Efectos colaterales de la terapia de mis amigas…

La semana pasada estuve en un estado de ánimo algo decaído, y aunque siempre trato de ver la vida con humor, me estaba costando algo de trabajo. Pero para eso están mis amigas, para recordarme que me puedo reir de mi misma (así como los demás también se ríen de mi misma).

El sábado me dijo mi querida y admirada (admiradísima) Capitana que estaba yo en lo que ella nombraba “etapa cero” y el objetivo era llegar a la “etapa 10” en algún momento de la vida, que el plan para cumplir dicha meta empezaba el domingo a las 7:30 de la mañana en la Estela de Luz en Reforma para correr y conseguir un poco de endorfinas. Tuve que alterar un poco el plan ya que planeaba desvelarme el sábado por ser cumpleaños de una amiga, pero quedamos de ir en cuanto yo me despertara, eso me indicaba que me tendría paciencia y sería cariñosa conmigo.

Así que a las 9 de la mañana estábamos arrancando sobre Reforma el plan para pasar si quiera a la etapa 1, la cero no me estaba gustando pero había que empezar por algún lado. Así que platicando ibamos corriendo hacia el Zócalo y las endorfinas empezaron a hacer lo suyo, la dopamina todavía no hacía acto de presencia.

Cuando veníamos de regreso, sobre la calle 5 de Mayo, vimos en un aparador un suéter que a las dos nos hizo “ojitos”, no dijimos nada pero unos segundos después, no me acuerdo quién fue la primera que se atrevió a decir “viste ese suéter” y decidimos entrar solo a “verlo”… La capitana me dijo que necesitaba una blusa para una entrevista que le harían (es una celebridad de clóset) y que le ayudara a ver si encontrábamos algo, por supuesto que encontramos “algo”…

En la búsqueda de la blusita, me topé con un aparador lleno de aretitos y pulseritas y mugritas que me encantan. Por sobre todas las cosas me gustan las pulseras y generalmente me compro una cuando algo quiero recordar, un día, un momento, una etapa o una persona. Vi unas azules muy lindas que me hicieron pensar en Nuri y unos aretes que harían juego que me harían pensar en este momento que estoy viviendo como de transición.

Cuando vi a la capitana, yo tenía dos bolsitas pequeñas, me dijo “ve la ropa, está a super buen precio y en descuento”. Yo no traía dinero porque IBAMOS A CORRER POR REFORMA, no de compras, pero ante el ofrecimiento manipulador de su tarjeta de crédito, tuve que soltar el cuerpo y ver los suéters, tres fueron los que me gustaron. Pero lo peor vino cuando ella descubrió también el aparador de las chácharas esas que me gustaron… estuvimos delante de él cerca de una hora. Cada vez que yo tomaba algo y luego lo regresaba porque me atacaba la culpa, la capitana me decía “acuérdate lo triste que estás, te lo mereces” y yo volvía a tomar esa pulsera o esos aretes. Cuando yo veía con ojitos de amor algún collar pero con algo de dudas, me decía “estás en la etapa cero y tienes que sobreponerte, ese collar se te vería increíble” y yo cargaba también con el collaracito ese… Cuando quise regresar algunas cosas que me parecían algo inutiles y caprichosas me repetía “haz pasado días muy difíciles, te vendría bien comprarte eso”…y así estuvimos todo el tiempo, ella con tono manipulador, casi en secreto me decía al oido “cóooomprate eso…lueeeego me lo pagas”, y así salimos dos horas después, yo con dos bolsas con pulseras, aretes, collares y tres suéters que no necesitaba pero me llevaron a lo que ella llamó “etapa uno”. Había subido el escalón (y mi deuda mensual).

Como la capitana también hizo lo propio, cargaba con otras dos bolsas, así que por mucho que tuviéramos nuestros tenis, mallitas, gorra y reloj garmin para medir nuestros tiempos, ya no era posible regresar corriendo por la ruta que llegamos. Tuvimos que caminar por donde la gente corre, con el look algo distorcionado entre deportistas, dos consumidoras compulsivas como en película de esas malas malas en las que las protagonistas son frívolas mujeres que se visten de manera deportiva para hacer creer a la gente que hacen mucho ejercicio pero la verdad es que solo se dedican a comprar mugres. Así nos sentíamos y hasta algo de pena nos daba, pero nos la aguantamos. Lo que también nos dio fue un frío espantoso que nos hizo temblar un buen rato. Habíamos sudado mucho antes de entrar a la tienda, así que ahora estábamos heladas sin poder entrar en calor (pero bien risueñas con nuestras bolsas y ya la dopamina hacía su efecto).

Cuando por fin llegamos al coche, ya era la una y pico de la tarde, yo no podía creer que tenía el estómago vacío y no me había comido a alguien o peor, matado a la capitana. Decidimos que ya no aplicaba desayuno, era la hora de la cerveza con una rica comida y ella me había dicho que me iba a invitar. Así que fuimos a un lugar de comida Tailandesa que en otro post tengo que describir porque vale muchísimo la pena.

En este lugar había un mesero italiano de bastante buen ver y que como buen latino coqueto, hizo gala de su fama y nos hizo la comida muy amena, entre que sacamos nuestras compritas y él se reía, hasta medio mensas nos veíamos con la risita fácil que ocasiona el cansancio, el hambre, un poco la culpa, el frío y un italiano coqueto (por cierto, prometimos regresar).

“Oficialmente estás en la etapa dos” me dijo muy ufana la capitana, orgullosa de haberme llevado a ese momento de recuperación, me subió a la boutique del restaurant en donde seguimos comprando, yo un té verde que se veía buenísimo y ella uno de jazmin que habíamos probado en la comida, y, por qué no, yo un ungüento (creo que desde la primaria no utilizaba esa palabra con diéresis) para los labios hecho a base de miel y cera de abeja que está exquisito.

Ahora que han pasado los días, sigo en la etapa dos pero algo atorada y bastante demacrada. Obvio me dio una gripa del nabo, el enfriamiento me pegó duro y es que cuando uno se pone triste se le bajan las defensas, así que algún virus encontró el domingo el lugar ideal para vivir unos días. Eso sin contar con la deuda que ahora tengo con la capitana, por un lado la emocional por todas sus atenciones y cariño y paciencia y por otro lado la de su tarjeta de crédito…

Los efectos colaterales de la terapia del domingo son ojos llorosos, mocos, cansancio, culpa, deudas, gordura (me regalaron unas galletas y como no puedo correr por la gripa, encima voy a engordar porque están deliciosas).

Pero eso sí, estoy en la ETAPA DOS, solo faltan ocho, les tengo algo de miedo a los efectos de las que vienen aunque sé que para eso están ellas, mis amigas y todas esas personas que han estado pendiente de mi en estos días que supieron que fueron difíciles, con llamadas, mensajes,chistes, regalos, flores, cervezas, tecitos, visitas, apoyo emocional, discuros, regaños, tarjetas de crédito, etc…etc…

Cuando me iba a separar, en una terapia de pareja a la que fui, recuerdo perfectamente que me dijo la terapeuta: “sepárate, lo vas a superar, porque lo único que necesitas es una red de amigas que esté a tu lado  y con esa ya cuentas, estás segura”.

Cuando estén pasando un momento triste, difícil o complicado, acudan siempre a sus amigas, ellas sabrán qué hacer, aunque luego le deban la vida y haya que ahorrar para pagar pulseritas.

GRACIAS A ESA RED DE GENTE QUE SIEMPRE ANDA TRAS DE MI.

Ahora por favor, alguien aviénteme un Redoxón.

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