¿Sobrevivo a mis hijos o ellos me sobreviven?

Hace unos días me hicieron una pregunta extraña: “Diana, ¿dónde podré conseguir leche materna?”… Era para un bebé prematuro y como mis hijos lo fueron y no les pude dar más que un par de días (por lo cual mucha gente me hizo sentir culpable), me llevó a recordar muchos momentos vividos con ellos, desde que el Ginecólogo me dijo que estaba embarazada de gemelos hasta ayer que los tuve que llevar al futbol.

Doce años han pasado desde ese día en que me entregaron dos bultos de piel, arrugados y con los ojos hinchados y yo no tenía idea de cómo cuidarlos, no sé si yo he sobrevidido a ellos o ellos me han sobrevivido a mi.

Recuerdo las noches interminables en que les tomaba hooooras comer porque eran muy chiquitos, la primera vez que los bañé y pensé que se iban a romper, cuando les dí espinacas y quedó el techo manchado de verde y cuando lloré como Magdalena cuando los llevé por primera vez a la escuela. Tenían dos años y medio y yo necesitaba tiempo para vivir, pero la culpa no me dejaba en paz (aunque confieso que me duró pocos días).

No sé si yo he sobrevivido a preguntas como “mamá, ¿por qué hay condones de sabores si no se comen?” o a comentarios como “mamá ¿a qué equipo de futbol le va Dios?”… o he sobrevivido a “mamá abre las ventanas del coche porque me voy a echar un pedo”.

A veces creo que he sobrevivido a “mamá, no sé cómo lo vayas a tomar, pero me entregaron el exámen de alemán” y también al típico domingo en la noche en que recuerdan que tenían que llevar material para la clase de cocina que incluye 200 gramos de frijoles refritos.

Pero también pienso que ellos han sobrevidido a mi cuando recuerdo que hace un par de semanas, el primer día de clases de sexto de primaria, no recordé que el uniforme ya no les quedaba, estaba “zancón” y tenía las rodillas rotas, aún así se fueron muy dignos a la escuela. Cuando recuerdo que en Semana Santa decidí cuidar 8 perros en mi casa para ganar algo de dinero extra y fueron unos días de locura en los que nuestra vida parecía sacada de una película de Disney en donde lo que ves, crees que pasa solo en la televisión. O cuando los llevé de viaje a las playas de Nayarit y de regreso de un pueblito me confundí de camión, provocando que tuviéramos que caminar en la carretera cargando unas bolsas del súper con shampoo y unas galletas de chocolate hasta poder tomar un taxi que nos llevara al hotel.

Por un tiempo sobrevivieron a una mamá triste que lloraba porque su matrimonio se había terminado y lo único que podía hacer era tratar de pasar el día lo mejor posible, y yo también sobreviví a sus preguntas acerca de por qué su papá ya no viviría más con nosotros.

Mis hijos no visten a la moda, no me piden ropa de marca, la pijama les queda chica y los tenis a veces “sonrien” con la suela. Le escriben cartas al ratón de los dientes y siguen creyendo que Santa Claus les trae los juguetes (aunque a veces sospecho que me están tomando el pelo, matan mis dudas con comentarios como “sé que Santa existe porque tú nunca tienes dinero”).

Duermen rodeados de muñecos y abrazan a todos los perros que pasan por esta casa. Están acostumbrados a verme rescatar animales, a veces vamos por la calle y me avisan que hay un perro solo, me angustio y de pronto vemos que tiene dueño, descansamos los tres y seguimos nuestro camino.

Se ponen tatuajes de escorpiones y hacen cuchillos de madera en la clase de carpintería, pero visten a sus perros de peluche con suéter, calcetines y zapatos porque les puede dar frío.

No se concentran en un exámen de matemáticas pero arman un cubo Rubik con cronómetro y dibujan instrucciones con todos los “algoiritmios” que aprendieron viendo Youtube.

Sufren cuando ven a alguien sufrir, lloran cuando algo les duele, se quejan cuando algo no les parece y se aguantan cuando los regaño. Trato de hacerles entender que venimos a esta vida a ser felices pero también a hacer algo importante por los demás, el éxito viene de cómo te sientes no de lo que has logrado.

Podría escribir horas acerca de las experiencias que he tenido al criar dos niños, distraída como soy, dispersa y medio disfuncional, ha sido toda una aventura. Podría contar cientos de anécdotas que me han hecho la vida divertida con momentos tristes, simpáticos, interesantes y complicados pero lo importante es que ninguno de estos tiene nada que ver con alimentarlos o no con leche materna… la verdad es que sobrevivimos a esta familia juntos.