Una fuerte confesión

“Lo que pasa en Puerto Vallarta, se queda en Puerto Vallarta”… Fueron las palabras con las que la Che y yo cerramos un viaje hace un par de años.

Había decidido no contarlo nunca, la razón por la que ahora lo hago es porque estoy agradecida con mis amigas pero sobre todo, orgullosa de ellas y porque estoy harta de que la gente se sienta con derecho a juzgar a otras personas, bueno pues YO NO SOY UNA SANTA y estoy lejos de serlo, gracias a Dios. (Papá y mamá, creo que es momento de que dejen de leer mi blog).

En este viaje que hice, sucedió algo parecido a lo que vivió Lady Coralina, antes de que me desbaraten por haberme emborrachado y haber perdido el estilo, déjenme añadir un dato para que lo disfruten más, íban mis hijos…¿DIOS MIO qué tipo de mujer soy? Es una pena que no haya video, quizá sería #LadyPuertoVallarta y estaría rondando las computadoras y los celulares de miles de personas.

Eramos 4 mujeres maduras (pero jóvenes y guapas, que no quede duda) y cada una llevaba a sus hijos, 6 niños en total de entre unos 7 y 10 años. Plan tranquilo en la playa, relajado y familiar, temporada baja de vacaciones así que no hay gran número de testigos. Uno de esos días en los que los niños se habían ido al club de playa, decidimos ir las 4 a la alberca a la “hora feliz” en la que te dan dos bebidas por una, y salieron las Margaritas. Yo no aguanto mucho alcohol, me encantan la cerveza y el vodka, pero nunca he tenido la capacidad de beber grandes cantidades porque me siento mal, veo borroso, me mareo y  básicamente me pierdo lo mejor de la fiesta porque me quedo dormida, así que en general bebo hasta que me siento bien y tranquila y difruto con mis amigos en plan feliz (o sea 2 o 3 cervezas), pero nunca había pasado lo que ese día pasó. No me acuerdo de la cantidad exacta de Margaritas pero no deben de haber sido más de tres, además, eran en una copa de plástico chiquitas en las que casi no cabía nada. Evidentemete tengo un problema con el Tequila… o quizá era algo adulterado.

Lo último que recuerdo es estar riendo con la Jaiba Mordelona (la loca de la venezolana que también tuvo problemas con las Margaritas) y acto seguido me desperté en un camastro a las 7-8 de la noche en calidad de bulto y la cabeza quería separarse del cuerpo. La Che estaba junto a mi, vigilando mi respiración, no me acuerdo qué le dije pero creo que le pregunté por mis hijos. Me contó lo que había pasado: después de un par de copas, había empezado a sentirme mal y me había acompañado a acostarme en un camastro, minutos después empecé a vomitar al estilo de Linda Blair en el exorcista, una tras otra. La primera vomitada fue recibida por la bolsa de la Jaiba Mordelona, misma que inmediatamente tiraron a la basura, la segunda, la tercera y las que siguieron, fueron en el piso. Al parecer la señorita de limpieza tuvo que ir cientos de veces a limpiar con agua y cloro y la Che solo le decía “perdón, vomitó de nuevo”. Mi querida argentina vigilaba que al  menos volteara la cabeza para que no me ahogara. Las otras dos se fueron a recoger a los niños del club de playa y se los llevaron a comer lejos de ahí para que no me vieran en ese estado, les dijeron que me había caído mal el chicharrón que habíamos comido en el desayuno pero que pronto me sentiría mejor (versión que Nati no se tragó, esa niña que es más viva que Einstein dijo que todos habíamos comido chicharrón… que seguro había sido el queso).

Al parecer, yo que soy católica apostólica romana, no tuve temor de Dios, no, tuve temor de “Senderos”, el esposo de la Che… por alguna razón le suplicaba que no le dijera nada “no le digas nada a Senderos, ¡te lo suplico!” era lo que más repetía. Como al parecer también soy una buena madre, le rogaba que cuidara de mis hijos, que viera por ellos, que fueran hombres de bien, seguramente sentía la muerte cerca, muy borracha muy borracha pero tenía que encargarle a alguien a mis hijos.

