Entre lágrimas y risas…

La semana pasada llevé a mis hijos al museo de Memoria y Tolerancia, las cosas estaban así: llevaban todas las vacaciones jugando Xbox en la mañana mientras yo me iba a trabajar, luego a medio día los llevaba la club a jugar futbol, básquetbol, a nadar, comer y estar con los amigos el resto del día para recogerlos en la noche y volver a jugar Xbox en línea y después ver un rato de televisión, una vida muy dura e injusta porque no los llevé de vacaciones a la playa.

Trato de llevarlos a museos porque me acuerdo con mucho cariño de los días en los que yo iba con mis papás y después nos íbamos a comer, yo tendría unos dieciséis años,  la pasábamos increíble y aprendí a valorar los museos y apreciar el arte.

A mis hijos les da mucha flojera, piensan que es cansado y aburrido estar parado viendo pinturas, su vida son los amigos y el futbol, pero de vez en cuando les recuerdo que hay vida detrás del club.

Hemos estado viendo fotos de sus amigos en la playa, en Disneylandia, en divinas ciudades. Yo  misma he envidiado a mis amigas que me mandan atardeceres divinos en el mar y yo los veo en el tráfico en la ciudad (que son preciosos por cierto) y es fácil que los niños caigan en la frustración por no poder compartir con sus cuates sus maravillosas vacaciones, sin darse cuenta que quedarse aquí y disfrutar su vida es igual de valioso, así que decidí darles una pequeña dosis de realidad.

La Ché y yo planeamos irnos en Metrobus, tomar después el metro y llegar al Bellas Artes, desde donde caminaríamos hacia el museo. La cara de los niños cuando les informé mis planes no fue precisamente de una película feliz, pero ni modo.

Cuando llegamos a la estación Pino Suárez, decidimos bajar y caminar pensando que no estábamos tan lejos, pero nos equivocamos, así que aunque decían estar “MUERTOS DE HAMBRE Y MUERTOS DE SED” nos volvimos a subir al metro, ahí se puso medio ruda la cosa, la gente en el metro no conoce el espacio vital, yo estoy acostumbrada y no me afecta, los que me conocen bien o siguen mi blog, han leído mis historias en la estación Pino Suárez porque alguna vez dije que ahí había encontrado el amor gracias al cariño que la gente te demuestra “abrazando” todo tu ser… En esta ocasión no fue diferente, la Ché y yo lloramos de risa al notar que un señor de rojo mostraba bastante interés en mi persona, y los niños nos veían reir sin entender qué era lo que nos causaba tanta gracia.

Siguiente parada: Bellas Artes, ahí nos bajamos y la aplicación Waze nos dio instrucciones para llegar al museo caminando, nos metió por unas calles horribles, después pasamos junto al Teatro Blanquita y estaba lleno de gente que vive ahí, en la calle, con cobijas y cajas y uno de mis hijos me dijo “mamá, mira a ese señor bañándose en la fuente”,  pues sí, hay gente que vive así (deberíamos llamarle sobrevivir porque no sé si eso sea vivir).

Seguimos caminando y pasamos por calles que yo no conocía, tristes, solas y parecían peligrosas,  nosotros teníamos una pinta de turistas con dinero que no podíamos disimular, de pronto se paró una patrulla y nos dijo “necesitan ayuda”. Seguramente se dio cuenta que no pertenecíamos a esas calles porque cuadras atrás nos había visto caminando y decidió darse la vuelta para acercarse y preguntar, no se sorprendió de saber que no teníamos ni idea de dónde estábamos, nos dio instrucciones mientras mis hijos me preguntaban por qué los vidrios de las casas estaban rotos, era la calle de La Magnolia, pienso que en sus buenos tiempos fue preciosa, ahora nos sentíamos como en una escena de Mad Max caminando entre el polvo y la desolación a la mitad de la calle porque ni coches había.

Por fin llegamos al museo , mis hijos tenían cara de pocos amigos porque su vida era terrible ya que no estaban en el club con sus cuates, no, estaban en un museo y habían ido en metro apretados y habían caminado con sed y hambre en unas calles abandonadas, sin una sola tiendita donde poder comprar unas papas.

