Hace veinte años se me paró el corazón.

Primero de julio de 1998, un día normal, me desperté como cualquier otro sin la más mínima idea de que ese día cambiaría mi vida para siempre.

Tenía 28 años y vivía muy tranquila. Trabajaba haciendo vitrales, tenía un novio que quería muchísimo y él me quería igual, su familia era muy importante para mi y la mia estaba sana y feliz, todo bien.

Era miércoles, no recuerdo qué hice durante el día pero seguramente trabajé feliz diseñando algún vitral o lijando vidrio y fundiendo plomo. Pero recuerdo perfectamente lo que pasó a partir de las 8 de la noche. Esa terrible noche que me colapsó.

Estaba sentada en el sillón del cuarto de tele en casa de mis papás. En unos meses nacería mi sobrina y aunque nunca había tejido ni una bufanda, había decidido intentar hacerle alguna monada. Mi novio no había ido a verme porque ese día llegaban de viaje su mamá y su hermana, habían ido a Boston a visitar a su hermano y quería recibirlas, “me las saludas mucho” le dije cuando nos despedimos por teléfono después de que me avisaba que estaban por llegar. Fue la última vez que hablamos en tono alegre acerca de su hermana, le decían la Nena.

Más o menos una hora después, mientras le cambiaba a la televisión, pasé por el canal dos y estaban las noticias, nunca las veía porque me aburría y soy más de ver series de comedia, sobre todo en la noche. Pero estaba Guillermo Ortega (lo recuerdo tan bien) y dijo algo así como “No se vayan, al regresar un científico explica por qué podría temblar los próximos días en México”… Odio los temblores y por morbosa decidí verlo.

Pasaron los anuncios y yo tejía totalmente concentrada (trataba de dar puntos que se saltaban y no lograba hacerlo bien) así que no estaba viendo la pantalla, de pronto escuché algo así como: “Guillermo, te reportamos que hace unos minutos, hubo un asalto y mataron a Marcela…” cuando dijeron el apellido, me petrifiqué, vi la pantalla y aparecía un coche rojo, la Nena no tenía un coche rojo, tenía que ser un error, de pronto pasaron una foto de su identificación, era ella, pero podía haber una explicación, la habían asaltado en el aeropuerto seguramente, le habían quitado la cartera y habían matado a quien la traía, pensaban que era ella, claro, ¡eso era! la Nena no podía estar muerta, obvio.

Cuando pasaron la escena del crimen, la cabeza de Marcela recargada en el asiento con una sábana tapando el rostro, vi el pelo, me recorrió un escalofrío todo el cuerpo y se paró en el corazón, era ella, era el precioso pelo negro de Marcela que tanto admiraba porque brillaba muchísimo.

No podía respirar, no podía hablar, no me podía mover, el corazón no sabía qué hacer, ahora mismo, mientras lo cuento, se me escurren las lagrimas porque recuerdo el dolor y no se ha ido, he aprendido a vivir con él.

Como no podía moverme, mis papás fueron a verme a la sala de tele, ellos lo habían visto en su cuarto, me encontraron en shock delante de la pantalla temblando con los ojos perdidos.

Quedaba una esperanza, todo podía ser un error, una terrible coincidencia, pero… ¿a quién le hablaba? ¿y si era cierto y mi novio no sabía? ¿y si no era cierto y lo asustaba horrible? ¡¿QUÉ DEMONIOS HACER?!.

Le hablé a una muy amiga mía que era además novia de un primo de la familia, y sí “Diana, mataron a la Nena, me acaba de decir Javo”.

En ese momento logré explotar, por fin lloré sin control, sollozaba y se me iba el aire, quería vomitar, mi mamá me abrazaba y trataba de calmarme, no lo conseguía, mis papás estaban preocupados porque no reaccionaba.

Se me había parado el corazón, no funcionaba.

Horas más tarde me habló mi novio. Con una calma terrible me dijo “tenemos que ser fuertes por mis papás” y me dijo que estaban en su casa pero que él iria a buscar el cuerpo.

“Buscar el cuerpo” lo escribo y el corazón se acuerda otra vez del dolor inmeso. Les pedí a mis papás que me llevaran a su casa, pero para ir teníamos que usar el Periférico, algo cerca de donde había ocurrido todo y les supliqué que no nos fueramos por ahí. Por años no pude usar esas calles, sentía que pasaba por una zona oscura y moría de miedo.