Pasaron varias horas, pobre de la Che, yo he cuidado borrachos y es terrible, pero eso hacen los amigos, los verdaderos, los que te quieren. Horas después, con lentes oscuros a las 8 de la noche, me atreví a caminar hacia mi cuarto, atravezar el lobby del hotel lo más dignamente posible y enfrentar a mis hijos. Los pobres me preguntaban “mamá ¿ya te sientes mejor?” en ese momento no quería ni hablar así que asentí con la cabeza, sonreí y les guiñé un ojo, me metí a bañar porque teníamos reservada una niñera para ir a cenar a un restaurant precioso que nos habían recomedado mucho. Me acuerdo que me agarré del tubo de la cortina de la regadera y se cayó, intenté colocarlo de nuevo pero como no tenía fuerzas, me senté en el piso esperando que la Che descubriera pronto que yo no salía y me levantara junto con el tubo y la cortina que tenía encima. Podría no haber ido a cenar, pero la otra opción era quedarse con los niños en la habitación, me parecía una tortura peor.

“Vámonos en taxi por favor, yo lo pago” fue mi única súplica, pensábamos irnos en camión al restaurant y yo veía eso como una escena del apocalípsis. Nos fuimos, cenamos (no, cenaron, yo solo tomé agua mineral), regresamos y la vida siguió, al día siguiente decidimos sentarnos en el mimso lugar de los hechos aunque la gente de limpieza me viera feo, creíamos que quizá lo habrían superado, olvidado o a lo mejor nadie me había visto la cara.

¿Se imaginan que alguna de mis amigas hubiera grabado con su teléfono estas escenas? lo que hubieran hecho las redes sociales conmigo… “madre de dos hijos se los lleva a la playa y luego se emborracha con sus amigas, las golfitas, al grado de perder durante horas la conciencia, mientras ellos, perdidos en algún lugar de la playa, corrian el riesgo de ahogarse, ser secuetrados, o incluso, ante el ejemplo de la madre, beberse un par de Margaritas, volviéndose alcohólicos a sus escasos 10 años”… no quiero ni pensarlo… eso es lo más leve que se me ocurre que podrían decir.

¿Qué pasa con la gente que ve, opina, juzga y además comparte en redes sociales el comportamiento de una persona que ni siquiera conocen? En qué momento nos sentimos con derecho.

A Emma, la chavita que nombran #LadyCoralina solo quiero decirle que ganó más de lo que perdió. Disfruta tu vida ahora que no te vas a casar, viaja, estudia, conoce más gente, haz amigas diferentes, aprende a valorar a quien sí te quiere y no te preocupes, la gente tiene muy mala memoria, en unos días van a encontrar a alguien más a quién destrozar, así exculpan sus pecados y creen que tienen una vida y existen.

A las amigas de Emma, tengo algo muy importante que decirles, HAY UN LUGAR ESPECIAL EN EL INFIERNO PARA GENTE COMO USTEDES.

Gracias Che, gracias Jaiba Mordelona, Gracias FerSinAmigas, por haberme cuidado, haber cuidado de mis hijos y por haberme llevado a cenar en Taxi, no esperaba menos de ustedes, son personas decentes que sí me quieren.

 

 

 

 

 

 

 

 

La muerte no es el peor desenlace…

No sé si es cultural o religioso, pero la mayoría de las personas (me incluyo) creemos que lo peor que puede pasar es la muerte.

Ayer me habló una amiga que estaba sufriendo mucho,  habían encontrado un perrito en la calle, estaba en mal estado pero parecía que ella podía ayudarlo. Lo llevó al veterinario y pasaron dos días tratando de rehabilitarlo, hasta que ayer le dijeron que tenía una fractura en el cuello y que era muy poco probable que se recuperara, existía la opción de intentar una cirujía, meses de rehabilitación, cirujías posteriores y aún así era probable que no se resolviera nada. Estaba cuadrapléjico, comía pero no podía moverse, lleno de pulgas y hojas secas, sucio y descuidado. Era evidente que había pasado tiempo en la calle abandonado y el corazón de mi amiga no podía soportar la idea de rendirse y que no tuviera una vida digna llena de amor y salud…

Quería mi opinión, sabe que yo también busco siempre el bienestar de los animales. Al saber todo esto le dije que creía que lo mejor era ponerlo a dormir, ella lloraba y me decía que no podía, le costaba aceptarlo y me dijo: -Todas mis historias con perros han sido de éxito, no puedo aceptar que se me muera.

