Todo tiene consecuencias, correr también.

Y sí, todo lo que hacemos, decimos  y decidimos, tiene consecuencias, todo está en cuáles estamos dispuestos a pagar.

Hace unos meses que regresé a correr, decidí entrenar para una carrera que es especial para mi. Pero una cosa es correr diario un rato como solaz esparcimiento y otra muy distinta es ponerse a entrenar.

Implica muchos sacrificios, horas de ejercicio, mejor alimentación, dormir más y mejor, tomar mucha agua, darte masaje seguido para evitar lesiones y estar dispuesta a rechazar un montón de invitaciones de tus amigos (los cuales generalmente te odian porque no lo entienden). Todo esto lo pensé detenidamente y aún así decidí hacerlo.

Ahora estoy pagando las consecuencias, pero algunas fueron buenas. Resulta que como corrí durante mucho tiempo sin las plantillas adecuadas, sin masaje y sin cuidados necesarios, casi empezando el entrenamiento ¡ZAZ! una lesión: fascitis plantar, una dolorosa sensación en la planta del pie, para quienes no la han sufrido, hagan de cuenta que a cada paso que dan, pisan una pieza de lego, (para quienes no han pisado una pieza de lego, no han visitado el infierno). Tuve que empezar a atenderme esa lesión porque no he estado dispuesta a abandonar mi objetivo.

En el camino a la recuperación, tuve que empezar a nadar, deporte que nunca practiqué en forma, solo cuando veía de joven las olimpiadas y decidía que yo sería la siguiente representante de México (intención que me duraba dos semanas más o menos). Pues descubrí que me gusta mucho, que cuando aprendes a respirar bien y estiras los brazos, jalas el agua y avanzas sin ahogarte porque ya no te cansas, lo disfrutas bastante, incluso he descubierto que es una buena manera de meditar y estar en el aquí y ahora. Así que las consecuencias de nadar fueron muy buenas, adquirí una mejor condición física y de verdad lo disfruté.

Después de eso, tuve que ir al gimansio, algo que de verdad no me gusta nada, siento que me ahogo en un lugar encerrado lleno de gente sudando y con modelitos deportivos que se les ven divinos y yo no sé ni usar correctamente los aparatos. Tuve que pedir ayuda a uno de los instructores que gracias a Dios es amabilísimo y no se burla de mí, las consecuencias fueron que empecé a sentir más fuerza en las piernas y en los brazos, no es algo que me guste pero sí es algo que me sirve.

Tuve que ir a ver a un fisioterapeuta y a darme unos masajes ESPANTOSOS, me hacía llorar de dolor y me dijo que traía todo el cuerpo contracturado, sentía como si quisiera matarme cada vez que me tocaba y aunque él decía que lo estaba haciendo muy suave, parecía que me enterraba un puñal punto por punto del cuerpo.

Tuve que estar en reposo abosluto durante los últimos días, con una frustración enorme porque se acerca la carrera y yo sigo sin poder entrenar como debiera, pero las consecuencias del descanso han hecho que aprenda a tener paciencia, a tomar decisiones,  aprender a fluir sin apresurarme y a descansar. El fin de semana le dije a una amiga “no sé si estoy deprimida o soy muy floja pero no tengo ganas de hacer ni pensar nada”, después de un profundo análisis me dijo “duerme por favor un día entero, estás cansada mental y físicamente”.

Ahora tengo que hacer yoga, me cuesta muchísimo trabajo y la posición que mejor me sale es la del cadaver, y aún esa se me complica un poco. Pero las consecuencias son que estoy ganando elasticidad y fuerza, ¿creen que el yoga es fácil? no, sudas muchísimo, te tiembla todo el cuerpo, te duelen músculos que no sabías que existían y quieres que el tiempo que tienes que mantener una posición corra más rápido de lo normal. Pero es buenísimo.

Sí, correr tiene consecuencias, el otro día me decían que para qué corría si me lastimaba. Es cierto, los corredores comúnmente sufrimos lesiones, tenemos que hacer sacrificios y el esfuerzo es grande. Pero las consecuencias son más buenas que malas, y cada quién decide cuáles quiere pagar, imposible enumerar las que tiene no hacer ejercicio, son muchas y son terribles. Enfermades, depresión, ansiedad, mal humor…

Yo llevé una vida de vagancia la mayor parte de mi historia, no tenía el hábito del ejercicio y según yo era feliz así. De hecho de mi familia era la que menos deporte hacía y no se me daba nada. Lo que mejor hacía era estar sola en Dianalandia y disfrutarlo.