Nos ofrecieron visita guidada y la tomamos, nos dieron unos audífonos porque de esa manera el guía no va gritando y sientes que te habla al oido.

Empezamos a caminar y poco a poco noté cómo los chavos iban cambiando su actitud, no solo no estaban aburridos, mostraban un interés fuera de lo común. No se perdían ningún detalle del museo, iban siempre cerca del guía y fueron dos horas muy duras en las que vieron escenas terribles del Holocausto y les hablaron de lo que significa la palabra GENOCIDIO. Me vieron llorar cuando el guía nos explicó lo que los Nazis les hacían a los niños y a los discapacitados, de la propaganda para crear odio y repulsión y se nos puso la piel chinita cuando nos subimos a un vagón donado por el gobierno de Polonia en el cual transportaron en condiciones INFRAHUMANAS a cientos de miles de personas para su exterminio.

Creo que a mi lo que más me impresionó fue el momento en que la voz del guía, que gracias a los audífonos era clara, suave y cariñosa, (incluso le dije a la Ché que yo podría enamorarme de ese hombre por la voz y la suavidad de las palabras), explicó cómo se reunieron un grupo de hombres preparados, con títulos universitarios y algunos con maestrías y doctorados, para idear una mejor manera de acabar con los judios o las personas que ellos consideraban por debajo de los seres humanos. Fusilar era caro, iban de casa en casa y los sacaban para matarlos, pero eso era lento y cada uno necesitaba una bala, había que hacerlo barato y rápido, es decir, más eficiente… Yo no podía creer lo que escuchaba, buscaban una mejor manera de matar gente. Se me salían las lágrimas.

Durante las dos horas que duró la visita, uno de mis hijos quería ir al baño pero no fue porque me dijo “no quiero dejar de ver nada”. Salimos impresionados, en ese momento estoy segura que ya no importó el metro lleno de gente, las calles sucias y los vagabundos en el Teatro Blanquita. Tampoco sentían una sed que los pudiera matar y un hambre que no pudieran saciar.

No fue un museo de arte contemporáneo, no fue un museo de cera con personajes famosos, fue un museo en el que nos hicieron un recorrido por la historia pero, sobre todo, por la conciencia, porque lo más triste de todo es que aunque todos hemos repetido hasta el cansancio “Nunca más”, sigue ocurriendo todos los días.

Fue un museo en el que se habló de genocidio, intolerancia, injusticia, indiferencia, racismo… palabras tan actuales que duele. Casi al final de la visita, hubo una frase que dijo Alfonso, el guía, “En México, ser mujer, es peligroso”, y le agradezco muchísimo que lo haya hecho.

Saliendo de ahí, fuimos por unos tacos, una cerveza y caminamos un buen rato por Reforma buscando una estación de Metrobus para no usar el metro porque era “hora pico” y veníamos con tres adolescentes, uno de ellos era la hija de la Ché, en una edad muy vulnerable. A mi como sea, que me toquen todo, pues me aguanto pero no me asusto, a ella sí que no estaría lindo y no hay forma de detenerlo.

Cuando tomamos el Metrobus, iba lleno, pero nadie se quejó, nadie reclamó de la caminada ni de lo cansados que estábamos, al fin y al cabo, íbamos a llegar a nuestra casa, con una cantidad de privilegios que no tenemos conscientes hasta que un día un Alfonso nos recuerda que hay gente que muere todos los días porque alguien decide que no debe vivir por el tamaño de su nariz, el color de su piel, sus creencias religiosas o preferencias sexuales.

Fue un día lleno de lágrimas, de risa y tristeza, fue un día productivo, fue un día necesario.

No, no fuimos este verano a la playa ni salimos a alguna ciudad espectacular, pero disfrutamos todos los días de tenerlo todo  y no nos damos cuenta.

Ah, y fue un día en el que casi vuelvo a encontrar el amor en el metro Pino Suárez, solo que ahora llevaba a mis hijos, lo cual lo hacía muy conveniente, el que se aviente el tirito de quererme, sabe que vengo acompañada de un buen paquete…

 

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