, lo intentan poco porque ya saben que me rio y después hago lo que se me da la gana (o sea si quiero tomo otra y si no, pues no).

Eso es algo que yo desearía enseñar a mis hijos, a hacer lo que desean sin que sea porque los presionaron o se sintieron obligados.

Sé que es un tema muy complicado, amigas mias que admiro y adoro, han tomado la decisión de enseñar a beber a sus hijos con el objetivo de protegerlos, es mejor que vayan a una fiesta en donde va a haber alochol y sepan hacerlo para que no se pongan en riesgo. Sobre todo pensando en niñas (gracias a Dios no tengo hijas, creo que mi estado sería peor), pero entiendo perfecto este punto, prefieren que estén en control y no las emborrachen, es cuando entra de nuevo mi confusión, ¿Los dejo beber?, ¿Mejor no?.

La cosa es que yo no estoy de acuerdo, no puedo con esta idea, entiendo perfecto que mis hijos son unos chavos normales y van a beber aunque yo diga misa y recite el mejor de los discursos, la cosa está en mi necesidad de ser congruente y clara.

Yo creo que una persona de catorce años NO DEBE BEBER, en eso tengo total claridad. Sé que el alcohol lesiona el cerebro, desequilibra las emociones y altera las hormonas de los adolescentes, no es una conclusión mía, lo he invetigado. Si las bebidas alcoholicas son ofrecidas solo a adultos, si es ilegal darle de beber a un menor de 18 años (en algunos países a menores de 21) y no pueden comprarlas libremente, es porque hay una razón. No es porque el alcohol sea malo, es porque ellos no deben beber, porque se encuentran en etapa de desarrollo, afecta el cerebro de manera irreversible, les hace daño, afecta su salud.

También sé que  bloquea la función del lóbulo frontal, encargado de controlar el comportamiento social, esto hace que no midan el peligro y tomen decisiones que los ponen en riesgo, además, altera el sistema límbico, que equilibra las emociones, AUNQUE BEBAN POQUITO.

Todo esto lo he estado investigando, siento la necesidad de tomar una postura clara y para no sentirme que ando en el limbo de la información, estos días estuve platicando con gente que sabe del tema, para poder tomar una decisión clara, he estado leyendo y preguntando, llevo días de crisis “Materno-adolescente”.

Tengo ahora mucha más información que hace una semana en cuanto a las consecuencias de que beban aunque sea una cerveza (es más, quisera no saber tanto o haber descubierto que no era tan mala idea). Entonces para mi es muy claro, no deben beber porque les afecta a la salud, peeeero…

Sé también que la presión social es implacable, que están (y estarán aún más) expuestos a la tentación. Sé que irán a fiestas donde tendrán la oportunidad y que es muy inocente de mi parte pensar que porque yo les doy razones contundentes de por qué no deben beber, harán caso de su madre que es como Libertad Lamarque y le van a romper el corazón si beben.

Desgraciadamente cada vez es más permisivo este tema, antes era tan difícil conseguir alcohol que era una hazaña y lograban beber menos porque de verdad estaba lejos de su alcance. Ahora incluso hay aplicaciones en el celular que no piden identifiación para venderlo y lo llevan a las puertas de tu casa.

Sé que van a beber, de esto tengo la triste certeza, sé que caerán en la tentación, sé que se van a emborrachar horrible y sé que van a vomitar y tendré que obligarlos a limpiar (obvio) y nos vamos a odiar y que voy a tener episodios horribles, solo espero que me hablen por teléfono para irlos a recoger.

Aún así, tengo la necesidad de manterme firme en mi postura, estoy muy confundida y ante eso, estoy trantando de informarme lo más que puedo, pero no puedo mandar mensajes incongruentes y decirles “mira, beber es malo, no puedes hacerlo porque te hace daño y porque puedes tomar malas decisiones y porque soy tu mamá y mi obligación es proteger tu salud, pero bueno, toma poquito”.

