Cuando suena la alarma, tienes que seguir…

Ayer en la noche me vi de pronto en una especie de escena de una película digna de Woody Allen, en donde yo era la protagonista.

Resulta que estoy cerrando varios ciclos y siento que me estoy despidiendo en bandada de muchas cosas, si algo me ha costado siempre en la vida es despedirme y dar la vuelta a las cosas, pero la vida me ha forzado a hacerlo y debería de estar acostumbrada.

Anoche, como a eso de las 7 decidí pintarme el pelo, llevaba varios días viéndome las canas gritar desesperadas y por fin tuve un momento de paz, me metí al baño con una cerveza, por qué no, y puse un audio de un veterinario muy interesante para aprender mientras me ponía “bonita” (o decente) y todo iba bien. De pronto llegó un mail a mi celular y, aunque nunca los veo, ahora no sé por qué decidí abrirlo, era la confirmación de la escuela de Diego de que habían recibido un mail que yo había mandado en la mañana haciendo oficial que no lo iba a reinscribir. Esa carta que yo había mandado  me había costado tres días de evadir y evadir “porque no había tenido tiempo”, y cuando al fin tuve que hacerlo, me costó trabajo, pero al recibir la confirmación fue como un derechazo que me tumbó los dientes, “ahora sí es en serio”.

Podría decir que se me salieron las lágrimas pero es medio modesto, la verdad es que me senté en el escusado al estilo de Marga López a llorar como Magdalena mientras le daba unos tragos a mi cerveza y me picaba la cabeza por el tinte que me acababa de poner. En ese momento tomé mi celular para hacer uso de mi mejor herramienta, la gente que me quiere, así que empecé a mandar mensajes para escuchar palabras lindas que me hicieran sentir mejor, varias se rieron de imaginar la escena (porque además mandé fotos de mi estado) y yo también empecé a reírme de mi misma, la verdad es que siempre he tenido bastante buen sentido del humor y en momentos tristes  levanta la manita y se hace presente. La escena era patética: una señora de 47 años (#Casi50), llorando a mares, bebiendo cerveza, sentada en el escusado apestando a amoniaco con la cabeza tipo morada mientras les grita a sus hijos que sigan jugando Xbox y que hoy les perdona la bañada aunque apesten a rayos (no tenía ganas de pelar como todos los días al mandarlos a bañar).

El caso es que me cayeron todos los pensamientos de trancazo, me di cuenta que hoy es el último día que paso por Diego a su escuela después de 11 años de que el coche se va en automático, que ya no lo voy a ver salir por la puerta con su cara de siempre (es difícil describirla pero la leo perfecto, es una como semi sonrisa con los ojos y la boca porque está pensando en el gol que acaba de meter o en lo que me va a decir o en lo que un amigo le contó que lo hizo reír), con la mochila pesada de lado y la lonchera abierta con los topper cayéndose y el vaso de agua en la otra mano, vacío, la chamarra puesta aunque estemos a 40 grados centígrados porque le da flojera cargarla (eso sí, se sube al coche y noto el efecto del sudor inmediatamente) y las rodillas negras (siempre usa shorts aunque estemos a 0 grados centígrados) y lo primero que me dice es “¿trajiste agua?”.

Es una escena que viví cientos de veces sin hacerla consciente y ayer me di cuenta que la tengo grabada, la prueba está en que puedo verla perfecto, podría dibujar la cara, y ahora, todo será diferente.

Ayer me dio miedo haberme equivocado al tomar la decisión de sacarlo de esa escuela, pasaron por mi mente toda una serie de pensamientos fatalistas a los que estoy acostumbrada y se me salían las lágrimas al recordar el esfuerzo de Diego por mantener el promedio necesario para poder seguir en esa escuela hasta que tuve que decirle que la decisión de cambiarlo era mía aunque tuviera 10 de promedio. Ayer recordé su cara de decepción y tristeza cuando le dije que no había opción.

Daniel está feliz, él espera y cuenta los días y las horas para entrar a su nueva escuela, en la que está no hay secundaria así que el cambio era obvio y es más fácil, además, él ya pasó por lo que está pasando Diego ahora, lo cambié de escuela en tercero de primaria y recordé ayer que pasé por lo mismo hace 4 años exactamente, recuerdo haber llorado a mares y haber tenido miedo, recuerdo las súplicas de Daniel hasta el punto de dudar si estaba haciendo lo correcto, recuerdo cómo se bajó del coche el primer día de clases de su nueva escuela y le temblaban las piernas, recuerdo todo eso y veo ahora el efecto positivo y quiero pensar que esta decisión es, de nuevo, la correcta.

Creo que también lloré porque me da mucha tristeza dejar a mis amigas, conocí gente increíble, mujeres padrísimas que me hicieron mi estancia en esa escuela mucho más agradable y pasadera, me avisaban cuando había eventos, me recordaban citas y juntas, me salvaban cuando algo se me había olvidado y sentía que estaba cubierta por todos lados, ¿ahora qué voy a hacer sola? sin mi Che, sin Martha, sin Gaby, sin Caro (que es igual que yo pero me hace reír muchísimo), para mi es un reto encargarme de dos niños en secundaria sin mis amigas que me están cubriendo las espaldas en una escuela donde no me conoce nadie ni están al tanto de mi déficit de atención y tengo miedo, muuuucho miedo.

Estoy renunciando a la comodidad de conocer a los papás de los amigos de mis hijos, justo ahora que vienen las fiestas de secundaria, los amigos indeseables, las niñas que quieren novio… (ya quiero llorar otra vez), ¿en qué estaba yo pensando? …

En que donde estoy, no estoy contenta.

Después de la escena de Libertad Lamarque que viví ayer en la noche, de pronto sonó la alarma que puse para que no se me olvidara meterme a bañar antes de que el tinte me tirara el pelo (ya me pasó una vez), así que me acabé la cerveza, me despedí de mis chats, les grité a mis hijos que se pusieran la pijama y que bajaran a cenar y me metí a bañar, la vida sigue y la decisión está tomada, a mis hijos les cuestan los cambios tanto como a mi, y pienso que esta es una buena lección para todos, esta es la primera vez que yo tomo la delantera, que la escuela no me está presionando, que podría seguir ahí, cómoda, con Diego feliz con sus amigos y Daniel en otra escuela también muy contento. La tentación de dejarlo era grande, de no cambiar, de intentar seguir y hacerme “de la vista gorda” y no hacer caso de todas las cosas que me molestaban de esa escuela porque al cabo “Diego está contento”, sí, definitivamente era más fácil… Pero siento una especie de fuerza interior que está presente y una voz que me dice que es momento de enseñarles a mis hijos que los cambios no son fáciles y no son cómodos pero no hay mejor sensación en la vida que salirte de un lugar que no te gusta para intentar encontrar un lugar mejor, total, si me equivoco, siempre habrá una nueva opción, otro camino que tomar. Yo lo aprendí a la fuerza hace 6 años, Daniel lo aprendió hace 4 , y Diego lo aprenderá ahora, los cambios cuestan y son difíciles, pero quedarse por miedo es mediocre y limitante.

Así que me bañé, cené y me fui a dormir con la firme convicción de que seguiré llorando estos días, despedirme va a ser difícil, Marga López se hará presente pero ¿saben qué? siento una sensación de orgullo al pensar  “por fin aprendiste que aún con miedo, te atreves a cambiar”.

 

P.D. Tengo que aceptar que estar hormonal en estos días no me está ayudando nada, como diría mi querida capitana “se te juntó todo #YaNiLaShingas”.