Pero algo cambió hace siete años, un día me puse a correr, el deporte que menos entendía de todos, pero fui persistente a pesar de lo difícil que era para mi, seguramente una parte de mi alma conocía las consecuencias de obligarme a correr.

Sí, me siento ahora frustrada, cansada, tengo miedo y no sé qué va a pasar, si lograré hacer la carrera o no, si voy a recuperarme a tiempo o no. Sigo yendo a los terribles masajes que me separan las extremidades como a una muñeca Barbie, sigo haciendo yoga, estoy esperando banderazo para volver a nadar y poder ir al gimasio, y lo que más deseo es poder caminar sin dolor para poder regresar a mi querido bosque a correr.

Estoy pagando las consecuencias de haber dejado de correr demasiado tiempo y de haber regresado sin los cuidados que necesitaba, pero esas mismas consecuencias me han llevado a nadar, hacer yoga, atenderme y darme masajes, tener paciencia, recibir apoyo y cariño de mis amigas, alimentarme mejor y, sobre todo, aprender cosas nuevas sobre mi, así que estoy dispuesta a pagarlas, además conozco las consecuencias de cumplir mi objetivo, cruzar esa meta.

Conozco los dos tipos de vida, el tranquilo, que no haces ejercicio, en el que no te lastimas ni haces sacrificios. También conozco el del deportista, que se levanta temprano, que a veces va a nadar con frío, que corre con lluvia o mucho calor y que a veces va al gimasio a las 6 de la tarde un viernes porque no pudo ir a otra hora. La cuestión es que conozco también las consecuencias de hacer el enorme esfuerzo que requiere, definitivamente me quedo con la segunda, quiero seguir corriendo.

Así que me harían un gran favor si van sacando los rosarios o le piden al universo o a quien crean que me pueda ayudar para que pronto pueda dar pasos sin dolor al caminar.

¡Qué hace falta para que te INDIGNES?

Hoy escribo porque no sé qué más hacer, con lagrimas en los ojos y profundamente triste. Ayer en la tarde empecé a entender lo que está pasando en la frontera con Estados Unidos desde abril, no doy crédito, de verdad no puedo creerlo.

Estuve todo el día en mil cosas y no pude investigar bien, quería saber más antes de tener una opinión, y en la noche vino el madrazo, leí artículos, busqué entrevistas, vi fotos desgarradoras… Y me fui a dormir con el corazón roto, solo agradeciendo que mis hijos estaban conmigo en una casa y una cama calientita con el estómago lleno de una rica cena.

Hoy en la mañana uno de mis hijos se levantó y antes de meterse a bañar se acostó en mi cama porque no podía de sueño y se volvió a quedar dormido, lo observé varios minutos con el corazón encogido, imaginando lo que sería de él si fueramos de esos desafortunados migrantes que están tratando como animales en las fronteras. Lo veía con una expresión de paz y tranquilidad y trataba de imaginar lo que estarían haciendo en esos momentos los miles de niños que han sido separados de sus papás y tienen miedo, frío, hambre y están solos.

Después de dejarlos en la escuela, se me desabartó por completo la fortaleza, empecé a llorar muchísimo, por fin pude mandarle un mensaje a una amiga que es un poco  como yo, sensible a estos temas, (gracias CC, me alivianaste muchísimo) y lloré con ella y me abrió aún más los ojos “¿y sabes lo que pasa en la frontera sur con Guatemala?” me dijo…

Total, que seguí investigando y lo que peor me tiene es que no estamos todos verdaderamente INDIGNADOS, son pocas las personas que me han comentado lo terrible de la situación, como no es nuestro problema (o eso creemos), como no vivimos allá o como no son nuestros hijos o parientes, seguimos con nuestra vida y no pasa de “algo que pasa en otro lado”.