Me siento en un mar picado lleno de olas que me atacan por todos lados. El otro día desayuné con unas amigas que me contaron cosas terribles, se reían porque mi expresión se transformaba cada minuto que pasaba y salí con ganas de irme a cortar las venas. Junto a nosotros estaba una señora con un bebé que tendría unos días de nacido, lloraba y rechinaba de hambre, recordé mis días de mamá de dos miniaturas y se me puso la piel chinita de pensar en mi cansancio, no soy fan de los bebés, qué puedo decirles, no estoy ni orgullosa ni apenada por ese hecho, solo no me gustan. Pero mientras veía al bebé en su sillita, rechinando, moviendo sus manitas desordenadamente, deseé tanto volver a tener el problema de a cuál de mis dos bebés darle de comer primero, de decidir a quién sacarle el aire o cambiarle el pañal antes y dejar a uno esprando…

A veces no quiero ser mamá y lo digo muy honestamente. Amo a mis hijos pero no me gusta tener que velar por sus seguridad, no me gusta tener que educarlos en un mundo en el que el alcohol, las drogas, el sexo y la violencia, están al alcance de niños, porque tienen catorce años, perdón, no son adultitos, SON ADOLESCENTES TEMPRANOS, la adolescencia empieza a los trece y termina a los dieciocho, podrán empezar a tener pelos en las axilas, pero no se han terminado de desarrollar, ¡APENAS EMPIEZAN!.

Estoy preocupada, asustada, tengo miedo pero, como con los perros (que ese tema es mi fuerte) no voy a dejar que mis hijos lo noten, creo que mi plan será mantenerme firme, presente, incorruptible, abierta a la comunicación pero, sobre todo, informada.

Para ellos, no será opción beber. No, no tienen mi permiso, sé que lo harán pero no con mi autorización, no voy a darles una navaja y les voy a decir “toma, pero córtate poquito”, no les voy a decir que pueden salir a manejar un coche a 200 kilómetros por hora pero solo unas cuadras, las situaciones en riesgo ahí están, no las voy a poder evitar, pero prefiero dar herramientas para que aprendan a tomar decisiones (aunque estoy segura que se van a equivocar muchísimo) y quiero que aprendan de los errores, pero no puedo confundirme.

Así como hace unos años esa psicóloga me dijo que fuera clara con mis hijos, mi decisión, por ahora, es darles toda la información posible, hablar mucho con ellos, explicarles las consecuencias que tendrán si rompen las reglas, asumir el odio con el que me van a ver por momentos y aceptar que seré tomada como retrógada e inocente por mucha gente, pero, si lo que quiero es enseñarlos a no caer rendidos ante la presión social, yo haré lo mismo, no caeré en lo mismo.

Y que Dios me agarre confesada…

 

 

La gira del adiós, primera parada: enero.

Hace unas semanas fue mi cumpleaños, el diecinueve de diciembre cumplí cuarenta y nueve, llevo ya tiempo pensando en que estoy a nada de llegar a los cincuenta, medio siglo. Es común que use el humor y me ría de mí misma, así que desde hace tiempo decidí usar el hashtag #CasiCincuenta para poder llegar más alivianada a este número. Mis amigas se burlan porque la verdad es que lo estoy usando desde que tengo cuarenta y siete, pero lo uso también como excusa, como por ejemplo “No puedo desvelarme, recuerden, tengo #CasiCincuenta”, “No puedo correr tan rápido, recuerden #CasiCincuenta” y así paso la vida riéndome de la edad y poniendo pretextos para no hacer lo que no quiero (aunque en realidad, he aprendido a decir “no” con bastante claridad y certeza).

Pero ahora he creado un nuevo hasthtag, #LaGiraDelAdios, y es que ahora sí es real, ahora sí tengo #CasiCincuenta, y el día de mi cumpleaños me dí cuenta que estoy dejando una década, una importante década en mi vida y he decidido despedirla como se merece.

Los cuarenta fueron complicados, tuve momentos de profunda tristeza y enorme alegría, crecí como nunca en mi vida y me costaron mucho trabajo, fueron desafiantes pero de todo aprendí mucho y quiero despedirlos de manera especial, jamás regresaré a tener cuarenta y tantos.

