Un choque cualquiera…

Cosas buenas y malas nos pasan todos los días, esperé un tiempo prudente para escribir este post porque tenía miedo de ser melodramática y parecerme a Silvia Pinal en un capítulo de “Mujer casos de la vida real”, y después de este tiempo, vi las cosas con una perspectiva diferente y más positiva.

El jueves pasado choqué, en el informe del seguro escribí “iba yo circulando sobre la calle de Cholula cuando al cruzar Alfonso Reyes sentí un golpe fuerte en la parte lateral izquierda, abajo y atrás de mi coche”. Eso es lo único que sé que pasó y por eso es que sentí una sacudida muy fuerte. En ese momento me paralicé, fue como cuando te dan un golpe en el estómago y no sabes ni dónde estás solo quieres que te entre aire a los pulmones.

De pronto escuché la voz de una mujer que me preguntaba “¿estás bien?…¿estás bien?” (no, no era la Virgen María), yo ni siquiera la volteaba a ver, solo necesitaba recuperar el aire y cuando pude voltear a verla, empecé a llorar. Me decía que mi coche estaba bien y que todo estaba bien. Cuando por fin pude hablar solo dije “estoy bien, creo que estoy bien, ¿y tú?”.

Tenía qué resolver en ese momento muchas cosas, eran las 2:20 y ya iba tarde a recoger a mis hijos, pensé que tendría que esperar al seguro y tardaría, entonces fue la segunda cosa que pensé “no tengo ni idea del número de teléfono ni de dónde está mi poliza”, me la habían mandado por mail y claro que nunca la imprimí, así que además del susto, tenía que resolverlo todo y no podía pensar con claridad.

Ok, respiré hondo mientras lloraba y pensé “mis hijos primero” y mandé un par de mensajes a dos amigas que creía me podrían ayudar, en lo que esperaba que me respondieran, le hablé a mi cuñada porque ella maneja mis seguros. Pobre, llorando le expliqué que había chocado, todo se empezó a acomodar. Una amiga pasó por mis hijos, les dio de comer y hasta hicieron la tarea (mil mil gracias Gaby), mi cuñada me pasó todos los datos y logré hablarle al seguro, empezó la calma, esa en la que te das cuenta que ya no hay nada que hacer más que esperar y esperar…y esperar…

Le gente se acercaba y me preguntaba si estaba yo bien, la familia de la chavita con la que choqué llegó en pocos minutos,  fueron muy amables conmigo, me compraron agua y me preguntaban si podían hacer algo por mi. Chocar con gente decente y amable definitivamente hace la diferencia, yo no sabía quién había sido el responsable, no me gusta decir “tenido la culpa” simplemente odio esa palabra, pero cuando vi el coche que me había pegado sentí un hoyo en el estómago, tenía el frente destrozado, ella me había pegado pero yo no tenía ganas de discutir, no siempre “el que pega paga” y soy muy distraída, podría haber sido mi resposabilidad… o no.

Después de un par de horas todo se resolvió, no importa cómo, pude seguir con mi vida, pasar por mis hijos, llevarlos al futbol y estudiar, todo en un estado como de letargo, me sentía lánguida, esa es la palabra que mejor me describiría…lánguida.

Fue algo desagradable que pasó, suelo ser de esas personas que piensan que todo pasa para algo, pero no encontraba bien el sentido de esto. Me habían chocado y me sentía mal, punto, no había nada positivo.

Al día siguiente, me sentía tarada, esa sería la mejor palabra para describirme, mi estado no había mejorado gran cosa… era como si siguiera en pausa, la Che me había invitado a desayunar y me animó un poco, pero seguía simplemente TARADA.

Unas horas después pasé por mis hijos y como era viernes, pasamos por unas “papas de carrito”,  solemos hacerlo ese día porque es el mejor de la semana, no hay prisa de nada así que nos quedamos sentados en el coche en silencio cada uno con su bolsa de papas llenas de salsa mientras se nos escurren los mocos por la enchilada que nos ponemos y la cual disfrutamos mucho. Estaba en ese momento de paz mientras los veía con los ojos llorosos felices con su enchilada cuando me dí cuenta, era un momento especial entre los tres que yo paso desapercibido, doy por hecho que cada viernes lo haré… pudo no ser así, pudo ser trágico el choque, pude haber muerto (ni modo, Silvia Pinal), pero es cierto.

Me entró una claridad absoluta, el choque no fue para algo en particuar pero sí tenía que aprender algo, doy las cosas por sentado, de un tiempo para acá todo funciona más o menos bien, mi vida es estable y estoy contenta con las cosas que hago y vivo tranquila, así que doy por hecho que así va y la realidad es que no, que podría haber sido el último día de mi vida, y si así hubiera sido, aunque el mundo siguiera dando vueltas, yo no tendría más la oportunidad de comerme las papas con mis hijos, no podría acariciar a Tostada que tanto cariño me da, no podría reirme con mis amigas, no podría escuchar la música que tanto me gusta, no podría sentir la piel chinita cuando escucho “Yellow” o “Fix you”, no podría ver a mis hijos con su uniforme de futbol nerviosos por un partido que después pierden por 10 goles y con un helado se les baja el coraje…

Si quieres a alguien, díselo, si tienes ganas de un helado, cómpratelo, si estás con tus amigos pasándola a gusto, disfrútalo, si estás sano, valóralo… no, no todo pasa para algo, pero de todo lo que pasa podemos sacar algo bueno. Yo por lo pronto espero que este estado me dure un buen rato y no sean las hormonas, porque no quiero volver a chocar para valorar lo que tengo, preferiría hacerlo sin necesidad de un golpe que me quite el aire y me haga pensar que en cualquier momento podría perder la vida y perderme de la vida.

Sí, fue un choque cualquiera, pero para mi, fue una cachetada que me dijo “¡DESPIERTA!”.

¿Quieres valorar algo? imagina que lo pierdes…

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