Desde hace mucho tiempo tengo el deseo reprimido de escribir, y es que cuando lo hago, cuando empiezo, no puedo parar, pierdo la noción del tiempo y cuando termino ya he dejado muchas cosas sin hacer. Conecto con la mente pero desconecto el mundo.
Hace dos semanas fue mi cumpleaños, el número 49, ese era el mejor pretexto para escribir, quería hacerle honor a los 48, despedirlos dignamente agradeciéndolos y darle la bienvenida a los 49, el último año de una década muy complicada y desafiante para mi, pero a la vez, una que me ha formado como persona más que ninguna otra. Pero tuve mucho trabajo y no me fue posible hacerle honor a mi cumpleaños, “después lo escribo” pensé…
También quería dar mi opinión acerca de varias cosas y tampoco lo logré, una de ellas era acerca de la palabra “divorciada” y cómo nos ha hecho daño el significado emocional que le damos a determinadas frases, como “es divorciada” y de inmediato existe un gesto de “ahhh…ups… pobre” (en el mejor de los casos), pero también lo dejé pendiente.
El sábado estaba sola en mi casa, era el momento perfecto para escribir algo atrasado pero como ayer domingo iba a correr una distancia larga y cuando corro es cuando mejor escribo, pensé “seguro me inspiro muchísimo y regresando hago el mejor post del año” decidí con un gran ego y exceso de confianza. Así que dejé para ayer lo que debí de hacer antier.
Y ahora tengo que contar lo que pasó durante la mañana y el medio día de ayer, lo que pienso de mis 48 y 49 años y mis planes para despedir la década. Lo que opino acerca de ciertas palabras y, por supuesto, hacer un post especial para despedir el año y dar la bienvenida al 2019.
Lo siento, todo tendrá que esperar, les contaré acerca de la mañana de ayer, en la que experimenté una verdadera “Cadena de favores”.
Tenía por delante el reto de correr 18 kilómetros, estoy entrenando para correr medio maratón en Veracruz en tres semanas y me ha costado mucho trabajo salir de las lesiones pero, sobre todo, retomar el hábito de entrenar.
Lo acepté resignada pero con cierta emoción ante lo desconocido, quería lograrlo y aunque tenía miedo (raro, pero no tenía flojera), me fui a correr sola a Reforma. Mis queridas compañeras de equipo, el famoso #MushashaPower (creo que es otro post que tengo pendiente para contarles de ese particular equipo) andan en cosas distintas y no hemos podido correr juntas.
Llegando, a un par de cuadras de la Diana Cazadora, empecé a estirar, haciéndome un “coco wash” pensaba “no sufras por cuánto te falta, un paso a la vez, música padre, canta y disfruta el paisaje”. Correr en Reforma tiene un encanto particular. Hay gente por todos lados de todo tipo. Personas en bicicleta paseando, entrenando, con sus perros, corredores, familias, turistas, niños, viejitas y mujeres como yo que hacen lo que pueden con sus entrenamientos. Pero, además, la ciudad es preciosa y pocas veces lo valoramos, así que decidí ir tomando fotos en mi recorrido de lo que más me gustaba. Correr temprano y ver una ciudad despertar para mi es precioso.
Soprendentemente así sucedió, empecé a recorrer la ciudad y kilómetros y disfrutar cada paso. Obvio iba escribiendo como siempre que corro sola. Me gusta correr con mis amigas pero cuando lo hago sin ellas, mi mente vuela y vivo una especie de meditación activa en la que me desconecto y escribo.
Fui tomando fotos y viendo pasar monumentos, gente y kilómetros. De pronto, me rebasó una corredora que iba más rapido que yo, lo cual no es nada difícil. Yo además iba administrando mi esfuerzo porque no es lo mismo correr 5 o 10 kilómetros que 18. Entonces no me apena ir lento para poder terminar. De pronto vi que se le cayó algo de la cangurera, la gente lo vio y no le dijo nada, cuando pasé por ahí, lo recogí y decidí que la vería más adelante para regresárselo. Era un lipstick de esos carísimos que seguro era su consentido.
Traté de seguirle el paso pero no me era posible, ahora se había convertido en una misión, había que regresárselo sí o sí. Yo iba en el kilómetro 6, lo sé por la velocidad que marca mi reloj. Aceleré el paso con el objetivo claro de alcanzarla. Casi dejo los dientes en el pavimento pero cuando la tuve cerca le toqué el hombro y le dije con una voz apenas perceptible “seeehhh teeeehhh cayó alláaaahh atrás”. Se sorprendió, me dio un simpre “ah gracias” y siguió su paso.
Ok, no quería que me hiciera un monumento ni lo hice para recibir porras y aplausos pero una sonrisa hubiera estado padre. En fin, pensé que había hecho algo que me gustaría que alguien hiciera por mi y eso fue suficiente. Seguí mi carrera.