He decidido enfrentar miedos, hacer cosas que siempre quise hacer y nunca me he atrevido o no he tenido tiempo, hacer cosas que me recuerden lo increíble que es mi vida y que dejen huella en mi historia personal y por lo menos cada mes debe tener un evento o momento.

La primera parada, en enero, tenía decidido (como conté en mi post anterior) correr medio maratón en Veracruz, tratar de mejorar mi tiempo pero, sobre todo, correr en shorts.

Pero uno puede hacer planes, organizar y luego viene algo que te recuerda que no puedes decidir hacer algo así como así y estar segura que sucederá. Entrené poco más de dos meses, en una época difícil porque hace frío, son fiestas navideñas, la gente está de vacaciones (incluyendo a mis hijos) y no es fácil dejar de ir a cenas o desayunos, rechazar invitaciones a fiestas y levantarte a correr. Y con todo el esfuerzo que me costó, dos días antes de irme a Veracruz, anunciaron que se posponía la carrera porque entraría mal tiempo al puerto el día anterior, un norte que tendría vientos de poco más de 160 km por hora sobre la costera,  mucha lluvia y básicamente las olas aterrizarían sobre el malecón por donde ibamos a pasar corriendo.

No lo podía creer, yo quería que hiciera calor para usar mis shorts, ¡Pero jamás esperé que ni siquiera la pudiera correr!,  me sacó de onda, lo primero que hicimos mis amigas y yo fue ver cómo podíamos cancelar vuelos de avión, el departamento que habíamos rentado y movernos para tratar de recuperar algo del dinero invertido.

El avión lo perdimos, el departamento nos regresó algo, pero cuando la calma de los primeros momentos pasó, me cayó un balde de agua helada, DOS MESES Y PICO DE ENTRENAMIENTO para una carrera importante que ya no sucedería, ¿Y mi primer objetivo de #LaGiraDelAdios?, ¿Hacer mejor tiempo?, ¿Correr en shorts?… Adios a todo.

He aprendido a adaptarme, la vida te hace resiliente a golpes (a menos que no aprendas y sigas tirándote al drama y a no salir de las frustaciones) así que pensé “ok, ni modo, a pensar en otra cosa y otra meta, adaptarse o morir”.

Una semana después tenía reservadas unas vacaciones con mis hijos. Para mi, no hay nada mejor que viajar, siempre he pensado que es el dinero mejor gastado, además, tienen ya catorce años, están adolescentes a morir y la dinámica en la casa es medio caótica: escuelas, tareas, futbol, métete a bañar (es impresionante que puedas discutir todos los días acerca de la importancia de bañarse DIARIO aunque lo hayas hecho el día anterior), prisa, gritos y sombrerazos van y vienen, como supongo que funcionan todas las casas donde hay chavos en esta insufrible edad. Es por eso que trato de viajar una vez al año con ellos, nada te acerca tanto a tus hijos como un viaje. Cambia todo, no hay prisa, no hay que pelear por bañarse, por ver qué van a desayunar, por hacer tareas y estudiar, por correr al entrenamiento de futbol o porque se frustran porque no les compro cereal, en el buffet pueden comer todas las cajas que quieran (habiendo miles de opciones, eso es lo que escogen). Y a ellos les gusta la playa, como yo, aman el mar.

Estando allá con ellos (será mi siguiente post), el miércoles desperté con una idea en mente, me había llevado mis tenis y mis shorts para correr, así que se me metió en la cabeza que #LaGiraDelAdios tenía que tener su primera parada, enero no podía quedarse vacío y ya estábamos en el día treinta. Había pensado que el viaje sería suficiente pero esta gira debe ser algo que me rete, que me haga ser consciente, que me ayude a crecer y vencer miedos.

Me desperté, me vestí, me comí media barrita de proteína, me vi en el espejo y pensé “Hoy vas a hacer algo que nunca has hecho, vas a correr diez kilómetros en menos de una hora, lo vas a hacer en shorts, te vas a tomar una foto, la vas a subir a Instagram Y LO VAS A DISFRUTAR” (de la última parte no estaba muy segura pero tenía que calmar mi ansiedad).