En la noche hablamos con el veterinario, cuando nos dijo que era casi imposible que tuviera una vida sana y que estaba con dolor, decidimos con una tristeza enorme que lo mejor era dormirlo.

Hicimos cita hoy en la mañana y a las 9:30 estábamos en el consultorio, me pidió que pasara yo sola, ella no podía de dolor y yo estoy más acostumbrada a vivir esas escenas (si es que uno se acostumbra). Cuando vi al perrito me dí cuenta que no había otro camino, que era un acto de amor y tenía que dejar de sufrir, su estado era terrible y yo de verdad prefería verlo morir antes que verlo vivir así. En ese momento me entró una duda, ¿será que me ha vuelto fría y calculadora?, ¿por qué prefería verlo morir? Creo que lo que me he vuelto es más sensata y he aprendido a valorar la vida y a respetar la muerte. Todos nos vamos a morir, es parte de la vida y sin embargo lo seguimos viendo trágico.

Lo he platicado ultimamente en varias ocasiones, creo que es un tema que me ronda mucho porque las últimas semanas he visto personas muy queridas morir, y ha sido triste y me está costando trabajo. Obvio también pienso en que no quiero que se muera la gente que más quiero y le temo a que se vayan, no quiero extrañarlos. Yo no tengo miedo a morir, no le temo al “más allá”, pero le tengo pánico a dejar a mis hijos, así que se podría decir que sí temo a la muerte por lo que implica, al mismo tiempo sé que no hay nadie indispensable y que están rodeados de gente que los quiere mucho, seguro estarían bien y se podrían reponer. Los seres humanos tenemos las herramientas necesarias para superar ese dolor, aquí seguimos viendo morir a gente que queremos, vemos como tragedia tras tragedia la humanidad sigue existiendo, y no solo eso, sigue incluso provocando eventos terribles que llevan al dolor y la muerte de miles de personas, y las familias de esas personas siguen viviendo…

Una queridísima amiga acaba de ver morir a su papá, después de unas semanas difíciles, finalmente llegó el momento de dejarlo ir y aceptar que la muerte está entre nosotros, sé que está muy triste, que sufre la pérdida, quizá piensa que será difícil reponerse, sin embargo lo hará, su vida seguirá, y volverá a reír.

El veterinario me preguntó si quería estar presente, le dije que sí, que él estaría siendo apapachado sus últimos minutos. “Bimbo” (así lo nombró mi amiga) se fue perdiendo y su corazón dejó de latir de manera pacífica, sin embargo, sí lloré y bastante (al parecer no soy fría y calculadora), lo acaricié mucho y le dije que tenía que irse, que había sido un gran perrito, y otras cosas que no cuento aquí porque corro el riesgo de que, aunque sé que lo sospechan, confirmen que se me van las cabras… (cosas y creencias mías).

Cuando salí, mi amiga estaba muy triste y lloraba mucho, le dije que a mi me parecía un caso de éxito, ese perrito pudo estar días y días tirado en la calle sufriendo una agonía espantosa, ahora, había tenido una muerte digna, había pasado sus últimos minutos con mucho cariño y era su momento. Fue un increíble acto de amor y no fue su peor desenlace, fue lo mejor que pudo pasarle.

Ojalá estuvieramos más conscientes que la muerte está cerca de nosotros, que es parte de la vida, del ciclo del hombre. Ojalá dejáramos de verla trágica, yo aún no puedo, pero me gustaría hacerlo. Quizá dejaríamos de dar por sentado que hay cosas que podemos dejar para después, como decirle a alguien que lo queremos o hacer algo que deseamos y que no nos atrevemos, y quizá disfrutaríamos más la vida.

Morir no es el peor desenlace, no es lo peor que nos puede pasar, vivir sin vivir sí es trágico, sí es deprimente, sí es lo peor que nos puede pasar…

Ánimo Lorena querida, Bimbo tuvo el mejor final y es un verdadero caso de éxito.

 

 

 

Ese minuto que te tomas…

He llegado a la conclusión de que a ser feliz se aprende y se decide… ya sé, lo hemos leído mil veces por ahí, pero así como los niños aprenden con el ejemplo y no con las palabras que les decimos los papás, así aprendemos todos. Por más que alguien venga con letanías y discursos acerca de cómo ser feliz, uno lo tiene que experimentar.