Pasaron muchos, pero muuuuchos kilómetros. Iba agotada en el 15 y estaba por el Auditorio Nacional cuando sentí que me estorbaban los aretes. Eran unas arracadas nuevas que me regaló mi hermana en Navidad. Cuando voy cansada a veces me estorban hasta las cejas, yo no sé cómo corre a veces la gente con mil cosas colgando, yo mientras menos lleve, mejor. Decidí quitármelas y enroscarlas en la argolla de mi llave del coche. La metí de nuevo a mi cinturon para correr y seguí mi camino más ligera (no pesan pero sentí alivio).
Me metí a correr después por el Lago de Chapultepec y los disfruté mucho, tuve que salir pronto de ahí porque había ya mucha gente (ya llevaba casi media mañana corriendo) y tuve que hacer algunos malabares para regresar a Reforma.
Me detuve a comprar agua porque sentía que me llamaba San Pedro y me faltaban 2 kilómetros (son pocos pero cuando San Pedro se pone necio, hay que evadirlo como sea).
Eso me ayudó a meterle velocidad a esos dos kilómetros que me faltaban, incluso el último lo hice dando todo mi esfuerzo y exigíendole al corazón lo que le quedaba. Pensé en una amiga que está muy delicada en el hospital y se lo dediqué, lo dí TODO.
Terminé feliz, satisfecha, incluso muy orgullosa de haberlo logrado y haberlo hecho bien. Sentí tranquilidad en pensar que quizá no entre gateando a la meta de Veracruz dentro de unas semanas (como hace dos años que no entrené bien y fue terrible).
Caminé un rato porque quedé lejos de mi coche y cuando ya estaba cerca me puse a estirar las piernas, lo hice con toda dedicación imaginando el maravilloso desayuno que me iba a preparar llegando a mi casa. También pensaba en el licuado que había dejado en el coche y me lo estaba saboreando junto con otra botella de agua.
Cuando iba caminando al coche, busqué mi llave… mi llave… no, espera, mi llave, la metí aquí, no, acá… NO PUEDE SER, ¡¡DÓNDE ESTA MI LLAVE!!.
Al no encontrarla, me senté en el piso y me quité el cinturón para buscarla bien. No es una cangurera, es como una banda de tela elástica que va alrededor de la cintura o cadera con varias aberturas en donde metes muchas cosas, como la llave de mi coche con unas arracadas.
Pues no estaba la llave… Sentí una desolación tremenda… Se me iba el licuado, el agua, el desayuno… En el coche estaban las llaves de mi casa, no podía irme ni en Uber ni en Metro porque no iba a poder entrar y además los pies no daban un paso más.
Me levanté pensando qué hacer, después de dar unos cuantos pasos pensé “le hablo a mi papá”. Lo hice, inmediatamente me resolvió “voy para allá, no te muevas”.
Ya con la paz que sentí de que todo se resolvería, sería pesado pero tenía solución, me tiré al piso a tomar el sol. Literal, no estoy hablando en sentido figurado. Había una especie de plancha o doble piso ahí en donde estaba y me senté con las piernas estiradas porque daba el sol y me estaba helando. En las bancas había sombra y hacía mucho frío. Me puse a disfrutar de la vista. Los turistas, los perros, los niños… Las hojas de los árboles cayendo sobre las Nochebuenas (cuando corro me pongo cursi).
De pronto se acercó un policia, me preguntó si tenía algún problema y le conté, “no se preocupe señorita, aquí me quedo para auxiliarla”. En realidad no podía hacer nada pero se puso a hablares a sus compañeros avisando que en algún lugar de Reforma, en un trayecto de 18 kilómetros, había una llave con unas arracadas tirada en el piso (hasta ternura me dio).
La gente se acercaba y le preguntaba cosas, sobre todo turistas, y me veían raro tratando de armar la historia, ¿Por qué había un policía parado junto a una mujer en el piso tomando el sol en Avenida Reforma platicando como si en cualquier momento llegara un mesero con unas cervezas? (y yo de eso pedía mi limosna).
Mi papá había quedado de hablarme cuando llegara por mi, de pronto me dí cuenta que se me había acabado la pila del celular, ¡OBVIO!, oyendo música y tomando fotos toda la mañana, no hay batería que resista. Cuando se me quiso acabar el mundo pensando qué hacer, se acercó un chavo y me dijo “yo te lo cargo”. No sé en qué momento se dio cuenta, iba con dos amigos, sacó de su backpack una pila y un cable y esperó de la manera más amable posible a que mi teléfono se cargara lo suficiente para que mi papá pudiera localizarme. Cuando vimos que ya tenía un 15 por ciento de pila, se despidió y se fue. De verdad no sé qué hubiera hecho si no me ayuda.