Lo hice, salí con la firme convicción de al menos intentarlo. Me fui corriendo del hotel al malecón, estaba en Puerto Vallarta y es un lugar que me encanta.

Había mucha gente, estaba lleno de extranjeros caminando con sus perros, a casi todos los saludé (a los canes) porque no puede pasar cerca de mi un perro y no saludarlo.

Había corredores como yo, es increíble que entre nosotros nos entendemos, como que sabemos el esfuerzo que requiere hacerlo y nos saludamos con una sonrisa que dice “Yo sé, ánimo, sí puedes”, como si corres un kilómetro o venticinco, la sonrisa siempre es la misma, y se siente bonito.

Lo logré, corrí al malecón, lo recorrí, regresé y cerca del hotel faltaban como tres kilómetros, mi cuerpo se estaba rindiendo y mi reloj me decía que si quería lograrlo, debía correr con el mismo ritmo si no quería subir mi tiempo a más de una hora. Estaba exhausta, de verdad agotada, quería ir más lento pero pensé “¿Te vas a rendir ahorita?, ¿En serio? ¡FALTAN TRES KILÓMETROS! ¡LO PUEDES LOGRAR!”. Paré unos segundos, tomé un poco de aire, lo pensé un poco (porque me dio miedo que me diera un infarto y no estoy exagerando) y me paré frente a lo que me faltaba y dije “Dale, es #LaGiraDelAdios”.

Cuando me faltaban quinientos metros me dí cuenta que me había perdido, en algún momento pasé la entrada del hotel y estaba en una obra rodeada de albañiles y la bandera de México ondeaba de un palo clavado en la arena, tenía que terminar en la playa y no es lo mejor para correr, vas inclinado y cuesta trabajo cargar los pies porque se clavan y tienes que sortear las olas para no mojarte los tenis, correr rápido en esas condiciones es complicado. Pues ni modo, había que hacer ese último esfuerzo, me acordé que le había dicho a un amigo que haría algo especial ya que no había ido al medio maratón y pensé “Tengo que tomarle foto al reloj para mandarle mi reporte, ahora le metes, ¡Faltan quinientos malditos metros!”, aceleré, corrí lo mejor que pude y en cuanto me avisó el reloj que había llegado a los diez kilómetros, frené, no quise dar un paso más, nada, no podía ni respirar, y entonces… me puse a llorar.

Era una emoción enorme. Correr diez kilómetros en cincuenta y ocho minutos lo hace cualquier corredor que entrena fuerte, no fue una hazaña monumental ni un record Guiness, pero era MI RECORD, MI HAZAÑA, MI ESFUERZO. Me sentí total y absolutamente feliz.

Listo enero, ahí está tu momento, cumplí, lo hice además en shorts, me tomé la foto y la subí, como me lo había propuesto y debo decir que de verdad no fue para tanto, me tardé demasiado en hacerlo, se siente increíblemente bien correr así.

Cuando estaba disfrutando la gloria del éxito y metí los pies en el mar para refrescarlos y me imaginaba que estaba en una película con música de fondo de esas que conmueven hasta las lágrimas porque la protagonista estaba feliz, me acordé que mis hijos estaban en el cuarto y que seguro tendrían hambre, que el buffet se acabaría en algún momento y que no podía seguir disfrutando la escena.

Me fui corriendo descalza al cuarto, entré, los vi dormidos, los desperté y les dije “¡¡ACABO DE CORRER DIEZ KILÓMETROS EN CINCUENTA Y OCHO MINUTOS!!!” a lo cual contestaron:

—Ah qué padre, mamá ¿crees que todavía haya Choco Krispis en el buffet?

—Seguro que sí, ponte el traje de baño y vámonos a desayunar.

Los hijos te bajan de la nube y te clavan muy bien los pies en la tierra. No importa, yo ya inauguré #LaGiraDelAdios y fui muy feliz.

Febrero no sé qué me depara, pero estoy segura que algo sucederá…