En mi investigación, estuve leyendo todo tipo de comentarios buscando encontrar algo que me indicara que los norteamericanos están como yo, buscando con esperanza un repudio total, pero en cambio me encontré con gente que decía cosas como “pues que no vengan para acá con niños, que no sean irresponsables, que aprendan que acá no van a pasar, se les advirtió…” me dejó totalmente desolada.

Sé que el problema migratorio es serio, que los gobiernos de México, Guatemala, El Salvador, etc etc, son responsables en gran medida (si no es que en toda) por no dar las condiciones necesarias para que la gente no tenga la imperiosa necesidad de irse a exponer su vida y la de sus hijos buscando vivir mejor, lo entiendo y no encuentro de manera inmediata una solución pero… ¿hay que tratar a los niños como animales? ¿como fichas de cambio? ¡ESO ES LO QUE ESTÁN Y ESTAMOS HACIENDO! (porque en la frontera sur no nos salvamos).

No puede ser que veamos esas imágenes y no nos sintamos totalmente desolados, que nos cortemos las venas porque un grupo de mexicanos quemó una bandera (noticia que veo y veo en redes sociales), que no estemos todos hablando de esto y de lo que representa para la humanidad, que no consideremos que se está cometiendo un crimen contra estos niños y sus familias.

¿QUÉ HACE FALTA? Escuché la entrevista de un niño de 9 años, NUEVE AÑOS, diciendo que aventaron sus cosas, no trae zapatos, tiene frío y en las noches y le dan “papel alumnio” (una cobija térmica de papel) para taparse, duerme en el piso y con él hay niños desde 4 años hasta adolescentes que lo único que piden llorando es que los lleven con su mamá, el lugar en el que los tienen lo llaman “el refrigerador” por el frío que hace (¿no lloran al leerlo? yo lloré a mares al escucharlo).

¿Saben las consecuencias psicológicas que esto implica? ¿saben lo que pasa por la mente pequeñita de estos niños? ¿saben lo que se les está programando?. No soy psicóloga, pero no necesito serlo, el odio se ha engendrado en esas cabecitas.

Escribo esto con una impotencia enorme, llorando todavía, pero no quiero solo llorar, espero que alguien empatice, que alguien más proteste, que alguien que no sabía que esto estaba pasando, lo sepa y alce también la voz.

Lo único que nos queda de momento es la protesta, el repudio social, ejercer presión en redes, sé que hoy podría considerarse en la Casa Blanca lo que están haciendo, sé que hay americanos que están ejerciendo presión para tratar de ayudar y piden que la sociedad levante la mano y haga un reclamo, pero también sé que Donald Trump ya ha construído el muro, un muro humano de CERO TOLERANCIA equivalente a CERO HUMANIDAD.

Esos niños difícilmente volverán a ver a sus papás porque está tan mal hecho todo este infierno, que ni siquiera están creando archivos para que los niños vuelvan un día con sus familias. No les importa, “casualties of war” les llaman ellos…

¿Qué podemos hacer? INDIGNARNOS, SER HUMANOS, RECLAMAR, EJERCER PRESIÓN, NO QUEDARNOS CALLADOS, NO PASAR LAS FOTOS SIN VER PARA NO SUFRIR Y DEJAR DE PENSAR QUE NO ES NUESTRO PROBLEMA.

Me siento tan triste que no tengo ganas de hacer nada, tengo ganas de dormir y despertar y contarle a alguien que tuve una pesadilla horrible y habíamos regresado al Holocausto, ¿creen que estoy exagerando? vean las fotos de niños encerrados en jaulas y marcados con números, separados de su familia, tal como lo hacían en los campos de concentración de la Alemania Nazi.

Yo por lo pronto quiero ir a la marcha, voy a twittear mensajes de protesta, ayer mandé un mail a una organización para manifestar repudio y mi apoyo,  voy a seguir buscando información acerca de lo que yo puedo hacer desde acá y no voy a evadir la noticia pensando que gracias a Dios no es mi problema.

Lo único que me consuela, es que no paro de llorar, sigo siendo humana.

 

 

 

 

¡Sobreviví otro año!

Hoy hace 19 años me casé, mi matrimionio fue lindo y feliz por algún tiempo y después terminó, eso ya está superado aunque seguro saben los que me siguen, lo difícil que fue, pero aqui ando, y no solo sana y salva, también feliz.