Al llegar a su casa, abracé a su mamá quien me consoló como si yo fuera la que había sufrido la terrible pérdida, recuerdo sentir culpa por estar en ese estado mientras ella, que había perdido a su adorada hija un par de horas antes, se mantenía ecuánime y tranquila.

La casa poco a poco se fue llenando de familiares y amigos que no podían creerlo, la Nena era una mujer muy querida por muchísima gente, era realmente maravillosa, llena de luz, sonreía y se iluminaba, era simpática, alegre, tenía muy buen sentido del humor, cariñosa y no se callaba lo que pensaba pero siempre tenía algo bueno que decir, jamás la escuché hablar mal de nadie.

Con ella iba en el coche su esposo, Rafa, quién había sobrevivido a otro balazo y estaba en el hospital. Era difícil de manejar la situación porque estaba la preocupación de su estado y la profunda tristeza de la pérdida de la Nena.

Lo que siguió, después de horas de angustia, fue el velorio. Lo recuerdo entre tristeza y cariño, no cabía un alfiler, la gente no iba y venía, no, solo venía. Se quedaban todos a apoyar y dar abrazos llenos de amor, unos llorábamos a mares, otros estaban callados en un estado de letargo provocado por una incredulidad enorme y otros rezaban.

Ese día se me paró el corazón, lo sentí, perfectamente, también sentí cuando arrancó de nuevo, pero nunca fue igual.

Ese día cambió mi forma de ver la vida, ese día entendí que estamos sobre un hilito que se puede romper en cualquier momento, ese día me dieron un madrazo de realidad, cualquiera puede venir a quitarte la vida o a quitársela a quien más quieres.

Un par de semanas depués, soñé con ella, traía un suéter rojo y se veía feliz, me decía “Diana, ve y dile a Rafa que estoy con él, a lado de su cama, que no me ve pero ahí estoy”.

Rafa había sobrevivido pero estaba en muy mal estado, físico y anímico. Marcela era su vida, estaban por empezara buscar un bebé, tenían todo un futuro por delante y de pronto, ya no tenían nada… ¿Cómo le dices “dice la Nena que está aquí contigo”?.

Dos meses depués, Rafa no pudo más y se fue con ella, entre tristeza y desolación, todos nos sentimos un poco más tranquilos de saber que lo que él tanto deseaba, se había cumplido. No podía vivir sin la Nena.

Me tomó meses dejar de llorar, mis papás estaban preocupados, no hablaba de otra cosa más que de Marcela y no podía sonreir siquiera. No solo era su muerte, era que alguien le había arrebatado la vida cuando empezaba a vivirla.

Después de algún tiempo, empecé a sentirme mejor, empecé a recordarla otra vez sin la imagen terrible que había visto en la televisión. Era difícil ya que repetían una y otra vez esas escenas de ese día. A cualquier hora y por cualquier lado escuchaba “la muerte de la maestra de Ballet…”

Logré acomodarlo, logré vivir con eso, ahora que se cumplen veinte años, puedo decir que recuerdo a la Nena con muchísimo cariño y que muy seguido pienso en ella y lo que podría ser su vida de no haber sido por esa persona que decidió terminar con ella. Sigo llorando ahora que lo escribo pero aprendí que si la vida es tan frágil, tienes que vivirla al máximo, ya no pienso todos los días “hoy podría morir” (porque eso pensé durante meses y quizá años) pero sí pienso “un día voy a morir, cómo quiero vivir mientras ese día llega?”

He pasado momentos muy difíciles y poco a poco salgo de ellos, me recupero y vuelvo a la lucha, me he demostrado a mi misma que soy resiliente y que aunque me derrumbe (porque sí lo hago), un día levanto un pie, después el otro y va de nuevo.

El día que se me paró el corazón queda en el recuerdo, ese día me morí tantito y después volví a vivir, diferente, más consciente, más realista, con una cicatriz pero también fortaleza.

Te recordaré siempre Nena, siempre siempre SIEMPRE, con tu suéter rojo, tu increíble sonrisa y tu alegría por vivir, y te honraré y les contaré a mis hijos de ti para que sepan que tuvieron una tía que iluminaba el lugar al que entraba. Besos hasta el cielo o hasta donde estés con Rafa y René.

Nunca pude volver a tejer…