Hace unos años viví momentos muy tristes, que me dejaron mucho tiempo con una vida medio gris, pero por alguna razón tenía que pasar, y quizá esa razón era para que yo aprendiera a ser feliz, para que yo me diera cuenta que una vida cómoda y tranquila no es sinónimo de felicidad y lo que aprendí fue a tomar lo que yo llamo “un minuto de felicidad”.

Mi mamá tiene un serio problema (lo siento mamá, espero que cuando leas este post tengas una cerveza en la mano o un Tafil), toda su vida ha estado marcada por el cumplir con su deber y sus obligaciones de manera cabal, desde que tengo memoria (o sea hace 5 minutos) siempre la veo ocupada, siempre atendiendo, siempre organizando… Son pocas las ocasiones en que la he visto en pausa disfrutando unos minutos de no hacer nada mas que disfrutar el momento, quizá ahora que tiene más años y menos obligaciones se decida a hacerlo, aunque dicen que “genio y figura, hasta la sepultura” tengo esperanzas de que tome mi ejemplo aunque sea yo su hija y sepa poco de la vida.

Me acuerdo de ella preparando la comida y sirviendo mientras ella comía de pie, haciendo jugo de naranja natural a las 6 de la mañana para todos, llevándonos un té a la cama, levantando los calcetines de los vagos de mis hermanos, yendo al centro a la calle de Artículo 123 a conseguir una mensada que podría conseguir a unas cuadras de su casa pero ahorrando algo de dinero. La recuerdo de chofer, cocinera, lavandera, tutora (se echó varias veces las secundaria y preparatoria con mis hermanos)…etc, etc… pero no la recuerdo sentada en un sillón viendo el techo por algunos minutos recobrando la paz. Incluso creo que le incomoda no tener nada que hacer porque ella eso aprendió, es su modo de vida así como era el de mi abuelita, hay que cumplir con todo y todos antes que se acabe el mundo.

Yo no soy así y nunca he sido, la genética en este caso no me atacó, físicamente somos igualitas pero nuestra forma de ser y actuar es diferente.

Un día le dije “mamá, no hacer nada es un arte, espero que lo descubras un día” y solo me dijo “estáte callada”, me reí y defendí mi punto. Creo firmemente que debemos de tener esa capacidad de no hacer absolutamente nada y de disfrutarlo, vivimos en una era en la que siempre llevamos prisa y todo el día funcionamos como robots hasta que cae la noche y vemos la televisión para tratar de distraer la mente y quedarnos dormidos para despertar al día siguiente a funcionar de la misma manera que el anterior, y así se nos pasa la vida.

No soy una mamá modelo y estoy lejos de serlo, pero llegué a la conclusión que para ser la mejor mamá para mis hijos, primero tengo que ser feliz. Cuando estaba triste y desolada y solo arrastraba los pies, lo que me sacó adelante fue pensar que si no iba al súper a compar comida, mis hijos morirían de hambre o empezarían a comerse las plantas de la casa, como son pocas porque se me olvida regarlas, pronto su papá empezaría a notar que no los alimentaba y podría reclamar la patria potestad… así que me propuse que aunque llorara todo el tiempo, mis hijos estarían atendidos y yo cumpliría con mis obligaciones de mamá, lo demás no me importaba en lo más mínimo. Y mis pobres hijos tuvieron que vivir algún tiempo con esta persona autómata que a las 8 de la noche lo único que quería era irse a dormir y no pensar.

Poco a poco fui notando que eso no los hacía felices, y yo empecé a descubrir una vida diferente, empecé a tener hambre y ganas de oír música, así que al despertar ponía alguna canción que me levantara de la cama y cuando tenía hambre comía antes que mis hijos porque soy una persona terrible cuando tengo hambre. Eso me hizo descubrir que para ellos era mejor verme bien aunque significara comer más tarde.

Sigo sin ser una mamá modelo pero soy una mamá feliz, una persona feliz porque aprendí a tomarme mis “minutos de felicidad” le parezca a quien le parezca.

Si queda un solo huevo y quiero una omelette, me lo como y a mis hijos les digo que les conviene más desayunar quesadillas que hot cakes, ellos lo creen y lo aceptan sin saber que de ser yo una mamá modelo, les hubiera hecho lo que querían y yo me hubiera comido las quesadillas, pero me pone de muy buen humor comer lo que se me antoja y no lo que me queda.