Hoy hago conscientes varias cosas, tengo qué confesar que no recuerdo la fecha en que me separé, pero Facebook me recordó hoy en la mañana que cuando cumplí un año, escribí que había sido una época terrible y declaraba el 19 de junio como “El día de la Independencia” y el primer día del resto de mi vida.

Confieso también que en esa época me tiraba al drama, pero ¿saben qué? ni modo, estaba metida en un maremoto de emociones y sí, me ayudaba expresarlas con mis amigos, siempre alguien tenía algo lindo qué decir. Por eso perdono a todas las personas que de pronto publican alguna que otra tragedia personal, porque yo sé lo que se siente y sé lo que buscan con eso (a todas esas personas, ¡ANIMO! sí se puede).

El caso es que haciendo un recuento, como el que casi cada año hago, de verdad que he sobrevivido a muchas situaciones, una de las primeras fue a un embarazo de gemelos, créanme, es algo complicado (no solo por el tamaño del que te pones). Después sobreviví a tener dos bebés al mismo tiempo, DOS BEBES AL  MISMO TIEMPO (sí, lo quiero recalcar).

Después sobreviví a dos niños de dos años con la etapa de berrinches espantosa y a sentirme sola en esto de la maternidad, no fue una buena época.

Después sobreviví a la escuela de mis hijos cuando tenían 3 años, enfermedades iban y venían, cargaba con el termómentro en la bolsa porque sufrían de fiebres  todo el tiempo y yo quería irme a vivir sola a un lugar lejano en Groelandia.

Después sobreviví a tener a dos hijos de 4 años en el hospital al mismo tiempo, uno internado y el otro en quirófano, fueron semanas espantosas, ES-PAN-TO-SAS (también lo quiero recalcar).

Y después sobreviví al final de una historia de amor, al final de mi matrimonio, tuve que renunciar a la idea que yo tenía sobre lo que quería que fuera mi vida y ahí sí que viví días de abosulta supervivencia, un día a la vez y cada uno me costó una voluntad tremenda.

Cuando eso fue superado, creí que no tendría nada más por sobrevivir, que estaba comprobado ya que podía salir de situaciones complicadas y que el universo me daría un respiro.

No te lo da, cada día pasa algo nuevo, cada día tomas decisiones difíciles, cada día tiene sus retos. Lo que pasa es que te vas haciendo fuerte, te vas acostumbrando a que vas a descansar hasta que te mueras, y vas a dejar de luchar hasta que no haya motivo por el cual hacerlo.

Hace un año tomé una difícil decisión. Sacar a mis hijos de su escuela y cambiarlos a otra. Parececía algo así como “peccata minuta” (vamos, algo poco importante), pero lo que esa decisión implicaba era salir de una zona de confort y abandonar todo lo conocido y que me mantenía a salvo.

Quería salir del sistema, no quería estar cómoda pero enojada con algo que no me gustaba, y si algo me había enseñado hasta ahora la vida, era que tenía que aventarme al infinito y hacer lo que yo creía que era mejor aunque fuera difícil.

Dejaba a mis amigas, mis hijos dejaban a sus amigos, estaban asustados porque no querían el cambio y no lo entendían. Dejaba un sistema educativo ya conocido y al cual nos habíamos acostumbrado y todo esto lo hacía en la peor edad, la adolescencia, por supuesto uno de ellos me odiaba y me pedía que reconsiderara todo el tiempo.

Lo utilicé como ejemplo y les dije “cuando algo no te cuadra, no te gusta y no estás de acuerdo, hay que dejarlo por muy difícil que parezca, manténganse siempre firmes en sus convicciones”. Me veían con cara de “sí, ajá, lo que quiero es quedarme con mis amigos”.

He pasado un año complicado porque me fui a otra escuela en donde no conocíamos a casi nadie, donde mis hijos tenían que hacer nuevos amigos, acostumbrarse a otro idioma, otro sistema, otras personas, otros maestros… Yo tenía que hacer las cosas por mi misma porque no tenía a mis amigas, en especial a la Ché que siempre me decía cómo y por dónde en la escuela anterior. No tenía idea de aboslutamente nada y, para mas INRI (así dice mi papá) decidí no entrar a ningun chat de mamás (creo que me quería hacer harakiri) pero me negaba a ser parte de esas costumbres en las que TODO les resuelven a los niños. Tuve que confiar en mis hijos y les dije: “yo no estoy en chats, no me voy a enterar de tareas y entregas y esas cosas que ustedes deben de saber, así que abusados y Dios nos ampare”.