Mi papá no llegaba y vi como la pila iba bajando de nuevo. Entonces el oficial Esquivel (Eduardo para los cuates) me dijo que le mandara un mensaje a mi papá dándole su número de teléfono por si me volvía a quedar sin pila. No estaba muy segura de intimar tanto con un oficial pero ya llevábamos casi una hora platicando y a los dos se nos antojaban unas cervezas, teníamos algo en común, hambre y sed.
Un ratito más tarde, el oficial me dijo “por aqui ando Diana, no se preocupe, no le va a pasar nada, voy a dar una vuelta”. Disfruté el ratito sola y de pronto oí un grito “¡Diana!, ¡Le hablan por teléfono!” era de nuevo el oficial con su celular en la mano.
Era mi papá, que había llegado y no entraba la llamada a mi celular. Por fin empezaba a ver la luz. Me despedí de mi amigo, el oficial Eduardo Esquivel, le agradecí todas sus atenciones, me dijo que cuidaría mi coche por si alguien se había encontrado la llave, no se lo llevara (como si alguien supiera a qué coche pertenecía y dónde estaba estacionado) y me pidió que le hablara cuando regresara.
Mi papá me llevó a mi casa, mi mamá ya había citado a un cerrajero, abrieron la casa, tomé el duplicado, subí a Tostada al coche de mi papá (lo dejó lleno de pelos) y me llevó de regreso a buscar mi coche. Me tomé mi licuado, el agua que ya estaba caliente, regresé a mi casa en un estado a punto de ser catatónico de cansancio. Me bañé y me hice algo de comer. Eran las tres de la tarde, muchas horas, mucho sol, un gran esfuerzo, deshidratación, hambre y agotamiento.
Me quedé dormida un rato y cuando desperté, armé toda la historia. Recordé al chavo que cargó mi celular y al policia que me acompañó y me dio su número para que mi papá me ubicara y en ese momento recordé a la corredora a la que yo le había regresado su lipstic consentido… Como se diría en inglés “it hit me”, ahí estaba, la “Cadena de favores”. Yo hice algo bueno y alguien hizo algo bueno. Siempre he creído que es cierto, que se contagia o se reproduce, que si haces cosas buenas, las atraes de vuelta, igual con las malas.
A veces pienso que el mundo sería distitinto si todos aplicáramos la “Cadena de favores” y creo que hace falta mucha humanidad y ser más amables unos con otros. Luego recuerdo cómo un día un señor de los que empaca cosas en el súper me prestó dinero cuando le dije que no empacara mis cosas porque no tenía dinero para darle y me preguntó si al menos traía para pagar el estacionamiento y le dije que no. Entonces pienso que sí hay humanidad, sí hay gente amable, lo que hace falta es que pongamos atención y paremos un minuto a verlo.
Quizá no hubiera yo notado la amabilidad del chavo que cargó mi pila o la gran idea del oficial que me sugirió darle a mi papá el número de su celular antes de quedarme de nuevo sin pila. Quizá hubiera pensado que así tocaba, que esas cosas pasan y punto.
Me siento agradecida de haber logrado correr los 18 kilómetros, de haberme sentido fuerte y bien, pero también de haber experimentado la amabilidad del chavo, la del oficial y, por sobre todas las cosas, haber comprobado una vez más que puedo hablarle a mi papá y pedirle lo que sea que está dispuesto SIEMPRE a ayudar, eso no tiene precio. Si tenía que perder ayer la llave para difrutar eso, bienvenido sea.
Leía hace rato una frase que decía “No importa cuánto crezca una niña, nunca deja de necesitar a su padre”.
Así que para cerrar el año, puedo decir que los 48 fueron un año de mucho crecimiento, perder miedos, aceptar retos, manterme firme a mis convicciones y tomar mis propias decisiones a pesar de la opinión de los demás, aunque me equivoque, aprendo lecciones.
También puedo decir que he decidido que el 2019 será un año ejemplar, tomaré más riesgos aún con miedo, haré espacio para sacar la creatividad que quiere explotar por momentos en mi cabeza porque no le doy salida, cumpliré un sueño que traigo arrastrando y aguantaré lo que venga con la resiliencia que he logrado adquirir.
Pero sobre todo, puedo decir que me reiré mucho, que disfrutaré mucho y que pondré atención a todas esas cosas que hacen mi vida marvillosa como la experiencia de ayer, haber perdido la llave de mi coche puede ser un maravilloso cierre de año.
Deseo que todos ustedes sean felices, se tomen el tiempo para estar con la gente que quieren y que los quiere, que tengan un sueño por cumplir y que logren poner atención a esos pequeños detalles que la vida nos regala y que no siempre tenemos presentes.
Ah, promento escribir más…