Si llegamos de la escuela y yo muero de sueño por la falta de azúcar y necesito comer antes, les digo que jueguen fútbol un rato en lo que está lista la comida, mientras yo me sirvo y me siento y como rico y en silencio para estar de mejor humor a la hora que me digan “me choca el pescado” y no me den ganas de aventarlos por la ventana.

Si mi mamá va a comer y está sola, lo hace de prisa y de pie, dice que odia perder el tiempo. Cuando yo me hago de desayunar, pongo un mantelito lindo, mis platos y cubiertos, un vaso bonito y preparo algo que se vea bien en el plato. Me siento, prendo la tele o prendo el radio y me tomo todo el tiempo del mundo. Me hago un café y me quedo viendo pa´dentro pensando mil cosas porque mi cerebro es así, me entretiene. No me aburro nunca y no tengo miedo de pensar (quizá debería, llego a cada conclusión…) pero son mis “minutos de felicidad”.

Hace unos meses tenía la casa llena de perros porque estaban en pensión, Tostada tenía que ir al veterinario y pensé “las dos necesitamos uno de esos minutos que tanto me gustan”, así que dejé niños y perros al cuidado de la señora que me ayuda y fui a la peor hora posible al hospital veterinario con la esperanza de que hubiera muchísima gente esperando ser atendida y pudiera yo estar sentada horas con un libro y Tostada echada junto a mi. Pagué el parquímetro como por dos horas y llegué feliz a la recepción muy tranquila diciendo “no tengo cita pero no tengo problema en esperar”. Para mi sorpresa y mi decepción, nos atendieron rapidísimo, salimos de ahí a los 20 minutos con receta en mano y mucho tiempo disponible, mi obligación era regresar a mi casa, pero no había ocupado mis minutos… así que me subí al coche y puse música, me tomó casi una hora salir de ahí, Tostada estaba echada atrás con una cara de paz en la cara que recuerdo haber disfrutado mucho, yo hice para atrás el asiento y fui feliz viendo el tiempo pasar.

A veces cuando termino de correr y veo el reloj, sé que tengo que venir a mi casa cuanto antes para ser resposable y hacer todo lo que tengo que hacer, sin embargo a veces me tomo unos minutos para caminar por una de las calles llena de árboles para recargar energía y ser un ratito feliz.

Mis “minutos de felicidad” son:

-Tomarme con calma el café aunque tenga que hacer una llamada urgente, casi todo puede esperar.

-Leer mis chats en wapp, no saben cómo disfruto la cantidad de chistes que me mandan y las conversaciones con mis amigas, gracias a Dios no estoy en ningún grupo escolar de mamás preocupadas por el maestro de deportes.

-Ver el techo de mi cuarto plagado de cadáveres de moscos que han perdido la vida con un zapatazo mientras pienso en lo rico que es perder el tiempo.

– Leer un rato mientras me tomo una cerveza.

-Salir caminando a paso gallo-gallina después de correr aunque sepa que el mundo necesita que llegue pronto a mi casa.

-Dormir un rato sobre la mesa del comedor mientras mis hijos hacen la tarea (ya descubrí que si subo a mi cama todo se echa a perder, basta decirles “me voy a dormir un rato” para que haya 20 emergencias en un minuto).

-Sentarme en la orillita de la tina después de bañarme pensando en nada en concreto.

-Ver facebook y estar en contacto con mis amigos.

-Quitarme los tennis y pisar el pasto.

-Desayunar, comer o cenar con mis amigos.

-No hacer nada…absolutamente NADA… y saber que no estoy haciendo nada y sentirme feliz sin culpa porque no estoy perdiendo el tiempo, lo estoy inviertiendo en NO HACER NADA (créanme, en mi familia eso es una costumbre muy rara, soy la oveja negra).

Y así hay muchos otros”minutos de felicidad” que no recuerdo y que todos tendríamos que provocar y disfrutar, yo soy una mejor persona y una mejor mamá aunque esconda el último chocolate que queda y se lo coma porque entonces mis hijos tendrán una mamá de mejor humor y no los regañará horrible porque se le bajó el azúcar y se vuelve intolerante.

Por eso digo que se decide y se aprende a ser feliz, porque hay que atreverse a tener esos “minutos de felicidad”.