Pues con sus altas y bajas, un par de citas en la escuela, una en especial que tendría qué contarles, muchos olvidos y lecciones aprendidas, muchas llamadas de la escuela “señora, no sé si recibió el mail en el que se le avisaba que…” SOBREVIVIMOS, está por acabar el año, estamos en exámenes, sufriendo la gota gorda pero en febrero pagué inscripción para el año que entra (sentí que pagaba un par de riñones) pero ahí están, inscritos y nadie los saca como que me llamo Diana.

Sobreviví a Primero de Secundaria, a un año de adolescencia (sí, me faltan muchos, ya sé), a fiestas de mis hijos con gente que no conocía, haciendo preguntas incómodas aunque fuera la típica mamá insoportable, al campamento sin tener idea de cómo regresarían, a situaciones en la escuela que me pusieron los pelos de punta, y me mantengo firme, no sé si fue lo mejor que pude haber hecho o no, pero lo que sí sé es que sigo en la lucha, sigo esperando las siguientes batallas, sigo al pie del cañón defendiendo mis ideas y defendiendo lo que más quiero, mis hijos.

Mi vida es todo menos aburrida, un año más he sobrevidido a un montón de cosas, algunas con mucha dignidad y otras no tanto, eso sí, sabiendo que siempre habrá momentos de calma y otros de terrible confusión.

Doy gracias a Dios porque me mantiene fuerte y sana, porque siempre me manda herramientas, porque nunca estoy sola y cuando lo estoy, es por decisión mía, porque siempre me saca de todo y porque en el camino, aprendo muchísimo.

Hace unos días, mi mamá estaba viendo una foto mía de niña, era tímida, callada y estaba siempre en mi mundo, en Dianalandia, y me dijo con un tono especial que no voy a olvidar “me encanta ver fotos tuyas de niña, las disfruto mucho, quién iba a decir que esa niñita sería una mujer tan brava”, no sé si llegue a comprender lo que para mi significan esas palabras.

Espero que el siguiente 19 de junio, siga reportando sobrevivencia 😀

Querido tío Cel:

Anoche soñé contigo, no puedo recordar el sueño pero estabas tú, tuve miedo en la mañana porque no quería que signficara que ya te habías ido, pero no, todavía estás aquí y quiero aprovechar para decirte algunas cosas.

Ojalá alguien te lea esta carta porque si la mando por correo, quizá no llegue a tiempo, y estoy segura que ya no te metes a ver tus mails.

Empiezo la carta como la empezaba hace muchos muchos años, cuando te escribía de niña, recuerdo que siempre ponía “Querido tío Cel” y después te contaba cosas de mi vida cotidiana, los últimos acontecimientos y te ponía un poco al tanto de la familia.

Era un placer escribirte, creo que fuiste mi primera experiencia en esto de contar historias. Con cuánta ilusión esperaba ver en el buzón algún sobre de color brillante con una carta tuya. Qué buenos tiempos aquellos en los que las cartas se hacían a mano, de puño y letra y no había “edit” o “undo”, simplemente seguías y corregías con algún tachón.

Amaba los libros para iluminar pequeñitos que me mandabas, recuerdo perfecto uno que traía pollitos y huevos de pascua, tenía mucho amarillo y el sobre era del mismo color, amarillo, un color que ahora me persigue, seguramente desde entonces estaba presente en mi vida (ya te explicaré por qué en nuestro siguiente encuentro).

Hace rato me puse a ver fotos familiares y encontré muchas en donde estamos juntos. Hicimos viajes divertidísimos y las fotos me trajeron recuerdos increíbles.

Tengo fotos contigo en Washington, Baltimore, Annapolis, Virginia, Nueva York, New Hampshire, Oaxaca, Cancun… en todas estás con la misma expresión en la cara, siempre de tranquilidad y placer.

Hay unas en las que estoy pescando cangrejos, me acordé de cuando los comimos después y chillaban horrible en el agua caliente para cocinarlos, yo quería morir y tú morías de risa de la expresión en mi cara.

