Hace unos días facebook me mandó de recuerdo un post que escribí aquí en el cual describía la situtación tan complicada que estaba viviendo con Daniel porque había decidido cambiarlo de escuela, fue hace tres años y todavía me acuerdo de esos días en los que yo pesaba 45 kilos y Daniel lloraba diario suplicando que no lo cambiara, que iba a estar bien y que prometía “echarle ganas”… me acuerdo que tenía muchas presiones encima en mi vida y que en ese momento decidí enfocarme en Daniel y dejar lo demás a un lado (y en subir un par de kilos al menos). “No se trata de echarle ganas, Daniel, se trata de que seas feliz y aquí no lo eres” me acuerdo que le decía y él no me creía. También recuerdo que yo tenía muchas dudas de estar haciendo lo correcto pero había tomado la decisión y no quería retroceder.
Hoy que íbamos hacia la escuela para la clausura de curso me dijo “mamá, hace tres años que estoy en esta escuela” y platicamos al respecto, le dije que estaba muy orgullosa de él porque había sido muy valiente en esos días y que los dos habíamos aprendido una gran lección: ACEPTAR LOS CAMBIOS…
Me acordé de su primer día de clases en la nueva escuela y cómo se bajó temblando de miedo y yo lo dejé casi rota por estarle haciendo eso, somos muy parecidos y a los dos nos cuesta aceptar que las cosas dejen de ser como nos acomoda y salir de la zona de confort para buscar algo mejor. Pasaron los días, las semanas, los meses y los años y Daniel es un niño totalmente distinto al que dejó su anterior colegio. Aprende rápido, está motivado, va contento a la escuela, tiene sus propios amigos y se siente libre y feliz, es valorado por quién es y no por sus calificaciones y tiene la autoestima reestablecida.
Hoy en la ceremonia de clausura, estaba yo apenada (pero divertida) de ver su uniforme… los pantalones a unos 15 cm del tobillo con un hoyo en las rodillas, los zapatos raspdados y el suéter sin abotonar, una garra y por supuesto sin peinar (no logro que se peinen y es porque no lucho mucho), estaba observando toda esa facha y cuando llegué a la cabeza y le vi la cara con una sonrisa porque estaba muy divertido con el niño de a lado me sentí muy feliz. Es el niño que yo quería ver siempre, sonriendo, a él los pantalones le importan un cacahuate y a mi eso me parece muy bien.
Estandando en la ceremonia, anunciaron que darían los premios al concurso literario de cuento, me acordé que había escrito uno hace unos meses y pensé “¿quién habrá ganado?” y mientras explicaban de qué se había tratado me distraje con dos pajaritos que estaban haciendo un nido en un árbol que tenía a lado, buscaban ramitas y se las llevaban juntos, me dio mucha ternura, luego vi otra vez a Daniel y estaba distraído viendo los zapatos de el niño de a lado que por algún motivo le interesaron, madre e hijo poniendo cero atención al evento, me dio risa y pensé “claro, es igual a mi” y mientras todo esto pasaba por mi mente, anunciaron el nombre de el ganador, cuando escuché “Daniel… ” se me salieron primero los ojos de sorpresa y luego lágrimas de emoción, me dieron ganas de gritar “BRAVO DANIEL” a todo pulmón, pero soy muy consciente de el rídiculo al que lo iba a someter, me aguanté las ganas (cosa que más tarde me agradeció) y aplaudí muy fuerte.
Siguió la ceremonia, yo veía a Daniel con su diploma y un regalo que le habían dado, feliz y totalmente distraído, y dejé de poner atención (en realidad casi no había puesto) y me puse a pensar en todo lo que había logrado en estos 3 años. Cuando salió lo abracé muy fuerte y le dije que estaba muy contenta, muy sorprendida y le reclamé que no había avisado que había ganado, “no sabía yo tampoco mamá” y es probable que sí le hayan dicho, pero claro que no puso atención… en el coche le dije “estoy muy muy contenta” y cuando me preguntó por qué le dije “porque tú estás bien, muy contento y te veo feliz” a lo que solo sonrió como con un poco de pena, sé que se emocionó (porque es cursi como yo) y que prefirió no verme a los ojos para no sacar una de Remi…
Todo esto lo cuento porque hay por ahí mucha gente que, como Daniel y como yo, le teme a los cambios, a buscar cosas nuevas que te hagan mejorar tu sitación, a poner en riesgo la comodidad porque le temes a otras experiencias y, sobre todo, a equivocarse con decisiones que tomas cuando no tienes la seguridad de que van a funcionar. Mis hijos y yo hemos aprendido eso sobre todas las cosas, que los cambios son no solo necesarios sino inevitables y que lo único que podemos hacer es tomarlos como vienen siempre pensando que hay alguna razón importante para que tengamos que hacer las cosas diferente.
Hoy me siento muy feliz por Daniel, por Diego y por mi, no por el primer lugar del concurso, sino porque ellos y yo sabemos que venga lo que venga, podemos enfrentarlo.