Hay otras en Nueva York, yo con quince años, 1985, y creo que fue la época en la que peor me veía, plena adolescencia, el peor corte de pelo de mi vida, parecía niño rebelde y traía unos shorts blancos y una playera morada ESPANTOSA con una foto del actor Tom Sellekc porque yo amaba su programa Magnum. Veo las fotos y quiero llorar de pena de lo mal que me veía, al parecer no me la quitaba. Salimos juntos comiendo helado en las calles de Nueva York , en Greenwich Village junto a unas modelos, en Central Park caminando… Fue un viaje en el que además acampamos en un camper donde dormíamos 5 personas, tú, Carol, Jordi, mi tia nena y yo… Recuerdo el calor y los mosquitos y también recuerdo que siempre estabas bromeando (hay una foto en donde aparentemente estás volando con los brazo extendidos y corriendo hacia un barco).

Salimos en muchos lugares posando juntos, pero encontré un par de fotos tuyas posando solo, que me hiceron sentir muy feliz, tienes una expresión tan tuya, siempre contento, siempre sonriendo, siempre de buen humor, siempre bromeando y, sobre todo, siempre disfrutando el momento.

Es como te recuerdo y es lo que más admiro de ti, es con lo que me quedo tuyo, esa lección tan grande espero pasársela a mis hijos. La vida es para vivirse así, con buen humor, viviendo el momento, viajando, estando en contacto con la familia, DISFRUTANDO LA VIDA.

Nunca te hiciste viejo y eso es algo que admiro también, tu cuerpo está fallando, pero tu espíritu siempre ha sido joven. Hace dos meses estabas feliz viajando por la Florida, con el cuerpo cansado pero animado.

Hace unos días le dije a mi mamá “tú decides cómo quieres vivir tu vida, cómo quieres pasar tu vejez. Puedes empezar a aislarte, recluirte porque ya estás grande, dejar de hacer cosas porque ya no estás en edad y estar tranquila en tu casa sin presiones y sin salir porque “ya para qué”, o puedes ser como mi tío Cel, que a los 90 años anda tomando aviones y paseando, disfrutando del sol y el aire libre, comiéndose un helado en algún lugar lindo”.

Yo quiero ser como tú, quiero vivir cada momento con paz y tranquilidad, con bromas y disfrutando a la gente que quiero.

Te agradezco todas esas veces que me invitaste a pasar el verano a tu casa, eran semanas muy divertidas. No te agradezco que me hayas hecho podar tu jardín ni que me hayas hecho manejar de regreso de Washington por un freeway que no conocía, pero jamás voy a olvidar tus bromas y lo bien que la pasaba.

Tengo que confesarte que te nombré “mi Tío el Papa”, porque cuando venías a México, era una revolución familiar, todo se movía para hacer de tu viaje una experiencia increíble, así que si tenía yo algún compromiso, siempre decía “no puedo es que vino a México mi tío el Papa”.

Me siento triste de saber que nos estás dejando, el otro día me dio por llorar. Pero admiro que hasta eso lo estás haciendo con tu estilo propio, tranquilo y dándole paz a la gente que te quiere.

Te voy a recordar SIEMPRE, siento mucho decirlo pero eres mi tío favorito, de todos modos los otros tíos no se van a enterar. No les vayas a decir ahora que te los encuentres “por allá” porque eres capaz de hacerlo solo por molestar. No quiero que me vengan a jalar los pies en la noche, mira que soy miedosa. Amo tus bromas y tu sentido del humor y te voy a agradecer que en sueños te vengas a reir un rato conmigo.

Siempre odiaste las despedidas, lo recuerdo muy bien, pero qué crees, que me estoy despidiendo, y me siento con mucha suerte de poder hacerlo en vida, de poderte decir que te quiero mucho y siempre te voy a querer.

Así como cuando te ibas al aeropuerto y casi sin querer solo decías “nos vemos luego”, te digo lo mismo, porque tengo la certeza de que nos volveremos a ver, a viajar, a disfrutar helados, a ir a museos y a vivir momentos divertidos, espero no traer la playera morada de Magnum ni el horrible corte de pelo, sería una muy mala broma de Dios, pero ¿Sabes qué querido tío Cel?

Te quiero mucho.

NOS VEMOS LUEGO.